martes, 11 de diciembre de 2018

Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos. Ben Marcus (Con unos pinitos de pedantería. Rubén Martín Giráldez)


     "Le estamos dando el siguiente mensaje al lector de a pie: La literatura es tremendamente difícil de leer. Y al aspirante a escritor: El respeto se gana mediante la dificultad extrema. Esto es un despropósito. Es un despropósito sobre todo cuando la palabtra impresa lucha por la supervivencia frente a otros medios".

     Va a ser difícil explicar por qué me pareció divertido este título interminable que parecía proponerme un divertido juego. Digamos simplemente que se me metió en la cabeza cuando ni siquiera era capaz de recordarlo completo y que ese fue el motivo por el que corrí a la librería apenas salió a la venta. Hoy traigo a mi estantería virtual, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos.

     Para explicar este libro basta decir que está compuesto por tres partes. La primera es un artículo de Ben Marcus que da título al volumen y que escribió como respuesta a un artículo en el que Franzen tildaba a Gaddis de difícil. El segundo, escrito por Martín Giráldez que además traduce al primero, es un minitratado de literatura difícil en el que mastica el término pedante y la tercera parte  es una palinodia no exenta de tonillo que publicara Ben Marcus el mismo día en que salió a la venta su novela Notable American Women.

     Pocas veces he expuesto de forma tan clara el contenido de un libro y menos veces aún he tenido la certeza de que nadie se había enterado demasiado de lo que acababa de explicar (y dudo si incluir el término palinodia entre los puntos desconocidos por casi cualquiera). Con un título alarmista parte con un interesante primer artículo en el que Ben Marcus responde a Franzen. Franzen, que abanderó durante un tiempo su amistad con un escritor experimental y que él mismo se señalaba como el creador de la gran novela americana (muchas veces por su extensión, estoy segura), escribe hablando de Gaddis una crítica abierta contra esos llamados escritores experimentales que buscan ir más allá del concepto de novela como correlación de hechos que cuentan una historia. No deja de ser paradógico que haya sido precisamente Franzen quien lo haga y es justa la respuesta recibida de puño y letra de Ben Marcus que advierte ya en sus primeras páginas: "En el mundo literario, insinuar siguiera que el cerebro está implicado en la lectura o que nuestras facultades lectoras puedan ser efectivamente mejoradas es una falta de tacto". Pero no se entienda entonces que este artículo es una ofensa contra la literatura de entretenimiento, más bien es un contrapunto en el que defiende la necesaria existencia de una literatura que aporte algo más. Frente a lo que uno pudiera pensar, plantea el autor, la literatura se ha ido deformando hasta no salirse de los márgenes de un producto fácil de consumo dejando de lado al lector interesado en buscar algo más en las historias. A fin de cuentas, afirma Marcus "llamar experimental a un escritor equivale hoy en día a decir que su obra no es relevante, no es legible y que es agresivamente masturbatoria". No falta, como se puede ver, socarronería en el artículo, ya que el propio Marcus se mete en el saco de este tipo de escritores. Como él dice: "la lengua literaria es compleja porque intenta conseguir algo extraordinariamente difícil: fijar los aspectos elusivos de la maraña vital, representar la intensidad de la consciencia".
Al final uno sale de este artículo con a sensación de menosprecio hacia el lector por parte del mundo literario al que no se le da muchas veces la opción de elegir ya que los premios y la crítica tienden a encumbrar aquellos libros fáciles que son susceptibles de convertirse en un boom. ¿Qué pasa entonces con ese lector que aspira algo más? ¿Espera entonces encontrarse por casualidad con el escritor que se siente casi despreciado? Y eso es porque estamos ante un libro a debatir, un libro de preguntas más que de respuestas que obliga al lector a posicionarse, y que lo hará dejándose muchas veces llevar por la trampa de quien dirige el debate que es, a fin de cuentas, quien manda.
     La segunda parte comienza como una suerte de broma o juego de estilo que Martín giráldez cuaja de citas, como buen pedante, pero que creo que termina por perder un ritmo necesario a la hora de seguir una broma. Es cierto que las discusiones que plantea son tan antiguas como la propia literatura, pero también lo es que fatiga al lector al plantearle dudas y soluciones ya escritas una y otra vez.
      La tercera os la dejo, no quiero descubrir lo que es una palinodia.

