martes, 31 de mayo de 2016

Todo lo que no te conté. Celeste Ng


     "Lydia está muerta. Pero eso aún no lo saben. 1977, 3 de mayo, seis y media de la mañana. Nadie sabe nada excepto este dato inocuo: Lydia llega tarde a desayunar."

     Me enamoré de este libro la primera vez que leí el título, lo cual tiene todo el sentido del mundo ya que, aunque prefiero títulos cortos, siempre me acabo por enamorar de algún título largo. Eso sí, no muchas veces, nunca más de una al año o cada dos. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Todo lo que no te conté.

     Estamos en Ohio en los años setenta cuando conocemos a la familia de Lydia Lee. Una familia mixta con tres hijos una madre rubísima y un padre asiático. Son diferentes, así que destacan y no de una manera positiva; las cosas son mucho más difíciles para ellos. Y ahora, además, desparece Lydia, la única hija que se parece a su madre, la niña en la madre deposita sus frustraciones para que consiga lo que ella no pudo. Entramos así en el territorio familiar.

     Celeste comienza la novela con una frase de tres palabras que se clavan como dardos en el lector: "Lydia está muerta" dice. Y no tenemos que preguntarnos de qué irá la novela, aunque si nos preguntaran, seguramente nos equivocaríamos en nuestra hipótesis. Porque Todo lo que no te conté es una novela familiar que trata de frustraciones y errores, de padres e hijos, de situaciones superadas o enquistadas y de pequeños gestos delante de un tazón de cereales que se remueven hasta convertirlos en puré. Todo lo que no te conté trata de las familias, y lo hace desde ese espacio cálido y privado que es la cocina, lo que nos obliga a mirar la biografía de su autora y preguntarnos si no habrá algo de verdad en el fondo de esa familia (que no en las formas marcadas por la muerte), si James Lee, ese hombre asiático que destaca por su inteligencia y acaba de profesor buscando para ello especializaciones americanas, no tiene algo del padre de Celeste, aunque este se decantara por la física, pasión de la madre de la protagonista de su novela. Y es que, lejos de dejarnos un drama por la pérdida de una hija, lo que tenemos entre manos es una historia familiar completa, con lo bueno y lo malo, de una familia que tuvo las cosas más difíciles que el resto sólo por no ser de la misma etnia. James sufrió un rechazo que se manifestaba de forma sutil, no encajaba o tal vez no dejaban que lo hiciera, y por eso cuando su inteligentísimo hijo Nath fracasa en actividades de socialización y popularidad, no puede evitar decirle las mismas palabras que en otro tiempo le dañaron a él. Marilyn es esa mujer de cabeza privilegiada que quiso estudiar cuando las mujeres aún lo tenían difícil, renegando de la perfecta ama de casa que era su madre, para caer luego en el tópico de dejarlo todo por amor y sentir un vacío con olor a meta no cumplida que proyecta ahora en su hija Lydia. Y Hannah, esa tercera hermana que el lector acaba viendo como si fuera un "todo ojos" que procura aprender para no cometer errores. Y esta es la familia que nos presenta la novela que se va alejando poco a poco de la intriga para adentrarse en los personajes. Que nos los presenta mucho antes de la tragedia y nos deja ver cómo les llega a afectar procurando no caer en el dramatismo ni las culpas privadas que las personas tendemos a sentir cuando un hecho así sacude nuestras vidas.

     Me ha parecido una novela redonda, a ratos marcada por un dolor latente en los sentimientos de sus personajes, que se manifestaba por sorpresa provocando un efecto demoledor a uno y otro lado del libro. Una novela privada, llena de emociones contenidas y palabras nunca dichas en voz alta, como sucede en la mayor parte de las familias, en las que no hay nadie que lo cuente absolutamente todo. Y quizás por eso se antoja real, y vivimos las dificultades que tuvieron para seguir adelante los padres de estos tres niños, mientras buscamos lo sucedido con Lydia observando como sangra el tejido familiar en esa zona privada que sabemos nunca cicatrizará como es debido. O tal vez sí y sea yo quien piensa que hay lugares que jamás olvidan que recibieron un golpe. En todo caso Celeste no juzga eso como tampoco juzga a ninguno de sus personajes, los deja a criterio del lector y para ello los desnuda poco a poco con una prosa cristalina en la que sentimos que no hay embustes.

