lunes, 16 de septiembre de 2019

La paciente silenciosa. Alex Michaelides


     "No sé por qué escribo esto.
     No, eso no es verdad. A lo mejor sí lo sé, lo que pasa es que no quiero admitirlo ni ante mi misma".

     Abrimos la temporada de la rentrée del thriller del año con uno que se ve mucho estos días en librerías. Hoy traigo a mi estantería virtual, La paciente silenciosa.

     Alicia Berenson era una pintora de éxito con un matrimonio feliz, al menos hasta que la policía la encontró junto a su marido muerto. Él, atado a una silla y con varios disparos en la cara. Ella con heridas en las muñecas, sangrando y una pistola a los pies. Desde ese momento Alicia no ha abierto la boca y, habiendo sido declarada culpable del asesinato de su marido, se encuentra en The Grove. Lo más parecido a un testimonio es un enigmático cuadro en el que representa la escena encontrada por la policía.
     Conocemos a Theo Faber, psicoterapeuta. Un hombre con una carrera brillante que se siente irremediablemente atraído por la historia de Alicia Berenson, por eso deja un puesto prometedor para trabajar en The Grove y poder tratar a Alicia. Su única intención parece conseguir que ella le hable.

     La paciente silenciosa pertenece a eso que ahora llaman domestic noir aunque va un tanto camuflado de thriller. Con un muerto ya finado para cuando comienza la novela, la historia consiste en que descubramos en medio de un juego de luces y sombras qué ha sucedido en casa de Alicia y Gabriel, su difunto marido. Para ello, Michaelides introduce a Theo, un hombre que padece su propia obsesión y que es tratado, al igual que la propia Alicia, como una voz no fiable. A fin de cuentas, parece decirnos Michaelides, estamos en un centro psiquiátrico y el propio protagonista ha confesado que es una rama que uno estudia egoístamente, para sanarse. Y así comienza una investigación disfrazada de terapia en la que cualquiera puede estar implicado y a la que no tarda en unirse el diario de la propia Alicia.

      El problema de este tipo de juegos consiste en la credibilidad. Si estás escribiendo una novela en la que todo y todos son cuestionados, más vale que hayas dotado de personalidad a tus protagonistas, y ahí es donde falla la novela de Michaelides. En su objetivo que no parece otro que el de hacer una novela ágil y dinámica, el autor se apresura. El protagonista tiene todo demasiado fácil, las coincidencias acuden en socorro de la historia y uno acaba por preguntarse si realmente era todo tan sencillo de conseguir, por qué había permanecido callada tanto tiempo la protagonista de la novela. El diario, que está bien escrito en tono y formas en un comienzo, llega a un punto insostenible y, no solo eso, sino que yo sigo preguntándome sobre la improbabilidad de su existencia. Cierto es que en mi cabeza la resolución de la novela no era exactamente la elegida por el autor, pero tengo que decir que sigo pensando que para mi era mucho más verosímil que lo que se nos ofrece.

     La paciente silenciosa es una novela coja. Cierto que es fácil y entretenida, pero, si bien hay libros que exigen al lector demasiado esfuerzo durante su lectura para ser disfrutados, otros como este exigen al lector que pase por alto demasiados detalles.

    Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Leer a escondidas


     "Y menos aún podían protegerme de mis pesadillas, esas que inexorablemente llegaban cada noche, aunque yo intentase mantenerme despierto a fuerza de leer el mayor tiempo posible, escondido bajo las sábanas y con una linterna. ¡Como si la luz de una lámpara de aceite pudiese contra aquellas sombras vivientes".
Dark Fantasies.

     El libro parece haberse vuelto un complemento. Ahora hay colgantes literarios, bolsos e influencers de esos que, sin haber leído demasiado, han convertido al libro en un objeto imprescindible del outfit ideal. Pero nosotros tenemos también nuestra cuota de culpa. Seamos sinceros... no hay lector que no mire una vela con olor a libro, un atril o un marcapáginas... y ahora muchos lo fotografían. Nos parapetamos detrás de un libro que mostramos sin pudor... salvo que sea de esos libros que preferimos esconder.

