miércoles, 19 de febrero de 2020

El abuelo. Benito Pérez Galdós


     "El Conde. No, no. Gracias. Por esta otra calleja bajamos a La Pardina. (Deteniéndose y mirando al pueblo, que en aquel punto se ve totalmente rodeado de arboledas y verdes lomas.) Sí, sí…, te conozco, Jerusa; distingo un montón de tejados rojos y de ventanales blancos…; más allá, manchas de verde lozano. Eres Jerusa, te siento bajo mis pies, te huelo al pisarte… Tu ingratitud me da en el olfato. Hiciste escarnio del que fue tu señor, aplicándole un mote burlesco… Pues ahora, «el león flaco de Albrit», que nada te pide, que para nada te necesita, te manifiesta su desprecio con toda la efusión de su alma, no queriendo de ti ni un pedazo de tierra para sepultar sus pobres huesos".      

     Hay libros que son conocidos por sus adaptaciones casi más que por sus letras. Hoy traigo a mi estantería virtual, El abuelo.

     Conocemos al conde de Albrit, un viejo aristócrata que se fue a las Américas y regresa, lejos de lo que muchos pensáis, arruinado, casi ciego y con bastante mal humor. Así llega a Jerusa, el pueblo en el que estaba su casa que fue subastada y adquirida por quienes fueron sus sirvientes pero que él sigue considerando suya. Y estos sirvientes son quienes están a cargo de sus nietas Nell y Dolly, ya que su madre, la Condesa, les paga por cuidarlas.

     Si ya me resulta curioso que celebremos el centenario de una muerte, más aún que la gente lo aproveche para lanzar piedras a uno y otro lado sobre si hay o no que leer al finado. y es que llevo unos días viendo como unos tildan de aburrido lo escrito por Galdós y otros llaman modernos de salón, aunque sin decirlo con todas las letras, a quienes critican la obra del conocido escritor. Personalmente creo que hay nombres a los que cualquier excusa es buena para acercarse y, en este caso y puesto que los Episodios Nacionales son más que reconocidos, es interesante optar por descubrir propuestas que se salgan un poco de lo común. Por eso he elegido El abuelo. Porque ahora que todo el mundo quiere innovar, ahora que le ponemos etiquetas de moderno o posmoderno y cualquier día de supermoderno, se nos olvida un poco mirar hacia lo ya escrito.

     El abuelo es una novela dialogada en la que el autor va a recrear una trama en un diálogo casi constante en el que los hablantes, cual obra de teatro, van designados al principio de cada guión y en la que apenas hay texto narrativo y mucho menos si vamos más allá de las descripciones. Es fácil dicho esto pensar en una obra de teatro, pero el propio autor subtitulo a El abuelo como Una novela en cinco jornadas y, por si esto fuera poco, se encargó personalmente de adaptar la novela al teatro para que pudiera ser representada. Hay que decir que a través de los diálogos no solo percibimos las opiniones y las acciones, también los cambios sociales y morales de la época y se nos deja entrever aquello que no se dice, y no solo lo expresado.

     Comentaba antes una escueta sinopsis en la que quedaba clara la importancia de la relación entre el viejo conde y las nietas más que por lo expresado, por el título del libro. Diré ahora que la madre de las niñas se ha quedado todo en esta novela pese a no aparecer personalmente demasiado. Es una mujer que lleva su vida, que ahora es viuda y posee la herencia del hijo del conde incluido el dinero y el título. Y sus hijas, cuidadas por los antiguos sirvientes y ahora propietarios, son 50% nietas del conde, es decir, solo una es nieta sanguínea, y descubrir quién es la bastarda se convierte en misión del viejo cascarrabias. Es evidente que uno empieza a leer esta novela y, ya en las primeras páginas se huele el final típico de el cariño no va en la sangre y bla bla bla, pero eso no quita o quizás precisamente por eso, el libro aporta mucho más que la búsqueda de este abuelo que, si bien se antoja en la obra incluso entrañable, todos sabemos que en la vida real se nos haría difícil de soportar.
     Entramos entonces en esta suerte de microsociedad en la que los antiguos sirvientes sienten una lealtad de la que no terminan de despegarse, en la que todos saben las tiranteces de los demás y en la que el maestro... bueno, Don Pío se alza como el otro gran protagonista de la historia con momentos memorables.

     El abuelo me ha gustado y mucho: descubrir en 5 días el cambio absoluto de su protagonista y vivirlo con él ha sido un auténtico placer que ha despertado en mi las ganas de volver a ver la famosa adaptación cinematográfica. Pero, incluso si ya la habéis visto, os recomiendo acercaros a esta novela. Sea o no centenario de nada que, a fin de cuentas, los lectores medimos los tiempos en títulos: el tiempo que tardamos en comprarlo, en leerlo, el que lo tenemos esperando o, el peor de todos, el que nos tiene esperando un título a nosotros hasta que es publicado, ¡o incluso escrito!

     Y vosotros, ¿qué libro tenéis entre manos?

     Gracias.

lunes, 17 de febrero de 2020

Breve crónica del Breve

Raquel Taranilla. Fotografía de Abel García Roure
   
     Todos sabemos que febrero se caracteriza porque un lunes se otorga el Premio Biblioteca Breve, este año en su edición número 62. Por eso muchos somos los que acudimos al evento, este año el día 10 de febrero para ver quién se lleva el llamado Planeta Literario. Allí reunidos nos dijeron que este año se había llegado casi a los 1000 manuscritos y que la Novela Negra había sido el género más  habitual.
     Este año un jurado formado por Lola Larumbe, Fernando León de Aranoa, Clara Usón, Pere Gimferrer y Elena Ramírez, habían otorgado por unanimidad el galardón, y os 30.000 euros que lo acompañan, a Raquel Taranilla, por su novela "Noche y océano".
   
     El jurado explica las virtudes de la novela que la hicieron merecedora del premio destacando su originalidad, la poderosa voz de la narradora, la experimentación conceptual y la creación tanto literaria como cultural, así como el desencanto y la excentricidad de la narración. El juego de verdades o mentiras, la exageración casi paródica, la ironía y nombres de escritores como Joyce o Foster Wallace salieron durante las palabras del jurado ante una escritora que parecía casi asustada ante tanta atención.
"Noche y océano" parte, nos dicen, del robo del cráneo del mítico director de cine Murneau y, ante la lectura de la noticia, la protagonista y narradora de la novela, una profesora universitaria llamada Bea, está segura de conocer al culpable. Bea señala a Quirós, otro cineasta.