     Por qué la literatura.... es un libro divertido que hace que pensemos en lo que leemos, en por qué lo leemos y lo que nos aporta. Nos deja llegar a conclusiones propias sobre el tipo de lector que somos y que también nos hará un poquito más críticos cuando veamos las mesas de novedades en las librerías o las listas de libros recomendados. Por supuesto que la literatura experimental no va a terminar con la edición, pero eso ya lo sabíamos cuando comenzábamos a leer el libro y, ahora que lo hemos terminado estamos deseando encontrar a otra persona que lo haya leído para preguntarle, ¿y tú de qué lado estás? En mi caso, y mal que me pese porque mira que me gusta como escribe, he sido infiel a Jonathan Franzen. Peero os aseguro que es la primera vez que me pasa.

     Y vosotros, ¿se os meten títulos en la cabeza sin motivo aparente?

     Gracias.

     "Los verdaderos elitistas del mundo literario son aquellos a quienes irrita la ambición literaria de cualquier tipo". Menos la suya propia, añadiría yo.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La historia del señor Sommer. Patrick Süskind


     "En la época en que aún me subía a los árboles -hace mucho, mucho tiempo, muchos años y décadas-: yo medía entonces poco más de un metro, calzaba zapatos del veintiocho y era tan ligero que podía volar -no, no es mentira, yo entonces podía volar- o, por lo menos, casi, mejor dicho: hubiera podido volar, de haberlo deseado de verdad e intentado hacerlo como es debido, porque... porque me acuerdo bien, una vez por un velo no levanté el vuelo, y fue precisamente en otoño, en mi primer año de colegio, un día en que, al volver a casa, soplaba un viento tan fuerte que, sin abrir los brazos, podía inclinar el cuerpo hacia delante como un saltador de esquí y todavía más, sin caerme..."

     Parece que os estoy viendo asentir mientras decís... "ah... el de El perfume", y es que hay escritores que son literalmente engullidos por una de sus obras y difícilmente se les conoce algún título más. Yo hace tiempo que me rebelo contra eso y rebusco, y es por eso que hoy traigo a mi estantería virtual, La historia del señor Sommer.

     Un adulto rememora su infancia en su pueblo natal, Obernsee, dejándose llevar por los sentimientos nostálgicos y pivotando sus recuerdos en tres encuentros con un tal señor Sommer, del que nadie sabía nada. Salvo que caminaba.

     Dicen que esta es una novela infantil, pero en mi relectura ya adulta tengo que decir que me ha parecido mucho más profunda de lo que recordaba. El señor Sommer, cuyo nombre no al azar significa verano, representa en el libro aquellos veranos que recordamos con una sonrisa. Cuando éramos niños, cuando éramos invencibles o, como nuestro protagonista recuerda al comienzo de su narración, cuando podíamos volar. Y es que aquellos recuerdos de la infancia inocente en la que éramos capaces de todo, afloran en el lector a la vez que en el narrador y tal vez nosotros no nos hayamos caído de un árbol pero yo recordaba perfectamente el día en que solté mis manos de las cadenas de un columpio pensando que era una gran idea hacer un aterrizaje de héroe, y... bueno, al igual que el protagonista, aprendí lo que era la Ley de la gravedad. Esa es la magia de esta novelita, el efecto contagio que uno tiene al seguir los pasos de este narrador que se entretiene en naderías y que se fija en el señor Sommer ahora a tiempo pasado para contarnos su historia. Y su historia no es otra que la del propio narrador que cuenta como el camino de este vecino es imparable, avanzando sin descanso al igual que lo hace el reloj de nuestras vidas. Y mientras Sommer camina, sin que le veamos, nos reímos con una profesora de piano, llega o no la televisión, aparece el primer amor, montamos en bicicleta y quitamos miedos. Porque nos vamos haciendo mayores. Y un día, sin darnos cuenta, la niñez ha desaparecido y tal vez de esa niñez solo nos queden un puñado de imágenes y un montón de recuerdos fugaces de buenos y malos momentos que nos marcaron en nuestro crecimiento. Y, por supuesto, el señor Sommer, aunque nadie supiera nada de él.