     Me ha gustado. Ültimamente lo que leo de esta colección no falla nunca. Echadle un vistazo al libro de la chica del apellido mínimo, id a la librería y buscad Todo lo que no te conté.

     Es curioso como hay libros que enamoran y personajes que enamoran. Hace no mucho hablamos de títulos, hagámoslo ahora de personajes. ¿Recordáis el último personaje que consiguió enamoraros?

     Gracias.

lunes, 30 de mayo de 2016

El libro de los Baltimore. Joël Dicker



     "Mañana ingresa en la cárcel mi primo Woody. Va a pasar allí los próximos cinco años de su vida.
     Por la carretera que lleva del aeropuerto de Baltimore a Oak Park, el barrio de su infancia, adonde voy para acompañarlo en su último día de libertad, me lo imagino ya presentándose ante las verjas del impresionante penal de Cheshire, en Connecticut."

     Creo que hace ahora tres años que conocimos a Joël Dicker y su Harry Quebert. Llegó con poco ruido aparente y tomó las librerías, los estantes y a una gran parte de lectores que quedaron satisfechos con una historia en la que la metaliteratura jugaba un importante papel. Ahora el autor ha decidido resucitar a quien ya narrara su primer título, Marcus Goldman, así que era difícil resistirse a la curiosidad. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El libro de los Baltimore.

     Recuperamos a Marcus Goldman. Es nuestro protagonista y narrador y lo encontramos en una casa a la que acude para escribir, descansar y, tal vez, reconciliarse con su pasado. No espera encontrarse allí con la que fuera su gran amor, Alexandra, de la que se separó tras lo que denomina "El drama". Junto a Marcus iremos recuperando la historia de los Goldman, una familia que tenía todo para ser feliz, incluido el dinero al menos en una parte de ellos, pero que parece haber caído a un foso sin red a partir de un suceso.

     Una vez más, Dicker utiliza el mundo literario para introducirnos en su historia, aunque esta vez no nos encontraremos consejos para poder escribir. Lo que tenemos ante nuestros ojos es un drama familiar, vestido de misterio en torno a ese drama del que conocemos antes sus consecuencias que sus antecedentes. Así que a través de los recuerdos de su protagonista, nos moveremos en el tiempo con la soltura suficiente como para ir conociendo con pelos y señales a cada personaje. De este modo entraremos en una suerte de "Bienvenidos a la vida de los Goldman" con un hijo inteligentísimo al que le cuesta adaptarse, un joven acogido como si fuera uno más, un primo que se siente inferior y una vecina hermosa de la que los tres jóvenes se enamoran, como eje central. A partir de aquí la historia se despliega en las banalidades, o no tan banalidades, diarias de padres, compañeros de estudios y decisiones de la vida para descubrirnos que basta un paso en falso, para que todo se tambalee. 480 páginas de historia que busca la intriga por lo sucedido para convertir a esa gran familia en lo que es hoy. Y planeando a lo largo de toda la historia, como sucede realmente en las familias y en los grupos de amigos, los celos, las envidias, la competitividad. A fin de cuentas, ¿quién no ha asistido a una cena en la que una parte de la mesa se comparaba con la otra? Nada tiene que extrañar entonces que eso les suceda a los protagonistas de la novela, de hecho, ni siquiera tiene por qué ser malo. Humaniza, que no viene mal cuando la historia trata de una sociedad acomodada.

    La historia es entretenida y el ritmo se mantiene apresurándose al final como corresponde a este tipo de novelas que acaban por protagonizar todas las tumbonas de las piscinas de verano. No es una historia magnífica, ni siquiera demasiado original y, posiblemente, le sobren unas cuantas páginas, pero es fácil dejarse caer en su lectura y no levantar la vista hasta haberlo finalizado. Parece que el autor ha encontrado la fórmula, así que yo apostaría a que volveremos a ver a Marcus Goldman con relativos problemas de creatividad. Y tal vez, ahora que conocemos su infancia, se decida a contarnos otro episodio de su vida.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

sábado, 28 de mayo de 2016

Instavoyeur


     "El verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos."
     Marcel Proust