      ¿Qué motivo puede tener un lector para esconder un libro? Y ahora es ese momento en el que todos estáis pensando en aquellas famosas cincuenta sombras que nadie reconocía haber leído pero cuyas ventas superaban a cualquier otro libro publicado en los últimos años. Ya conocemos el fenomeno. Vamos a llamarlo "fenómeno Dan Brown" ya que fue uno de los que inauguraron esa tendencia a renegar de lo comprado y leído hasta tres veces en una semana mientras que las listas de ventas cantaban acusadoras que no había familia en la que al menos hubiera entrado un ejemplar. ¡Que se lo digan a Tom Hanks! Y sin embargo no es este el único motivo para renegar de una lectura.
Recuerdo haber leído Pornografía, un librito magnífico que llevo años recomendando, entre miradas de reojo de acompañantes de metro y también como había una colección de libros de nombre La sonrisa vertical que vivían única y exclusivamente en las librerías, ya que no había lector exhibicionista o casa con estantes que mostraran uno solo de sus rosados lomos. Y ahí seguía año tras año entregando premios para fantasmas... o tímidos. Pero era aquel un momento en el que el sexo era algo que se llevaba en privado, y uno no llevaba el Kamasutra o Historia del ojo alegremente por la calle. El primero por lo obvio y el segundo, por si acaso. Gracias a dios esos tiempos pasaron y ahora... ahora los llevan si acaso en formato digital.
Hay sin embargo otros libros que hablan de muertes desde un punto de vista macabro, que supera a la novela negra por mucho, que tampoco somos capaces de exhibir en su lectura. Y, si bien hay parámetros cambiantes en cuanto a lo que vamos aceptando o no mostrar como lectura propia, siguen existiendo lagunas y parcelas privadas. Cadáver exquisito es el ejemplo perfecto de estas lagunas: bajo un título aparentemente inocente, se esconde una novela que poca gente soporta sin pestañear y que nadie querría que un compañero de transporte público leyera sobre su hombro. Y sin embargo es más fácil atreverse a salir con eso a la calle que con La máquina de follar. Aunque luego en esas redes en las que se exhiben las lecturas veamos a Bukowski de forma habitual. Son mundos paralelos.

     Los lectores mostramos un punto de provocación, irreverencia o tal vez estupidez. O quizás simplemente sean arrebatos no disimulados: renegamos de leer un clásico, porque uno se siente así provocador de ballenas y tolstones, o echamos pestes de la última novela bestseller porque nos sentimos de este modo contracultura. El caso es negar. Y es que, en el fondo, yo creo que lo que nos gusta es leer a escondidas. Como esos niños que se meten bajo las sábanas con una linterna para seguir leyendo y que yo solo he conocido en las películas. Pero quién sabe, tal vez sean como las meigas...

     Y vosotros, ¿estáis dispuestos a confesar alguna lectura oculta? Personalmente confieso haber leído todos y cada uno de los libros aquí citados.

     Gracias.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Las manos pequeñas. Andrés Barba


     "Su padre murió en el acto, su madre en el hospital.
     'Tu padre murió en el acto, tu madre está en coma' fue la frase exacta que escuchó Marina, la primera que escuchó. Se puede posar la manos sobre cada sinuosidad de esta frase, sobre esa frase preñada e incomprensible:
     'Tu padre murió  en el acto, tu madre en el hospital´".

     Andrés Barba es de esos escritores que no necesitan muchas palabras para llamar la atención del lector y estremecerlo. Por eso me gusta. Y por eso, hoy traigo a mi estantería virtual Las manos pequeñas.

      Conocemos a Marina, una niña de siete años que pasa por una de las peores tragedias imaginables: sus padres fallecen en un accidente de tráfico. Ella, pasados dos meses de hospitalización, recibe el alta y, ante la falta de una opción mejor, es llevada a un orfanato. Allí Marina descubre a sus compañeras, a las que mira y teme, a la vez que ellas fijan su mirada en la niña nueva que ha tenido una vida fuera de los muros del orfanato. Marina es diferente y les hace sentir diferentes, por eso la miran, por eso la quieren, por eso la temen. Y entonces comienza el juego de la muñeca.

