lunes, 13 de agosto de 2018

Oeste. Carys Davies


     "Por lo que ella alcanzaba a ver llevaba dos pistolas, un hacha de mano, un cuchillo, su manta enrollada, aquel enorme cofre de latón, diversos bultos y bolsas, una de las cuales, supuso, contenía las cosas de su madre".

     Ya he confesado alguna vez que mi idilio con el western comenzó con Marcial Lafuente Estefanía, y digo idilio porque es cierto que salto al cine el placer del género, y que siempre me ha seguido gustando. Hoy traigo a mi estantería virtual, Oeste.

     Conocemos a Cy Bellman, un hombre viudo de 35 años años que cría mulas. Vive junto a su hija de 10 años, Bess. Un día ve una noticia sobre unos huesos enormes encontrados en tierras lejanas al oeste y decide abandonarlo todo en su búsqueda. "Dos años" le dice a su hija mientras la deja al cuidado de la tía Julie.

     Contar una historia en menos de doscientas páginas requiere la pericia de saber elegir sin sonar demasiado áspero o despegado para que el lector se sienta cómodo en las letras. Davies no nos cuenta una historia en doscientas páginas, nos cuenta dos. Por un lado da voz a la niña que crece, que busca a su padre y vive su ausencia con la esperanza de volver a ver como aparece en el horizonte. Y lo hace en un relato directo aunque con tono protegido, sin sonar demasiado brusca pese a lo difícil que es esa vida rural para una joven que ha quedado a cargo de una persona que no comprende el viaje de su padre. Porque eso significa que nadie comprende a Bess. De otro lado, y alternándose con la historia de Bess, está el viaje de su padre, ese hombre enorme pelirrojo  y con chistera que decide partir al sur buscando una leyenda tras el hallazgo de unos huesos. Así le acompañaremos por los parajes, sabremos de la compañía de un indio en su viaje y también de sus vivencias y esperanzas. Y seguiremos ambas historias entre la esperanza y el temor de que uno u otro vayan a cumplir su sueño.

      Davies escribe una historia sencilla que esconde más de lo que parece en un primer momento. Es casi un cuento, no en vano es autora de cuentos y esta es su primera novela, ya que descubrimos entre sus letras no solo la aventura, sino también el retrato de una sociedad rural. Se desprende de esta novela ese realismo habitual en las novelas sobre América, aunque sin la necesidad de hacerlo tan descarnado. Vemos los prejuicios y temores contra los nativos, el papel femenino tanto en la juventud de Bess como en la edad ya avanzada para el matrimonio de la tía Julie, y los efectos en el carácter. También los juicios en una población pequeña, las esperanzas en el futuro y los peligros que acechaban. Y todo ello mientras consigue intrigarnos y contagiarnos del sueño de Cy. Y manteniendo el tono sencillo, la estructura simple, la agilidad en un texto que no dura más allá de una mañana o tarde entre las manos del lector.

     Oeste no es, ni lo pretende, una novela con pretensiones de pasar a la historia de la literatura, pero si es un libro ameno que me ha gustado descubrir. Y también un nombre apuntado en la lista de mis futuras lecturas, el de Carys Davies.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

jueves, 9 de agosto de 2018

El profesor del deseo. Philip Roth


     "La tentación se me presenta por primera vez en la muy importante y llamativa persona de Herbie Bratasky, director social, director de banda, cantante melódico, cómico y maestro de ceremonias del hotel de montaña propiedad de mi familia".

     El verano es un gran momento para las relecturas. Es más, durante el mes de mayo, uno de mis placeres es elegir qué relecturas haré en los dos meses siguientes, y este año ha tocado Philip Roth. Hoy traigo a mi estantería virtual, El profesor del deseo.