     Ahora que se dice y se trae y se critican las redes, ahora que parece que todo lo que se haga va a ser juzgado en función del número de seguidores o del número de personas que han hecho reloquecorresponda, los mirones lo tenemos fácil. Diferenciando crítica, opinión y simple entretenimiento, hay sitio para todos. Ya he comentado alguna vez para quien ha querido oírme, que vivimos en un momento socialmente agotador. Antes, si un escritor tenía un título por el cual le admirábamos, nos íbamos a una firma (si había opción) y seguíamos sus pasos por la literatura. Ahora en cambio vemos lo que hace, dónde va y si le gusta o no el helado de vainilla. Cada línea, cada opinión vertida en Facebook o twitter va a ser mirada con lupa y criticada sin que yo tenga demasiado claro hasta qué punto eso repercute realmente en las ventas.

     Quizás por eso me gusta Instagram, porque es una simple ventana. Uno llega y sigue a quien le interesa y no necesita comentar, ni ser su amigo, lo único que hay que hacer es sentarse y mirar. Y luego, si uno quiere, no tiene más que unirse y comenzar a subir fotos con el móvil, de hecho yo llevo tiempo subiendo fotos aquí. Aunque hoy no se trata de lo que podemos hacer. Hoy vamos a sentarnos y mirar al vecino que descorre las cortinas compartiendo momentos.
Una de las cuentas que más me gustan de instagram es la de Claudio, Director Editorial que comparte las imágenes de reuniones con nombres que los lectores sólo alcanzamos a ver a través de sus letras, ayudando tanto al voyeur ocasional como al mirón descarado, a poner rostros en ambientes divertidos y llenos de normalidad. Bret Easton Ellis también se ha sumado a Instagram, dando que hablar tanto como ya lo hacía en twitter para deleite de sus numerosos seguidores. Y Espido Freire, con su cuenta que transmite serenidad en cada imagen mientras con o sin sus gatos nos muestra sus viajes. Me declaro fan también del algodón de azúcar que se ve en una feria del perfil de Félix G. Modroño y de los amaneceres que enseña José C. Vales. Y de sus atardeceres. Y viajes.
     Me gusta el sentido del humor de Chuck Palahniuk imagen a imagen,  y viajar ventana a ventana con Joël Dicker, mientras le pongo cara a Beta Coqueta. Me gusta la normalidad de Elvira Lindo, y que cada día lleguen nuevos escritores y me sigan enseñando lo que hacen, dónde van. Y descubrir a Toni Hill o a Dolores Redondo y seguir la pista de sus libros, en esa suerte de diario fotográfico que es esta red. Ver a Neil Gaiman y los tatuajes de Benjamin Lacombe mientras esquivo las páginas creadas por fans por considerarlas más impersonales, con frases recortadas de algún libro y colocadas para ser entendidas tal vez como nunca las interpretó su autor.

     Hay cuentas, por supuesto, de editoriales. Allí están destino y me gusta leer con sus divertidas composiciones. Nos encontramos a Pálido Fuego y Navona, llevada por Pere con el mismo sello personal que ya conocemos de otras cuentas suyas, y hay librerías fantásticas y lectores que hacen fotos increíbles de libros y a los que visitamos sólo por el simple placer de ver algo hermoso. Y, por supuesto, la crítica. De quien luce o no luce, de quien enseña o no, de quien muestra... pero sobre todo de quien mira.

      Los ojos están hecho para ver, decía mi abuela. Así que yo no tengo ningún inconveniente en declararlo públicamente. Me gusta mirar.

     Por cierto, ¿conocéis cuentas de Instagram de más escritores que queráis compartir? O la vuestra, también me vale. Mirémonos.

     Gracias


jueves, 26 de mayo de 2016

Todo lo posible. Carmen Pacheco


     "El cuaderno de las tapas doradas me lo dejé allí, en una bolsa roja de plástico, sobre la lápida de mármol de una tumba. Se me apareció ante los ojos horas después, de repente, como si la memoria lanzara una llamarada roja en medio de la masa verde, vertiginosa, que se deslizaba al otro lado de la ventanilla del tren.
     Qué funeral tan prematuro el del cuaderno recién comprado, con sus páginas color crema, inmaculadas. Y yo qué estúpida por haberlo olvidado allí."