     Esta es una novela con extensión de relato. Es un relato con profundidad de novela y también es una historia que no hace tanto sucedió en un orfanato de Río de Janeiro un poco edulcorada (aunque no lo parezca). Es una historia perversa sobre la inocencia y una mirada alternativa al individuo y al grupo en una novela con voz colmena durante gran parte de la narración. Y todo ello lo es en apenas 112 páginas. No hace falta más.

    El autor comienza por centrarse en Marina, la niña golpeada por la desgracia. La deja sin saber cómo reaccionar, sin dramas, sin asimilar, en un mundo de adultos. Y lo hace dejándole una cicatriz en el alma tan profunda como la que tiene en su cuerpo. Y con una muñeca a la que hay que lamer los ojos para que pueda ver. La muñeca es importante, pensamos, es parte de Marina, de su vida presente. Lamerle los ojos, humedecerlos: Marina no llora, descubrimos en ese momento. Y entonces la niña llega al orfanato.
Los orfanatos son lugares utilizados muchas veces como centros del terror y la tristeza, quizás por eso Barba se empeña en hablar de un lugar bonito, una estatua al frente y un payaso con una pizarra anunciando una excursión en la entrada. Es un orfanato, un edificio nada más. Marina se acobarda ante el edificio, pero ansía la compañía de las otras niñas. Le recibe un lugar vació, hay una excursión, y ella mira los cajones con nombres de colores que pertenecen a las que ya son sus compañeras aunque no las conozca y fantasea con encontrar su nombre en otro cajón.

     Y entonces sus compañeras llegan. Se miran como aquellos amantes cíclopes de Rayuela, se miran hasta distorsionarse y el narrador acoge la voz colmena de un sentimiento conjunto del resto de las niñas del orfanato: la curiosidad, el miedo, el rencor hacia la vida que tuvo y el rechazo hacia el dolor que la lleva a ser su compañera. La cicatriz, la incapacidad para gestionar todo ello. Quieren saber que hay un mundo pero no sentir que se lo pierden, quieren acercarse a la niña de la muñeca pero también quieren que le duela y Marina mira sin acercarse, viola la necesidad de las otras niñas de tener su mundo a parte, necesita ser parte de ese mundo y a la vez necesita ser Marina, ella. La que lame los ojos de su muñeca. Barba hace un fantástico trabajo recreando la voz de la infancia que se debate entre la absoluta pureza de sentimientos, ya sean buenos o malos, y la muestra de lo mejor y lo peor. Ancla a una niña a una muñeca, y otro niño se la arrebatará. Los niños sufren, los niños desean, los niños son crueles... los niños, niños son.
     No hay muñeca. Marina la había enseñado, había contado lo de los ojos de su muñeca. Hace falta una muñeca. Ella le contaba sus secretos a la muñeca. ¿Y si ahora una niña es una muñeca?
     Los niños juegan.
     Los niños son impulsivos.
     Cada niña una muñeca. Secretos, Silencios, despersonalización. La colmena habla, ya sabemos que beben de Marina y también que desprecian lo que beben. Sabemos que cuentan sus secretos y que las cosas no son como antes de la llegada de la nueva. El camino del juego lo anticipamos, no hace falta ser muy listo para ver a dónde nos va a llevar, pero no por eso el libro pierde fuerza. Al contrario. La angustia de quien ve que va a suceder algo terrible sin poder hacer nada se hace presente y nos lleva a las últimas páginas de una novela estremecedora y palpita con la voz de la realidad. Andrés Barba lo ha vuelto a hacer.

     Las manos pequeñas es una novela corta o relato largo del que es imposible salir ileso. Es imposible no leer a Andrés Barba.

     Y vosotros, ¿qué libro tenéis en las manos?

