viernes, 19 de diciembre de 2014

La analfabeta. Agota Kristof




     "Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en las manos, bajo los ojos. Diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa. Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar."

     Claus y Lucas es un libro magnífico que me llevó a querer leer algo más de Kristof, sin embargo, hasta este verano no me surgió la ocasión. Y por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La analfabeta.

     Conocemos once momentos de la vida de Agota Kristof a través de once capítulos, como si fueran fragmentos de su vida de los que ha querido dejar testimonio. Testimonio de la guerra, de la huida a Austria y luego a Suiza, de lo que supone dejarlo todo y llegar a un lugar en el que, no sólo estás desarraigado, sino también sordo y mudo por no entender un idioma.

      Cuando uno lee este libro, y es aficionado a leer como es mi caso, no puede evitar preguntarse cómo ha de ser la experiencia que nos relatan. Volverse analfabeto tras pasar años entre letras, tras haber escrito poemitas, tras haber vivido. Eso es lo que le sucede a Agota al llegar a Suiza a trabajar, como no, en una fábrica de relojes. Pasó mucho tiempo (años) antes de conseguir hablar francés. Se había mudado allí con su marido y su hija pequeñísima que aprendería el idioma mejor que ella.

     Este libro está formado por once textos enviados a revistas que la propia autora despreciaba como conjunto llamándolos "redacciones infantiles", sin embargo, todos ellos tienen un punto de unión coincidente en su gran novela, un estilo que se aprecia desde las primeras páginas y que hace que no lo haya leído como relatos. De hecho nunca lo vi bajo esa etiqueta.
     Descubrimos una narración con regusto triste pero que no nos transmite esa tristeza que carga de rencor sus palabras por lo perdido. Nos lo relata porque así sucedió y esa sensación se ve impulsada por su prosa precisa, totalmente desvestida de artificios para crear estilo. Nos enseña a apreciar cada una de las palabras que deja en este librito que se lee en apenas un rato.
     Una historia que destila el amor por las letras, por su lengua materna por todo lo que simbolizaba y que perdió y también que retrata perfectamente la vida de una mujer que, tras llegar a Suiza, vería pasar más de dos décadas antes de escribir su gran obra. De hecho ella misma dice en el título que hoy os traigo:

     "Sé que nunca escribiré el francés como lo escriben los escritores franceses de nacimiento, pero lo escribiré como pueda, lo mejor que pueda. No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias. Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío. El desafío de una analfabeta."

     Si conocéis ya a Kristof es un libro que seguramente os encante y si aún no os habéis acercado a Claus y Lucas, no dudéis en hacerlo con este título, mucho menos extenso. Una historia de desarraigo, de vida.

     Y vosotros, ¿os acercáis a los libros de tintes autobiográficos?

     Gracias

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Bajo la piel. Michel Faber




     "Cuando Isserley divisaba a un autoestopista, en principo siempre pasaba de largo para tener tiempo de observarlo. Buscaba grandes músculos, un pedazo de cuerpo con patas. Los ejemplares pequeños o enclenques no le interesaban."

     Esta vez vengo con una relectura. Me recordó el título hace ya tiempo Sergio en Galletas chinas, y  lo volví a colocar en el montón de libros por leer. Hasta que le llegó el turno. Por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Bajo la piel.

     Conocemos a Isserley, una mujer de aspecto extraño por sus "discrepancias físicas". Unos labios hermosos, unas tetas impresionantes, una cara con forma de corazón.... y unas extremidades esqueléticas que llaman la atención, una estatura mínima y una ropa anticuada. Por no hablar de sus gafas. Isserley se pase por las carreteras de Escocia recogiendo autoestopistas. Pero no le sirve cualquiera, primero los examina detenidamente. Y entonces, si han pasado ese primer examen; para.

