jueves, 9 de julio de 2020

La ciudad del alma dormida. Félix G. Modroño


     "En aquellas Navidades de 1935 los comercios bilbaínos aún destilaban la luz y la alegría de siempre. Ignacio Segurola se subió el cuello de la gabardina y se ajustó bien el sombrero antes de abandonar la redacción del periódico Euzkadi en la calle Correo, muy transitada a pesar de la lluvia, sin saber que estaba a punto de enamorarse".
      Hará unos siete años que descubrí a este escritor con una novela íntimamente relacionada con la que hoy traigo a mi estantería virtual. Se trata de La ciudad del alma dormida.

     Conocemos a Ignacio, un periodista que lucha por hacerse un nombre en Bilbao, el día en que sus ojos se posan sobre la librera Irene. Corre el año 1935 y entre ambos empieza una historia de amor en una ciudad que está a punto de cambiar. No serán solo los asesinatos, también la guerra pondrá a prueba la fortaleza de estos dos jóvenes y por extensión, de toda la sociedad vasca.

     Leer a Modroño no es solo conocer a sus personajes; es pasear por sus ciudades, reconocer sus ruidos y aspirar sus aromas. A lo largo de su carrera nos ha mostrado ya unas cuantas pero, de entre todas ellas, está claro que su favorita es Bilbao. No en vano va ya por el segundo título en el que la designa como "La ciudad...". Y es que la historia de Bilbao comenzó en La ciudad de los ojos grises y, si bien no estamos ante una saga en la que sea necesario leerlo todo y tampoco leerlo en orden, La ciudad del alma dormida nos pasea por las mismas calles pasados unos cuantos años. Esto hace que quien ya conozca "la ciudad" sonría cuando aparece Zumalde o si reconoce algún guiño de otro personaje ya leído que el autor exhibe mostrando que los universos de las ciudades están formados por las vivencias de quienes las habitan, sin que desaparecieran solo por haber terminado aquella novela. Pero avancemos.
     Viviremos en esta ocasión el romance entre Ignacio e Irene conociendo antes que los propios protagonistas que la guerra va a marcar sus vidas de algún modo. Y es que, si bien esta no es una novela sobre la guerra civil (gracias a Dios), si lo es sobre quienes vivieron esa época. Además hay que añadir que la protagonista es de Gernika, un lugar en el que cualquier lector sabe al menos por encima lo que sucedió. Tampoco es una novela negra, aunque haya asesinatos y una fotografía en la que tal vez aparezca un sospechoso. Ni siquiera por volver Zumalde o estallar una guerra que tal vez hubiera dejado caer en el olvido esa sangre derramada de no ser por una convicción moral o personal encuadraría yo esta libro dentro del género. Quizás diría que esta novela es ficción histórica, pero de esa salpicada de personajes reales y lugares comunes que hacen que el lector dude del lugar en el que se dibuja la línea que separa la realidad de la ficción. Un terreno en el que el autor suele moverse con soltura, igual que lo hace al dibujar sus personajes masculinos con un toque resabiado o femeninos inolvidables o al pasearnos por sus calles relatando cada esquina como si de ese modo pudiera dejar al lector asomarse a esa vida que pasa fugaz ante nuestra mirada.

     Poco os he contado en realidad sobre la trama, cuando podría deciros que caen bombas y lágrimas, que los enamorados van al teatro y que hay besos y melodrama, advertencias y sangre. Pero esa parte os la dejo a vosotros, que hay que disfrutar de las historias y esta merece la pena. Además, o mucho me equivoco, o la novela esconde una palabra que sacará más de una carcajada. Busquen, pero, sobre todo, lean.

     La ciudad del alma dormida es una novela con la que se disfruta incluso de las palabras. Algo cada vez menos usual.

     Los lectores viajamos leyendo y muchas veces conocemos lugares remotos o cercanos a los que no nos podemos desplazar, así que decidme, ¿cuál ha sido vuestro mejor viaje literario?

     Gracias.

