sábado, 23 de abril de 2016

Día del libro como reflexión




     Para este Día del Libro no voy a hacer una entrada contando su origen, no. Tampoco voy a explicar la fecha exacta de la muerte de Cervantes o Shakespeare ni explicar si hubo otros escritores ilustres que sí fallecieron en la misma fecha. Para eso tenéis google, que bien sabemos usarlo todos. Y tampoco voy a decir que hay que comprar un libro, porque leer bla bla bla. No. Hoy no. No este año.
   
     Este año, y como nunca estamos conformes con nada, voy a pedir un día del libro distinto, una fecha en la que se junten las librerías libros y lectores y los precios se adapten a los formatos. Una fecha en la que podamos entrar en una librería y encontrar ese libro que no compramos hace dos o cinco años, porque aún se mantenga en los estantes. Todos tenemos claro que las ventas de hoy ayudan a muchas librerías, pero también que una única fecha no sirve para sostener todo un año en un negocio. Así que no hace falta que hoy acudáis corriendo a una librería y luego no compréis nada porque hay cola. Podéis ir mañana o pasado mañana. Incluso la semana que viene. La librería seguirá ahí. Os lo garantizo. Al menos lo hará si hay personas suficientes que acuden el resto de los días. Esa es la parte en la que nos tenemos que comprometer los lectores. Porque dicen que mientras haya lectores, habrá librerías.
     Pero también hace falta reciprocidad. Catálogos cuidados, precios, calidades... libros que huelan a papel y no a pegamento y catálogos de novedades que huelan a literatura más que a estrellas fugaces mediáticas. Que apetezca, que merezca la pena el gasto y el riesgo, y que tengamos tiempo de decidir si compramos o no un libro sin tener que mirar un presupuesto ajustado, porque pasadas unas semanas, posiblemente no volvamos a verlo el pelo y caiga en el olvido. Recuperar el placer de tener que elegir entre tres o cuatro porque son demasiados  para llevárnoslos a casa y descubrir letras nuevas y no sólo corrientes de moda que inundan las mesas pasándonos de magos a vampiros o zombis o novelas negras cortados por el mismo patrón. Y también los clásicos, con ediciones bonitas que no les hagan parecer rancios, porque hay un placer especial en leer libros clásicos de los que uno ha oído hablar. Y sí, los libros también entran por los ojos, por el diseño.

    Al final, más que una felicitación, me ha quedado una suerte de reflexión sobre un supuesto compromiso de parte a parte, de lector a libro y de libro a lector. Y no he dicho nada del escritor, que es a fin de cuentas quien pone sus horas de ilusión y trabajo, porque escribir es un trabajo, no lo olvidemos. Tras todo eso de la inspiración y las musas hay una persona, una cuenta corriente y recibos que pagar. Y si pensamos eso, tal vez hoy además de posar un libro delante de su autor para decirle que nos ha gustado y que por favor estampe nuestro nombre, además podamos pensar en que lo hemos comprado. No solo como derecho a leer o criticar o valorar... sino como acto. Compremos libros. Sólo así se impulsa la literatura.

     Y ahora sí, metidos en este batiburrillo, librerías, lectores, editoriales, escritores... ¿Feliz Día del Libro! Y decidme, ¿haréis algo especial?

     Gracias

Imagen: https://www.instagram.com/mientrasleo/

Pd. Por causas ajenas a mi voluntad, porque es la Feria del Libro en Invernalia o por estar atrapada bajo un alud de libros comprados el día 23, este blog no publicará hasta el próximo lunes.

viernes, 22 de abril de 2016

Avenida de los misterios. John Irving


     "De vez en cuando, Juan Diego recalcaba: "Soy mexicano; nací en México, me crié allí". Desde hacía algún tiempo tenía por costumbre decir: "Soy estadounidense: he vivido cuarenta años en Estados Unidos". O, intentando quitar hierro a la cuestión de la nacionalidad, Juan Diego se complacía en decir: "Soy del Medio Oeste; de hecho, soy de Iowa".
     Nunca decía que era mexicano-estadounidense. "
  
     Si hay escritores con obsesiones, también hay lectores con obsesiones. Por temas, por escritores, editoriales... fetiches. Yo leo a Irving, me gusta. Y me gusta reconocer sus marcas en cada libro que pasa por mis manos. Hoy traigo a mi estantería virtual, Avenida de los misterios.