     Podría decir mucho más del argumento de este libro, podría incluso contar que en un momento dado me lo topé bajo la etiqueta ciencia ficción, pero no me gustan las etiquetas. Nunca me han gustado. Y más en casos como este, que esconden una historia que va mucho más allá de una simple etiqueta.
     Faber construye una historia a ritmo de carreteras escocesas presentando a una enigmática mujer. Lo hace con un narrador que se fija ahora en ella, ahora en el autoestopista recién recogido. Y nos va dando pistas a lo largo de la lectura que tenemos entre manos, va tensando la cuerda. Poco a poco quedamos atrapados por lo que esconde Isserley sin remedio. Asistimos a sus preguntas, sus reflexiones, sus miedos y decepciones casi constantes cuando algo parece no salir bien. Buscamos incluso en su método su obsesión.
     Los enigmas que intuimos nos empujan a continuar este libro y, a medida que el autor va desvelando incógnitas, tenemos la imperiosa necesidad de que oponga sus cartas sobre la mesa y nos desvele la historia completa. Así es leer Bajo la piel.

     El autor es parco en palabras. Las escatima desde el primer momento y es precisamente eso lo que añade emoción a la lectura, la sensación de que hay mucho más bajo la tinta de lo escritor. Pese a ello, podría decir que sus descripciones son magníficas, escuetas, precisas, envolventes hasta saturar los sentidos del lector. Es cierto que tiene un momento en el que la novela se suaviza y nos deja un reposo para que asimilemos lo que nos está diciendo, pero rápidamente retoma esa tensa calma que caracteriza esta narración.

     Esta vez no voy a contaros mucho más, porque es una historia para leer sin que nadie de una sola pista, recogiendo nada más las que el autor nos ha ido dosificando. Lo que si os puedo decir es que es una novela impactante, de esas a las que vamos dando vueltas hasta que terminamos. Y unos cuantos días más.

     Hay una adaptación cinematográfica relativamente reciente que no puedo comentaros puesto que aún no la he visto. Pero al libro acercaos, es de esas lecturas que luego a uno le gusta recomendar como si fueran un tesoro recién descubierto.

     Y vosotros, ¿sois de los que recomendáis un libro hasta quedaros sin voz cuando tenéis la sensación de haber descubierto un tesoro?

     Gracias

martes, 16 de diciembre de 2014

El caso Galenus. Alberto Curiel



     "Este libro recoge la historia que me relató el pasado mes de enero mi antiguo compañero de estudios Fernando Flórez Clavero, a quien todos conocíamos con el sobrenombre de Capitán por su carácter adusto y sus modos involuntariamente castrenses.
     La primera vez que vi a Fernando fue en clase. Sería el tercer o cuarto día del primer curso en la Facultad de Farmacia de Salamanca, durante el periodo académico 1992-1993, hace ya casi veinte años."

     Una de las cosas que vengo haciendo este año es acercarme a la novela de tintes negros que se produce en nuestro país. En este caso en particular, al hablar de patentes y de medicina, me pareció un argumento diferente a lo que había leído y por eso no me lo pensé demasiado. Hoy traigo a mi estantería virtual, El caso Galenus.

     Conocemos a Isabel, una ejecutiva de Telefónica que recupera la amistad con Elena, una amiga a la que hace años que no ve. Sin embargo, no se verán muchas veces antes de que aparezca muerta Elena y las sospechas recaigan sobre el marido. En plena vorágine de sentimientos encontrados aparecerá en la vida de Isabel un joven llamado Fernando, colaborador de la policía en la investigación de la muerte de su amiga, al que ha llamado la atención una "anormalidad" encontrada en la autopsia. Juntos comenzarán una investigación que les llevará por el complicado mundo de las industrias multinacionales y sus secretos.

     La novela se estructura básicamente en dos hilos: un primero que desarrolla la acción del libro, y otro más reducido en el que recogemos los pensamientos de una joven encerrada en un sótano con un fin que vamos intuyendo poco a poco. Con ello el autor consigue, lejos de aliviar la tensión del hilo principal, sumarle la angustia del dolor y encierro que sufre esta joven.