     Decía Mik Everett "Si un escritor se enamora de ti, nunca podrás morir" y Modroño hace justo eso con Bilbao.

miércoles, 8 de julio de 2020

El inocente. Ian McEwan


     Ian McEwan es otro de mis imprescindibles. Uno de esos escritores a los que les permito todo y de los que me gusta tener algún título, aunque sea uno solo, sin leer. Como si eso fuera garantía de zona segura. Hoy traigo a mi estantería virtual, El inocente.

     Conocemos a Leonard, un inglés que va a trabajar a Berlín en el año 1955. Es técnico en comunicaciones y lo envían a trabajar en la llamada "Operación Oro". Este hombre, poco experimentado en general, no tarda en descubrir el verdadero valor de su misión: espiar las comunicaciones soviéticas. Por si eso fura poco, conoce a María, una alemana que tiene todo aquello de lo que él carece, y comienzan una relación.

     Siempre me han parecido fascinantes la Operación Gold y la Operación Silver. Pongámonos en antecedentes. En 1949 el Servicio Secreto Británico descubre que el cuartel general soviético utiliza las líneas de teléfono ordinarias para comunicarse con Moscú. En Viena. Así que compran un edificio cercano al hotel Imperial (por el que pasaban la línea utilizada), montan una sastrería como tapadera, y comienzan a obtener información. La operación termina debido al éxito inesperado de la sastrería y las consecuencias que esto provoca. El caso es que la CIA comienza a pensar si no sucederá lo mismo en Berlín, y así en 1954 ingenieros británicos y estadounidenses, comienzan a excavar un túnel de 450 metros de largo lleno de instalaciones de escucha que estuvo en funcionamiento hasta que un grupo de soldados soviéticos consiguió acceder a él muchos meses después.
     Bien, ahí es donde trabaja nuestro inexperimentado protagonista. El mismo que se deja seducir por María, por su experiencia y carácter, por la vida a sus espaldas, y comienza una relación amorosa que incluye celos y exmarido. McEwan consigue poner a un protagonista que parece insulso en un comienzo, en un lugar tan interesante y que no sea engullido por el momento. Nos tiene pendientes de Leonard, lo defendemos. Es curioso como uno empieza una novela de espías y acaba leyendo un lugar privado, asfixiante incluso. Y es que McEwan en este novela juega al despiste, a la sorpresa, un juego que hace ya libros que abandonó, pero que aquí se convierte en el motivo fundamental para continuar la lectura. Y si encontramos hábitos abandonados en este libro, hay que hablar del final, opuesto a esos finales abiertos que hoy nos regala. Hay, lo tengo claro hace tiempo, dos McEwan, y uno no es ni mejor ni peor que el otro, son simplemente diferentes, producto inicial e intermedio en la evolución del escritor. Y también hay una permanencia, la de sus personajes, esos que te atrapan y a los que perdonarías que te quitaran incluso la vida. De eso si que hay en El inocente. Y también hay un momento gore que me hizo sonreír. Me ha gustado. Lo disfruté tanto en sus formas como en su fondo. Por algo vuelvo a McEwan. Es zona segura, ya os lo decía.

     El inocente es un libro de espías que no es un libro de espías. Es una historia de amor pero tampoco lo es exactamente. El inocente es la historia de Leonard y María en un momento impresionante en un Berlín llamativo y con un final sorprendente. Lean, lean a McEwan.

     Y vosotros, ¿me decís algún autor que sea vuestra zona segura?

     Gracias.

lunes, 6 de julio de 2020

La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexiévich


     "—Según los estudios históricos, ¿desde cuándo han formado parte las mujeres de ejércitos profesionales?       —Ya en el siglo IV a.C., en Atenas y Esparta, las mujeres participaron en las guerras griegas. En épocas posteriores, también formaron parte de las tropas de Alejandro Magno.       El historiador ruso Nikolái Karamzín escribió sobre nuestros antepasados: «En ciertas ocasiones, las eslavas se unían valientemente a sus padres y esposos durante las guerras. Por ejemplo, durante el asedio de Constantinopla en el año 626, los griegos descubrieron muchos cadáveres de mujeres entre los eslavos caídos en combate. Además, una madre, al educar a sus hijos, siempre les preparaba para que fueran guerreros».

     No sé si a vosotros os pasa pero a mi hay nombres que me intimidan porque cuando llego a sus letras tengo la sensación de que todo el mundo los ha leído y juzgado como una obra maestra y tengo miedo de no estar a la altura. Hoy traigo a mi estantería virtual, La guerra no tiene rostro de mujer.