     La historia del señor Sommer es una novela nostálgica y entrañable cuya lectura recomiendo sin dudarlo. Viene además acompañada de las ilustraciones originales en el momento de su publicación, allá por 1991, otorgando al conjunto una sensación de estar ante un cuento que se abre a nosotros provocando un torrente de recuerdos.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

La casa de los nombres. Colm Tóibín


     "Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio. Ahora me resulta fácil sentirme serena y contenta. Paso la mañana contemplando el cielo y la luz cambiante. El trino de los pájaros se eleva a medida que el mundo se llena de sus propios placeres, y más tarde, al declinar el día, el sonido declina con él y se apaga. Observo cómo se alargan las sombras. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está aquí igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante; ha dado vida a mis ojos: ojos que se empañaron con la espera y que ya no están empañados, ojos que ahora refulgen de vida".

     Tras leer el magnífico The Master, tuve claro que quería conocer más de Tóibín. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La casa de los nombres.

     La Orestiada es una trilogía de obras de teatro de la Grecia clásica que cuenta la historia de Agamenón, su regreso de Troya y lo que sucedió con su familia formada por su mujer, Clitemnestra y sus hijos, Ifigenia, Electra y Orestes.
     Bien, ahora que ya se habrá asustado mucha gente diré que esta novela es una contemporaneización de la Orestiada en la que Tóibín ha decidido prescindir de los dioses y mostrarnos la verdadera tragedia de la historia.

     De este modo conocemos a Clitemnestra, que recibe noticias de su esposo quien le pide que vaya a verlo con su hija mayor y el benjamín de la casa. Ella va presurosa preparándose para la boda que le anuncia de su hija con un valiente guerrero y poder ver además a su marido como el héroe glorioso que supone en la batalla y, sin embargo, al llegar se encuentra con la terrible realidad: su marido planea sacrificar a su hija a los dioses para que estos les sean propicios en la batalla. Esto que dicho así suena muy.... "clásico", Tóibín lo cuenta con naturalidad, eliminando las visiones y el temor a los dioses y nos muestra a Agamenón como un hombre mermado que necesita verse reforzado de alguna manera ante los hombres a los que dirige, y poco parece importar si el modo de conseguirlo es sacrificar a su primogénita. El sacrificio que parece comenzar con una joven vestida con una rica túnica, se vuelve algo sórdido y terrible, ya que no deja de ser una ejecución pública de una niña que está comenzando a ser mujer y se sabe asesinada por su padre ante una multitud. Poco queda de aquellas escenas casi divinas, aquí el cuchillo atraviesa la piel, la sangre hiede, las bestias rugen y, por supuesto, los seres humanos gritan: ya sea por el dolor en sus propias carnes o por el infringido a su alma al arrebatarle a una hija. Y Tóibín sigue humanizando porque, ¿qué mujer seguiría amando a un marido que la engaña y sacrifica a su hija? ¿No comprendemos entonces que piense en vengarse y asesinarlo en lugar de esperar a que decida cometer otra atrocidad en el seno familiar? Clitemnestra humana regresa y seguimos su evolución junto a Electra, menos dramática y más adolescente y tras eso cambiamos para conocer la historia del niño Orestes, que es separado de su familia y tiene que buscar la forma de sobrevivir. Orestes, el gran desconocido en la obra clásica, pretende llevarse en esta novela su parte de protagonismo y por eso el autor decide relatarnos la historia de su secuestro y fuga, sus silencios y aventuras camino de un posible regreso al castillo en el que vivió y que ahora es refugio de conspiraciones por los corredores, y sin embargo, comparado con la primera parte, sentimos que le falta un soplo de vida, que no llega a la misma altura. Pero se le perdona por la fuerza narrativa del conjunto, la sensación de estar ante un cuento sigue siendo fuerte, pero Tóibín hace que sea un placer ir conociendo esta gran historia clásica.

     No siempre me gusta que las obras clásicas se reescriban, me cuestan las adaptaciones que parecen querer decirnos que no llegamos al original, y sin embargo me intrigan las versiones en cualquiera de sus formas. En este caso, ha sido un placer disfrutar de La casa de los nombres. Tóibín es un gran escritor, de eso no me cabe duda. Y tampoco dudo que voy a seguir buscando sus letras en las librerías.

     Y a vosotros, ¿os gustan las versiones o readaptaciones?

     Gracias.

PD. Vacaciones. Nos vemos tras el puente. Lean mucho.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Los tiempos del odio. Rosa Montero


     "—Sin amor no merece la pena vivir. 
     Ángela había pronunciado las palabras en voz alta, como el juez que dicta la sentencia definitiva sobre su propio destino. 
     Y a continuación se entregó al dolor de manera voluptuosa, casi suicida".

     Me gustó Bruna Husky desde la primera entrega, así que estaba claro que no tardaría en leer la última. Hoy traigo a mi estantería virtual, Los tiempos del odio.

     Volvemos con la detective replicante Bruna Husky, una replicante de combate cuya memoria cargada le hace más consciente de lo que debería de sus sentimientos. Entre ellos están su amor por el detective Lizard y el sentimiento de un final inminente ya que conoce perfectamente el día en que será desactivada. Por si eso fuera poco, en un mundo en el que los atentados parecen haberse vuelto más virulentos, Lizard desaparece.

     Rosa Montero nos ha entregado en esta novela a una Bruna Husky más vulnerable que nunca. Siempre nos la mostró como una androide consciente de su existencia y del fin de la misma, pero ahora, con el amor en su vida, hay una lucha interior más humana que artificial que consigue acercarla aún más al lector. Uno durante la lectura no tiene más remedio que preguntarse si no está ante un personaje más humano de lo que cree exactamente igual que se pregunta si no son estos libros de aparente ciencia ficción lo que mejor reflejan la sociedad actual en la que estamos viviendo. Y es que Rosa ha decidido aprovechar la libertad de crear un mundo futuro para darnos buena cuenta de la realidad en la que vivimos. Rosa nos muestra que vivimos en un mundo de excesos en el que la muerte y el poder parecen ser más poderosos que nunca, el propio temor ante esa cuenta atrás para su propio final muestra a una Husky que se rebela furiosa buscando tal vez un sentido que haga que todo merezca la pena y, al mismo tiempo, teme la vulnerabilidad que supone reconocerse enamorada de otra persona. Quizás por eso el gran acierto de esta novela haya sido convertir a Lizard en una parte importante de la trama casi más que con su desaparición con su ausencia, que se convierte en una ventana hacia la mente de la replicante. Husky brilla de este modo más que nunca en esa última entrega de la saga, todo lo que había sido frío ahora se vuelve un torbellino de rebelión contra su propia existencia, una necesidad casi vital de aferrarse a la vida a través de sensaciones que le impidan pensar en su propio final. Y dentro del exceso, del poder y la corrupción se alza el amor como esperanza, tal vez como simple necesidad de sentir para sentirse vivo. Y Montero ya lo afirma en la primera frase, "Sin amor no merece la pena vivir". 
 
      En esta novela, no solo presenta un futuro posible, sino que podemos buscar paralelismos con situaciones reales, convirtiéndose así en una carta al lector en la que parece querer decirle lo que no va bien en el mundo y lo que debería de ser realmente importante. A fin de cuentas, no es Bruna Husky la única que teme a su propio final, a poco que uno se ponga a pensar en lo que sería una vida con una cuenta atrás ya marcada, podemos comprender perfectamente cada uno de sus movimientos. Con todos estos ingredientes y una trama sólida uno podría preguntarse si está ante la última entrega de la saga, y Montero parece jugar con ello en un final que seguramente generará opiniones encontradas al respecto. Si a mi me preguntan, tengo bastante claro que quiero una entrega más que satisfaga mi curiosidad en un par de puntos importantes. Pero para ello tendremos que esperar al criterio (o inspiración) de la propia autora.