     Conocemos a David Kepesh, profesor de literatura comparada, mientras nos va relatando su vida. Ahora cuenta con setenta años pero su historia se remontará a su infancia y a la influencia que le supuso Herbie Bratasky, un hombre capaz de imitar sonidos de los más escatológicos que provocó que Kepesh quisiera ser artista. Kepesh pronto cambió y sus intereses viraron a la literatura y, como no, al sexo. La literatura le seguiría interesando hasta el punto de dedicarse a ella, avanzando sin descanso en este campo. El sexo y, sobre todo el deseo es algo más complicado y lo acompañaremos en el recorrido que hace de su relación con cuatro mujeres, Elisabeth, Bigitta, Helen y Claire.

     Este libro es la segunda parte de la trilogía protagonizada por David Kepesh. Eso no significa que haya que leerlos en orden y tampoco que haya que leerlos todos. No obstante, los libros serían: El pecho, en el que Kepesh se despierta, de forma kafkiana, convertido en el pecho gigante de una mujer; El profesor del deseo, en el que recorremos la vida de Kepesh hasta los setenta años, y El animal moribundo en el que Kepesh cuenta con ochenta años y relata esa última parte de su vida en la que continúa buscando dsesperadamente compañía femenina.

     Pudiera parecer, visto el argumento, que es un libro que habla de sexo y nada más, sin embargo, Roth es capaz de diseccionar no solo a su personaje, sino también parte de la sociedad de la época. Quizás no nos hayamos parado a pensarlo, pero uno de los temas en los que más cambios se han producido en la sociedad, es el sexo. Y Roth no solo lo sabía, sino que convirtió el sexo en un tema habitual en sus libros. En este caso, y cual novela de crecimiento, acompañaremos a Kepesh desde su adolescencia hasta los 34 años en los que no dejará de lado ni siquiera el tópico de las suecas, conocido en nuestro país por películas que quizás no queremos recordar. Así pues nos presenta su relación con Elisabeth, una mujer dispuesta a todo por su amor a Kepesh, lo que significa que se callará para conservar a David, sintiéndose poco a poco humillada al no compartir deseos ni filosofía de vida; Birgitta, la mujer desenfrenada, con la que tendrá un trío junto a Elisabeth; Helen con la que llega a casarse pero cuyo matrimonio no dura, una mujer compleja y atormentada y Claire, que viene representada como el opuesto a la esposa.
      Kepesh es un hombre exigente e inconformista que vive atormentado. Un hombre que siente soledad y que se atormenta no solo por lo que siente, sino también por los cambios que ve en lo que siente respecto a la vida. Para Kepesh la vida sin deseo no tiene sentido, así que el deseo es uno de los motores de la vida, y, sin embargo, ve que el deseo no es eterno. Una contraposición casi que no aceptará hasta no dar con Claire, que era distinta a todas las demás en un principio y también la que consiguió hacerle más livianas sus obsesiones. De hecho, Kepesh parece acudir, hasta la llegada de Claire, a las mujeres como método para no pensar, para evadirse de la vida evitando así la conciencia de ella, incluso de la propia mortalidad. Y tal vez por eso espere hasta los setenta años para hacer este recorrido por esas mujeres de su vida, explicando cada una de ellas sin buscar otra pornografía que la disección de su propio cerebro. Eso hace que el lector comprenda que la verdadera pulsión de Kepesh no es la del sexo, o no es solo el deseo, sino la de dejarse ver, la de ser realmente conocido y que por eso se expone.

     El profesor del deseo es una novela teñida de ese sentido del humor no siempre alabado de Roth que reflexiona sobre la vida y las obsesiones de su protagonista. Una muy buena muestra de la excelencia literaria del autor con la que disfrutar que deja un poso triste y reflexivo en el lector.

     Y vosotros, ¿releéis?

     Gracias.

     PD. El libro está dedicado a Claie Bloom, y eso hace que el lector busque de forma incansable el límite entre la realidad y la ficción. Incluso en el caso de Roth, cuyos álter ego literarios se miden en plural.

martes, 7 de agosto de 2018

El Túnel. Ernesto Sabato



     "Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne".