     Últimamente estoy bastante superficial, pero cuando vi este libro no pude apartar la mirada de la cantidad de cosas que salían en la ilustración de su cubierta. Luego la autora comentó que todos eran objetos de su vida, y me pregunté qué pintaban entonces en la historia. Hoy traigo a mi estantería virtual, Todo lo posible.

     Conocemos a Blanca Cruz, una escritora de éxito con una saga protagonizada por una detective vampira. No se siente orgullosa, de hecho ni siquiera le gusta que la reconozcan, y menos ahora que debería de estar escribiendo la siguiente entrega. Es más, Blanca está atravesando una crisis con todas sus letras: tanto en su relación con Carlos, como en la parte creativa; no sabe qué hacer con su relación y sus sospechas y tampoco con sus protagonistas de la ficción. Quizás por eso se volcará en la historia de una escritora desconocida de novelas de misterio desaparecida sin dejar rastro muchos años atrás. A veces, uno se agarra a cualquier cosa, incluso a la vida de Patricia King, a la que llegó por pura casualidad.

     Por comenzar desvelando un misterio os diré que todos los objetos dibujados en la cubierta del libro, aparecen en la novela. De hecho, la mayor parte se encuentran en el despacho de la protagonista, aunque no todos. Y explicado esto, comencemos con una novela que me ha sorprendido bastante.
     Carmen Pacheco nos lleva por la historia de blanca, y la salpica de alusiones constantes al amor por las palabras, el acto de crear y las dudas y miedos del escritor que se encuentra ante una página en blanco. Es lo que más me llamó la atención en las primeras páginas, junto a esa prosa amable y agradable de leer que nos acompaña durante toda la historia. Aparecerán anécdotas de críticos que se convierten en editores, escritores de mediana edad que tienen al público femenino a sus pies, tanto por su físico como por su prosa o escritoras feministas y modernas de bellezas deslumbrantes. Un mundo que retrata Pacheco con soltura y un toque de humor imposible de no percibir. Nos introduce también en las inseguridades del creador y en el mundo editorial, sentando a negociar al autor y sus editores en un tira y afloja más empresarial que creativo, desvelando un mundo desconocido para el lector que asiste con curiosidad a lo relatado por la autora mientras la historia comienza a desplegarse.
     Aparece el misterio de Patricia King y su desaparición en alta mar, y la novela se divide para dejarnos leer las cartas que esta mujer escribiera a su hermana. Nos convertimos en los ojos de Blanca, o en los de Roca, su improvisado compañero en este misterio, para acabar padeciendo la misma necesidad de saber que los protagonistas, deseosos de conocer qué sucedió con esta misteriosa mujer durante ese crucero y por qué nadie parece conocerla ni a ella, ni su escueta obra. Y tirando del hilo, entre viajes en avión, coche o cementerios, y sin dejar en ningún momento ese sentido del humor que antes os nombraba, llegamos al final de una novela amable y divertida que se lee en dos ratos y deja un buen sabor de boca.

     Una lectura ligera para el verano, en la que, si bien me hubiera gustado conocer un poquito más a sus protagonistas, me ha sorprendido el buen hacer de su autora. Echadle un ojo, os divertiréis.

     Ahora que llega el verano me gusta compaginar una lectura ligera con algo más sesudo o una relectura de esas que uno sabe le llevarán tiempo mientras disfruta del camino. Y vosotros, ¿leéis más de un libro al mismo tiempo?

     Gracias.

     PD. Tiene la protagonista un despacho con un mueble al que no llamaremos cómoda al que sólo falta un huevo de faberge. Hay un muñeco en la novela y también unos guantes, unas cartas de las que os he hablado y un cuaderno con el que comienza la historia. En realidad, todo está ahí.

miércoles, 25 de mayo de 2016

La maniobra de la tortuga. Benito Olmo


     "Todo empezó con la muerte de una chica."

     A veces uno se tropieza con un título de forma recurrente hasta que tiene claro que lo va a acabar leyendo, u odiando quién sabe. En este caso ha sido la primera opción, así que antes de que nadie me terminara por relatar la historia, hoy traigo a mi estantería virtual, La maniobra de la tortuga.