     Hablar de guerra puede ser complicado, depende todo de la forma elegida. Hay libros de amores que sobreviven, de luchadores convertidos en héroes anónimos y otros que tratan las mayores tragedias. En este caso Alexiévich se ha decantado por el testimonio. No diría yo que es una novela testimonial, ya que es en realidad una recopilación de vivencias de mujeres que lucharon de forma activa en la IIGM, en este caso, con el Ejército Rojo. Más de un millón de soldados desconocidas que tienen voz gracias a la pluma de esta mujer.
     Más cerca del reportaje periodístico que de otra cosa, los testimonios recogidos en el libro destacan por la extrema crudeza y realismo con el que son representados y también, como sensación permanente, la de no permitir al lector que se horrorice por leer algo que quienes lo cuentan, lo han vivido. A fin de cuentas, ¿quién es el lector para asustarse de una guerra o un aborto cuando es relatado por quien ha vivido un infierno que aún llena sus noches de pesadillas?
     Pero lo terrible, lo realmente terrible de estos testimonios, no es el horror en la batalla sino los terrores privados, las muertes íntimas, las luchas por un trozo de comida. Este año se hizo famosa una frase de una película, "Parasite", que decía "olor a pobre". Yo del libro de Alexiévich me quedo con otra:
Hacíamos cola para olerla, decían que olía a casa. 

     Niñas terribles con almas rotas que, en su inmensa mayoría, no llegaron nunca a ser reconocidas como lo que fueron, ni siquiera recordadas en la ficción en muchos casos. Mujeres cuyos actos, los buenos y los malos, son expuestos sin endulzar para recordar al lector no solo que esas mujeres existieron, sino que las guerras suenan y porque lo que se oye son las almas al romperse.

     La guerra no tiene rostro de mujer es un libro duro cuya lectura merece la pena incluso contando con las cicatrices que nos deja.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

lunes, 29 de junio de 2020

Las brujas. Celso Castro


     "y a veces, y también quiero que lo sepas, a veces te juro que te odio, porque me utilizas, es lo que siento. y me desagrada que me utilices, que necesites mi voz, oírme hablar y hablar y hablar hasta dormirte, hasta que tu angustia se calme, hasta comprender que tampoco es para tanto —no, no es para tanto…— me decía el psicólogo, lo decía para —relativizar— y yo le hablaba de mis visiones y que algunas se repetían. y él —es lo que se denominan sueños recurrentes…— y no eran sueños, eran visiones".

     Hace ya varios años que descubrí a Celso Castro y su peculiar prosa, desde entonces he regresado a sus letras de forma sistemática. Hoy traigo a mi estantería virtual, las brujas.

    El narrador de esta novela se irá desnudando como un joven cuyo padre lo lleva a ser amamantado por una mujer que será la madre de la joven a la que ama o tal vez no, Lorena, y que luego lo abandona. Un padre que deja a este joven maltratado salir a la vida incapaz, o eso cree, de amar. Y un amor, porque todos los libros tratan de amor,

