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miércoles, 18 de abril de 2012

Todas las cartas de amor.... Fernando Pessoa

"Todas las cartas de amor son 
ridículas.
No serían cartas de amor si no fueran 
ridículas.
En mis tiempos también escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Cuando hay amor, las cartas de amor
tienen que ser
ridículas.
Y es que, en fin,
sólo las criaturas que no han escrito jamás 
cartas de amor
son las que son
ridículas.
La verdad es que hoy
mis recuerdos de aquellas cartas de amor
son los que son
ridículos
(todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)"


     Si algo he aprendido durante este tiempo que llevo danzando por la red es que la poesía no es un género en desuso. Tal vez, sólo tal vez, cuando uno acude a las librerías no encuentra libros de este género si nos son de grandes clásicos, pero , a poco que se sumerja en las redes, encuentra mil personas que saben captar un momento y plasmarlo en unas armoniosas palabras que evocan sentimientos a quien lo lee. Porque eso es para mí la poesía.

     Me he decantado esta vez por un poema que siempre me ha gustado, tal vez no al uso, no habla del amor en el sentido ordinario, pero define muy bien ese estado que provoca el enamoramiento para el mero observador y la reflexión del propio enamorado cuando, mirando atrás se ve en la situación que estuvo. No deja de resultarme curioso que este estado de ridiculez que nos advierte Pessoa, el estado de aquellos enamorados que vemos sentados en la mesa de al lado cogidos de la mano y riendo de tonterías, sólo sea vista como ridícula por el observador imparcial que no está tocado por ese sentimiento. Sin importar si una vez lo estuvo, y se sentó en esa mesa cogiendo otras manos y riendo igualmente de las mismas tonterías. Tal vez, al que hoy critica, en su día lo miraron incluso más..

     Y hago esta reflexión porque este poema está incluído en un libro titulado Cartas a Ophelia. Un libro que recoge las cartas que Pessoa escribía a su amor, ese amor con mayúsculas que se le conoce, el único de su vida y que reposaba en una mecanógrafa que trabajaba en las mismas oficinas en las que el autor ejercía de traductor. Este poema que hoy os traigo lo firmaba Álvaro de Campos, pero bien pudiera haberlo hecho Ricardo Reis, Alberto Caeiro o Bernardo Soares. Todos ellos hombres con personalidad propia, fecha de nacimiento, placeres, intereses y vidas separadas. Todos ellos con un estilo literario y todos ellos con un momento de defunción, en el caso de Ricardo Reis no hay más que acudir a la obra de Saramago. Todos ellos Pessoa, un hombre a descubrir, complejo, con grandes influencias y una riqueza extraordinaria en sus palabras.

     Hoy, a mi estantería virtual traje un poema. De esos que tengo en mi cuaderno donde voy anotando aquellos que me gustan por un motivo no demasiado concreto, sea o no conocido, lo mismo me da. Todos ellos son familiares para mí. Os pediría un poema, pero tal vez os sucede como a mí que os tenéis que conformar con la lectura, por eso os pregunto..
     ¿Recordáis esos momentos a los que define ridículos con añoranza el poeta?

     Gracias