     El argumento, que se desarrolla entre pequeños misterios y viajes a la carrera, comienza con una muerte y rápidamente nos sitúa en el epicentro de la trama: el cáncer. Una enfermedad que está condenada a sufrir un porcentaje altísimo de la población y cuya investigación está todos los días en los medios de comunicación. A partir de estos dos hilos enlazados en la persona de Elena, desarrolla un thriller ágil y de lectura rápida en el que acabaremos sospechando de todos. Sin embargo, no es eso lo que me ha gustado más de una novela que, de no tener otro aliciente, no pasaría de ser un libro entretenido.
     Para el lector pausado que busca leer entre líneas, el autor desata un pequeño debate, en el que habla de los avances médicos y sus consecuencias más allá de las vidas que puedan salvarse. No sólo de la fama, sino también de conflictos de intereses y revoluciones mediáticas o psicológicas que podrían producir descubrimientos como el que nos plantea. Es cierto que esta parte queda difuminada en la búsqueda de enganchar al lector a una acción prácticamente constante, y que me hubiera gustado que entrase un poquito más en el tema, pero ahí está; planteando una situación y esperando reacciones en los lectores.

     Una historia ágil, con un corte cinematográfico que la convierte en una rápida lectura y una buena opción entre otras más densas. Personajes que se dibujan tal vez mas por resultarnos viejos conocidos en este tipo de historias, que por lo que nos describe el autor, y un buen broche final componen una novela que esconde un pequeño debate para aquellos interesados en recogerlo.

     Y vosotros, ¿necesitáis novelas de evasión tras una lectura densa?

    Gracias

lunes, 15 de diciembre de 2014

Un niño prodigio. Irène Némirovsky



     "Ismael Baruch había nacido un día de marzo en que nevaba mucho en una gran ciudad marítima y mercantil del sur de Rusia, a orillas del mar Negro. Su padre vivía en el barrio judío, no lejos de la plaza del mercado. Se dedicaba a la reventa de ropa vieja y chatarra."

     Escrito por una jovencísima Irène Némirovsky, este libro es anterior a su primera novela. Y no lo llamo novela porque debido a su extensión es un relato largo, no porque le falte profundidad o argumento. Con un título atractivo y una autora más que reconocida a la que debía de dar otra oportunidad, hoy traigo a mi estantería virtual, Un niño prodigio.

     Conocemos a Ismael. Un niño ruso que nace en la pobreza de un barrio humilde y el seno de una familia que ve como las enfermedades van diezmando su extensa prole. Pronto comienza a cantar en tabernas, consiguiendo algo de dinero, y será precisamente ese don el que atraiga la mirada de un hombre y su pareja, que no dudará en catalogarlo en base a sus composiciones como niño prodigio. Solo de este modo consigue salir de su barrio, mejorar su situación y su vida, sin saber que nada es eterno.

     En apenas cien páginas, la autora construye una historia tan hermosa como triste y cruel. Vamos siguiendo los pasos de este niño que se ve primero sorprendido por el éxito y luego ufano y lo acompañamos hasta sus últimos momentos. No necesita extenderse para mostrarnos la miseria  y la aceptación de la vida miserable. Ni tampoco para que conozcamos a este niño convertido rápidamente en un "pillo" de las calles portuarias. Pero lo que realmente hace, usando el talento de este joven niño, es ir destapando las caras de la naturaleza de  las personas. El orgullo de los padres rápidamente convertido en interés, el interés de la princesa que se irá mostrando como un egoísta capricho y las transformaciones que se van produciendo en el joven protagonista.

      Invita a la reflexión, ahora que proliferan los programas en los que los niños salen a hacer sus trucos, sobre el peligro de empujar y forzar a este niño sin tener en cuenta sus propias inseguridades. Lo que hubiera de sido un motivo de orgullo, acaba convirtiéndose en un deber, y para cuando lo hace, el niño ya no sabe a qué mundo pertenece. Y cree perdida su capacidad y con ella sus apoyos y tal vez su sentido.
De hecho, la misma autora comenta que tal vez alguien debiera haberle dicho a Ismael que volvería a componer, cuando a quien se encuentra es a otro juguete roto en el camino de su vida. Porque pronto vemos que la historia trata justamente de eso. Y también del valor de las personas por lo que son, siendo la relación de los padres con el niño la parte más cruel de una historia que se antoja mil veces vivida con distintas caras, con distintos nombres...