     Conocemos a Juan Diego, un escritor de cuerpo castigado aunque sigue siendo de mediana edad, mientras emprende un viaje buscando a una persona. Lo hace cumpliendo una promesa realizada años atrás sin saber lo azaroso que resultará el viaje... ni lo largo. Durante el mismo, entre medicación, nuevos conocidos y muchas horas de sueño, recordará su infancia en un vertedero, a su hermana, y cómo llegó a convertirse en el escritor que es hoy.

     John Irving usa estos dos hilos para dibujar a una misma persona. Y también, para deleite del lector habitual y sorpresa para quienes se acercan por primera vez, tocar las teclas habituales  en su obra. Así, y por colocar el hilo temporal, descubrimos a Juan Diego y su hermana, hijos de una prostituta y un padre cuando menos velado, las traducciones que tiene que hacer el protagonista de lo que su hermana expresa, y cómo saber leer le abrirá puertas insospechadas al quedarse huérfanos. Llegados a este punto ya hemos visto huérfanos, pobreza, prostitución... y también que Irving no es un escritor melodramático que carga las tintas para congoja del lector. Así avanzamos por el camino religioso, ya que la persona que ayuda a Juan Diego tiene una estrecha relación con la iglesia, con la que por cierto ya habremos topado nunca mejor dicho. Y nos iremos acercando ala vida adulta. Una vida adulta entre pastillas, coja, castigada por lo vivido. Y nos acerca al Juan Diego adulto, el novelista, viajero por lo que parece en dos dimensiones, la que le lleva por el mundo buscando a un hombre, y la que le lleva por su mundo mirando sus cicatrices. Y seguimos paseando por las marcas habituales de Irving: el sexo, el escritor, la reflexión, el mundo... todo está ahí.

     Avenida de los misterios es una buena novela. No excepcional, pero si que es una buena historia. Sin embargo he tenido la sensación de un cierto pudor a la hora de asomar a las letras que no he visto en otras como Personas como yo. O tal vez sea que he leído mucho Irving, y le exijo más, o veo sus quiebros justo un segundo antes de leerlos. Con todo, y pese a lo que pueda parecer por lo desgranado, la novela es divertida y de lectura fácil. Resulta sencillo dejarse llevar por la historia  avanzar y retroceder en el tiempo al ritmo marcado por el autor sin soltar la presa que nos pone en bandeja desde las primeras páginas. Conocer a Juan Diego y acompañarle es un placer que recomiendo a cualquier lector, y que paladee sus frases y se deje caer en sus polémicas. Allá donde piense un tema polémico, encontrará un rastro del mismo en la novela de Irving. Lo mejor es dejarse llevar por las letras y disfrutar del milagro de la literatura. Porque sí, también habla de milagros.

     Por cierto que mañana es el Día del Libro, ¿tenéis pensado comprar alguno en particular?

    Gracias

miércoles, 20 de abril de 2016

Los impunes. Richard Price


     "Billy Graves conducía por la Segunda Avenida de camino al trabajo cuando le intranquilizó el gentío: la una y cuarto de la madrugada y aún había más gente entrando que saliendo de los bares, y tanto los que iban como los que venían debían abrirse paso a empujones entre las oscilantes camarillas de fumadores medio ebrios que se apelotonaban justo delante de las puertas. Billy odiaba las leyes antitabaco. Solo creaban problemas: ruido de madrugada para los vecinos, espacio suficiente para que los bronquistas apiñados en la barra pudieran liarse al final a puñetazos y una plaga de radiotaxis y limusinas fuera de servicio que tocaban el claxon para atraer posibles pasajeros."

     De vez en cuando me gusta acercarme a la novela policíaca, aunque he tenido unos cuantos desencuentros últimamente. Quizás por eso dudé sobre el título de hoy. Hoy traigo a mi estantería virtual, Los impunes.

     Conocemos a Billy Graves, policía de turno de noche que patrulla de Wall Street a Harlem con un puñado reducido de nocturnos. Casado con una mujer atormentada por la sombra de un pasado que aún no está preparada para compartir, tiene su propia carga por un tiroteo de hace mucho años en el que hirió a un niño. Nadie le condenó, de hecho la bala primero impactó y atravesó su objetivo, pero fue la prensa quien le juzgó y provocó su ascenso y reclusión al turno de noche. Billy mantiene su amistad con los Gansos Salvajes, un grupo de policías que fueron jóvenes en los noventa. Todos ellos tienen su obsesión, su caso sin resolver que les lleva atormentando dos décadas, su impune. En la noche de San Patricio Billy acude al escenario de un crimen, han asesinado a uno de esos criminales que quedaron impunes hace veinte años. La rueda se empieza a mover.