     Gracias.

viernes, 6 de septiembre de 2019

La huella del mal. Manuel Ríos San Martín


     "Diecisiete abrió los ojos más temprano de lo habitual. Tampoco había podido dormir tranquilo esa noche. Durante unos instantes permaneció inmóvil contemplando los primeros rayos de sol que se filtraban entre las ramas de los abedules bajo los que descansaba la tribu. Escuchó con atención. El bosque permanecía en silencio, pero le había parecido oír sonidos extraños provenientes de las cercanías y tenía que comprobar de qué se trataba. Se incorporó sin hacer ruido, tratando de no despertar al resto del clan, formado por tres hembras adultas, una anciana y más de diez crías de diversas edades. Los otros dos machos, algo mayores que él, habían salido de caza. Diecisiete era alto, de tronco fuerte y erguido, cejas prominentes y muy velludo. Apenas tenía veinte años y era capaz de recorrer kilómetros sin cansarse en busca de comida. El territorio donde se había asentado su tribu varias estaciones atrás era rico en frutos secos, setas, semillas y pequeños mamíferos. Pero llevaban unas jornadas de escaramuzas con otro grupo de homínidos instalado cada vez a menos distancia, y algunos miembros de su clan habían resultado heridos en los enfrentamientos. Las dos tribus se estaban tanteando".

     El motivo más frívolo para comprar un libro es que te guste su cubierta. Y, sin embargo, aquí estamos, con el libro que hoy traigo a mi estantería virtual. Se trata de La huella del mal.

     Conocemos a Daniel, un expolicía que ahora se dedica a la investigación privada, y a Silvia, inspectora de la UDEV. Y los conocemos tras la aparición del cuerpo de una joven en Atapuerca. No tardan en relacionar esta muerte con otra ocurrida en un yacimiento de Asturias años atrás, solo que esta vez no han de permitir que se repitan errores.

     La huella del mal es una novela entretenida en la que, a través de una localización más que conocida y atractiva para millones de turistas, el autor da forma a un caso de asesinato, unas vidas y una serie de preguntas sobre el bien y el mal que plantea al lector. Con un comienzo efectista y muy cinematográfico, nos presenta el escenario en el que aparece el cuerpo de la joven Eva. Un escenario que, si alguien ha visitado el lugar, reconoce inmediatamente. Lo mismo sucede en el libro, ya que no tardan en relacionarlo con otro caso sucedido años atrás y este es el motivo para que llamen a Silvia y a Daniel, quienes junto al Comisario Mendoza, el juez Vázquez de Mella y un novato llamado Rodrigo, tomarán las riendas del caso. El autor crea para la ocasión algún personaje para que el lector no se pierda entre datos y tecnicismo y consigue, y es un mérito, que no nos resulte pesado ni siquiera en los momentos en los que toca aclarar y explicar detalles que, en honor a la verdad, me han parecido francamente interesantes. Y es que, además del caso, cuyo camino hacia la resolución se sigue con cierto interés, y digo cierto porque superada la mitad de la novela ya me olía el camino que iba a tomar y eso que os aseguro que no soy una mente privilegiada, Ríos San Martín nos propone unas reflexiones de lo más interesantes sobre la conciencia, el bien, el mal y el paso del tiempo (está claro que uno no puede ambientar un libro en Atapuerca y no hablar de evolución, sin embargo me ha gustado tanto el camino como la forma en la que en este caso se ha optado por hacerlo).
     Pudiera parecer entonces que la novela es redonda, pero los lectores somos seres inconformistas que vamos perdiendo la inocencia conforme leemos y, si bien me olí la resolución del caso sin que ello afectara demasiado a mi lectura, la relación amorosa si que lo hizo. Y es que no he dicho hasta ahora que Silvia y Daniel tienen una historia que viene de atrás y que en su momento... bueno, eso lo leéis. El caso es que parecemos empeñados en colar una historia romántica en los libros, hemos pasado de la tensión sexual entre los protagonistas a las relaciones presentes o pasadas y, personalmente, de un tiempo a esta parte creo que les resta originalidad a las novelas. Termina por ser un lastre que cuesta llevar.

     No diré que La huella del mal es una novela originalísima, porque he reconocido más de un rasgo común, pero si que es entretenida si uno busca pasar un par de tardes. Se lee con comodidad y apetece avanzar por una escenografía visual y poco habitual descubriendo, sobre todo, a Samuel que es sin lugar a dudas lo mejor de la novela. Al menos para mi.