     Con todos estos datos era el turno de conocer a la ganadora, Raquel Taranilla, un misterio hasta ese momento para todos. Raquel nos dijo que se presentó al premio "hastiada" y que fue una sorpresa para ella el habérselo llevado. También nos habló de las cosas que comparte con la protagonista de su novela, ya que ambas son profesoras universitarias, y lectoras obedientes que, pese a tener una nutrida maleta de lecturas, apenas la han elegido salvo por ser lo que tocaba, y seguramente tampoco la hayan aprovechado. Habló de la precariedad que hay en nuestro país para quienes siguen la carrera académica. Una precariedad que ella misma ha vivido y que refleja en Bea. Una precariedad que le lleva a pensar en si es adecuado decir a sus alumnos que es una gran opción cuando ella sabe que es "una mierda" y que tiene a muchos compañeros completando su trabajo con el de camareros para así completar un sueldo que no les permite formar una familia en condiciones normales. Taranilla habla de sus lecturas, no tiene problema en decir que no ve su novela como una película, algo que parece ser de un tiempo a esta parte la meta de todo escritor, y desgrana poco a poco su visión de un mundo que, por exceso de información ha provocado que vivamos entre ruido más que mejor informados.
"Noche y océano", dice, toma su título de una obra de Benety le gusta porque su unión refleja el punto más oscuro. Y también le gusta la portada elegida, instando a la prensa a leer la novela para que comprendan por qué, aunque apunta que es perfecta para la voz casi desquiciada de su protagonista. Habla entonces de uno de los escritores estrella de Seix Barral y afirma que su novela es una respuesta a "Aires de Dylan" de Vila-Matas, que le sentó "como una patada en la cara" porque el reflejo de su generación que daba era injusto además de equivocado. Así que frente a la pareja de la novela de Vila-Matas, ella propone a Bea y Quirós y lo hace en un intento de obligar al escritor a mirar de otro modo y ver la lectura que Taranilla hizo de su famosa novela, y así recapacitar. Por supuesto, explicó, eso no significa que no le guste Vila-Matas, al contrario, disfruta de sus libros. Pero exactamente igual que su anterior libro nació de su propia experiencia en un hospital, este lo hace de la molestia y el malestar que le provoca ese título en particular.

     Los allí presentes descubrimos a Raquel Taranilla y vimos a una chica tímida, que yo me preguntaba cómo podía enfrentarse a dar clases con esa voz tenue, y la vimos crecer en cuestión de minutos hasta captar el interés de todos los presentes con una voz firme que no le temblaba al hablar de aquello que le parecía importante señalar y que nos dejó, diría que a todos, con las ganas de leer su libro. Pero para eso tendremos que esperar al 10 de marzo.

     Gracias.

viernes, 7 de febrero de 2020

El espantapájaros. Nathaniel Hawthorne


     "-¡Dickon! -gritó la Madre Rigby-. ¡Un tizón para mi pipa!
     La pipa estaba en la boca de la anciana cuando pronunció estas palabras. La había insertado allí después de cargarla d sin agacharse para encenderla en la lumbre de la chimenea, donde en verdad no había señales de que hubieran atizado el fuego esa mañana. Sin embargo, apenas hubo dado la orden, la cazoleta de la pipa emitió un intenso fulgor rojo y una bocanada de humo brotó de los labios de la Madre Rigby. Jamás he logrado descubrir de dónde salió el tizón y cómo llegó hasta allí transportado por una mano invisible".

     Hawthorne es, vaya por delante, uno de mis escritores favoritos. Y el libro que hoy traigo a mi estantería virtual, fue descubierto en una esquina del estante más escondido de una librería. Se trata de El espantapájaros.

     Madre Rigby es una bruja de Nueva Inglaterra y, como buena bruja, fuma en pipa. La historia comienza una mañana en la que la bruja decide crear un espantapájaros para que cumpla su función en su campo de maíz asustando a los pájaros que ya han descubierto esa zona. Sin embargo, el producto de su creación le agrada tanto, que decide dotarlo de vida. A fin de cuentas, hay muchos hombres en el mundo que están tan huecos como el propio espantapájaros. Y le pone de nombre, Feathertop.

     Es curioso lo que pasa con los lectores y es que las lecturas que vamos acumulando, forman parte de nosotros hasta el punto de marcas las próximas. En mi caso, y pese a que el espantapájaros que hoy conocía posee piernas y su cabeza es una calabaza, durante todo el cuentito llevó el rostro de este otro perteneciente a la fábula "El castillo ambulante". Supongo que la pipa, la casaca y la bruja fumadora fueron cosas determinantes a la hora de hacer la asociación. Pero vayamos con el cuento que, al igual que todos los buenos cuentos, tiene incluso su propia moraleja. Escrito en 1852 y publicado en dos partes antes de ser recogido de forma íntegra, Hawthorne combina en su cuento el más puro divertimento y la crítica más feroz. Con un narrador que dice recordar un cuento relatado por su abuela, escucharemos los curiosos regalos que la bruja le hace al esperpéntico protagonista sabiendo que, ni siquiera la vida, es un presente que no contenga una doblez. Solo vivirá si fuma, y de bronce su cara es dura, sus educadas maneras dan risa y su contenido hueco le harán pasar por el mejor. En cuento a las riquezas que se le otorgan son ridículas para el lector, pero declamadas con tanta solemnidad, que la crítica que las acompaña a medida que la población toma al protagonista por un lord, que es imposible nos pase desapercibida. En cuento a la misión, porque todo protagonista de cuento ha de ser un poco Caperucita y tener tanto inocencia como misión, no es otra que deslumbrar a un poderoso e incluso a su protegidísima hija. Ahí ya entra en juego y no sale hasta el final del cuento el tema de las apariencias, las mentiras y las fachadas de cada uno y sobre lo que realmente parece importar en esta sociedad. De hecho el libro tiene un potsfacio en el que Cárdenas da buena cuenta del tema diseccionando esta parte y mostrando cómo hasta un cuentito con buena puntería, puede dar pie a una discusión de lo más interesante.

     Personalmente diré que la vigencia de este cuento es absoluta y que, por desgracia, eso no me ha cogido de sorpresa. En cuanto a la discusión, estoy segura de que es la forma más acertada de enfrentarnos al cuento, pero también, lo reconozco, le quita parte de la diversión. Y es que el conjunto es eso que ahora dicen delicioso como si el cuento fuera una tarta, y que antes se decía recomendable para cualquier lector. Siempre y cuando, claro está, no olvidemos que su extensión es mínima, que es realmente corto incluso para un relato y que si queremos leer algo más consistente, "La casa de los siete tejados" es un magnífico ejemplo de hasta dónde es capaz de llegar el autor.

     Ha evitado de manera consciente hablar de "La letra escarlata" hasta este momento. Y es que, si bien es una gran novela en la que aparece la "marca de la casa" en forma de crítica a la sociedad, sobre todo a esa más conservadora que mira las apariencias, considero que es un título marcado por su adaptación cinematográfica que no supo captar, porque era imposible, el tono del escritor.

     El espantapájaros es un cuentito que encantará a quienes ya conozcan a Hawthorne y que puede servir de aperitivo para quienes aún no lo hayan leído. Acérquense sin miedo al escritor.

     Me gustan los cuentos, cada vez más. Y me gustan los cuentistas. Y vosotros, ¿sois lectores de relatos?

     Gracias.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Canta sucio niñato. Kevin Maher


     "Cuando Jack murió yo era muy pequeño, más todavía que ahora, y dije, en un ataque de rabia, que no permitiría que volviera a pasa. Jack era nuestro gato. Un birmano pardo oscuro con unos dientecillos afilados, unas garras que arañaban y se enganchaban en todo, y que, cuando deambulaba por la casa tambaleándose sobre sus patas inseguras, respiraba resollando con estertores que le estremecían de arriba abajo como un extraño coro cantarín. También fue la primera y última vez que intentamos, como familia, tener una mascota".

     Hay tantas etiquetas literarias que solo le encuentro sentido a aquellas que sigo casi con devoción. Hoy traigo a mi estantería virtual, Canta sucio niñato.