     Recuerdo perfectamente la primera vez que leí El Túnel y la sensación que me produjo esa primera frase. No sucede a menudo, pero hay frases que te marcan toda una lectura, y esta es una de ellas. Hoy traigo a mi estantería virtual, El Túnel.

     Conocemos a Juan Pablo Castel, pintor. Y será precisamente en una exposición que conozca María Iribarne. Aunque ella está casada, comienzan una relación con la que el protagonista se va obsesionando hasta el punto de relatarnos su propia historia desde la cárcel, una historia que comienza con la confesión de su crimen.

     El Túnel es, para esta lectora y con permiso de Abbadon y Sobre héroes y tumbas, la mejor novela de Ernesto Sabato. Por eso me alegré al conocer la publicación de esta edición conmemorativa. En ella se incluyen textos que el propio autor escribió sobre esta novela y que han visto la luz en ensayos a lo largo de los años y también se recogen las actas de censura a las que se vio sometido el libro y que impedían su publicación. Tanto una cosa como otra son sumamente atractivas para los lectores. La primera, porque a todo lector que admire a un autor y su obra, le interesa más allá de la obra, el proceso que llevó a su creación y la opinión del escritor sobre la misma. En el segundo caso, las actas de censura, reconozco que más allá de la mera curiosidad, me ha dejado perpleja esa sentencia sobre lo ilícito del amor y lo que pensaban que pretendía Sábato con ella.

     En cuanto a la novela, poco hay que no se haya dicho. Narrada en primera persona Castel es de un pesimismo sombrío desde las primeras páginas, y no duda en hacernos recorrer el viaje completo de su historia provocando en el lector un apesadumbramiento creciente construido a base de frases que son como sentencias de las que uno no puede escapar.  Para él, todo lo pasado ha sido peor y el futuro carece de esperanza, incluso cuando conoce a María, mientras ella mira un cuadro, no puede evitar decirle que a su lado no lo pasará bien. Su obsesión crece mientras la busca, y nos damos cuenta de que le exige cosas "demasiado rápido", inviables, como la fidelidad dado que ella es una mujer casada. Le vemos descender a lo más profundo de sus pensamientos y sabemos que el final es inevitable, sus encuentros son cada vez peores, conocedores ambos de que lo suyo no es algo que vaya a durar en el tiempo y, a la vez, él persigue esa durabilidad hasta sus últimas consecuencias.
Toda la novela gira en torno a la soledad. La obsesión del protagonista por María se debe a que cree que ella le sacará de su soledad y, cuando ve que no, se obsesiona más aún en que a su lado, solos ambos, estarían acompañados y ella le lograría comprender. El miedo a esa soledad es pegajoso acaba contagiando al lector, que se revuelve incómodo mientras comienza a comprender demasiado bien algunas de las frases que Castel va dejando como perlas envenenadas a lo largo de su relato.

     El Túnel, una zona de tránsito que nadie identifica con un lugar agradable. De hecho, casi nadie disfruta cuando pasa caminando por un túnel, sobre todo si es largo y por él también pasan coches. Hay un momento, cuando uno llega al centro del túnel y descubre que hace una curva casi imperceptible pero que nos impide ver la entrada y también la salida, en el que aceleramos el paso sin quererlo por habernos encontrado allí solos. No queremos estar solos caminando por un túnel, no es agradable. Ahora imaginad que descubriéramos que a la salida del túnel uno no puede salir, que es solo ficticia porque hay una puerta que nos lo impide. Y que ese túnel fuera una vida, y que en su zona central viéramos como circulan coches que van despacio, otras vidas. Pero no podemos saltar a la carretera y, finalmente, tampoco escapar del túnel. Bien, pues todo eso es la novela de Ernesto Sabato.

     El Túnel es ya un clásico, una lectura obligada que condensa tantas sensaciones y sentimientos en un puñado de páginas como para provocar que el lector no pueda salir indiferente a su lectura. Además, esta edición, con los extras añadidos, supone casi un tesoro para cualquier lector haya leído la obra o se enfrente por primera vez a ella. No dejéis de conocer a Juan Pablo Castel.