     Cuando uno llega por primera vez a una novela de Celso Castro, no sabe que la historia da igual, que la trama da igual, que poco importa lo que suceda más allá del narrador. Porque sus novelas, y esta no es diferente, están protagonizadas por sus narradores, esos que hablan mentalmente para nosotros desnudándose a media voz. Porque si vivimos en un mundo apresurado y cibernético en el que usar mayúsculas es chillar, Castro ha desterrado de sus historias las prisas y las voces altas para dejarnos con su peculiar estilo un tono que se acerca más a la poesía que a la prosa convencional. Sin embargo no debemos de dejarnos engañar por esa aparente levedad de sus letras, no pensemos que lo hermoso es tenue o etéreo porque nunca lo es. De hecho, hasta en los cuentos de hadas habitaban villanos. La novela de Castro es una lenta confesión, de purga quizás, salpicada de ironía en la que este narrador sin nombre parece buscar en su pasado la forma de sobrevivir al presente. Un presente gallego, un presente con brujas, "que haberlas haylas" y con visiones y también con una voz que nos va embaucando en un juego del que Castro nos advierte poco a poco, siendo este el mayor acierto de la novela. Y es que, cuando alguien te cuenta su historia, es fácil caer en ella, dejarse llevar.
     Esta introspección detallada que es casi una confesión de diván en la que el recorrido inverso parece buscar aquello que ha convertido al narrador en quien es hoy, o quizás incluso repararlo, va mostrando en su voz un cierto desequilibrio, un desapego que se mezcla con esa lástima hacia el desamparado que nos ha conseguido ir sacando letra a letra, quizás amparado en no habernos dado ni tan siquiera su nombre. Castro convierte al lector en un ser permeable a lo que el narrador relata, un jugador que no sabe si el protagonista se dirige a él porque lo necesita o simplemente porque no quiere hablar al vacío. Y esta frase, por críptica que parezca, me hizo sonreír durante mi lectura pensando en Lorena.
     Decía antes que la trama no parece importar y yo no voy a revelarla, ya que es misión del lector descubrir a las brujas de la novela que no quedan ocultas en absoluto, como tampoco lo hacen ciertas pasiones culturales que salpican la novela. Y es que me suele dar rabia ver que cuando se trata de este escritor mucha gente parece pararse en las formas más que en el fondo. Unas formas que ya no sorprenden sino que marcan un sello propio al que en su día no estábamos acostumbrados a no ser que leyéramos poemas. Y unos libros que parecen decirnos, como llevan haciendo siglos los poetas, que todos estamos un poco rotos.

     Leer Las brujas ha sido un placer.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

viernes, 26 de junio de 2020

El mal de Corcira. Lorenzo Silva


     "Suele suceder así: cuando menos te lo esperas, cuando mayor es tu confianza, mientras son otras las preocupaciones que te absorben. Es ahí donde nos aguarda, sin piedad, el heraldo oscuro que sabemos que anda siempre al acecho y del que preferimos no hacer mucha cuenta, dándole así el privilegio de sorprendernos y desarbolarnos. Sin previo aviso llega y dice nuestro nombre. Y sólo entonces recordamos que no somos más que hojas que el viento levanta, sostiene en el aire y al final del vuelo, largo o corto, alto o bajo, devuelve sin más a la tierra".
     Las sagas con como las telenovelas; protestamos pero ahí estamos diligentemente para continuar con la historia. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El mal de Corcira.

     Bevilacqua se enfrenta a la muerte de un hombre que le llevará a su infierno particular. En esta ocasión el presente le conectará con un momento de su pasado que le ha marcado, su estancia en el País Vasco a finales de los años 80, con ETA totalmente activa, y su salida de allí.

     25 años han pasado desde que Silva nos presentara a Bevilacqua. Una visita que se volvió regular y llegaba a las librerías con una periodicidad bianual en la que el autor mezclaba casos, vidas privadas cada vez más abiertas a medida que entraba Chamorro en escena, y un pulso social que, tal y como comentó el autor en más de una ocasión, bebía de las noticias. Y los lectores sabíamos que Rubén, que así se llama Bevilacqua, había estado en el norte, pero no nos habían explicado mucho más. Y ahora ha sido el turno de bucear en su pasado.