     Los impunes es una novela policíaca de gran impacto visual durante su lectura. No se puede negar que el autor es guionista, ya que en apenas un puñado de frases consigue empaparnos del ambiente que nos describe en cada escena. Además juega con ventaja, utiliza escenarios mil veces conocidos y asesinatos que ya hemos visto con otras caras y otros nombres. Así que puede imprimerle agilidad a la historia y centrarse en la trama psicológica. Sin embargo no se trata esta vez de la tensión que se asume al thriller, no. Estamos ante una novela policíaca que gira en torno a las obsesiones. La obsesión por el cabo suelto, por el criminal no detenido, el que se escapó, la culpa por no haber podido dejar cerrado el caso y como, por mucho que la vida siga, una parte de la persona va a seguir mirando hacia el rincón en el que aparcamos el suceso.

     Cuando el primer muerto aparece, nos damos cuenta de que el protagonista es capaz de reconocerlo incluso después de tantos años. Y no será el único muerto, más aparecerán en el camino con esa extraña relación entre ellos; ser el objeto de la obsesión de uno de los miembros de este grupo. Así que la duda acecha y el trabajo y la objetividad se le complica. Pero no sólo eso, ya que Price, incluirá a la esposa del agente en una trama ágil y dinámica que está no sólo bien estructurada, sino que además es un placer leer. Esta segunda trama es realmente buena, y me pilló por sorpresa.
     Comenzaba diciendo que no es un argumento original, ni una ubicación original la elegida por el autor. Pero lejos de hacer de ello un fallo, lo utiliza para impulsar la historia y conseguir tenernos pendientes de sus letras. La caracterización, los ambientes, la ciudad en su versión oscura y policial, la sangre... todo ello compone a partes iguales una novela que he disfrutado mucho y que no puedo dejar de recomendaros.

     Me ha gustado Richard Price. Ha sido un placer disfrutar de su novela. Creo que he recuperado la fe en la literatura policíaca.

     En este caso Richard Price es conocido sobre todo como guionista, ya sea de cine o de series de televisión como The Wire, así que la pregunta se impone, ¿os atraen los libros escritos por gente conocida en otro ámbito no literario, aunque sea el de guionista o periodista?

     Gracias

martes, 19 de abril de 2016

Julia Bride. Henry James


     "Había paseado con su amigo hasta lo alto de las amplias escaleras del museo, aquellas que descienden de las galerías de pintura: y luego, una vez que el joven se hubo marchado, sonriendo, mirando atrás, agitando alegre y vehementemente el bastón y el sombrero, ella le había mirado, sonriendo también, pero con una intensidad diferente; y su mirada había permanecido fija en él hasta que hubo desaparecido por la gran puerta."

     Hay una frontera difusa entre el relato largo y la novela corta que muchos autores manejan a la perfección. Uno de ellos es Henry James, por lo que los lectores nos sorprendemos de vez en cuando con un título nuevo. Hoy traigo a mi estantería virtual, Julia Bride.

     Conocemos a Julia Bride, una joven soltera de la sociedad neoyorquina de comienzos del s XX. Ella es joven y hermosa, tanto como para poder elegir pretendiente, aunque sus continuas indecisiones y los divorcios acumulados por su madre, son una mancha que tal vez la dejen marcada a la hora de intentar lograr el matrimonio deseado. Julia verá en su expadrastro la oportunidad perfecta para que alguien intervenga y la ayude a cerrar su matrimonio con Basil French, y a su vez, Pitman, el exmarido de su madre, verá en la joven Bride, una oportunidad para pedir ayuda en sus propios planes.

     Este año, centenario de Henry James, La editorial dÉpoca nos sorprende con este título en una cuidadísima edición ilustrada que eleva el clásico a la categoría de tesoro que conservar. Con unas hermosas ilustraciones, marcas de agua, un jardín interior, y un diseño de portada francamente hermosos, la editorial parece empeñada en demostrar que hay cosas insustituibles por la tecnología. Además, si dejamos la superficialidad a un lado, la edición viene acompañada de un prólogo estupendo, como ya nos tienen acostumbrados, en el que se desarrolla y sitúa al lector tanto en la época como en el contexto y vida del autor de la novela que tenemos entre manos.

