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lunes, 8 de junio de 2026

Langley, séptimo piso. David McCloskey

 


     "Moscú, en la actualidad. 
      La pluma —una Montblanc con la cápsula de cianuro en el cabezal— estaba en el piso de arriba. «Debería haberla dejado abajo, aunque Alyona estuviera por aquí», se reprochó. Si tenía razón sobre esos dos coches, le quedaba muy poco tiempo. Cerró el cajón del escritorio y levantó a la niña, que estaba en su regazo, para posarla delicadamente en el suelo".

    Tenía ganas de continuar esta serie de McCloskey, por lo que no he tardado nada en comprarme esta novela y menos aún en leerla. Hoy traigo a mi estantería virtual, Langley, séptimo piso.

     Veamos, porque no es un libro fácil. Digamos que el séptimo piso de la agencia esta ocupado por el nuevo director de la CIA, Finn Gosford, y su equipo. Él y Deborah Sweet tienen un enfrentamiento dentro de la agencia con el grupo formado por Sam Joseph (protagonista de Estación Damasco y ahora desaparecido), Artemis y su equipo.
El caso es que Joseph está en una prisión rusa, del SVR, siendo Artemis culpada de este hecho y expulsada del cuerpo por ello. Cuando Sam es liberado se empieza a sospechar de la existencia de un topo que informa a los rusos en los mandos más altos de la CIA y Artemis no tarda en sospechar que tiene que ser alguien de su círculo más cercano, por lo que comienza a investigar por su cuenta para lograr hacer justicia por lo sucedido a su amigo Sam.

     Por supuesto he simplificado al máximo el argumento, así que que nadie venga a decirme que me faltan cosas. David es un escritor complejo. Sus conocimientos sobre la CIA quedan patentes en cada complejidad, cada grupo de nombres o identidades secretas que pueblan su libro. Detalles que van desde un tatuaje representando una estrella que en la vida real tiene un valor importantísimo para la CIA dejan claro que estamos ante un escritor que sabe de lo que habla. Y eso hace que muchas veces nos podamos sentir abrumados, pero también le da credibilidad a toda su historia, lo cual es poco habitual en las novelas de espionajes, más interesadas en hacer pasar a sus protagonistas por una suerte de superhéroes que en representar escenarios reales. Artemis en este caso domina la narración, dejando que su perspectiva sea vital para la construcción de la historia ante los ojos de los lectores, que irán recibiendo antiguas rencillas junto con nuevas observaciones. Como contrapunto Sam mirará hacia su amiga y mentora Artemis para darnos una visión más completa de la historia. Y la tercera pata es Zhomov, el malo, el ruso, del que McCloskey ofrece una visión mucho más compleja que la del típico malo. No hay un lavado de cerebro, una coacción o un sentimiento de injusticia que lo lleven a actuar como lo hace. Hay una cierta ambigüedad que lo acerca a Artemis, y una suerte de espejo distorsionado en el que el sentimiento antiusa forma parte siempre del reflejo principal.

     Todo esto puede hacer pensar que he disfrutado mucho de la novela, y básicamente así es. Solo que, cuando a uno le gustan las novelas de espías, sabe que hay pocas en el mercado. Y si hay pocas en el mercado, suele significar que uno las ha leído. Y Artemis, aunque sea mujer y le guste beber y tocar las narices, no termina de brillar en una novela que deja que George Smiley se asoma demasiado a lo largo de la novela. Y las comparaciones, sobre todo cuando no se llega al valor del original, son odiosas. Me hubiera gustado decir otra cosa, pero al final es la sensación que me dejó.

     Langley, séptimo piso es una novela de espías que disfrutarán quienes estén comenzando en el género. A los que llevamos ya un tiempo leyéndolo, nos puede chirriar en más de una ocasión. Sobre todo a los lectores de le Carré. Es más, el propio autor es consciente y deja clara su intencionalidad.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias