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lunes, 30 de abril de 2012

El enredo de la bolsa y la vida. Eduardo Mendoza.


     "Llamaron. Abrí. Nunca lo hiciera. En el rellano, con la mirada fiera y el gesto intrépido adquiridos tras largos años de férreo adiestramiento bajo la férula de inhumanos sargentos, un funcionario de correos blandía una carta certificada dirigida a mi nombre y domicilio. Antes de coger el sobre, acreditar mi identidad y firmar el volante, traté de zafarme alegando que allí no vivía tal persona, que si hubiera vivido allí, ahora estaría muerta y que, por si eso fuera poco, el difunto se había ido de vacaciones la semana anterior. Ni por esas."

     Cuando hablé de Riña de gatos ya comenté que este autor me gustaba mucho. Lo conocí a través de su curioso detective residente en un manicomio. El sin nombre, salvo el intento de su madre de llamarle como una afamada película, quedó siempre en mi recuerdo esperando saber si tras El misterio de la cripta embrujada,  El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras, volvería. Y así ha sido, por eso hoy os traigo su última obra y pongo en mi estantería virtual El enredo de la bolsa y la vida.

     Esta vez está viviendo en la peluquería en la que lo dejamos. Nuestro amigo se encuentra en Barcelona y se ve inmerso en la investigación sobre la desaparición de un amigo del sanatorio mental. A partir de aquí y con un dudoso equipo de informadores entraremos en un caso con hilos internacionales.

     Recuperamos al Mendoza conocido, con todo su humor, cayendo incansablemente en la sátira que usa como afilado azote de la sociedad y los poderes políticos. Recupera a su detective de dudosa cordura y enganchado a la pepsi para recordarnos su relación con Sugrañes y el manicomio del que parece nunca termina de salir. Con tintes de novela negra de detective vestido de antihéroe, Mendoza logra convertir su novela en una divertida parodia de la novela negra más actual. No se trata de jugar a la cordura como ya hiciera Torcuato Luca de Tena con sus Renglones torcidos de Dios, no. Nada tiene que ver.

     Contada en primera persona por el propio detective, al que ya iba echando de menos, tengo que decir que me he reído. Unas veces por su exageración del chiste bien armado llevado casi hasta el extremo, totalmente reconocible, y otras por la fina ironía que se destila de sus afirmaciones sobre el mundo que nos presenta en pleno boom inmobiliario. Me leí su libro practicamente de un tirón, con la satisfacción de encontrar una novela bien hilvanada que se sale de cualquiera de los géneros etiquetables. Una saga que cada vez cuenta con más adeptos y que, cuando muchos ya creíamos finalizada, resurge para hacernos cerrar el libro con media sonrisa. Esa que te provocan las buenas dosis de humor que te dejan reflexivo pensando en el objeto de chiste. Porque no se nos olvide, que el sentido del humor bien llevado, siempre encierra mucha crítica social, así viene siendo en la historia de nuestra literatura y así nos lo recuerda el autor con esta nueva entrega a manos del detective que una vez pudo llamarse Loquelvientosellevó.
     Os diré, ahora que nadie me lee, que dudo mucho de la locura de este detective que a ratos parece destinadoa embrollarse. Pero no se lo digáis a nadie.

     Y vosotros ¿alguna vez os decantáis por leer libros que os hagan reir?

     Gracias