     Los tiempos del odio es una novela realista disfrazada de ciencia ficción futurista que ha resultado no solo entretenida, sino también interesante por los puntos en los que obliga al lector a detenerse y reflexionar. Lo tengo bastante claro, la mejor Montero reside en Bruna Husky.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias..

lunes, 19 de noviembre de 2018

La caja de botones de Gwendy. Stephen King y Richard Chizmar


     "Existen tres vías para llegar a Castle View desde la pequeña ciudad de Castle Rock: por la carretera 117, por Pleasant Road y por las Escaleras de los Suicidios. Cada día de este verano —sí, incluso los domingos—, Gwendy Peterson, de doce años de edad, ha tomado el camino de las escaleras, que ascienden en zigzag la ladera rocosa, a la que están sujetas por fuertes (si bien oxidados por el tiempo) pernos de hierro. La niña sube andando los cien primeros escalones, al trote los cien siguientes y corriendo los últimos ciento cinco, empecinada y a tumba abierta —como diría su padre—. En lo alto se dobla por la cintura, resoplando como un viejo caballo de tiro, con la cara roja, las manos apoyadas en las rodillas y mechones de pelo sudorosos cayéndole sobre las mejillas (da igual lo mucho que se apriete la coleta, siempre se le suelta durante ese último esprint). Sin embargo, se aprecia cierta mejoría. Cuando se endereza y mira hacia abajo a lo largo de su cuerpo, alcanza a verse las puntas de las playeras, algo impensable en junio, el último día de colegio, que también coincidió con su último día en la Escuela Primaria de Castle Rock".

     Ya hemos hablado de King en este blog. Muchas veces. Así que no es de extrañar que hoy traiga a mi estantería virtual, La caja de botones de Gwendy.

     Conocemos a Wendy cuando está a punto de cambiar de cambiar al instituto de secundaria de Castle Rock. Es un cambio importante y una de las cosas que Gwendy quiere dejar atrás es su sobrepeso junto a ese estúpido mote que le puso un niño. Por eso cada día sube las escaleras de Castle Rock. Pero un día se encuentra a un hombre que parece saber mucho sobre ella. Y no solo eso, además dice que tiene algo que le pertenece: una caja. Una caja que puede cambiar la vida de Gwendy con sus palanquitas y botones, pero que también supone una responsabilidad. Y la preocupación constante por si alguien la encuentra.

     Esta vez King escribe a cuatro manos con el escritor y guinista Richard Chizmar. Juntos desarrollan esta historia corta en la que reconocemos perfectamente al maestro en la idea pero quizás no tanto en el desarrollo. Lejos de esos personajes de mediana edad que se ven sobrepasados por las circunstancias, en esta ocasión la protagonista es una niña en pleno paso a la adolescencia y la acompañamos durante unos cuantos años. Con un regusto a La tienda volvemos a Castle Rock, ese lugar conocido por todos los admiradores de King, al que por un lado iríamos encantados y por otro no no acercaríamos ni estando ebrios. La novelita juega con las inseguridades de una joven para proponerle colmar su mayor deseo mientras le deja la advertencia de la responsabilidad que eso puede su poner. Es decir, conocida la avaricia del ser humano, si le propone perder peso sin esfuerzo, ¿le tentará apretar uno de los botones de la caja para ve qué deseo le satisface o qué provoca? Porque, tal y como le dice el hombre a esta joven: ella es la custodia y también "tu ya sabes lo que pasará si pulsas uno de esos botones". Y ya tenemos el juego mental en marcha. Cualquier cosa en la vida de la joven, vaya bien o mal, será culpa de la caja. Y es que la mente humana es capaz de convencerse de casi cualquier cosa y Gwendy será testigo y víctima de ello. Seremos pues partícipes de su angustia y también de sus avances en la custodia de tan extraordinario artefacto que llegará a ser el centro de su vida y con el que mantendrá una lucha constante para evitar vivir bajo la obsesión de perderlo.

     King y Chizmar escriben por tanto una historia con un cierto regusto a aquellas que escribiera el maestro del terror hace años, pero lo hacen de una forma totalmente light, como si, de repente, el terror fuera algo de adultos y ahora estuviéramos ante una versión tolerada para todos los públicos. Es por eso que el lector no puede evitar tener la sensación de estar ante una oportunidad desaprovechada para volver a la senda de hace años que King parece haber abandonado definitivamente.