     Quien nos cuenta su historia es Jim, un niño de 13 años con cinco hermanas mayores, que nace y vive en Dublín. Nos cuenta su historia que no es otra que la de un casi adolescente en pleno proceso para llegar a la edad adulta. Tiene su amigo bueno y al malo, su prisa por crecer y las bicis, las chicas y también tiene un terrible momento en el que la vida cambia.

     Quizás suene pretenciosa la sentencia con la que comienzo hoy la entrada, pero es algo que llevo observando tiempo. Las etiquetas literarias proliferan hasta casi lo absurdo, y eso teniendo en cuenta que muchas mueren durante su concepción como esa "literatura híbrida" que se nombraba no hace tanto en un suplemento cultural. Otras sin embargo llegan para quedarse y lo hacen normalmente en otros idiomas como es el caso del domestic noir que, si uno lo piensa y lo traduce de forma literal como doméstico (inglés) negro (francés) ve claramente que novela negra de andar por casa le da mucho menos glamour que el término bilingüe que hemos adoptado. La novela de hoy es un Bildungsroman (novela de crecimiento) otro término que queda bien para hablar de aquellos libros en los que sus protagonistas están en plena transición a la vida adulta. Y, personalmente, me gustan (creo que por eso aprendí tan rápido el término).

     En este caso estamos ante una primera novela en la que el protagonista toma una voz que busca la frescura y el descaro, incluso el humor. Y digo busca porque esa frescura se va perdiendo por el camino hasta dar un un final que no ha terminado de convencerme. Pero, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes.

     La novela mezcla elementos clásicos de la literatura irlandesa como la religiosidad o la política con otros contemporáneos en los que vemos Dublín como una ciudad moderna que parece ser evitada por una literatura que se empeña en no dejarla avanzar. En este entorno y con una situación temporal en los ochenta que permite a muchos lectores empatizar con el protagonista mediante los elementos comunes que ya se miran con cierta añoranza, el autor nos presenta a Jim. O, mejor dicho, deja que se presente a sí mismo. Un niño de familia media, hermanas mayores, conversaciones familiares sobre los vecinos y trastadas y bravatadas que poco tienen de sorprendente pero que acomodan al lector para seguir la novela. Incluso nos permite momentos de humor cliché cuando sitúa el orgullo irlandés en el número de "bh" o "dh" que contiene un nombre. Y cuando ya nos ha situado y llega la religión, el autor decide dar un giro a la novela y el padre O'Culigeen quiere a Jim de monaguillo. Sé lo que estáis pensando, "ya estamos ante otra novela sobre un cura que abusa de un niño". Y es cierto que este también parece ser otro género propio, por eso Maher lleva a cabo en este punto el mayor acierto de la novela. Maher no habla de la iglesia en sí, Maher dibuja al padre O'Culigeen. Eso hace que el secreto de Jim tome fuerza y también el del hombre que lo daña excusándose en la perversión más absoluta de la palabra "querer", pero lo destroza. O'Culigeen es el cura, se le admira, tiene incluso poder. Y Maher lo convierte de forma individual en un monstruo y también en un gran personaje (recordemos que no han de ser buenos) al mover la voz de Jim y hacer al mismo tiempo que avance con su vida mientras nosotros nos sentimos asqueados por ese hombre cada vez que es nombrado.
Jim crece, ahora es de él de quien se habla, se enamora, está en la edad, y lo hace como tantos otros adolescentes, de una chica mayor, Saibhdh (recordar lo del orgullo y las letras ahora). Es en este punto en el que la novela comienza a desdibujarse perdiéndose el interés que había creado en mi. De hecho, si os soy sincera, jamás pensé que la chica fuera a mirar a Jim y, cuando vi que lo hacía, creí que el autor no había dado fuerza a la chica para no tener que justificar la gratificación que le estaba dando por los males padecidos. Pero no es el caso. La relación avanza y con ella la novela, aunque llegados a este punto no seguiré hablando del argumento, y lo hace, para mi, con escaso interés pese a que Maher impulsa la historia utilizando el entusiasmo de su narrador en Londres. Un narrador al que lleva a un final que... no. Y no digo más. Aunque me acabo de dar cuenta de que no he hablado del uso del lenguaje, uno de los puntos fuertes de la novela.

     Canta sucio niñato es una novela con un buen despegue pero que, a medida que avanzaba, iba perdiendo interés. No tengo claro si voy a repetir con el autor.

     Y vosotros, ¿qué opináis de las etiquetas?

     Gracias.

lunes, 3 de febrero de 2020

La maldición de Hill House. Shirley Jackson


     "En la larga historia de los fantasmas, no ha habido ninguno que dañara físicamente a nadie. El daño se lo hacen las víctimas a sí mismas".

     Por muchas adaptaciones que tenga una novela, ninguna es como el libro. Además hay veces en las que cada una de las adaptaciones difiere en tanto con el resto, que uno no puede hacer otra cosa que buscar las palabras originales para decidir qué visión es la más adecuada. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La maldición de Hill House.

     Conocemos a John Montague, un apasionado de lo paranormal que busca un lugar en el que realizar un experimento. Encuentra el lugar perfecto en Hill House, y allí invita a tres voluntarios a pasar unos días en la casa embrujada de la zona. Eleanor, una mujer triste y desdichada que ha pasado años al cuidado de su madre, Theodora, alegre y con una conexión telepática superior a la media y Luke, futuro heredero de la mansión colocado allí por la dueña de la casa y con poco interés en casi nada que no sea él mismo. Juntos pasarán unos días en los que esperan vivir experiencias paranormales que les saquen de sus rutinas bajo la atenta supervisión de Montague.

     Cuando uno se enfrenta a un libro de terror tiene que tener muy claro a qué tipo de terror se va a dirigir: no es lo mismo el terror directo basado en los sustos que aquel otro que busca lo psicológico. A primera vista esto parece algo muy obvio pero, a medida que uno se decanta por uno u otro, termina descubriendo que estos límites abren la puerta a muchos otros tipos de novelas de terror que pueden o no resultarle atractivas. En el caso de La maldición de Hill House, por ejemplo, la autora habla de una casa encantada y parece que todos esperamos fantasmas acechando listos para aterrorizar a las visitas (un poco como en la película protagonizada por Catherine Z Jones), pero Jackson lo que propone es algo muy diferente. La presencia de la casa es más que evidente y también su amenaza sobre los visitantes, a los que está claro que no quiere allí y de entre los que amenaza con cobrarse a su nueva víctima, pero el terror, el verdadero terror sobre el que Jackson está escribiendo, es el de la mente de los moradores de la casa. El cerebro y las reacciones y pensamientos de cada uno, provocados por sus temores y vivencias, es el punto fuerte de una novela que juega con el lector hasta sus últimas páginas dejando que sea él quien decida el verdadero final de la historia.