     La historia se acoge al ya famoso "mujer blanca, hermosa y bien situada busca" y hace de él una verdadera crítica social a las ya conocidas normas no escritas de la alta sociedad. Cuenta además con una peculiaridad, los escenarios en los que se desarrolla la historia, ya que por una vez en este tipo de novelas, no será en salitas de té llenas de visitas femeninas y salones de baile: James nos lleva a la calle a lugares muy conocidos, sumando un atractivo a la novela. El autor pivota la historia sobre dos personajes, pese a ser tres, y consigue desgranar perfectamente la forma de pensar de cada uno, descubriéndonos a una Julia inteligente y capaz de sopesar cada acto de todas las formas posibles, consiguiendo a través de sus palabras y reflexiones dar una clara muestra del choque generacional que se produjo entre los más jóvenes y las pautas ya asentadas de una sociedad estancada en sus propios prejuicios y convencionalismos.

     La prosa de James es intrincada, sobrecarga sus frases incluso en el número de palabras y eso puede hacer que muchos lectores teman un acercamiento a él. Por eso, esta obra que ronda las cincuenta páginas, es un buen comienzo, una forma de tomar contacto con el autor o de dar una oportunidad a las letras de un nombre de sobra conocido en la literatura. Tengo que decir que no defrauda, es una novela sencilla de leer que esconde bajo cada palabra muchos más significados de los que parece sin que por ello el lector se vea forzado, ya que es empujado de forma natural por la protagonista, a realizar una serie de reflexiones según va avanzando la trama. Una trama cuya finalidad es precisamente esa, como concluiremos convencidos una vez terminado el libro.

     Como curiosidad, me ha gustado llegar a una historia cuya base había leído con otros títulos, otros nombres y firmada por otras autoras, y encontrarme con la literaria visión masculina. Pero esto ya forma parte de las curiosidades que vamos desarrollando a medida que acumulamos títulos leídos, y que normalmente dotan a la obra de un valor añadido, como es el caso.
     El resultado de todo lo expuesto es un libro totalmente recomendable, como historia y como objeto. Una novelita deliciosa para admirar y disfrutar.

     Comenzaba diciendo que hay libros que parecen editarse para recordarnos que no todo puede pasar por el formato digital sin dejarse cosas en el camino. Tesoros en papel que reivindican su derecho a existir y poblar estantes. Así que os pregunto, ¿cuánta importancia le dais a una edición a la hora de elegir un libro que comprar?

     Gracias

lunes, 18 de abril de 2016

La brigada de Anne Capestan. Sophie Hénaff


     "De pie delante de la ventana de la cocina, Anne Capestan esperaba que clarease el día. Vació de un trago la taza de porcelana y la dejó encima del hule de vichy verde. Acababa de beberse su último café de poli. Quizá."

     Con un premio bajo el brazo, una portada impactante y la promesa de estar ante un nombre que resonará en las letras negras, llegaba este libro hace poco a nuestras librerías. Hoy traigo a mi estantería virtual, La brigada de Anne Capestan.

     Anne Capestan lleva seis meses suspendida por un error cometido e investigado por asuntos internos. Recibe entonces la llamada tan temida como esperada para presentarse ante su jefe y ve como es reincorporada al servicio activo y, además, con un ascenso. Poco dura su alegría cuando se da cuenta de que va a ser comisaria de cuarenta hombres que han sido retirados de otras comisarías por considerarlos incompetentes. Y que los casos que van a llevar son viejos, como los muebles de los que dispondrán en su nueva ubicación. Una brigada de trastos, para qué engañarse. Al final serán menos de diez los que acudan y dos casos los que desempolven. La muerte de una mujer en su casa por lo que fue catalogado como un robo, y la de un marinero que también quedó sin resolver. Ahora les toca a ellos demostrar que son válidos, bajo la tutela de Capestan.

