lunes, 12 de noviembre de 2018
La ira. Zygmunt Mitoszewski
"Imaginaos a un niño que tuviera que esconderse de aquellos a quienes ama. Hace lo mismo que otros niños. Construye torres con piezas, entrechoca sus cochecitos, finge conversaciones entre los peluches y dibuja casas con soles sonrientes sobre ellas. Un niño es un niño. Pero el miedo hace que todo parezca diferente. Las torres nunca se derrumban. Los siniestros de tráfico son incidentes más que accidentes. Los peluches susurran entre sí. Y el agua del recipiente de las pinturas rápidamente se transforma en un barro color gris sucio. El niño tiene miedo de ir a cambiar el agua y al final todas las pinturas están manchadas de barro. Todas las nuevas casas, los soles sonrientes y los árboles tienen ese mismo color, un desagradable negro azulado.
Aquella tarde, el paisaje de Warmia era de ese color".
Ya he comentado que últimamente una de las colecciones de novela negra y policíaca que más me gustan es la que está desarrollando Alfaguara. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La ira.
Recuperamos al fiscal Szacki en Warnia, una ciudad que no le gusta, fría y gris en la que vive con su nueva novia y su hija. Su vida cotidiana es un intento de capear la permanente amenaza de tormenta entre ambas y en lo profesional poco o nada ha cambiado, ni en su aspecto rígido, ni en sus convicciones personales. Szacki echa de menos un poco de acción y el destino no tarda en ponerle delante un montón de huesos: lo que debería de ser algo rutinario se convierte en una interesante investigación buscando datos sobre los huesos y también sobre quién los puso en el lugar que se hallaron. Y su trabajo no acaba ahí, una mujer acude a su despacho para acusar al marido de intimidarla, aunque sin usar violencia de ningún tipo. Algo pasa en Warnia y Szacki será el encargado de descubrirlo.
La ira es la tercera y, hasta donde se puede saber, última entrega protagonizada por Szacki, un personaje irascible, casi huraño y un tanto estirado al que el lector termina comprendiendo, casi solidarizándose con él. Sin embargo, hay que decir que no es imprescindible haber leído las anteriores entregas para disfrutar de esta, ya que solo nos perderíamos una mínima parte de su vida personal.
Mitosewski nos plantea dos casos interesantes con elementos que descolocan al lector, intrigándole para seguir leyendo. En primer lugar los huesos encontrados con pinta de ser antiguos resultan ser mucho más recientes de lo esperado y no solo eso, sino que cuando comienzan a identificar a la víctima se topan con reacciones curiosas en su entorno más cercano. El segundo caso, al que se refiere como el de la calle Równa, es mucho más actual ya que nos habla de matrimonios y violencia de género en la forma que sea, de hecho, en esta novela se hace mucho hincapié en este tipo de violencia dentro del entorno familiar, ya sea física, psicológica o simple miedo y en cómo afectan este tipo de relaciones a los hijos de las parejas. Incluso si ellos parecen quedar al margen nunca lo están y Mitoszewski realiza una denuncia y radiografía muy acertada de esta terrible realidad aprovechando su novela.
La investigación se va encauzando poco a poco y en ella descubrimos a algún viejo conocido que se mezcla con entradas de lo más ocurrentes, como el señor Frankenstein, con quien he de reconocer que me he reído un rato. Y es que esta es una de las características de la pluma del autor: el sentido del humor. Su protagonista no es políticamente correcto, ni siquiera amable, y parece dotado para decir lo que no debe con un carácter borde y seco que llega a resultar cómico para el lector. De este modo, lejos de caer antipático uno termina adoptándolo casi como a un vecino gruñón. Y eso que, en esta novela, el autor ha decidido no ponérselo fácil, como descubrimos en el avance que nos da el primer capítulo.
Los personajes quedan perfectamente perfilados. Me ha gustado especialmente la hija, Helas, y la particular relación que mantiene con su padre y con el mundo, muy propia de la adolescencia, así como las magníficas descripciones de Warnia que van más allá de lo físico a lo cotidiano, que es la forma en que realmente se dimensionan las ciudades para que salten del papel.