     Conocemos a Manuel Bianquietti, un inspector de policía trasladado a la comisaría de Cádiz tras un incidente que traspasó de lo personal a o laboral. Manuel lleva un tiempo a su aire en la comisaría, sin interferir en nada y también sin que nadie le diga nada a él, sin embargo, la muerte de una joven de forma violenta, parece que lo hace reaccionar y meter la nariz en el caso para encontrar al culpable. Quién sabe, quizás le ayude a reaccionar también en la faceta personal.

     Benito Olmo juega a seguir la estela de la novela negra clásica. No escatima para ellos en adjetivos para su protagonista, ya sea rudo, fumador o marcado por su pasado en el que él tuvo parte activa, está claro desde las primeras páginas que Bianquetti nos resulta familiar: no ha buscado ser original. Sin embargo, tal vez eso no sea una falta sino un mérito en este caso, ya que tampoco ha cargado las tintas con él, ni ha necesitado llevarlo a ver prostitutas o consumir drogas escondidas en un cajón de la comisaría. Su Bianquetti es mucho más de "andar por casa" y prefiere acodarse cerveza en mano  y no torturarse más allá de lo necesario para conseguir las simpatías del lector. No lo necesita.
     Lo conocemos desterrado en un Cádiz que nada tiene que ver con las fotos turísticas que aparecen en los folletos de esta época del año. es una ciudad más, pequeña comparada con otras, en la que hay ricos y pobres, callejones oscuros y polígonos industriales. Y sí, también hay contenedores en los que aparecen jóvenes asesinadas. Y partir de aquí Benito Olmo abre una historia en dos hilos que se unen en un encuentro fortuito, en los que vemos, como viene siendo habitual en las novelas negras, un poso de crítica social a las influencias, los privilegios, el maltrato o el trato por parte de unos sectores a los inmigrantes.

     Estos son los ingredientes, que incluirán una mujer que se acerca a la vida de Bianquetti, también marcada por su pasado, y unos compañeros en la comisaría entre los que no tardamos en descubrir filias y fobias, que usará el autor para su novela. Una historia marcada por la brevedad de frases y capítulos que aceleran la lectura de una trama que no busca ser trepidante, por mucho que el adjetivo parezca estar de moda, sino interesante para el lector o más aún, entretenida. El lector avanza a medida que lo hace su protagonista, sufriendo los mismos resbalones que él ) aunque afortunadamente no los mismos reveses,) mientras se fortalece la simpatía que profesamos por el rudo inspector que, aunque aparentemente no haya nada que lo indique, bien podría haber desembarcado para quedarse a juzgar por el tono de la historia. Un final, por cierto, impecable, por si pensáis que lo he dicho porque el autor decide dejar abierto el caso: no es así.

     La maniobra de la tortuga ha resultado una novela entretenida que me ha durado apenas un rato en las manos, de esas que empujan a seguir leyendo un rato más hasta que, sin apenas notarlo, hemos llegado al final de la historia. Estaré pendiente de los títulos de Benito Olmo.

     De un tiempo a esta parte es innegable el protagonismo de la novela negra en nuestro país y vamos descubriendo títulos y autores en las mesas de las librerías que antes nos eran desconocidos y que se enfrentan al entusiasmo de unos y el escepticismo de quienes consideran que el género está, simplemente, de moda. Y vosotros, ¿creéis que está de moda la novela negra?

     Gracias.

lunes, 23 de mayo de 2016

El ojo castaño de nuestro amor. Mircea Cărtărescu


     "Como si, al escribir, cada línea que trazo en la página con el bolígrafo se cubriera de moho y cada página que dejo atrás, cubierta con mi escritura, se abarquillara, amarilleara y se retorciera como una hoja seca. Pero yo seguiría escribiendo igualmente cada vez más rápido, para que no me alcancen el desastre y la desgracia.
     Como si, al releerme, cada fotón que choca contra mi página, rebota y atraviesa mi retina envejeciera sobre la marcha, se arrugara como un grano de pimienta y, en lugar de luz, brotara de él un polvo sofocante, como el polvillo de las alas de las mariposas muertas, clavadas con un alfiler oxidado en el insectario."