     La casa, esa gran protagonista en la que ni el ama de llaves permanece pasado el atardecer, es un perfecto laberinto mundano a veces confortable, otras amenazante, pero siempre al acecho. Y los invitados a pasar allí en verano, forman tres tipos habituales de personas que nos podemos encontrar. Es cierto que Jackson no las dibuja demasiado y que el lector puede quedarse con las ganas de profundizar en la relación entre Eleanor y su madre (sobre todo porque la literatura de terror nos ha enseñado que suele haber miga en estas relaciones) y también lo es que hay un juego quizás demasiado rápido entre las chicas y luego entre Eleanor y Lucas, pero lo salva dejándolo en algo meramente superficial en la lectura. Pero lo importante aquí es el interior y si bien es cierto que en la casa como en la vida es fácil elegir la puerta equivocada, también lo es que uno llega a estas lectura esperando más que un par de escenas de efecto como la que sucede en la habitación azul. Sin embargo, lo que puede provocar más miedo en esta lectura, es el reconocimiento del lector en alguno de los miedos representados por los personajes: todos ellos aislados y llenos de sus propios fantasmas. Y, de entre ellos, Eleanor se alza como la gran protagonista señalada casi desde un comienzo y cuyo papel es, posiblemente, el más difícil de representar. Ella es quien, tema o no a la casa, parece tener más miedo a la vida que a lo que suceda allí dentro, como si la libertad adquirida al morir su madre fuera además la peor de sus pesadillas. Ella ha sido siempre un segundo plano y ahora que se ha quedado sin nadie detrás del que esconderse, todas las miradas convergen en ella. Incluida la de la casa.
     Así es como genera Jackson esa atmósfera terrorífica: desde el interior. Y nos la presenta en la historia de la casa tanto como en las personas que llegan o en aquellas que se han adaptado a trabajar allí durante años. Y por eso la novela funciona, aunque tal vez no sea lo esperado por algunos lectores de género.

     La maldición de Hill House es una magnífica novela de terror psicológico que obliga al lector a redefinir su concepto sobre "lo que da miedo".

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD: Hill House ha visto adaptaciones para todos los gustos. The Haunting en forma de película llevada al cine tiene una versión de 1963 que es posiblemente la que se mantiene más fiel a la novela. Mucho más desde luego que la realizada en 1996 bajo el mismo título y muchísimo más que la aclamada serie de Netflix.

 
     Por otro lado, os presento la Mansión Winchester, fuente de inspiración de la casa de la novela, una mansión laberíntica que tardó en construirse casi cuatro décadas debido a su intrincado interior cuyo objetivo era hacer que los espíritus de los fallecidos por causa de las armas que llevaban su mismo nombre, se perdieran en ella incapaces de encontrar el camino para atormentar a la familia creadora de dichas armas de fuego. Las peculiaridades de la mujer que la mandó construir forjaron la leyenda de la que sigue siendo considerada una casa encantada hoy en día. No diréis que no os cuento cosas.

viernes, 31 de enero de 2020

Creedme. T. Christian Miller y Ken Armstrong


     "Marie abandonó la sala de interrogatorios y bajó las escaleras de comisaría acompañada de un oficial y un subinspector. Ya no estaba llorando. Los agentes la dejaron en manos de las dos personas que la esperaban, coordinadores de un programa de apoyo para jóvenes que, como Marie, habían alcanzado la mayoría de edad y ya no pertenecían a la red de familias de acogida.
"Entonces, ¿qué?" preguntó uno.
"¿Te violaron?".

     Netflix ha sido el lugar en el que he descubierto este título. Me apareció como miniserie y me llamó la atención por lo que decidí investigar. Hoy traigo a mi estantería virtual, Creedme.

     Creedme se basa en An unbelievable story of rape, un reportaje hecho por los dos periodistas que firman este libro y que comenzaron una investigación sobre un caso real de violación en el que una mujer no fue creída, se retracto incluso, y luego gracias a la colaboración de los detectives de la policía se demostró que su denuncia era cierta.

     Dicho así, con un poco de prisa, esta es la sinopsis de Creedme, pero hay mucho más en este libro.

     El True Crime se ha convertido en un género propio y no son pocos los títulos que van apareciendo en los dos últimos años. Sin embargo, lo habitual es que se hable de asesinos en serie o terroristas, nunca me había tropezado con el de un violador aunque, como se dice en el libro, la probabilidad de que un violador reincida en el delito es muy superior a la de que lo haga un asesino. Y esa es solo una de las cifras que aporta Creedme. Pero empecemos con la historia:

     Marie es una joven de 18 años que ha llevado una vida difícil en la que no han faltado los distintos hogares de acogida y los abusos. En el momento en que parte la historia Marie estaba rehaciendo su vida, tenía algunos amigos e incluso había recibido ayuda para alquilar su primer apartamento y vivir sola. En ese momento Marie atraviesa las puertas de una comisaría en un suburbio de Seattle, donde vivía, y denuncia una violación. La policía, entrenada para ello tal y como nos explican los autores del libro, comienzan a sospechar desde el momento en que Marie no actúa como una víctima: ella no está furiosa y deshecha, está entera. Su testimonio es puesto en duda incluso por alguna de sus madres de acogida. Marie entonces sufre el protocolo Reid, que se aplicaba en casos de asalto. La policía la hostiga y finalmente Marie se viene abajo y se retracta de su denuncia.
A partir de ese momento su vida cae por un precipicio. La policía la denuncia a ella por haber interpuesto una denuncia falsa, su caso llega a los medios y se convierte en algo conocido y la joven es señalada y dada de lado por sus amigos. Marie ha pasado de ser una víctima a una cabeza de turco enjuiciada y utilizada como ejemplo de "las miles de denuncias falsas que se interponen". Este creo que es el momento perfecto para decir que Marie puso su denuncia en 2008. No hace cuarenta años.
     Tuvieron que pasar más de dos años hasta que la policía de Colorado arrestara por violación a un hombre y encontrase una fotografía de la joven Marie. Pero esta no es solo la historia de Marie, Creedme es la historia de una práctica, la de poner en duda el testimonio de la víctima cuando no se ajusta a los parámetros, es la historia del miedo de muchas mujeres a no ser creídas y también la de la descoordinación policial cuando no se pertenece al mismo estado y la de las policías que, pese a ello, deciden seguir investigando, Galbraith y Hendershot. Pero no solo eso, ya no se concentran en las víctimas únicamente, también llegamos a conocer a O'Leary, el violador, desde su infancia hasta el reconocimiento de que violó a Marie por oportunidad tras espiarla durante muchas horas.

     Creedme es un libro impactante sobre errores de proceso, víctimas que acaban siendo juzgadas y un violador que pudo haber escapado de su delito. Leído como un informe largo o como un simple ejercicio de información se trata en muchos momentos de un libro escandaloso. Sobre todo porque no es ficción.

     Y vosotros, ¿descubrís libros a través de sus adaptaciones o una vez vistas ya no os interesa la lectura?

     Gracias.

      "Si no todas, casi todas las mujeres nos hemos planteado cómo reaccionaríamos en caso de violación. Si es mejor defenderse con uñas y dientes, o si deberíamos huir por todos los medios. O, quizá, permanecer en estado inerte para que todo pase cuanto antes. Es un diálogo interno que comienza pronto, normalmente en la adolescencia, cuando comenzamos a salir solas al mundo. Y, sobre todo, de noche; ese espacio físico -más que temporal- donde las calles nos gritan que no son nuestras, incluso en tiempos de paz.
     El pensamiento desaparecerá al cruzar el portal, pero el monólogo regresa implacable cuando hay noticias de una violación..."
Prólogo de Creedme.
Patricia Simón.

miércoles, 29 de enero de 2020

El peso de la nieve. Christian Guay-Poliquin


     "Mira. Es un lugar más vasto que cualquier vida humana. Quien trate de huir está condenado a volver sobre sus pasos. Quien piense avanzar en línea recta estará en realidad andando en círculos concéntricos. Aquí, todo escapa al control de las manos y de la mirada. Aquí, el olvido del mundo exterior es más fuerte que cualquier recuerdo. Mira de nuevo. Este laberinto carece de salida. Se extiende dondequiera que posemos los ojos. Mira bien. No hay ningún monstruo, ninguna bestia hambrienta que merodee por estos dédalos. Pero estamos atrapados. O esperamos a que los días y las noches acaben con nosotros, o nos hacemos unas alas y escapamos volando".