Parece un libro redondo, pero no lo es porque la trama cojea. Ya he comentado algunas veces que hay escritores que buscan enrevesarse tanto que acaban perdiendo al lector y también se pierden ellos mismos dejando cabos sueltos que afean la novela. Bien, eso es lo que ha pasado en esta historia, lo que empezaba bien parecía ir perdiendo su cauce para terminar en un final que ha conseguido que la palabra decepcionante flote en el ambiente. Una lástima, le tenía muchas esperanzas.
Con todo La ira es una novela entretenida, y eso ya es mucho teniendo en cuenta mis últimas lecturas. ¿Lo mejor? el uso del género para realizar una denuncia social tanto de la violencia en el entorno familiar, como en las reacciones por parte de las administraciones públicas y también en el entorno co un pequeño tirón de orejas hacia aquellos que intuyen pero no hacen nada.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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miércoles, 7 de noviembre de 2018
Milkman. Anna Burns
"The day Somebody McSomebody put a gun to my breast and called me a cat and threatened to shoot me was the same day the milkman died. He had been shot by one of the state hit squads and I did not care about the shooting of this man. Others did care though, and some were those who, in the parlance, ‘knew me to see but not to speak to’ and I was being talked about because there was a rumour started by them, or more likely by first brother-in-law, that I had been having an affair with this milkman and that I was eighteen and he was forty-one".
Leo premios. Y no me importa admitirlo, de hecho, hay algunos premios que desde su concesión me rondan la cabeza hasta que al fin logro comprarlos. Este es el caso del Man Booker Prize y hoy traigo a mi estantería virtual la novela que lo ha ganado este año. Se trata de Milkman.
Una joven que conocemos como narradora echa la vista atrás y relata su experiencia en su vecindario, un lugar cerrado y cercado por las ideas de los propios vecinos, cuando un hombre casado y paramilitar que se hacía llamar Milkman posó sus ojos en ella.
Lo primero que atrae de Milkman es la voz de su narradora, honesta y potente. Ya en ese primer fragmento con el que se abre la novela vemos perfectamente definido el estilo de toda la narración. Una narración en la que la autora decide prescindir de los nombres porque realmente son necesarios. Nadie nos dice que estamos viviendo Belfast en los setenta, pero podríamos discutirle eso a cualquiera que afirmase que se ambienta en otra ciudad. Incluso sin haber vivido allí, a poco que uno haya leído, es fácil identificar el contexto de esta historia. Y allí conocemos a la narradora, a Milkman que realmente no es lechero sino un hombre controlador de mucha más edad que ella, casado y extremadamente controlador. Poco importa que en realidad no le haya puesto un dedo encima porque estamos en una sociedad cerrada de esas en las que lo único vale es el "conmigo o contra mi". Allí no hay medias tintas, los estratos quedan definidos y ella, al igual que el lector, intimidada por este siniestro personaje. La política y la violencia están en las calles, pero también el férreo control de la vecindad, esas sociedades que deciden quién es el chico adecuado, que le obligan a tener un "casi novio" y que ahora señalarán a esta chica como estropeada para conseguir al chico adecuado con quien casarse. Un ejemplo de ello es la madre de la niña, para quien la rumorología es más importante que la palabra de la joven. No no dirá tampoco su nombre, y es que para Burns no parecen ser tan importantes como los roles definidos que desempeñan: conoceremos entonces al casi novio, al verdadero lechero, las hermanas, a McSomeboy (otro pretendiente) y así una lista de personas que conforman con sus palabras, miradas y creencias esta magnífica historia.
Confieso que cuando compré el libro fue sin saber casi nada sobre su argumento y también que temí lo que iba a encontrarme al leer las palabras "chica joven, relación, hombre mayor casado". Y sin embargo apenas habían pasado una docena de páginas cuando ya era consciente de lo que tenía entre manos. Una novela densa, sí, con párrafos largos, a ratos casi interminables, pero cuya lectura es mucho más enriquecedora que lo que uno pudiera esperar con las sinopsis que nos presentan. Un momento social complicado en el que, como dice la protagonista, es mejor pasar desapercibido aunque luego ella resulte llamativa con su individualismo y su manía de caminar leyendo. De hecho, si no hubiera sido por ello, Milkman no la hubiera mirado. Y un momento en el que esa mirada, esas apariciones demostrando conocimientos sobre cada uno de sus pasos y esa mirada social que les señala la marca a ella por encima de lo que él haga o haya podido hacer. Porque si algo sabe transmitirnos Burns es esa opresión de una sociedad cerrada, el pesimismo, la diferencia a la hora de valorar a los hombres y las mujeres y también a la hora de juzgarlos, la violencia, las sospechas: el dedo acusador. Y es justo en este ambiente en el que la narradora destaca ya que empieza a cuestionarse esa jaula; puede que sea un producto más de su entorno, pero tal vez sea para ese entorno un producto defectuoso. Quizás las cosas, como en una escena magnífica en la que unos alumnos repiten que el cielo es azul para acabar mirando por la ventana y descubrir los distintos colores que lo forman, no sean tan rígidas como parecen obligados a vivirlas. Sin embargo no siempre es fácil el camino a seguir para poder mirar ese cielo.