     La edición tiene un prólogo estupendo, pero recomiendo leerlo al final. Porque, si bien es cierto que pronto anticipamos el color del resultado de la novela, creo que se disfruta más una vez terminada la historia. De este modo podemos compartir los paralelismos que nos señala y también llegamos limpios a un librito francamente recomendable.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

    Gracias

sábado, 13 de diciembre de 2014

Leído este año




     "Me gusta extraviarme de mi mismo a través de otras mentes: cuando no estoy pensando estoy leyendo. Soy incapaz de sentarme a pensar, los libros piensan por mi."
     Charles Lamb

     En estas fechas parece que lo que toca es hacer un recuento de las lecturas anuales. Si tuviera que decir un nombre que me ha causado un impacto con sus letras, seguramente no lo dudaría más de unos segundos: Carlos Castán y La mala luz. Pocas veces se encuentra una con un libro de un estilo tan depurado y magnético como el que me atrapó este verano, sin dejarme salir de sus frases que profundizaban en una hermosa superficie repleta de soledad. Pero no ha sido el único, ni mucho menos. Hace no demasiado me dejé llevar por las dos historias que comparten Secretos del Arenal, otra novela en la que destaca el cuidado uso del lenguaje que hace su autor, Félix G. Modroño, en ambas historias. Y si se trata de dos historias en una novela, no puedo dejar de hablar de Antonio Muñoz Molina, que acaba de darme la alegría de publicar Como la sombra que se va, un libro en el que ha recuperado ese tono que hizo que lo colocara como un imprescindible entre mis lecturas. Una historia sobre dos vidas y una ciudad que a grandes ratos parece susurrarse al lector, como si fuera dirigida personalmente a cada par de ojos que se posan en ella. También Víctor del Árbol nos enseñó este año lo que era Un millón de gotas en el mundo, con una historia que encogía el alma, una vez más, como si supiera que botón pulsar en sus lectores. Y si hablo de relatos, tengo que citar Niños en el tiempo, de Ricardo Menéndez Salmón, una novela estructurada en relatos o tres relatos que acaban componiendo la historia completa de una novela, que me fascinaron tanto como el título que lleva la obra. Parece que todo son lecturas pausadas, pero también estuvo El hombre de la máscara de espejos, demostrando que tenemos novela negra por descubrir dentro de nuestras fronteras.

     Pero no todo ha sido dentro de nuestras fronteras. Richard Ford me llevó a Canadá en una de las mejores lecturas del año, y eso que la realicé en enero creo recordar. Lolito, de un jovencísimo Ben Brooks, nos enseñó el sabor amargo del Nesquik de fresa y La muerte del padre fue purgando el dolor de la ausencia de una figura que ya parecía ausente antes de irse. Aunque para ausencias, el ataúd de papel construido por Delphine de Vigan para presentarnos a su madre en Nada se opone a la noche. Aprendimos también que la forma es parte de la historia con La casa de hojas, un libro que se auto reivindica como objeto además de como lectura, y nos enseña monstruos que se esconden en espacios que no existen. Monstruos que pueden ser humanos y participar en el Ritual de Pinner.
     Pero no son todo monstruos, no. Cartas de amor de Dylan Thomas llegó para hacerme recordar los tiempos en que las misivas iban con sello atesorando sentimientos tan contradictorios como arrolladores: pasiones del cuerpo, del alma... Y si hablamos de pasiones, conocidas son las mías por David Foster Wallace y Thomas Pynchon, así que no pude resistirme a traer a mi casa Esto es agua y conocer las palabras de Wallace apenas tres años antes de su muerte prematura. Como tampoco me resistí Al límite de Pynchon junto a Maxine Tarnow.

      Tantos libros han pasado por mis manos que estoy segura de olvidar al menos una docena de ellos. Aunque recuerdo El nadador en el mar secreto y su tremenda historia que, exenta de sentimentalismos baratos, remueve al lector en apenas un puñado de páginas. O Ubik, y su relato imposible de un término aplicable a todo o tal vez a nada.
     Tantas historias, tantos libros, tantos personajes que logran conmovernos, provocar nuestro odio o desdén, cansarnos, alegrarnos... alguno incluso enamorarnos.

     Para un lector, cada año se escribe con la tinta de los libros que pasaron por sus manos, con las palabras que lograron conmoverlo por el momento en que fueron elegidas, con los sentimientos que asociaron a ellas. Porque el diario de un lector empedernido, no lo dudemos, podría escribirse perfectamente a partir de sus filias y sus fobias. Así que cuidado con vuestra respuesta hoy, porque mi pregunta pretende desnudar esa pequeña parte de vosotros que queda escondida tras las cubiertas de un libro.