     Y vosotros, ¿ compráis ediciones de libros que ya habéis leído?

     Gracias.

lunes, 6 de agosto de 2018

Necesitamos nombres nuevos. Noviolet Bulawayo


     "Vamos de camino a Budapest: Bastardo, Chipo, Sabediós, Sbho, Stina y yo. Y nos vamos a pesar de que tenemos prohibido cruzar la carretera de Mzilikazi, a pesar de que bastardo tendría que estar cuidando de Fracción, su hermana pequeña, y a pesar de que mi madre me mataría si se enterase. Nos vamos y ya está. Porque en Budapest hay guayabas que robar, y ahora mismo estoy que me muero por unas guayabas. Esta mañana no hemos comido nada, y me siento como si alguien me hubiera vaciado el estómago a paladas".

     Recuerdo que hace muchos años me gustaba ir comprando títulos de una colección de narrativa de otra culturas. Con el tiempo dejé de hacerlo y hoy no se siquiera si dicha colección se sigue editando, pero es cierto que me siguen interesando este tipo de libros. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Necesitamos nombres nuevos.

     Conocemos a Darling cuando, con diez años, deambula con su pandilla de amigos las calles de Paradise, un barrio de chabolas de Zimbabwe. Junto a su historia conoceremos las de sus amigos y, por extensión, la de la sociedad pobre de su país que sueña con una vida mejor, en este caso, en Estados Unidos. Finalmente Darling cumple su sueño de ir a Estados Unidos, un lugar lejano y extraño.

     Podría decirse, por la edad de la protagonista, que Necesitamos nombres nuevos es una novela de crecimiento. Sin embargo lo importante aquí es la vida que los ojos de Darling ven pasar. Por eso la división de la novela en dos partes es tan diferenciada. Por un lado tenemos la vida en Zimbabwe y por otro, en Estados Unidos.
     En Zimbabwe Noviolet nos presenta un panorama desolador que no es desconocido para nadie con un poco de interés en las noticias. Una pandilla de amigos que van a un barrio caro a robar fruta y observan allí las diferencias con su propio barrio. Hombres blancos y negros en enormes casas y con ropas y aspecto cuidados que contrastan con su entorno habitual. Y Paraíso, cuyo nombre da muestra del humor presente en la novela, un suburbio, un lugar en el que el SIDA es algo casi normal, un grupo de amigos cuyos nombres dan cuenta de cómo comenzó su existencia, una niña embarazada de un abuelo... y una frescura y alguna travesura para aligerar el tono dramático que hubiera podido adquirir la novela y que Noviolet lucha por evitar. Aunque no pueda evitar volver a contar desgracias, se nota que no quiere a un lector que sufre con ellas. Las normaliza en la vida de unas personas que parecen no sorprenderse con sus propias vivencias. Y le da un sueño a Darling: Estados Unidos.
     La segunda parte, esa en la que Estados Unidos es una realidad, sigue la estela de la primera. Quizás un poco menos evidente y menos terrible, pero Noviolet vuelve a caer en relatarnos tópicos o hechos ya sabidos por todos de la vida en ese país: desde la mujer que se obsesiona con su peso pensando que es lo que salva y mantiene su matrimonio hasta el obeso adolescente que vive enganchado a los videojuegos. Y en este mundo sitúa a una Darling que comprende que quizás había idealizado la vida en ese lugar. Esta parte, supongo que por ser más conocida para nosotros, tiene menos fuerza que la primera aunque sigue manteniendo el interés en el lector.