     Hay un tipo de novelas por las que me siento atraída. Se trata de esas en las que, aparentemente, no sucede nada. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El peso de la nieve.

     Un hombre se dirige a un pueblo a ver a su padre y por el camino tiene un accidente de tráfico. Su coche da varias vueltas de campana y sus piernas acaban prisioneras bajo el peso del vehículo. El hombre tiene las piernas destrozadas. Estaba ya muy cerca del pueblo, de hecho le llevan hasta allí,un lugar remoto y nevado, casi incomunicado. Su estado es muy grave y el pueblo sufre con el aislamiento, ni siquiera tienen electricidad. Por eso esta hombre acaba en la cabaña de Matthias, que le cuidará a cambio de víveres... y de la oportunidad de salir hacia la ciudad en primavera. Quiere irse lo antes posible para encontrarse con su mujer. Pero aún es otoño...

     Es el hombre accidentado quien nos narra la historia de su confinamiento durante su recuperación. Un confinamiento provocado tanto por sus lesiones como por la nieve, de hecho de no ser por la nieve, su cuidador no estaría ahí. Con él. Será ese cautiverio obligado durante su recuperación el que nos vaya narrando en esta novela que se torna angustiosa a medida que avanzamos centímetro a centímetro de nieve caída.

     El peso de la nieve recibe sus influencias con los brazos abiertos, sin esconderlas. Si el protagonista tiene rotas las piernas y le regalan un catalejo, lo usará para mirar por la ventana (en este caso no indiscreta) una y otra vez. Y si hay dos hombres que no se conocen conviviendo, no hace falta que esperen El Sunset limited para que el lector vea ecos de McCarthy en la novela. Y luego está el invierno, ese gran protagonista con su manto blanco que cae de forma silenciosa pero implacable, hermosa pero tal vez letal. Esa será la angustia del lector que se ve sorprendido cuando, donde debiera aparecer un 1 anunciando el primer capítulo, el autor ha escrito "TREINTA Y OCHO". Así, con mayúsculas. Y pasa la página desconcertado pensando que tal vez sean capítulos decrecientes y descubre "TREINTA Y NUEVE" y después "CUARENTA Y UNO". Pero para ese momento ya sabemos de lo que nos hablan. No es un orden numeral para los capítulos, son los centímetros de nieve gracias a un palo clavado por Matthias. Como dice el protagonista:
     "Genial. Ya tenemos algo con lo que medir nuestra angustia".
     En este libro, Matthias lee, el protagonista no. Matthias cuida con esmero al protagonista que al principio ni siquiera habla, solo sufre dolor. Matthias quiere huir, volver a la ciudad tiene un destino esperándole. El protagonista en cambio ha llegado ya a su destino para descubrir que ahora nadie lo espera. Efectivamente, son blanco y negro obligados a vivir confinados en una casa comiendo sopa y pan negro. Nos e ha acabado el mundo ni estamos ante una novela postapocalíptica, pero a veces no hace falta ser tan extremista para vivir situaciones extremas. Y la verosimilitud gana al más fantástico escenario a la hora de comprender y creer. Sin saltos de fe esta vez, solo creer.

     El peso de la nieve es una novela potente en la que copo a copo y centímetro a centímetro sentimos la angustia de sus protagonistas. Es una novela de tesón y de lucha, de objetivos vitales y muebles quemados al fuego. Y sí, es una novela en la que la nieve es la gran protagonista; hermosa y letal.

     Y vosotros, ¿qué tipo de novelas son las que os atraen más, así de entrada?

     Gracias.

lunes, 27 de enero de 2020

No entres dócilmente en esa noche quieta. Ricardo Menéndez Salmón


     "Mi padre falleció en la Unidad de Paliativos del Hospital de la Cruz Roja de Gijón durante la tarde del 12 de junio de 2015. Había cumplido setenta y dos años un día antes. Yo no estaba con él. Me había marchado de su lado poco después del mediodía, cuando mi madre llegó a darme el relevo en el cuidado de su agonía. 
     La última imagen que conservo de mi padre vivo es la de un hombre que hace un gesto repetido aunque ambiguo, tocarse el pecho con ambas manos, como si estuviera reconociendo una culpa o buscándose los latidos del corazón. Su mirada está fija en la única ventana que hay en la habitación. Y lo que esa mirada contempla es intrascendente, un paisaje alejado de cualquier epifanía en la hora del adiós. La muerte es aquí un asunto prosaico".

     Tendría que pararme a pensar en el número de libros que he leído de Menéndez Salmón y, sin embargo, no necesito pensar para afirmar sin equivocarme que los he leído todos. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, No entres dócimente en esa noche quieta.

     No entres dócilmente en esa noche quieta. 
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día; 
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz. 

     Quiere Menéndez Salmón en su nueva obra, esta que titula con un verso de Dylan Thomas, hacer una suerte de ejercicio de búsqueda del padre muerto que termina por convertirse en una búsqueda de un hijo que se siente extraviado antes del suceso. Y quizás eso sea lo más honrado porque todo ejercicio de introspección, por mucho que lo hagamos en una dirección de partida, termina por ser propio. Y si queremos ser honestos, como dice el autor cuando habla de cómo va a relatar su historia, estamos dejando patente la debilidad que creemos que podemos tener.

 Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa, 
porque sus palabras no ensartaron relámpagos 
no entran dócilmente en esa noche quieta. 

     Uno entra en este libro buscando recuerdos infantiles, caricias, paseos por el campo y compañía durante la edad madura. Entra buscando eso que tanto se dice pero que pocas veces se cumple y que se ampara bajo la frase "lo normal". Y en cambio encontramos el testimonio de un hombre adulto que ha vivido marcado por la enfermedad de su padre, por la operación de su padre, por el alcoholismo de su padre... como si, de algún modo, el autor tratara de dirigir esta obra por un camino que se empeña en escurrírsele de las manos. Y se excusa diciendo, hace diez meses que escribí el párrafo anterior... este libro es como un parto...

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo 
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde rabian, 
rabian contra la agonía de la luz
   
     He borrado de mi memoria, dice cuando no se adentra en el terreno y yo me pregunto si eso es cierto o simplemente lo omite pero no puede evitar nombrarlo. Hasta que de repente ya no importa porque me doy cuenta de que este libro no trata de un padre fallecido. Este libro trata de un hijo que ha convivido con la idea de tener un padre muerto y ni así, por muchos años que hayan sido, estaba preparado para esa vida. Y tampoco para esa muerte. Ni para lo que significa. Porque esos años de convivencia le han hecho pensar sobre el tema, pero no como un filósofo, sino como un hijo que ya no es hijo, que ahora es solo padre. Con todo lo que ello implica.

 Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera 
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino 
no entran dócilmente en esa noche quieta. 

     Habla Menéndez Salmón en este su último libro de todos sus fantasmas. De sus miedos, sus temores, sus esqueletos (al menos de los que ha querido airear) y va perdiendo línea a línea en estas apenas doscientas páginas el pudor al hacerlo. Y si el pudor vuelve, recurre a su padre para volver a desnudarse un puñado de palabras más tarde.

 Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante 
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros rabian, 
rabian contra la agonía de la luz. 

     Una de las cosas que me gustan de este autor es la plasticidad con la que se expresa. Es raro hoy en día alguien tan joven con un vocabulario tan cuidado y medido palabra por palabra. Ese toque que vuelve un texto reconocible y que ahora parece perderse en medio del término "fácil de leer" que yo no tengo muy claro lo que significa. Pero sí se que es un placer leer a Menéndez Salmón. Lo lleva siendo años. Ver esa literatura que cruza esta novela, sus escritores, Bernhard, Thomas o Goethe. Pero por muchos escritores a los que cite, la vida de un hijo está marcada por la de sus padres y tal vez por eso hablar del padre sea la mejor forma de descubrir al hijo. Incluso cuando lo hace uno mismo.
   
 Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo 
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas. 
No entres dócilmente en esa noche quieta. 
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

     No entres dócilmente en esa noche quieta es un libro más que privado, personal, que leí con prisa y luego disfruté con calma. Puede que no sea para todos los públicos ya que carece de hecho de una trama definida, pero hay libros ante los cuales, ¿quién la necesita?
    Me acabo de dar cuenta del número de veces que he escrito la palabra búsqueda en esta entrada. Así de profundo bucea su autor. 
     No sé si lo he dicho, pero leed a Menéndez Salmón.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     "No entres dócilmente en esa noche quieta"
     Dylan Thomas

lunes, 20 de enero de 2020

La cucaracha. Ian McEwan


     "Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, Jim Sams, inteligente pero de ningún modo profundo, se vio convertido en una criatura gigantesca. Durante un rato largo permaneció de espaldas (no era su postura favorita) y miró con consternación sus lejanos pies y sus escasas extremidades".

     Me declaro incondicional de McEwan. Y lo hago sin pudor alguno porque, seamos conscientes, cada lector tiene sus amores. Y da igual si un día flaquean o no cumplen lo esperado, se les perdona. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La cucaracha.

     Una mañana cualquiera Jim Sams se despierta convertido en una persona. Él era una cucaracha de palacio hasta hace apenas unas horas y, de repente, ahora es un ser humano. Pero ni siquiera es un ser humano cualquiera, es el PM: nada menos que el primer ministro del Reino Unido. Este será sin duda su descubrimiento más relevante, al menos hasta sentarse con el consejo y ver que, salvo uno, todos los asistentes son también antiguas cucarachas. Asé pues, y con el país en manos de tan insignes bichos, lo primero que deciden es apuntarse al Reversionismo (flujo inverso del dinero).

      En los últimos tiempos Ian McEwan parece empeñado en demostrarnos que una realidad alternativa, por rara que sea, es mejor que la realidad en la que nos encontramos. O tal vez no sea eso, quizás simplemente utiliza estas realidades alternativas para hacer una crítica de las realidades actuales que no le gustan. O algo así, la verdad es que los lectores de aquel brillante McEwan de antaño no terminamos de tener claro lo que busca en los últimos tiempos, aunque seguimos disfrutando del escritor de oficio al que perdonamos que haga aguas en... todo lo demás.

     La cucaracha es, evidentemente, un sátira política del Brexit comparado aquí con una teoría descabellada llamada Reversionismo en la que el trabajador paga a la empresa y el tendero al consumidor. Me ha quedado claro, querido McEwan, que no eres muy fan del Brexit. Y también lo que piensas sobre teorías descabelladas que se hacen populares y de quienes las apoyan.  Pero esto no trata de tu opinión sino de la mía.
     Con un comienzo que es un clarísimo homenaje a La Transformación de Kafka, McEwan hace honor a su profesión y registra paso a paso cada una de las sensaciones de la cucaracha-hombre antes de dar el golpe de gracia con una vaga descripción y la confirmación de que estamos ante el primer ministro. Un primer ministro que tiene una memoria residual en la que recuerda cómo moverse o afeitarse y también comprende conceptos políticos complejos que tienen que ser explicados al lector; básicamente, el Reversionismo. Hasta aquí me quito el sombrero. El Brexit es una de las grandes crisis de nuestro tiempo y McEwan parece decidido a coger el toro por los cuernos y escribir una sátira que además haga entender.... absolutamente nada. La novela, pese a ser corta, pierde fuerza a medida que McEwan se enreda en una historia que parece perder el sentido. Si los políticos son cucarachas, ¿qué son los que no son cucarachas? ¿y qué pinta la termodinámica aquí? Y, sobre todo, ¿por qué iban a tener ese interés específico? el lector no deja de hacerse preguntas descubriendo que, con suerte, una de todas ellas será respondida y llega entonces a un final totalmente desconcertante que contradice abiertamente la primera página ya que dudamos de si todo esto era un plan orquestado y no una sorpresa inicial.

      McEwan parece a gusto en estos universos alternativos que son a su vez un producto de hechos pasados que se separaron de nuestro hilo real. Lo mismo da que Turing siga vivo o que aparezca una teoría económica disparatada, McEwan parece conducirnos a través de esa realidad alternativa y a veces casi absurda a un punto actual que tiene demasiado en común con el momento en que vivimos. Es casi como si quisiera conseguir que el lector mire su entorno y se pregunte qué tiene nuestro mundo para no ser tan absurdo como el planteado por el propio McEwan. Pero, más allá de esta reflexión hecha con mejor intención que bases, está claro que  la lectura de esta novela en forma única no da para tantas conclusiones. Uno termina La cucaracha con la sensación de estar ante una idea cogida por los pelos con la que luego no se ha sabido muy bien qué hacer. Una lástima. Si os soy sincera, me gustaría una de esas realidades a gusto del autor en la que aquel que escribió Expiación se pusiera delante del McEwan de hoy para, sin perder esa caballerosidad y elegancia inglesa, le dijera dos o tres cosas.

     La cucaracha ha resultado un libro con un comienzo prometedor y un poso decepcionante.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 15 de enero de 2020

El arte de perder. Alice Zeniter


     "Desde hace unos años, Naïma experimenta un nuevo tipo de pade­cimientos: los que ahora acompañan sistemáticamente a las resacas. No es sólo que tenga dolor de cabeza, la boca pastosa o el estómago hecho polvo; cuando abre los ojos después de una noche de farra (ha tenido que espaciarlas: ya no aguantaba aquel sufrimiento una vez por semana, ni siquiera cada dos semanas), lo primero que le viene a la cabeza es: «No lo conseguiré.»."

     Como buen ser humano incoherente, regreso a los premios una y otra vez. En esta ocasión, el Goncourt des Lycéens, Littéraire Le Monde, Landarneau des Lecteurs, Libraires de Nancy y el primer Premio Goncourt de España de 2017. Hoy traigo a mi estantería virtual, El arte de perder.