     Y vosotros, ¿os fijáis mucho en la localización de las novelas?

     Gracias.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Máquinas como yo. Ian McEwan


     "Era el anhelo religioso con el don de la esperanza; era el santo grial de la ciencia. Nuestras ambiciones fluctuaban -más alto, más bajo- gracias a un mito de la creación hecho real, a un acto monstruoso de autoamor. En cuanto fuera factible, no tendríamos otra opción que seguir nuestros deseos y atenernos a las consecuencias".

     Cada libro suyo, cada entrevista, cada página, cada palabra, cada letra... Hoy traigo a mi estantería virtual, Máquinas como yo.

     Estamos en Londres en los años 80, en un mundo un poco diferente al nuestro, son detalles aparentes que han cambiado cosas importantes. Alan Turing jamás comió la manzana, y el mundo tecnológico sufrió una revolución temprana. Allí conocemos a Charlie y a su vecina Miranda, de la que está enamorado. En la calle han aparecido unos robots que parecen personas, casi perfectos, y el ser humano ha decidido en su modestia ponerles los nombres de Adán y Eva. Eva se agota antes así que Charlie se compra un Adán que termina siendo manipulado por Miranda. Adan es la perfección, pero ¿qué pasa cuando es la perfección la que mira a los humanos?

     Hace ya unos cuantos años que Irving escribiera Personas como yo, un libro en el que se desnudaba quedando a merced de la escrutadora mirada del lector que se cuenta entre mis favoritos. Ahora le toca el turno a McEwan de jugar con esa sentencia y escribe Máquinas como yo, un libro en el que se desnuda Charlie para el lector, el ser humano para las máquinas y el lector, como no podía ser de otro modo en una novela de McEwan, se revuelve incómodo en la silla. Y es que siempre que veo a alguien decir que las novelas de McEwan son bonitas, no puedo evitar sonreír. McEwan disfruta incomodando al lector mientras no pierde un ápice de su aplomo inglés, representado perfectamente en la prosa cuidada y el placer que provoca leerlo. Aunque nos incomode como feto no nato o como menor que quiere tomar decisiones propias.

     En esta ocasión entra en la ciencia ficción como excusa para relatar su historia. Y lo hace, creo yo, en los años ochenta simplemente por satisfacer su capricho de que Turing aparezca en el libro, ya que poco más puede afectar a esta novela la época en la que acontezca salvo el dar a Turing el lugar que hubiera merecido en la historia (y posiblemente unos cuantos méritos de más). El caso es que hasta aquí y poco más llega la ciencia ficción, porque a McEwan lo que siempre le han interesado son los dilemas morales. Y conocemos a Charlie, enamorado de Miranda, egoísta, tranquilo y un tanto obsesionado en el tema de la robótica. Por eso llega Adan a su casa. Bueno, por eso y por la falta de Evas, como ya he comentado. Y es la llegada de Adam la que agita al lector. Adam es perfecto, incluso por fuera, y Charlie no puede evitar sentirse un poco amenazado. Aunque quizás si lo "cría" junto a Miranda, quién sabe lo que puede pasar. Pero, como cada vez que alguien dice quién sabe lo que puede pasar, algo inesperado sucede. Adam mira a Miranda y la escruta desde su fría e inalterable perfección dando una opinión nada positiva de la joven a su legítimo propietario a la vez que miranda no puede evitar fijar su parte más carnal en el robot. La cosa, como os podéis imaginar, se complica por momentos, se siente la traición y el juicio del robot incapaz de tener sentimientos pero en un aprendizaje constante que hará que nos preguntemos hasta qué punto está bien verse escrutado, que no es lo mismo que pedirle a Adam que lo haga con otros. Aparecen más personajes mientras Adam avanza y el autor aprovecha ocasiones en las que nos recuerda que allí no todo son personas, pero la moral se le parece aplicar por igual a todos los integrantes de la novela. Y aquí llega la gran pregunta, ¿es eso adecuado?, ¿podemos dar conciencia? Y da un paso más, ¿y si nos pasamos al crear algo como Adam capaz incluso de juzgarnos?
     Ahí está. Estamos leyendo a McEwan. Nos revolvemos. Miramos al gran descubrimiento de la novela, Mark. Mark es puro McEwan, os dejaré descubrirlo, yo solo lo nombro, ni siquiera os doy una pista de su papel. Y también dejaré que descubráis la conciencia.