     Hénaff juega con el punto cómico para lograr que su novela funcione. Con eso y con protagonistas singulares que el lector sea capaz de identificar para seguir su historia sin problemas. Quizás por eso opta por esta singular brigada evitando la palabra perdedores. Porque la brigada que tutela Capestan no es de perdedores, como iremos descubriendo. No son ese tipo de trastos los que han juntado ahí: lo que sí hay es un policía homosexual deprimido por la muerte de su pareja que interpuso una queja considerada poco adecuada, una mujer que escribe guiones televisivos, un policía con complejo de gafe, otro que bebe... todos son personas fácilmente identificables. Añadiendo además que el policía que aterriza allí por interponer la queja, Lebreton, es el mismo que investigó a Capestan en Asuntos Internos. Y será este el curioso equipo que tenga que comandar una mujer impulsiva y con tanto carácter como inseguridades. Este reparto, dos casos antiguos y nada de ayuda por parte de un departamento de policía que parece estar celebrando haberse librado de ellos con esta original solución. Aunque tal vez lo celebren porque no contaban con que estaban hablando de policías, tal vez incluso más motivados que los que se quedaron en sus propias comisarías y brigadas. A fin de cuentas, algunas pasaron de ser casi apestados, ignorados, a tener un compañero y poder realizar ese trabajo que tanto les gustaba cuando se decidieron por él. Así que pronto empiezan a tirar del hilo, visitar a la hermana de la fallecida o la mujer del otro, y a hacer un camino de posibles relaciones que quedaron ocultas en aquellas primeras investigaciones. Seremos, pues, espectadores privilegiados de cómo este grupo va levantando la cabeza e investigando y relacionando datos. Creando perfiles.

     Comentaba que Hénaff había optado por el sentido del humor en su libro. Y es verdad. Nos encontramos con comparaciones con series como Caso abierto en boca de los propios protagonistas, con descripciones irónicas de ellos mismos, y también con comentarios teñidos de sarcasmo. Hay, además, un perro torpe y el miedo irracional de un gafe a trabajar acompañado, sabedor de su problema con el malfario que le cuelga como San Benito y que él mismo ha llegado a creer. Todos ellos toques que aligeran una novela que se convierte en una lectura entretenida para pasar el rato.
 
     Hace mucho que ya no me fío ciegamente de los premios, si es que lo hice alguna vez, y que he dejado de considerar que una novela premiada ha de ser una obra maestra, así que acudí a esta sin demasiadas expectativas. El resultado no ha podido ser más satisfactorio. Me he encontrado con una historia que funciona, escrita con la ligereza suficiente como para resultar entretenida y leerse en un suspiro. Sin más.

     Y vosotros, ¿con qué libro comezáis la semana?

     Gracias
   

sábado, 16 de abril de 2016

El riesgo de leer


     "Si hoy en día me pregunto porqué amo la literatura, la respuesta me viene a la cabeza de forma espontánea: porque me ayuda a vivir."
     Tzetan Todorov

     Me hace mucha gracia cuando la gente habla de los deportes de riesgo y se limita al puenting y similares. Y es que, tengo que decir que saltar desde una altura considerable con unas gomas elásticas, me ha reportado menos riesgos que caminar con un libro abierto por la vida. Porque hoy toca una entrada de anécdotas, que para ponernos serios ya tenemos las noticias.
     El primer riesgo cuando uno compra un libro pasa por la librería. Recuerdo haber pedido un libro maravilloso titulado "Pornografía" y ver a una chica absolutamente horrorizada explicándome que ellos no vendían "esa clase de libros" pero que los tenían eróticos muy buenos para mujeres. Y es que los títulos a veces son un riesgo, uno no puede estar leyendo en el metro El pudor del pornógrafo y esperar que quien tiene delante no mire con curiosidad el libro, como tampoco podría estar leyendo seguramente un tratado de física cuántica.... pero los temas sexuales, dan más juego, para qué engañarnos. Y se liga más.
     Otra cosa es caminar leyendo, que te chocas con personas (creo recordar que tengo un par de amigos a los que conocí así), te metes de frente en un charco para el que te hubiera hecho falta un flotador (cosas de vivir en Invernalia, a los lagos en mitad de las aceras los llamamos charquitos) o calculas mal el momento en que comienza el asiento de un banco y terminas sentada en mitad del verde y con el culo mojado. Pero oye, ¡qué bonito es ir por el mundo con un libro abierto y qué romántico queda en las películas! Y eso que me he aprendido de memoria el número de escalones de mi camino matutino habitual (a base de ir estirando el pie sin mirar) y tengo calculada la distancia exacta de lado a lado de la carretera que cruzo contando el tiempo que tarda el muñequito en dejar de estar en verde (desde aquí pido al Ayto de Invernalia que si cambian el temporizador me avisen, gracias). En todo caso se aprenden habilidades, porque si un día tengo que buscar empleo iré al Circo del sol a decir que sé caminar con paraguas, bolso, móvil y un libro abierto mientras llueve. Que si eso no es hacer acrobacias, me río yo de los saltimbanquis. Y sigo ilesa, así que... Dios hace milagros todos los días.