     Para no saltarme nada diré que la trama negra de la novela es correcta, con un final que se resuelve a última hora, aunque a mi me gustaría que no apurase tanto y diera un poco más de carrete a la historia. Pero ya somos viejos conocidos y sabemos nuestros vicios, virtudes y defectos. Y nos encontramos periódicamente como viejos conocidos.
Es muy difícil comentar un libro de una saga tan larga sin caer en la tentación de desvelar algo que uno no debe, por eso voy a centrarme más en el protagonista y lo que el autor ha dibujado en él en esta su entrega más extensa. Silva, que alguna vez ha coqueteado con los recuerdos, se ha sumergido totalmente en un hilo doble para mezclar pasado y presente y otorgar la perspectiva de la madurez a lo vivido por su protagonista cuando aún era un novato. Y es que, si los GC de Silva han estado en todas partes, ETA era un tema que había esquivado. Ahora parece decirnos que más que esquivar el tema ha guardado silencio sobre él, como tantas otras personas que lo vivieron de cerca en su día. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido, y muchas veces hay que enfrentarse a lo que no se dice. Y eso es lo que le sucede a Rubén a partir del caso que tiene entre manos. Descubrimos así y desde esa voz que se acerca a la crónica social más que a la denuncia, como el joven se vio desbordado por la vida y salió del País Vasco llevándose consigo la sensación de haber dejado en la estacada a mucha gente. Aprovecha el autor para hablar de los cambios que se fueron produciendo en ese momento y llega hasta la desarticulación de la banda armada dentro y fuera de las fronteras, y no solo del País Vasco, también habla del punto de inflexión con la frontera francesa. Esto dimensiona a su protagonista, ya conocido de sobra por sus lectores habituales, más si cabe, porque parece mostrarnos una de esas cicatrices que no curan porque no se exponen y que cierran una herida que sigue doliendo con el roce independientemente del tiempo.
      Es cierto que muchos pueden pensar que el tema ETA está de moda y que quizás por eso es por lo que el autor ha decidido utilizarlo en este momento, pero también lo es que no importa el motivo y que ya en sus inicios se nos había insinuado que algo había y que el autor dice que hay temas que es mejor escribirlos desde la distancia que otorga el tiempo para poder enfrentarlos de cara. Y esa referencia al tiempo, a la mirada al pasado, a lo sucedido, a la historia, ya la deja clara incluso en el título.

     El mal de Corcira es una novela que se puede leer de forma individual o como continuación a una de las sagas más extensas de la novela negra dentro de nuestras fronteras. Un libro en el que retoma el tono de hace unas cuantas entregas y que yo, personalmente, había echado de menos.Echadle un ojo, este es el libro de Bevilacqua (quien lo ha leído, me entiende).

     Y vosotros, ¿sois de sagas?

     Gracias.

miércoles, 24 de junio de 2020

Cartas a un joven novelista. Mario Vargas Llosa


     "Éste no es un manual para aprender a escribir, algo que los verdaderos escritores aprenden por sí mismos. Es un ensayo sobre la manera como nacen y se escriben las novelas, según mi experiencia personal, que no tiene por qué ser idéntica ni siquiera parecida a la de otros novelistas".
     Los libros sobre literatura forman un género en sí mismos. Parece una tentación irresistible para cualquier escritor que se precie contarnos lo que lee, como escribe y también quiénes fueron sus maestros. Y la tentación es recogida por los lectores e incluso por otros escritores. Hoy traigo a mi estantería virtual, Cartas a un joven novelista. 

     Si En la verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa hacía un repaso sobre su propio canon literario del siglo, aquí se dirige a una suerte de corresponsal o receptor imaginario para hablarle de literatura, escribir, crear y sentimientos. A caballo entre un sencillo ensayo y una novela epistolar, Mario Vargas Llosa da teoría literaria a la vez que establece una serie de referentes que son imposibles de obviar para un lector que se sentirá irremediablemente atraído por la idea de seguir la lista de lecturas propuestas por el autor. Para él, el novelista no solo es feliz escribiendo, sino que su labor va mucho más allá cuando le deja a un mundo incompleto las fantasías que, de haberlo completado, le hubieran otorgado un status superior. Nos habla también de la importancia de las palabras y yo recordaba al leerlo eso que se dice sobre la existencia de las cosas en la medida en la que se les pone nombre. Vargas Llosa va un punto más allá otorgando al conjunto lingüistico la importancia de un mundo completo, y se entiende cuando el autor se dedica precisamente a completar mundos mediante el uso de las palabras. Mundos que, aunque para nosotros ya existan cuando se refieren a personajes que se han entrelazado con la realidad hasta tal punto que ya nos tenemos asumidos, son una ficción. A quién no le sucede que no concibe el mundo sin el Quijote cuando en realidad el mundo se concibió precisamente, sin él. Por lo tanto, yo concluía esta parte preguntándome cómo se concibe el mundo sin escritores.