     Máquinas como yo es una gran novela. No es la mejor del autor, entiendo a quien dirá que es una de sus novelas menores. De hecho, si pienso en sus tres últimas novelas, todas lo fueron. Uno termina de leer a McEwan y cree que la historia ha terminado, sin embargo, parte de su grandeza es que sus novelas crecen con el tiempo.

     Hoy he expuesto mi pasión por las letras de un escritor, ¿podéis nombrarme vosotros a alguno que os provoque lo mismo?

     gracias.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Felices como asesinos. Gordon Burn


     Basado en un hecho real.

     Los asesinos en serie son espeluznantes, aterradores, sociópatas que muchas veces se disfrazan de normalidad. Los asesinos en serie ocupan las páginas de los diarios, las noticias, horas y horas de series, libros y películas y documentales. Pero, sobre todo, los asesinos en serie existen. Hoy traigo a mi estantería virtual, Felices como asesinos.

     Conocemos a Fred y Rosemary West. Este matrimonio ya había sido denunciado en su día por la canguro que trabajaba en su casa, pero ahora han aparecido restos humanos en su jardín. Son los huesos de su hija Heather. Por si fuera poco, cuando la policía excava comienzan a aparecer huesos de otras mujeres, parece que ocho.¿Quienes son Fred y Rosemary?

     Me acerqué a este libro por la comparación constante con "A sangre fría" uno de mis libros favoritos. Sin embargo, más allá de una supuesta investigación basada en unos asesinatos reales, poco o nada tiene que ver un libro con otro; si acaso que ambos tienen letras. "A sangre fría es una investigación exhaustiva mientras que "Felices como asesinos" entra peligrosamente en el terreno de la ficción ya que, en primer lugar, hay mucho agradecimiento, pero poca fuente citada. Además de eso, se acerca peligrosamente al terror tanto por la crudeza de las escenas de sexo y muerte o agresión que representa el autor, como por el tono utilizado en ellas. Incluso basado en la ausencia de sujeto al que dirigirse o de verbo, cae en  un tono y unas formas a ratos erráticas que consiguen poner los pelos de punta a cualquier lector empeñado en meterse en la cabeza de este escalofriante matrimonio.
     Lo que hace el autor es retroceder para intentar desnudar a Fred y Rosemary. Sabemos que encuentran huesos, sabemos que ya fueron denunciados y también conocemos sus finales, peses a que, a mi modo de ver hay una duda que no se satisface o, al menos a mi, no me ha dejado las cosas tan claras como me hubiera gustado.

     Una de las cosas que más asustan de este tipo de casos reales es, por encima de lo terrible de sus actos, la facilidad con la que han pasado desapercibidos durante años pese a que hayan desaparecido mujeres relacionadas con su entorno. Es esa suerte de vulnerabilidad que despierta en cualquier lector, lo que hace que la novela se vuelva intranquilizadora desde las primeras páginas y será la crudeza con la que avance la que la haga no apta para estómagos sensibles. Uno se pregunta si no vivimos en una época de pornografía, en la que todo se exhibe hasta el tuétano y la pornografía menos porno es aquella con la que relacionamos en primer lugar la palabra: es decir, la sexual.

      El libro en su conjunto funciona, ya que decir que un relato así ha gustado ralla con el dilema moral, sin embargo es difícil abstraerse a los fallos comentados en el tono y las formas, así como el referido al desenlace relacionado con Rosemary. Recomendarlo en este caso es un riesgo, ya depende de cada uno, de su interés, curiosidad, estómago y capacidad para dormir tranquilo. Yo, en mi caso, no me arrepiento de haberlo leído.
     En cuanto a las modas ahora tengo curiosidad por saber si habrá serie. Ya me entendéis...