     La caja de botones de Gwendy es una novelita entretenida. Sin nada más que añadir al respecto.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD. Motivos técnicos me obligan a no sacar reseña hasta el lunes, no quiero pillarme los dedos con los plazos que me han dado (en teoría, mañana).

viernes, 16 de noviembre de 2018

Permafrost. Eva Baltasar


     "Se está bien aquí- Por fin. Las alturas tienen eso: cien metros de vidrio vertical. El aire es aire en un estado superior de pureza, y por eso, además, parece más duro, por momentos casi compacto. Se cierne cierto olor a ferretería. La capa de ruido pesa como hollín y se mantiene latente, allí abajo, como un ojo de petróleo finísimo, crujiente, una suerte de regalo negro y brillante".

     Hay libros que llaman la atención desde el primer momento y uno sabe que no tardará en leerlo. Eso me sucedió con el libro que hoy traigo a mi estantería virtual. Se trata de Permafrost.

     Conocemos a una mujer sin nombre que nos relata su vida en primera persona. No nos contará los hechos que han ido sucediéndose en su vida, pero si su evolución personal, sus dudas, pulsiones y descubrimientos en un monólogo con saltos temporales que permitirá al lector conocerla.

     Permafrost, publicado bajo el título Permagel en catalán, con el que obtuvo el Premi Llibreter 2018, hace referencia en ambos idiomas a la capa de tierra que, sin necesitar estar cubierta de hielo, permanece congelada. Algo así supongo es la intención de la protagonista, quien opta por protegerse del mundo a la vez que lo explora.

     Narrado en primera persona, no necesita la autora ni quiere tampoco poner un nombre a su protagonista para conseguir de este modo que cualquier lector encuentre un resquicio propio entre sus pliegues. Y así es como descubrimos a la protagonista, una mujer asfixiada por el mundo, con miedo a defraudar a su madre, esa eterna mujer que todo "lo sabía" una vez sucedido, todo lo controla mientras está sucediendo y "todo lo sufrió" en el pasado. Y es que nuestra protagonista quería estudiar arte, algo que le supuso casi tanto placer como cargo de conciencia asumido por las reacciones familiares. A fin de cuentas, su familia es tan diferente a ella que no sabemos si la rechaza o simplemente se aleja en un intento de no quitarse esa coraza que le vamos viendo relumbrar página tras página. Ella, que no encaja con su hermana, su opuesta, recuerda cuando un día quiso tener otro hermano, tal vez para no sentirse tan sola. Ella que no permite que nadie se le acerque, que piensa en la muerte como fin último de la vida, como halcón que acecha o tal vez como puerta de salida cuando las cosas se pongan peligrosas para alguien que parece empeñado en no sentir. Así es ella. Y la vemos descubrir el sexo, su homosexualidad que no pasa en este caso por ninguno de los traumas que vienen siendo comunes en la literatura, si que se convierte en una búsqueda constante del sentimiento de estar vida, y también en una huida cuando la otra parte se acerca demasiado a ella, quizás por temor a que esa coraza suya llamada permafrost se ablande. Ya en la primera parte del libro Eva Baltasar desnuda a su protagonista cuando se compara con un hermoso pez que decora las mesas de un restaurante en una pequeña pecera decorativa que a veces acaba siendo utilizada a modo de cenicero. Pocas veces he visto una imagen tan certera y un desnudo tan integral de todo aquello que se va a desarrollar en las páginas siguientes. Y también, por qué no decirlo, de los miedos comunes, acercarse a la posibilidad de que alguien nos dañe de verdad. Quizás por eso la protagonista parece no temer a la muerte, incluso la busca en una suerte de tendencias suicidas que a mi no me ha quedado claro si no son en realidad un mantra que le otorga la falsa seguridad de una salida rápida  fácil si las cosas se ponen "peligrosas".

     Permafrost es una de esas historias de vida que crecen y se interpretan a gusto del lector, que se sentirá más o menos unido a la protagonista en función de las partes compartidas. Escrita de una forma sencilla pero extremadamente cuidada, es fácil caer en la tentación de comprender a su protagonista y defenderla, una mujer que es más dura de lo que puede parecer, pero no por tratar de blindarse al mundo, sino por mostrar en estas páginas sus miedos y debilidades.
Una primera novela muy prometedora que obliga a tomar buena nota del nombre de su autora.