     Lo más destacable de la novela de Bulawayo está en las formas, en la propia narrativa desprovista de artificios y figuras retóricas, pero que consigue una armonía durante la lectura muy agradable de leer. Cuida las formas y alterna partes teñidas con sentido del humor, con otras casi entrañables que harán sonreír al lector y lo completa con alguna descripción en la que parece buscar casi poesía, aunque no de esas hermosas que se recitan una y otra vez. Y todo ello sin perder un realismo que aparece metido casi a presión, como si quisiera enseñar al mundo todo lo que no se ve que sucede en esos países y le faltara tiempo para ello.

     Necesitamos nombres nuevos es una novela entretenida que uno termina con la sensación de oportunidad perdida porque podría haber sido una muy buena novela. Pero le ha faltado empuje. Y eso hace que el lector salga indiferente a lo que la autora nos relata.

      Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

viernes, 3 de agosto de 2018

El hombre de tiza. C. J. Tudor


     "La cabeza de la chica descansaba sobre un montón de hojas de color naranja y marrón. 
      Sus ojos almendrados contemplaban con fijeza las copas de los sicomoros, hayas y robles, pero no veían los vacilantes rayos del sol que se colaban entre las ramas y salpicaban de oro el suelo del bosque. No parpadeaban cuando los brillantes escarabajos negros correteaban sobre sus pupilas. Ya nunca verían nada, salvo la oscuridad".

     En mi incansable búsqueda de la novela del verano, hoy traigo a mi estantería virtual, El hombre de tiza.

     Cuando Eddie tiene 12 años conoce a un hombre peculiar. Eso será lo segundo que recuerde de un verano en el que presenció un terrible accidente en una feria. Después de eso comenzó a hacer dibujos con tiza, esos monigotes que todos conocemos se volvieron inquietantes. De hecho les condujeron hasta el cuerpo sin vida de una joven. Ahora han pasado años y Eddie y su pandilla de amigos de la infancia se han vuelto a reunir en el pueblo. Ni siquiera el paso del tiempo les va a permitir escapar de lo sucedido, la historia parece repetirse como si el hombre de tiza volviera a estar entre ellos.

     Dice el propio Stephen King que este libro le recuerda a sus novelas, así que nada que discutirle. De hecho, esa parte ochentera con una pandilla de niños acompañados de la niña de turno, las refriegas, el despertar de la atracción y ese terror que acecha entre lo natural y lo sobrenatural está presente. Si ahora hablamos de un reencuentro en un segundo hilo (en la que Eddie tiene 42 años y es profesor de lengua) que se va volviendo trágica y en la que se descubren secretos y cicatrices, estoy segura de que la mayor parte de los aficionados a las novelas de King, ya ha pensado en It. Y es que es cierto que esta novela bebe de ese King de hace ya unos años que disfrutaba con el terror antes de pasarse a esa narrativa sosegada que viene cultivando cada vez con más asiduidad.
     En esta ocasión El hombre de tiza marca su primera diferencia con la extensión, ya que es una novela de 350 páginas que ha sido además concebida para que el lector no quiera interrumpir su lectura. De hecho considero que uno de sus fallos más acusados es que abusa de ese recurso al final de cada capítulo con frases como "no esperaba que no fuera así" y que pretenden tirar del lector. Tal y como yo lo veo, si una novela despierta el interés del lector no es necesario recurrir a este tipo de trucos.

     En cuanto a la trama, como ya he comentado alguna vez, son novelas que deslucen a medida que cumplimos años los lectores y nos hacemos más exigentes. Un argumento como este, que bien hubiera podido definir como efectivo hace unos años, ahora se me antoja casi previsible a grandes ratos. No obstante no haré de ello una falta ya que, y esto es opinión propia, considero que el autor ha querido hacer con su novela un homenaje no sólo a King sino también a todos aquellos libros que hace ya treinta años iban en la mano de la inmensa mayoría de los lectores. Y, concebido como tal, ha sido una lectura que he disfrutado entre visos de nostalgia. Quizás por eso, y acostumbrada no lo negaré a los guiños de Stranger Things, me ha faltado un poco de ambientación con esas cosas reconocibles que nos ubican automáticamente en el tiempo.

