lunes, 2 de diciembre de 2019

Memorias de un amigo imaginario. Matthew Dicks


     "Os voy a contar lo que sé: 
      Me llamo Budo. 
      Hace cinco años que estoy en el mundo. 
      Cinco años es mucho tiempo para alguien como yo. 
      Fue Max quien me puso ese nombre. 
      Max es el único ser humano que puede verme.
      Los padres de Max dicen que soy un «amigo imaginario». 
      Me gusta mucho la maestra de Max, la señorita Gosk. 
      No me gusta la otra maestra de Max, la señorita Patterson. 
      No soy imaginario".

     Me encanta que me regalen libro, pero no por lo obvio. Me gusta porque el libro que me regalan indica también lo que me conocen y lo que comparten conmigo. Si me regalan, por ejemplo, un libro que ha gustado mucho a quien me lo da, ese gesto ya importa mucho más que el propio libro en sí. Y lo mismo sucede si aparecen con un libro de uno de mis escritores favoritos. La realidad me dice en cambio que leer libros regalados es la mejor forma de salir de mi zona de confort, y que tampoco es entrar en la de quien me lo regaló. Valga todo esto como explicación a mi entrada de hoy, y es que, hoy traigo a mi estantería virtual, Memorias de un amigo imaginario.

     Conocemos a Max y a Budo. Mas tiene problemas de adaptación y parece empujado a cambiar por quienes buscan ayudarle. Solo Budo le comprende y le ayuda en realidad. Lo que sucede es que Budo es su amigo imaginario.

     Memorias de un amigo imaginario es uno de esos libros que se escriben con aire juvenil con la esperanza de llegar también al público adulto. El autor no duda en poner su dosis de sentimentalismo buscando que definamos su cuento como algo entrañable pese a que en algunos momentos nos hace temer lo peor de la señorita Patterson a la que, más o menos justifica a modo de redención de su terrible idea. Max tiene 8 años y es autista, eso lo tenemos claro. Y Budo es su único amigo y también la puerta de entrada de este libro a un mundo habitado por esos amigos invisibles que siempre oí que los niños tenían (pero jamás conocía nadie que me haya reconocido haber tenido uno) y que se despedían de ellos a medida que iban creciendo. Mucho antes de ser adultos. En realidad, desaparecen a medida que se aprende a tomar decisiones. Quizás por eso Budo lleva tanto tiempo con Max. Lo que si tenemos claro desde las primeras páginas, es que Budo no existirá para siempre.
Y así nos va llevando el autor de la mano por una historia tierna que busca conmover a los lectores en la que los errores se pasan por alto porque ni siquiera nos parecen importantes.

     Supongo que cuando uno entra a este tipo de libros ya sabe lo que espera de ellos. Uno va con el talante amable y el corazoncito por delante a sabiendas de que va a dar más uso a este músculo que al cerebro y con ello disfruta de la lectura en el tono y las formas adecuadas. El problema que he tenido es que incluso así, el final me ha parecido excesivo. Y es que hay un límite para todo y, aunque no de detalles porque sería una faena, hay un punto innecesario en ese final. O tal vez sea yo, que no me ha llegado a conmover.

     Memorias de un amigo imaginario es un libro con un argumento original que apela a la empatía y sentimentalismos del lector para ser disfrutados. Sabido eso, vosotros decidís.

     Y ahora decidme, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD: Iba a decir eso de que para mi los experimentos se hacen con gaseosa, pero luego he recordado que, a veces, este tipo de regalos se han convertido en improvisadas y muy disfrutadas lecturas.

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