     Hace ya muchos años que descubrí a este escritor cuyo apellido me sigue obligando a buscar en el teclado y caí rendida ante la belleza de sus palabras. Por eso cada año espero impaciente hasta saber si habrá título, hasta leer ese  nuevo título. Y por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El ojo castaño de nuestro amor.

     Este libro, concebido como la sucesión de una veintena de relatos, nos da una muestra a retazos de la vida y memoria del autor. Pero más allá de eso, que sería lo básico a decir, más allá de hechos peculiares como el descubrimiento de la literatura, el fallecimiento de su hermano, el servicio militar y el nescafé o incluso unos jeans, encontramos el germen de su obra para deleite de quienes ya han leído los títulos nombrados, y guía para aquellos que no. Y junto a todo esto nos deja alguna reflexión sobre literatura o poesía y también un poco de fantasía en un volumen muy completo que tiene bonito hasta el título.

     Podría escribir la entrada de hoy a base únicamente de fragmentos del libro que traigo y sabría con toda seguridad, que ibais a salir de su lectura enamorados y buscando una librería. En eso consiste el placer de leer a Cărtărescu. Más allá de lo que nos cuenta, hay un extraño placer en leer cómo lo hace y dejarnos llevar por su magnífico cuidado de las palabras.
     Es un placer dejarse llevar por las letras de una de las voces más importantes de la literatura contemporánea. Descubrir en ellas el origen de algunos de sus personajes, o en El cuarto corazón, acompañar a quien quiso romper un corazón de plomo. Cărtărescu nos invita a ver niñas en el agua con ojos de príncipe, a conocer a la chica del borde y nos habla también de D, mientras recuerda el momento en que no quiso escribir un simple poema, es más, aquella querencia se convertiría en El Levante. Nos habla de la juventud y la creación, de escritos y escritores y también de la mediocridad y la invención y en un cortísimo momento, nos habla de Jesús, ese hombre que se refleja escribiendo una y otra vez y cuya vida nos es contada por terceros. Ha conseguido que me enamore de una ciudad que no he visitado y que un lunar, deje de ser un simple lunar. Y es que leer El ojo castaño de nuestro amor, como se titula uno de los relatos (tal vez mejor retazos de vida o de alma) supone exponer la piel a las palabras del autor sabedores de que poco a poco desarrollaremos una sensibilidad similar a la que tenemos ese primer día de sol y que, esas misma palabras que provocaron la sensibilidad, serán como un bálsamo capaz de erizarnos la piel.

     Comenzaba explicando que hay retazos de alma en este libro, de vida, y hay mucha literatura en sus letras. Sin embargo me cuesta decir que son relatos porque durante su lectura no los percibí como tales, por eso he sustituído la palabra por retazos o fragmentos. En todo caso, podéis darles el nombre que mejor os convenga, pero estamos ante una gran opción para descubrir las letras del autor y dejarnos enamorar por ellas.
     No os quepa duda de una cosa: hay que leer a Cărtărescu. Aunque sólo sea como bálsamo. Y una vez leído, venid y decidme si no ha sido una experiencia única y habéis querido alargar los días para seguir leyendo y luego alargar las páginas para no terminarlo.

     Y es que los libros, no todos pero si algunos... los libros son:

     "Los libros son como las mariposas. Habitualmente tienen las alas plegadas, como cuando las mariposas descansan sobre una hoja y desenrollan su trompa filiforme para sorber el agua de una gota de rocío. Cuando abres un libro, este se echa a volar."

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

sábado, 21 de mayo de 2016

El lector superficial


    "No juzgues a un libro por su cubierta"
     Refrán popular.