     Naïma es una joven francesa de ascendencia argelina que trabaja en una galería de París. Argelia ha sido más un nombre, una ubicación geográfica marcada en un buscador, que una parte de la joven o de su historia. Esto cambiará cuando, a raíz de una exposición de un artista argelino, la galería la envíe de viaje a este país. Naïma comienza entonces a descubrir la historia de su familia, la de Hamid, su padre, y su abuelo Alí, convertido en expatriado.

     Me gustan los libros entretenidos y ya si me descubren cosas que no conocía, mejor. En este caso se trata de una historia de tres generaciones que se adentra en el tema de Argelia y Francia cuando aún no han pasado sesenta años de la independencia del primero. Es por tanto historia reciente, pero también desconocida, al menos para mi.
     El arte de perder sigue, a través de Naïma, la historia de tres generaciones de una familia argelina que termina siendo de lo más francesa. Alí vive en las montañas de Cabilia en un tiempo en el que Argelia era colonia francesa. Él es un magrebí de nacionalidad francesa que tiene una vida de terrateniente y se encuentra con las revueltas que buscan la independencia de Argelia. En ese momento le toca decidir qué bando tomar y acaba siendo un Harki, argelino que lucha del lado de Francia y no de Argelia. Esto hace que Alí tenga que huir junto con su hijo Hamid hacia Francia, para evitar el terror de su propio país y terminen en un campo de acogida. Los dos primeros años son terribles, las condiciones de ese lugar jamás las hubiera imaginado, y eso me lleva a entender por qué hay personas como Ali, que no hablan de su pasado. Gracias a una conciencia social son sacados de ese horrible lugar y terminan en una zona de la periferia, en un barrio que se ve "degradado socialmente" con la llegada masiva de inmigrantes. El tema es, como podéis ver, de una actualidad brutal, ya que en casi todas las ciudades existen lugares así, y muchas veces desconocemos lo que puede haber detrás.
     La autora nos presenta la visión más benévola, en la que Hamid es inteligente y consigue integrarse, aprender el idioma, estudiar en París, un buen trabajo y se enamora de una chica francesa. Y de esa unión, el resultado es Naïma.
     Tres generaciones que hablan de un momento de la historia más reciente y de un tema que no siempre se aborda en la actualidad. Argelia y su situación son complicados, huir de tu país lo es y más si parte de tu familia se queda, provocando una fractura que va más allá de la geográfica, y luchar para avanzar dejando atrás aquello de lo que sales supone perderse muchas cosas.
     Me ha parecido interesante esta visión tan documentada que me ha aportado muchísimos datos que desconocía, sobre todo de la época del abuelo de la protagonista.

     La propia autora es descendiente de un Harki casado con una francesa, lo que le da una dimensión más personal a la historia, y quizás también más parcial. Pero a fin de cuentas la vida son pequeñas historias que se encuentran y desencuentran y a mi esta me ha parecido interesante.

     El arte de perder es una novela más que recomendable que aborda un tema que me era desconocido y una situación que vemos en las noticias muchas veces.

     Y vosotros, ¿hay algún premio que respaldéis?

     Gracias.

lunes, 13 de enero de 2020

La idiota. Elif Batuman


     "Antes de ir a la universidad no sabía lo que era el correo electrónico. Había oído hablar del email y sabía que, en cierto modo, "tendría" uno".

     Reconozco que voy con más interés a por un libro que divide opiniones que ante otro cuyo calado es unánime. Me gustan los libros que no generan indiferencia y me cuesta creer que todo el mundo tenga el mismo gusto para alabar o no una obra. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La idiota.

     Estamos en 1995 y conocemos a Selin, una joven turca que comienza sus estudios en Harvard. Llega queriendo ser escritora y con poca experiencia en la vida más allá de los libros. Allí se enamora de un chico mayor que ella estudiante de matemáticas llamado Iván con el que intercambia correos electrónicos en un momento en el que era algo moderno hacerlo. Así comienza una relación paralela al mundo real.

     Decir en primer lugar que la referencia a Dostoievski en este novela no va más allá del hecho de que su autora es especialista en novela rusa. Es algo que me parece importante aclarar ya que quizás haya otros lectores que, como yo, se pregunten el motivo de un título que no deja pie a duda alguna sobre su origen. Bien, aclarado esto, la novela es un texto bien escrito que me ha hecho incluso sonreír en alguna de sus apreciaciones como por ejemplo el paralelismo entre el sonido de un cigarro al inhalar su humo y el de la aguja de un tocadiscos. Dicho lo cual y situada la novela en un contexto social en el que enviar un correo electrónico era algo modernísimo, casi de frikis, insertar aquí aquella película titulada "Tienes un e-mail" pero solo porque el cerebro humano es caprichoso y nos lleva estorbando ese título desde que dijimos 1995 y relación por mail, tengo que decir que mi lado lector es el de los decepcionados.

      Valoro el esfuerzo y la prosa, las comparaciones y también las apreciaciones de la protagonista a la hora de describir situaciones y compañeros, pero no es suficiente. Y no lo es porque queda desaprovechado el choque de la joven turca retraída que entra en Harvard y porque la autora se deja muchas cosas en el tintero en esta novela. Para empezar nos dice que la protagonista quiere ser escritora. Es más, la protagonista dice que quiere ser escritora. Pero más allá de esa afirmación, podemos perder el tiempo buscando que nos diga que escribe algo (ya lo sé, escribe emails) o que tenga alguna inquietud o idea sobre la que escribir. Así que es escritora lo mismo que podía querer ser astronauta porque un día se subió en un ascensor. Queda desaprovechado también el crecimiento hacia la vida adulta en un entorno universitario ya que muchos de los personajes que aparecen parecen estar allí solo para que la protagonista haga una breve apreciación con ánimo de ser mordaz, sobre ellos. En este punto soy consciente de que muchos lectores han encontrado divertidísima esta novela, y que puede que simplemente yo no haya sabido pillar el tono humorístico de dichas observaciones. Hay un montón de observaciones casi anecdóticas y un montón de referencias lingüísticas pero la historia en sí carece de fuerza y el final es algo presentido desde casi sus primeras páginas. De hecho creo que le sobra al menos un tercio de su extensión para quizás de ese modo ganar fuerza porque no estamos en la escuela y aquí no me vale eso de "está muy bien escrito" y menos si hablamos de la novela finalista al premio Pulitzer porque eso, como cualquier lector comprenderá, se le presupone.

     Frente al entusiasmo de una gran parte de los lectores, en mi caso la lectura de La idiota ha resultado una experiencia vacía, decepcionante en muchos momentos, que solo se sostiene a base de referencias literarias y lenguaje cuidado pero cuyo fondo deja, sinceramente, mucho que desear al no poder justificar tanto vacío en la inocencia de su protagonista.
     No toméis sin embargo mi opinión demasiado en serio ya que un paseo por la crítica os dirá justo lo contrario y, a fin de cuentas, cada libro es una opinión en la boca de cada lector. Y qué se yo que no soy más que un simple lector.

     La idiota es una novela que me ha parecido insuficiente en muchos sentidos.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

viernes, 10 de enero de 2020

La casa del padre. Karmele Jaio


     "Disparos en el monte. Vuelves a escucharlos desde allí arriba, en la cima. Pero sabes que no provienen de los montes aledaños, sino de tu interior. Tu cuerpo es un arbusto".