     ¿Podéis decirme el título de alguna lectura que haya marcado este 2014?
 
     Gracias

jueves, 11 de diciembre de 2014

Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina




     "El miedo me ha despertado en el interior de la conciencia de otro; el miedo y la intoxicación de las lecturas y la búsqueda. Ha sido como abrir los ojos en una habitación que no es la misma en la que me quedé dormido. En el despertar duraba todavía el pánico del sueño. Yo había cometido un delito o estaba siendo perseguido a pesar de mi inocencia. Alguien apuntaba hacia mí una pistola y yo estaba paralizado y no podía defenderme ni huir. Antes de que termine de disolverse la consciencia ya está empezando a urdir sus historias y sus decorados el novelista secreto que cada uno lleva dentro."

     Suelo contar en este punto la forma en que llego a un libro. Esta vez es fácil: llego al libro porque anuncian su salida. Llevo años siguiendo la estela de las letras de Antonio Muñoz Molina, así que estaba claro que este libro no tardaría en venirse conmigo, y tampoco en acompañarme durante horas. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Como la sombra que se va.

     El libro tiene dos hilos perfectamente diferenciados que se van alternando. En uno conocemos a Antonio Muñoz Molina en su viaje a Lisboa en lo que sería el proceso de creación de El invierno en Lisboa. En el otro conocemos la estancia en Lisboa de James Earl Ray, asesino de Martin Luther King, narrada en tercera persona, mientras lo acompañamos en sus paseos y recuerdos recogiendo retazos de la vida de este hombre.

     Dice Muñoz Molina en este libro que Cada comienzo es un érase una vez y el principio del Génesis, el primer verso de la Iliada o del Lazarillo de Tormes o Moby Dick. Y, si hablamos de principios, cuando me sumergí en las primeras palabras de esta obra, en ese territorio casi onírico, tengo que reconocer que me sentí en casa.  Ese tono privado, reflexivo, pausado.. estaba ahí, esperando a que lo leyera. Y es que, soy consciente, de que esta vez puedo no ser objetiva del todo.

    AMM se embarca en la difícil tarea de escribir una novela con dos historias. Ya he comentado en más de una ocasión que lo más complicado en estos casos es mantener el interés del lector en ambas partes por igual, no dejar que una sea protagonista y la otra un simple material accesorio. O, al menos, no permitir que suceda eso en la mente de quien lee. El nexo de ambas historias es, en un principio, la ciudad de Lisboa. Un lugar en el que un asesino pasa unos días y al que, años después, viaja un joven funcionario que llegará a ser un escritor famoso. Pero más allá de lo superficial, ambos personajes se desnudan desvelando temores y zonas en las que vagan, perdidos. Y es ese tono confidencial, mucho más acusado en la parte que AMM habla de su propia historia, la que otorga un nexo a ambas partes, una continuidad en formas.

     Cuando hablamos de James Earl hay que recordar que es una ficción novelada, con una documentación tremenda que se ve casi en cada palabra, pero ficción. Crea un personaje que, además de terrible por el asesinato cometido, nos llega con un halo de inseguridad tal vez premeditada en cada paso y con el regalo de un retrato de la víctima que me dejó  con la boca abierta.
     La parte en la que habla de sí mismo es mucho más personal, como si hubiera hecho una purga en las páginas del libro relatando sensaciones y sentimientos de aquella época con la sabiduría que otorga volver la vista atrás pasados los años. Decir que se embarca en el terreno de la metaliteratura sería hacer una lectura demasiado inexacta por lo superficial. Más que la construcción de la novela, vemos la construcción, o al menos los comienzos, del escritor que hoy es convirtiéndose para ello en el narrador improvisado de Gatsby que nos deja constancia de su propia vida, observándose.
     Es evidente, me ha gustado más este segundo hilo. Pero eso ya es una cuestión personal.
   