     Con todo el mayor deporte de riesgo a la hora de leer, para el lector, porque para el resto del mundo es que nos choquemos con ellos o les aticemos con el bolso cargado de libros, reside en el tipo de libro elegido para el momento en el que se encuentre. Es decir, no puede uno estar leyendo El mal de Portnoy en una sala de espera, porque se arriesga a tener que aguantarse la risa mientras el resto de gente le mira con cara de pocos amigos. Y eso es terrible, porque entonces el dichoso Portnoy se empeña en ser aún más irritante y acabas riéndote, con lo que crees disimulo, mientras sientes el odio ajeno clavándose en la cubierta de tu libro. Así que lo cierras y lo guardas con disimulo... iluso, lector que cree que eso funciona. Una vez que te ha hecho gracia y sabes que has reído donde no debes, más te valiera seguir leyendo a la espera de que una tragedia imprevista te cortara la risa. Creedme, lo he intentado. Y acabé riendo como una pirada sin siquiera un libro que me sirviera como excusa para esa explosión de júbilo mal contenida. O peor aún: lloras. Estás de viaje, en uno de esos largos de avión, amparándote en un libro para evitar hablar con quien sea que te ha tocado al lado, y de repente las letras te agarran por el cuello y no te dejan respirar. Levantas la vista y boqueas diciendo "respira maldito", porque sí, a estas alturas ya te has puesto en plan trágico sin saber que es una espiral sin retorno... y nada, no hay manera. Notas como se te cae una lágrima y te escondes esperando que nadie note que... que... bah, ya da igual. Ya lloras a medio hipo ante la atónita mirada de tu improvisado compañero de viaje que, una vez te has repuesto, te pregunta que si vas de entierro en un intento de consolarte. Intento, dicho sea de paso, que te coloca en un serio apuro. No sabes si explicar que es viernes y quieres comer bacalao, o dejar que crea lo que quiera o mentir directamente. Si hay un momento en que está justificado mentir, te dices, es ese.

     El final leemos novela negra con detectives que corren y saltan mientras esquivan balas, o de magos que luchan con dragones o titanes, leemos sobre familias que se disputan tronos hasta la muerte y sobre karmas retorcidos que acechan incluso tras haber muerto. Y cualquiera pensaría que lo hacemos desde la comodidad de nuestra casa, tranquilos y seguros.... y nada más lejos de la realidad. Para los que lo duden, una pregunta, ¿a que duele cuando te haces uno de esos cortes mínimos con el borde de una hoja de papel? Pues lo hace muchísimo más cuando un protagonista perfecto, fallece.

     Y vosotros, ¿tenéis anécdotas de riesgo?
Por cierto que si alguien dice que no, asumiremos que es tímido y no quiere reconocerlo.

     Gracias

     Pd. Espero que nadie se haya reído de mis desdichas! Que os veo.

viernes, 15 de abril de 2016

Instrumental. James Rhodes


     "La vergüenza es el motivo por el que no se lo contamos a nadie. 
     Las amenazas funcionan un tiempo, pero no años.
     La vergüenza asegura el silencio, y el suicidio es el silencio definitivo."

     A veces nos embarcamos en lecturas que sabemos que van a ser complicadas, que pueden doler de un modo u otro. No tengo claro el motivo, supongo que es por lo mismo por lo que cuando vamos por la carretera se nos va la vista a la zona en la que parece que hubo un accidente. Así es el ser humano, y no es el peor de nuestros defectos. Hoy traigo  a mi estantería virtual, Instrumental.

     James Rhodes es un concertista de piano muy afamado en el Reino Unido que está devolviendo a la gente el placer de escuchar música clásica. Hace unos años escribió su biografía, y se vetó su publicación. En ella hablaba de su vida, una vida terrible, pero le fue vetado el derecho a contarla hasta hace unos meses. Hoy su libro está en la calle y en el Rhodes nos habla de los abusos: "Abuso. Qué palabra. Violación es mejor" afirma el propio Rhodes en su libro, que comenzó a sufrir a los 5 años por parte de su profesor de boxeo de cuarenta y como eso ha destrozado su vida y a él.