     Me gusta Karmele Jaio. Me la descubrió hace un tiempo mi amiga Esther, y tuve que compartir su entusiasmo. Por eso estaba a la espera de su última novela. Hoy traigo a mi estantería virtual, La casa del padre.

     Conocemos a Ismael, un escritor de mediana edad que debutó con una novela de esas que tienen mucho éxito pero que pesan en las siguientes. Eso le sucede ahora. Está sentado ante una página en blanco, en silencio, con un cursor que parpadea el ritmo de los días desde hace casi dos años. Está casado con Jasone, la chica que lo deslumbró en la universidad, la que escribía cuentos, la que se casó con él y dejó de escribir. Una mujer que lee sus novelas y le apoya pero cuyo interior le es desconocido. Mientras Ismael intenta escribir, recibe una llamada del hospital en la que le informan que su madre ha sufrido un accidente y se ha roto la cadera. El cuidado de su padre recaerá entonces en él a la espera de lo que haga su hermana la rebelde, Libe.

     Podéis leer tres veces la sinopsis del libro o la mía y aún os faltará todo por saber sobre La casa del padre porque debajo de esa sinopsis se esconde el verdadero corazón de la novela. Un corazón en el que Jaio ha puesto en boca de sus protagonistas lo que muchos piensan. Es una novela que habla de hombres y de mujeres, de manadas y violaciones y también del miedo que un padre tiene a que su hija salga, o tal vez su mujer. Pero no se queda ahí, porque para eso hay un narrador personal que toma la misión de hablar de lo que no se dice. Este libro trata de una herida que cierra en falso dejando una cicatriz dolorosa que nadie toca. Las relaciones son complicadas, los hombres no nos entienden se enfrenta a las mujeres no se dejan conocer y así, partiendo de estas sentencias ya apolilladas, Jaio construye su novela. Será la madre de Ismael la que le recuerde una familia de las de antes, dividida en hombres y mujeres, en la que ellos cazan y ellas cocinan cuando aquello era normal y nadie le daba importancia. La madre que en el hospital le dice que cuide de su padre y le haga ver la relación de ambos de otro modo. Y serán su hermana y su mujer quienes le pongan voz a esa nueva visión. Ismael se resiste, él no es malo, no maltrata a nadie, no quiere ser "de los hombres", "yo soy yo no soy nosotros" dice una y otra vez. Esa apertura de un hombre es lo que me ha sorprendido en esta historia. Estamos en un momento en el que las mujeres han perdido el pudor a desnudarse pero los hombres no. Ismael se alza en su conciencia y no verbaliza para renegar de ser uno más, se siente atacado, avergonzado o culpable, se enfada... y Jasone también. Cada uno en su lado, lanzando palabras. Dos escritores que no saben usarlas, y una autora que las usa demasiado bien.
     Es además una novela sobre voces literarias en la que se habla del miedo a escribir y descubrirse o tal vez a descubrirse escribiendo. Y es, ante todo, una novela literaria de ritmos repetidos y cadencias constantes que se revela como hermosa a medida que avanzamos. Y, como ya he dicho muchas veces, lo hermoso no ha de ser necesariamente alegre... ni bonito.

     Podría decir más cosas porque Jaio ha aprovechado estas 200 páginas. Pero os toca a vosotros descubrir lo que hay detrás. Yo... ni siquiera os he contado si al final Ismael escribe o no.

     Karmele Jaio escribe con tinta densa, de esa que al tocarla se mete bajo tu piel y tarda tiempo en salir. Y que la miras y te acostumbras a verla, casi asumiéndola como un lunar. Eso pasa con las reflexiones de "La casa del padre". Si alguna vez fue cierto eso de que una vez que publicas un libro este pasa a ser propiedad de los lectores, Jaio lo demuestra en su última novela. Todos hemos visto alguna vez esa puerta de metacrilato entre el hombre y la mujer.

     Me ha gustado La casa del padre. Me gusta la voz de Jaio que no te permite sentir indiferencia. Seguiré atentamente su trayectoria.

     No os he preguntado qué libro os han traído los Reyes. Contadme...

     Gracias.

miércoles, 8 de enero de 2020

Amy e Isabelle. Elizabeth Strout


     "El verano en que el señor Robertson se fue del pueblo hacía un calor terrible, y durante largo tiempo el río pareció muerto. Sólo una culebra muerta y marrón que se extendía por el centro del pueblo, amontonando sucia espuma amarilla en las orillas. Los extraños que pasaban por la autopista cerraban las ventanillas ante aquel nauseabundo olor a azufre, asombrados de que alguien pudiera vivir con semejante hedor saliendo del río y del antiguo molino. Pero la gente que vivía en Shirley Falls estaba acostumbrada, y aun en medio del calor sólo lo notaba al despertar; no, no les molestaba particularmente el olor".

     Tras Me llamo Lucia Barton me quedó la curiosidad por leer algo más de Strout y me lancé a buscar otros títulos suyos. Algunos, como el que hoy traigo a mi estantería virtual, los he leído gracias a la reedición. Hoy traigo, Amy e Isabelle.

     Conocemos a Isabelle, una mujer con una vida no demasiado hermosa y un pasado que tampoco es para tirar cohetes. Ahora tiene una hija, Amy, y teme que se convierta en lo mismo que ella es. Amy por su parte tiene una relación con un profesor que le hace feliz, de él sabemos realmente poco: la lleva, la trae, la ilusiona, se acerca demasiado a ella... y es entonces cuando, al ser descubiertos por una tercera persona, la madre de Amy toma cartas en el asunto para evitar ese miedo propio.

     Amy e Isabelle es la historia triste y melancólica de una madre y una hija que no terminan de entenderse. La madre, como todas las madres, quiere que su hija sea mejor que ella, más feliz. Eso hace que su mayor temor sea una sombra, no quiere que su hija se convierta en la mujer que ella es. Por eso, cuando descubre lo que Amy tiene con su profesor, toma una traumática medida para la joven provocando una fractura entre ambas. Ella ve al hombre que abusa de su hija, que se aprovecha, y su hija estaba viviendo otra historia muy distinta, tal vez en sus ilusiones como aprenderá a medida que madure. Porque al final esta es una novela de aprendizaje, de aprender a ser madres, a no traspasar nuestros miedos ni nuestros errores, de aprender a ser hijas y a escuchar, de saber mirar y saber vivir. Supongo que a estas alturas alguno os estaréis preguntando qué pasó con el hombre de esta historia, pero... ¿importa realmente?¿no suponemos ya cómo es? A fin de cuentas, la novela no trata de eso.

     Estamos ante la primera novela de Strout y, sin embargo, nadie lo diría. El tono, el pulso, los grises que recubren la historia dando un toque triste a una relación que se sujeta "por los pelos" son capaces de ir calando en el lector hasta convertir esta novela en una gran lectura. Y creedme, estamos escasos de buenas lecturas.

     Amy e Isabelle es una gran opción tanto si conocéis a Strout como si nunca os habéis acercado a sus letras. No dejéis de hacerlo. Y tampoco dejéis de pensar en lo leído. Quién sabe si uno puede aprender algo sobre la vida... yo creo que sí.

     Y vosotros, ¿con qué libro volvéis de las fiestas?

     Gracias.