     No considero que El hombre de tiza sea la novela del verano, pero sí que es una opción entretenida para pasar un par de tardes durante las vacaciones. Y eso, por mucho que haya quien reniegue, ya es mucho. La lectura como entretenimiento.

     Y vosotros, ¿qué buscáis en los libros?

     Gracias.

jueves, 2 de agosto de 2018

La desaparición de Josef Mengele. Olivier Guez


     "El North King surca el agua cenagosa del río.Los pasajeros, que han subido a cubierta, escrutan el horizonte desde el amanecer, y ahora que las grúas de los astilleros y la línea roja de los tinglados perforan la bruma, unos alemanes entonan un canto militar, unos italianos se presignan y unos judíos rezan, pese a la llovizna, unas parejas se besan, el trasatlántico arriba a Buenos Aires tras una travesía de tres semanas. Solo en la borda, Helmut Gregor cavila".

     No sorprendo a nadie si digo a estas alturas que me interesa el tema de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La desaparición de Josef Mengele.

      Josef Mengele no necesita presentación. Es uno de los nombres asociados al terror en los campos de concentración, uno de los monstruos de nuestra historia moderna que segó miles de vidas sin pestañear. Y sin embargo, escapó. Su cuerpo fue hallado sin vida en una playa de Brasil en el año 1979. Se sabe que llegó a Argentina en el año 1949 y poco más de los treinta años que suceden entre ambas fechas. En este libro de ficción histórica, Olivier Guez reconstruye esos años de escondites, reuniones clandestinas, aliados y huidas.

     La Segunda Guerra Mundial es un tema recurrente en la literatura, tanto como que lo protagonicen las víctimas. Historias de supervivientes o de quienes no lo consiguieron, amores truncados o reencontrados, lo cierto es que los estantes de las librerías están llenos de estas voces. Olivier Guez opta en su novela por dar voz a el ángel de la muerte, Josef Mengele. Un nombre conocido por todos y una vida llena de muerte y terror sobre la que Guez ha realizado una amplia labor de investigación y ha llegado a cubrir las lagunas con una ficción que se entrelaza perfectamente con la historia haciendo dudar al lector del punto en el que realidad y ficción se separan.
La novela no se despega en ningún momento de esta figura, dándonos una visión parcial de lo que era para este hombre la sociedad lationamericana e incluso la vida en la época de Perón, haciéndonos partícipes de una sociedad escondida en la que se seguían moviendo impunemente estos monstruos que supieron encontrar un sitio en la sociedad en el que ascender en la sombra. De este modo lo acompañaremos a lo largo de sus mudanzas, y también en sus recuerdos, una parte que está magníficamente plasmada. Y es que, la Guerra, los campos de concentración y sus horrores, no fueron lo mismo para este hombre que para quienes los padecieron, dando lugar así a algún pasaje nostálgico en el que el protagonista recuerda buenos tiempos allí pasados con su esposa, capaz de poner los pelos de punta a cualquier lector.
Es también interesante ver que, en aquel momento, Mengele no era conocido ni apreciado por su terrible labor. Era un médico nazi y poco más, con una hoja de servicios que no brillaba frente a la de algún expatriado con el que coincidió en reuniones. Guez no deja nada por relatar, y hace un retrato interesantísimo del carácter del protagonista, y también de la sociedad del momento tanto en latinoamérica, necesitada de profesionales a los que no preguntaba demasiado, como a algunas personas de la propia Alemania. Y asistimos así a la gran tragedia de Mengele, que llega a sentirse estafado, engañado mientras que el lector tiene una perspectiva más amplia del cambio que se ha producido en la sociedad en los últimos cuarenta años respecto a este tema.

     La desaparición de Josef Mengele no solo es un gran libro, también es una historia necesaria. Porque las sociedades avanzan superando las heridas del pasado y si olvidamos estas heridas, tal vez no seamos capaz de avanzar. Además el autor evita deliberadamente un tono ensayístico, y casi también el histórico convirtiendo la novela, a grandes ratos, en una suerte de negra aventura que hace muy amena la lectura.