     Como la sombra que se va es una novela para leer con calma, disfrutando de las palabras y los momentos que atesora. Para dejarse llevar y conocer al hombre que cometió uno de los asesinatos más famosos de la historia de los Estados Unidos. Y también para conocer al autor que deja una parte de sí mismo en la novela.
     Un título más que recomendable, casi necesario. Como lo es acercarse a cualquiera de las obras de Antonio Muñoz Molina.

     Y vosotros, ¿hay algún escritor del que seáis lectores incondicionales?

     Gracias

     Mis días son como la sombra que se va
y yo como la hierba que se ha secado

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Manos sucias. Carlos Quílez


     "-Señoría, como ya le adelantó el director general por teléfono, todo nace de la denuncia de la secretaria. -El inspector se detuvo unos instantes mientras echaba mano a unos documentos que llevaba en una cartera de piel y que acabó entregando al fiscal-. Es una historia muy larga y lo que seguro que a usted de interesa, señoría, está en la última parte de este informe que hemos...
     - Me interesa todo, inspector -interrumpió Ridruejo con ademán refinado-. Todo. Esta fiscalía tiene que saberlo todo y para ello disponemos del tiempo que sea necesario. Así que explíquese."

     "Una novela sobre la corrupción que se parece demasiado a la realidad" reza en la cubierta de este libro. Y eso me llamó la atención junto al espectacular diseño. Y por eso es, que hoy traigo a mi estantería virtual, Manos sucias.

     Conocemos a Patricia, redactora del diario Informaciones y a Andreu, inspector de los Mossos d'Esquadra. Junto a ellos y a partir de un caso mínimo, veremos como se destapa una red de corrupción cuyos tentáculos amenazan con llegar hasta las más altas esferas.

     Vista esta brevísima sinopsis está claro que a todos nos suena la historia. Y es que, si la novela se ha utilizado muchas veces para hacer denuncia de situaciones sociales (particularmente la novela negra), Carlos Quílez utiliza este título prácticamente como un arma arrojadiza que muchas veces ni siquiera trata de enmascarar.
     Doscientas cincuenta páginas en las que abrimos la historia con un alcalde cuyas mariscadas salen de los fondos públicos. Tirando de este hilo, descubriremos que no son sólo mariscadas lo que el alcalde saca para su propio beneficio y la palabra "mafia" no tarda en asomar. Empresas, bienes escondidos, cuentas en otros países, nada escapa a la avaricia de algunos. Y tampoco a los ojos del autor de la novela que no duda en hablar de temas candentes poniendo nombres a algunos de sus personajes que nos sacan una sonrisa (cómo no sonreír si el tesorero del partido gobernante se llama Cérdenas) o exponiendo las bandas que asaltan en casas por la costa mientras sus inquilinos están dentro. Como podéis ver, no falta de nada en esta novela que, no debemos olvidar, es ficción.

     Lo cierto es que tras habituarnos a los nombres y colocarnos en situación, es una historia fácil de seguir. Con una primera parte más explicativa, el autor no duda en empujarnos hacia una segunda repleta de datos y movimientos en los que pronto estamos intentando ver el final. Posiblemente, además, estamos buscando un final que nos deje más conformes que la realidad, agarrándonos ahora sí, al término ficción para que, por lo menos en la novela, se ponga a cada uno en su justo lugar. Por supuesto, no os diré si eso sucede así, pero si que el final pone un muy buen broche a la historia y que el libro se cierra con una preciosa y personalísima dedicatoria.

     Manos sucias es una novela en la que destaca la labor documental, lo que provoca que olvidemos que estamos ante una novela y miremos la realidad pensando que, apenas cambiando unas pocas letras, bien podíamos estar ante un periódico cualquiera. Es una apuesta valiente, ya que incluso sin ser lectores de la prensa política, no tenemos dudas respecto a lo que Guílez nos cuenta de forma frontal y sin tapujos. Y, por supuesto, es una novela: es decir, tiene una trama entretenida y unos personajes definidos que, como el el caso de las curiosas conversaciones entre Patricia y su becaria, nos sacarán la sonrisa.

     Es mi segunda novela de CarlosQuílez, y llegados a este punto os diré que es la tercera que comparte personajes sin que eso signifique que haya que leer las anteriores en absoluto, y pienso repetir. Me ha gustado.

     Y vosotros, ¿qué libro tenéis entre manos esta semana corta?

     Gracias