     Los lectores, como cualquier otra persona, tenemos nuestros gustos y nuestros placeres. Y también tenemos nuestra gotita de hipocresía, seamos sinceros. Se nos llena la boca diciendo eso de no juzgar un libro por su portada y luego asistimos con un morboso espanto a los diseños que nos dejan encima de algunas mesas. Y movemos la cabeza de un lado a otro horrorizados mientras nos decimos eso de "en qué estarían pensando para poner esto". Aunque luego podamos cambiar de... bueno, mejor pongamos un ejemplo, será mucho más fácil de entender.
     Recuerdo perfectamente la primera vez que vi esta portada. Ahora nos parece incluso normal y representativa la imagen de una trilogía que ya es tetralogía y no nos espantamos tanto de esa suerte de señorita deforme a la que no sabes si tirar pan antes o después de salir corriendo. Y luego nos escandalizamos con las chicas delgadas de los anuncios, me río yo. Pero nos acostumbramos a verlo, lo vimos tanto que ahora no nos llama particularmente la atención. Incluso hemos olvidado que lleva un título que parece una protesta por los 140 caracteres que admite twitter si queremos contarlo. Y eso que no dije nada del Drácula que abre la entrada, porque es casi tan ofensivo para el clásico como la existencia de vampiros con el cuerpo lleno de purpurina que dan abrazos y no mordiscos a la yugular.

Luego están las reediciones. Esas en las que uno se pregunta si tocar lo que ya existe es siempre una buena idea. Si Nabokov levantara la cabeza y viera que han convertido la Lolita que tanta guerra le dio en una suerte de anuncio de picaduras de mosquito, y eso siendo generosa por no hacer otro tipo de elucubraciones... ¡no quiero ni saber la opinión de su esposa!

     Pero ahí está, y nos hemos ido acostumbrando a casi todo. Y si digo casi es porque hay cosas por las que no paso, por ejemplo jamás me compraré un libro que tenga en su cubierta más abdominales que letras. Y eso no es negociable bajo ningún concepto. Y tampoco me gustan... veamos... ¡Bah! En realidad más allá de la crítica y la superficialidad poco importa la portada de un libro para llevárnoslo a casa. Porque lo abrimos y leemos el interior, y Lolita es una obra maestra y la saga antes nombrada un best seller y Drácula... Drácula es Drácula y seguirá poblando las noches hasta el fin de los tiempos.

     En realidad... debería de haber empezado diciendo eso de: Me enamoré mirándole a los ojos formados por letras sin haberme fijado en el resto de su cara y, quizás por ese motivo, jamás pude decir que fuera feo. O si lo dije fue con cariño de quien ya se ha enamorado y me apresuré a añadir todas las virtudes que escondía en su interior. Pasó de feo a llamativo, característico, ¡original! Bonita palabra esa de original que nos permite describir casi cualquier cosa sin perder la compostura. Incluso desarrollamos una suerte de hábito que nos lleva a mirar dos veces las portadas feas en las mesas de las librerías. No todas, sólo algunas, pero las miramos con curiosidad pensando que tal vez no necesitan llevar más, como aquellos libros de antaño en los que dominaba el blanco en su cubierta, porque el interior habla por sí mismo. Así descubrí yo precisamente mi libro de ayer, y lo comentaba en la reseña.

     Y aunque no entendamos qué pinta esa especie de señora disfrazada de señor mayor con una expresión digna de Eva Hache en un libro de Vila-Matas (nada menos), o estemos hartos de ver ositos, patitos y dibujitos de chicas con pinta de nerd cool en los últimos tiempos en las librerías haciéndonos dudar sobre sin libros o agendas de adolescente, les damos una oportunidad. Y descubrimos grandes historias. Y lo seguiremos haciendo porque juzgamos, sí, pero acudimos. Regresamos y damos una oportunidad tras otra a las historias sabiendo que una vez que lo abrimos, poco importa el diseño elegido por un señor que se quedó con las ganas de saber "a qué huelen las nubes" y decidió que ya era hora de que una señora se agarrase a una para meter la nariz.

Las cubiertas son cuestión de gustos y posiblemente a alguien le haya entusiasmado alguna de las que ilustran esta entrada, de eso no me cabe duda. Y sí, son una forma más de llegar hasta el lector y conseguir que nos llevemos un libro (nunca me he encontrado una que me haya desanimado de comprar un titulo que ya hubiera decidido leer de antemano). Pero además, seamos sinceros, es la mar de divertido ponerse a despotricar sobre las cubiertas de determinados libros. Y reconozcamos una cosa... algunos parece que los hicieron a posta.

     Y vosotros, ¿recordáis algún libro que os pareciera feo y os diera una grata sorpresa?

     Gracias

     PD. También hay libros que provocan la sonrisa... del adulto. Que aquí no se salva nadie.