     Leía esta semana sobre la diferencia para el lector entre libros escritos en primera o tercera persona. Decidme, ¿qué preferís vosotros?

     Gracias.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Katerina. Aharon Appelfeld


     "Me llamo Katerina y dentro de poco voy a cumplir ochenta años. pasada la pascua, regresé a la aldea donde nací y a la granja de mis padres, pequeña y ruinosa, donde no quedaba ningún edificio en pie salvo esta casucha en la que estoy vi-viendo. Tiene una única ventana, bien abierta, que me permite recibir el hálito del mundo. Mis ojos, en verdad, se han debilitado, pero el deseo de ver sigue palpitando en ellos. Al mediodía, cuando la luz es más fuerte, se extiende ante mí un campo abierto que llega hasta orillas del prut, cuyas aguas son azules en esta temporada vibrante de esplendor".

     Que tu librero te pregunte con cara de asombro cómo es que no conoces a Katerina, es motivo más que suficiente para llevártela a casa. Hoy traigo a mi estantería virtual, Katerina.

     Conocemos a Katerina cuando, a sus ochenta años, decide regresar a su maltratada aldea natal. Será este el momento elegido para mirar atrás y contarnos su vida.

     Katerina nace en un pueblo llamado Rus, es una campesina rutena que crece en un ambiente de antisemitismo y con unos padres bebedores. Sabe que ella va a ser bebedora también con la misma certeza con la que nosotros sabemos que su vida no será fácil, Adolescente fugada, pasa los días d estación en estación cuando no es de bar en bar. finalmente, Katerina, cristiana, entra a trabajar de criada en una casa de judíos. Ella parece la otra cara de la moneda en una sociedad en la que el racismo y los prejuicios imperan contra el pueblo judío. Katerina se justifica diciendo que han sido buenos con ella, pero no parece vivir en una sociedad dispuesta a aceptar algo así. Y continuamos a su lado en esta solitaria vida hasta que conoce a un hombre con el que tiene un hijo. A partir de este momento la novela, que era de ritmo pausado y desbordaba sensaciones, coge ritmo. No tardamos en seguir el periplo de Katrina hasta la cárcel lugar en el que sucede el temible Holocausto que el autor nos muestra bajo la mirada de esta mujer. No necesita nombrar la guerra para que nos situemos y nos horroricemos ante algunas de las reacciones en prisión a lo que está sucediendo. Katrina sale de la cárcel, continúa su vida con nosotros como compañía hasta que llegamos a ese momento en el que comenzaba su historia, aunque para ese momento Katrina ya no está sola porque nos ha ganado como fieles compañeros. Y es que la soledad sigue siendo algo constante en ese mundo suyo en el que los buenos parecen condenados.

     Appelfeld conocía las aldeas como las de Katerina y también el sufrimiento del pueblo judío. Sin embargo opta por contarlo con una ligera distancia sin hacer una pornografía del dolor habitual en este tipo de libros. Su prosa sencilla, la mirada limpia de una protagonista convencida por sus propias vivencias y la sensación de calma que emana incluso cuando nos cuesta seguir el ritmo casi vertiginoso que impone a la novela, hacen que nos horroricemos no por lo escrito sino al pausar la lectura y pensar en lo leído. Es un reflejo brutal envuelto en terciopelo de una sociedad machista y llena de prejuicios que existía no hace tantos años y el autor ha decidido relatarlo con una perspectiva diferente, tremenda, magnífica.

     Me ha gustado Katerina, me ha encantado. Es la historia terrible pero necesaria de una mujer fuerte en un entorno hostil con una vida que también parece haberse declarado hostil con ella. Leedlo. Merece la pena.

     A veces uno termina un libro y su protagonista permanece durante días al lado y tenemos la sensación de pasar por un pequeño duelo ante la despedida de la última página. Decidme, ¿recordáis algún personaje con el que os haya sucedido esto?

     Gracias.