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

lunes, 26 de agosto de 2019

Fin. David Monteagudo


     "El teléfono sonó una, dos, tres veces. "¿Alguien puede coger ese teléfono?", gritó Hugo desde algún rincón de la casa; pero el teléfono sonó otra vez, y luego se hizo el silencio, y después volvió a sonar de nuevo. Hugo entró en el despacho con pasos precipitados, farfullando una palabrota, y descolgó a la mitad de un nuevo timbrazo. "Sí, diga", dijo mientras el auricular viajaba todavía hacia su oreja, en un tono apremiante, descortés, mezclando en su irritación al anónimo llamador y a quien le había obligado, con su pasividad, o tal vez con su ausencia, a atender la llamada." 

      Me gusta ir al cine una vez por semana. Es casi un ritual. Durante la semana apenas veo televisión, cada día menos si exceptuamos alguna serie a la que le cojo gusto una vez han terminado de emitir o, tal vez, aún no ha llegado a nuestro país. Así que una vez por semana me voy al cine a disfrutar de una sesión en pantalla grande. Y ahí descubrí el trailer de una película española que me llamó la atención porque tenía algo de muchas otras ya vistas, sobre todo de La carretera. No apunto jamás los títulos de las películas que me llaman la atención, por eso la olvidé. Por suerte me tropecé con el libro, eso refrescó mi memoria. hoy traigo a mi estantería virtual, Fin.

      Un grupo de amigos se reúnen en una cabaña, la misma en la que veinte años antes se dieron cita para la actual reunión y se dedican a rememorar viejos tiempos. Sin embargo hay uno que falta, al que llaman El Profeta. Esa noche empiezan a notar cosas raras como que las estrellas brillan con demasiada intensidad y al día siguiente uno de ellos desaparece. Es sólo el principio de una serie de hechos inexplicables.

     Lo cierto es que sólo con escarbar un poco parece que David Monteagudo es un futuro premiado de las letras y que su debut con este título fue algo sonado... que no recuerdo pese a que no hace tantos años. La historia es entretenida, plagada de diálogos hasta el punto de tener la sensación de estar leyendo el guión de la película. Eso no es malo, en realidad le da dinamismo, pero hay un momento en que tienes la cabeza llena de palabras y piensas como es posible que, quedando tan poca gente, no se haya reducido el cotorreo.
     No sabría decidirme entre terror y thriller en una novela que consigue enganchar al lector desde las primeras páginas. La sucesión de enigmas hace que te devanes la cabeza intentando encontrar una explicación racional a todo ello. Pasas de culpar a uno, a culpar a muchos, al mundo, a la ciencia, a la magia... y sigues leyendo rápidamente porque cada vez aprietan un poco más, un hecho nuevo llega a la historia que hace que nos intrigue más aún. Porque esa es la fórmula del autor, la de provocar la curiosidad mientras asistimos a las relaciones entre sus personajes, mientras nos van contando y vamos viendo sus cambios y evolución en este mundo extraño que les coloca el autor. Juega con personajes que nos resultan viejos conocidos, personas comunes y habituales en nuestra vida y eso hace que los acompañemos en una situación que también tiene ecos de otras historias, la encajamos pensando eso de... "tu cara me suena" y, precisamente por ello tenemos que ser capaces de dar con la llave mágica, porque ya "nos suena".

     Y aquí viene mi decepción. Sin dar un paso atrás ni desdecirme de lo expuesto, la novela engancha y es difícil de soltar... no me gustó el final. No os puedo decir el motivo porque os destriparía la historia, pero si os explicaré que cuando me compro un libro, le entrego horas. Son minutos de mi vida que entrego a sus páginas, ratos que escamoteo de cualquier otra actividad, normalmente del sueño, y corro a reunirme con la historia y sus personajes. Por eso me cuesta tanto perdonar un mal final. Hasta cierto punto me siento traicionada por los que ya son mis amigos y me contaron sus historias.

     Y, precisamente eso, es lo que me pasó con Fin. El final me ha estropeado totalmente la novela.

     Y vosotros que pensáis, ¿un mal final estropea una buena historia?

     Gracias.