     Y vosotros, ¿sois "lectores de guerras"?

     Gracias.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cadáver exquisito. Agustina Bazterrica


     "Media res. Aturdidor. Línea de sacrificio. Baño de aspersión. Esas palabras aparecen en su cabeza y lo golpean. Lo destrozan. Pero no son solo palabras. Son la sangre, el olor denso, la automatización, el no pensar. Irrumpen en la noche, cuando está desprevenido. Se despierta con una capa de sudor que le cubre el cuerpo porque sabe que le espera otro día de faenar humanos".

     No tenía ni idea de qué trataba este libro cuando me tropecé con él. A veces no sabemos por qué llegamos a los libros y este es uno de esos casos. Hoy traigo a mi estantería virtual, Cadáver exquisito.

     Cuando un virus afecta a todos los animales y su contagio con el contacto, y más aún con la ingesta, es seguro, en el planeta se prohíbe el consumo de carne. El gobierno regula entonces el consumo de carne humana amparándose en la necesidad de consumir proteínas para el desarrollo. La sociedad cambiar brutalmente ante este nuevo orden mundial, y Tejo es el encargado general del frigorífico Krieg.

     Las distopías están de moda. Historias en las que en un futuro más o menos lejano y en un entorno que nos muestra ciudades con objetos y sociedades reconocibles, el ser humano ha completado su proceso de toxicidad para si mismo, amparándose para ello en la excusa elegida por el autor. Así han llegado a la pantalla éxitos como el Cuento de la criada, y no pocos títulos han ido detrás. Bazterrica también nos sitúa en un futuro reconocible, en una sociedad que ha girado para aceptar un consumo criminal: el de la carne humana. Nos olvidamos aquí de ese uniforme con una estética llamativa, y también de programas de control con drogas o quemas llamativas. Esta vez estamos ante na novela visceral que remueve incómodo al lector, no solo porque no evita con fundidos en negro las escenas desagradables, sino porque nos coloca a su protagonista, Tejo.

     Tejo es encargado en una empresa que hoy conoceríamos como un matadero. Lo acompañamos en esta historia mientras reflexiona sobre cada uno de los movimientos que tiene que realizar cada día en este mundo que ha cambiado en tan pocos años. Él recuerda otra vida, con animales en granjas, unos para consumo, otros domesticados, y no es capaz de alejar el concepto "persona" de aquéllos a los que ahora crían cruelmente para su consumo. Su voz nos hace un terrorífico relato de los cambios sutiles que realiza la sociedad para acallar su conciencia ante este consumo: las palabras prohibidas, los gestos, la separación. Y es terrorífico porque seguimos reconociendo en esos cambios a la sociedad actual, la vemos en cada justificación y, aunque no busca ser realista, no podemos evitar compararlo con otras conductas actuales con las que hacen, o hacemos, lo mismo.
     Tejo es un personaje de esos que no se olvidan fácilmente, con una tragedia personal y una mujer que se aleja, recibe como regalo a una "cabeza". Una mujer de pura raza criada para consumo. Y, sin desearlo, entablará una relación con ella que le hará descender hasta sus propios infiernos. Unos infiernos terribles que desembocarán en uno de los mejores finales que he leído este verano. Porque cuando uno escribe un libro de estas características solo tiene dos opciones; quedarse a mitad de camino y suavizar así el golpe, o llegar hasta el final. Y Bazterrica ha tomado la segunda opción. Por eso, uno cierra el libro y siente como poco a poco su cuerpo se va destensando.

     Cadáver exquisito me ha gustado, me ha sobrecogido, lo he sufrido y ahora, a quien se atreva, lo recomiendo.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis agosto?

     Gracias.

     PD: No todas las relaciones son de amor. No todo el amor es hermoso. No todos los infiernos están en el futuro.