      Decía antes que los lectores nos sentimos atraídos por este tipo de preguntas que nos cuentan cuáles fueron las inquietudes de nuestros escritores favoritos, sus comienzos y sus márgenes, pero lo mismo les puede suceder a otros escritores. Y es que, como dice el propio Vargas Llosa, a él mismo le hubiera gustado poder escribir a alguno de los escritores que admiraba cuando estaba comenzando para haberle preguntado sus dudas, haber seguido su camino en un intento de encontrar el propio. Y así avanzamos con ideas que, compartidas o no, otorgan una visión más ámplia del mundo literario, por capítulos dedicados a responder distintas preguntas tan importantes como genéricas. Él se reconoce como un rebelde del mundo y quizás por eso reconoce cada pedazo propio vertido en sus libros y es que no hay libro que no beba de la vida de su autor y quizás por eso sea vital vivir en ese mundo imperfecto ante el que se imponen mediante la ficción. La importancia de la coherencia, del estilo, el espacio, las lecturas que lleve a sus espaldas el propio escritor... nada escapa a las preguntas imaginadas y tampoco a las respuestas vertidas en este librito corto más que necesario, interesante.

     Cartas a un joven novelista es un libro más que recomendable sobre el oficio de escribir, pero también sobre el interior de quien lo hace.

     Y vosotros, ¿sois lectores de libros intraliterarios?

     Gracias.

lunes, 22 de junio de 2020

El club de lectura del final de tu vida. Will Schwalbe


     "Mi hermana, mi hermano y yo disfrutamos de conversaciones y momento extraordinarios con mi madre a lo largo de toda su vida, y también durante sus últimos años. Mi padre pasó con ella más tiempo que nadie -en el transcurso de décadas de matrimonio y al final-, y tanto su manera de cuidarla como el amor que se profesaban nos sirvieron de inspiración a todos nosotros." 

      Durante este confinamiento he aprovechado a releer. No todo ha sido nuevo ni todo ha sido digital, y es porque disfruto de las relecturas. Hoy traigo a mi estantería virtual una de esas relecturas, se trata de El club de lectura del final de tu vida. 

      Mary Anne, la madre del propio Will, regresa de un viaje con lo que parece una hepatitis. Sin embargo no tardará en descubrir que se trata de un cáncer de páncreas, además ya bastante avanzado. Durante sus dos últimos años la acompañaremos junto a su familia y, sobre todo, descubriremos las lecturas que hace junto a su hijo y como las utilizan como vía de comunicación para lo que no saben expresar con sus propias palabras.

      Me suele costar acercarme a este tipo de libros por miedo a encontrarme sentimentalismo fácil, pero al final todo me empujaba a ello. Y me lo leí sabiendo que era un homenaje del autor a su madre en un libro que recordaba esas conversaciones en una sala de espera que comienzan para aligerar el tiempo y terminan siendo una parte casi vital en la relación. Lo primero que me encontré es que ya de entrada descubre a la enfermedad de ese halo de dramatismo tan habitual. No busca la lágrima del lector sino que nos cuenta una historia cuyo final ya conocemos de antemano para poder entrar de lleno en la verdadera historia: la de los libros. Libros leídos, libros compartidos, libros comentados... todos ellos. Convierte de este modo el libro en un homenaje también para los lectores que verán los títulos y las sensaciones que provocaron durante su lectura. De hecho, los capítulos comienzan con el título de un libro.

      Nos acerca así temas como el ateísmo, el valor o la calidad humana mezclados entre títulos ya leídos y otros que nos apresuraremos a apuntar. Larsson, Bolaño, Tolkien, Wallace, todos ellos desfilan por este club de lectores que disfrutan con los libros al que bien puedo pertenecer yo y, a buen seguro muchos de vosotros. A fin de cuentas quien no ha preguntado eso de "¿qué estás leyendo?".

     Es un libro sencillo, de esos que van calando hondo y que contagian esa admiración que siente un hijo por su madre y la pasión que ambos sienten por la literatura. Un libro que nos demuestra que hay historias hermosas en los lugares menos esperados. Historias que nos hacen pensar y nos acompañan durante mucho tiempo. Justo como esta.
     Como comenzaba diciendo los libros que tocan estas temáticas me cuestan, los miro con recelo, casi temor a la forma en que los traten. En este caso me encontré una historia cercana contada por un hijo que añora a su madre y que comparte con un amigo esa relación especial que todos tenemos con nuestras madres. Y lo hace a través de las letras.

      Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.