     James Rhodes advierte en su libro que no va a dar detalles escabrosos de lo sucedido durante esos episodios sexuales, baste saber que le causó unos terribles daños físicos y otros aún más terribles, psicológicos. Y de estos segundos trata su libro. En él nos habla de su incomprensión ante lo que le sucedía, de lo terrible que es para un niño vivir algo así cuando aún no tiene cabeza para procesarlo y lo único que percibe es el dolor y las amenazas sobre lo terrible que le sucederá si lo cuenta. Nos habla de cómo ese niño cuya personalidad aún se está formando, llega a aceptarlo como algo más de la vida e incluso lo utiliza para obtener cosas, como si formara parte de un trueque macabro que se da por normal al no haber conocido otra cosa. Rhodes nos introduce en su secreto mientras aún lo era, e intenta que comprendamos lo que pasaba por su cabeza para no contarlo, para beber y drogarse intentando olvidar, encerrar en lo más profundo de su alma unos recuerdos que ahora lleva en los brazos en forma de cicatrices... y también nos habla del sentimiento de culpa constante. Culpa por ser, por estar, sonreír o no hacerlo, culpa por ser raro, por discutir, por no hacerlo: culpa por vivir. Rhodes ha pasado por todos los estados que pueden suponerse a una persona así y también por cuatro o cinco más. estuvo en centros psiquiátricos y acude aún hoy a reuniones de esas de Anónimos que ayudan a quien quieren dejar una adicción, finge ser normal respondiendo lo que se debe y parece mostrar que aún teme que quede algún dique a punto de romperse en su interior. No muestra piedad alguna consigo mismo a la hora de describirse ya que, aunque sabe de dónde vienen todas sus manías, complejos, secretos... no intenta justificarlas, sino exponerlas. Y toca fondo cuando es padre y esa culpa que lo acompañó siempre lo aplasta al llegar su hijo a la edad que tenía él cuando su pesadilla comenzó. Entonces el miedo, ese sentimiento aún más irracional que la culpa, hace acto de presencia devastando lo poco de normalidad que había conseguido instalar en su vida. Porque cuando alguien pasa por lo que él ha pasado, nos dice el autor, no se recupera nunca, y es un error intentar ser normal negando lo ocurrido, porque uno ya jamás volverá a ser normal. Su normalidad murió aplastada en el suelo de un gimnasio bajo el peso de un hombre de cuarenta años.

     Y sin embargo, no es un libro en el que busque el detalle escabroso. Es un libro en el que una persona deshecha vomita un torrente de palabras con un estilo moderno y actual, en un lenguaje de calle que hace que el sentimentalismo que podía impregnar tan terrible historia, brille por su ausencia. Rhodes no busca lástima, busca exponer sus demonios y también hablar de sus refugios. Y es ahí donde cobra sentido el título del libro, porque el único lugar en el que el autor es él mismo y no esa persona marcada de la que nos ha ido hablando, es ante la música clásica. Nos cuenta como siempre le gustó, la dejó, la cogió y las sensaciones indescriptibles que provocan determinadas piezas musicales en el oyente. Nos relata su primer concierto, y también la transformación que sufre ante el piano. Y ahí vemos a un hombre diferente.
Salpica además su historia de magníficos párrafos sobre música clásica y sobre compositores de renombre. Fragmentos de vidas que consiguen captar la atención del lector en la que muestra a estos, hoy grandes nombres en la historia de la música, como hombres no necesariamente con vidas felices.  Y deja que estas partes sean oasis para un lector que llega destrozado de las zonas anteriores.

     Instrumental es una lectura difícil, sí. Pero no nos engañemos. Lo que hace difícil esta lectura es que le ponemos nombre y cara a una víctima de algo que sabemos sucede todos los días. Hace poco salían cifras de niños refugiados perdidos, vemos noticias de pornografía infantil, de trata de menores... pero no les ponemos rostro, y de este modo nos parece un horror, sí, pero ajeno. Con este libro, situamos un nombre y un rostro y también una vida. Nos obliga a reconocer que existe.

     Y vosotros, ¿alguna vez os habéis embarcado en una lectura sabiendo que sería un camino escabroso?

     Gracias