“I didn’t know whose milkman he was. He wasn’t our milkman. I don’t think he was anybody’s”.
Milkman me ha parecido una gran novela con la que he disfrutado y que me ha obligado a pararme a pensar tanto en la sociedad que refleja, como en tantas otras que son espejos de ella. Y también me ha convencido para buscar otros títulos de Anna Burns. Sobran los motivos para recomendar este libro.
Y vosotros, ¿sois lectores de premios?
Gracias.
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lunes, 5 de noviembre de 2018
La madre. Fiona Barton
"El ordenador parpadea cuando me siento frente a la pantalla, es como si notara mi presencia. Un toque en el teclado y aparece una fotografía de Paul, la que le tomé durante la noche de bodas en Roma. Me mira, embelesado, desde el otro lado de la mesa que compartimos en Campo de’ Fiori. Al verla, intento corresponder a su sonrisa, pero cuando me inclino hacia delante vislumbro mi propio reflejo en la pantalla y me detengo. Odio verme de improviso. A veces ni siquiera me reconozco. Crees saber qué aspecto tienes y de repente te encuentras a esa desconocida mirándote fijamente. A veces incluso me asusto".
Siempre me han interesado los fenómenos literarios, y los acabo leyendo con más o menos éxito, pero me gusta opinar desde la lectura. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La madre.
Recuperamos a la periodista Kate Waters mientras lucha en su redacción por conservar el trabajo de periodista frente al implacable empuje de las nuevas tecnologías. Allí se fija en una noticia que habla del hallazgo del cadáver de un recién nacido en el patio de una casa, un cuerpo que parece tener muchos años y un misterio por desentrañar. No será la única persona que se vea afectada por la noticia, una mujer llamada Ángela verá en ella la posibilidad de saber que sucedió con su hija desaparecida hace cuarenta años, y otra llamada Emma se sentirá culpable de una forma casi irracional.
Conocimos a Fiona Barton con su novela La viuda, un éxito tan aplaudido como vapuleado en el que nos presentó, además, a Kate Waters. En La madre, al igual que en su novela anterior, hay un niño, varios puntos de vista y mujeres como protagonistas principales de la acción. No es la única autora que repite formulismo y de hecho es algo habitual en el género.
En este caso, de las tres mujeres que forman el eje principal, Waters es la que más interés despierta en el lector, quizás por ser la menos repetitiva en sus acciones y pensamientos, y serán los ratos en los que la acompañemos junto a su becario, aquellos en los que la novela avance con más o menos éxito por la trama. Emma que se tortura de forma incesante sin llegar a desvelar el motivo durante la mayor parte de su aparición, se repite una y otra vez y no siempre quedan justificadas sus reacciones ni tampoco la relación con su madre Jude, a quien introducirá en la historia para presentarnos a una mujer vanidosa y egocéntrica. Por último Ángela, representa a la perfección el papel de mujer que sufre una gran pérdida y no logra recuperarse convirtiendo su vida en un islote en medio del mundo y de su propia familia. Con todas ellas, más allá de la trama, Barton parece querer dar pie a una pregunta, ¿qué es la maternidad?, porque también Waters tiene un hijo cuya relación entrevemos, así como la que tiene con su becario, el jovencísimo hijo de una mujer poderosa. Y a fin de cuentas, hay muchos tipos de maternidad, que se pueden ver reflejados en cada decisión tomada empezando por la de tener o no un hijo. Sin embargo, esa pregunta se oculta tras la trama llegando tan solo a insinuarse entre silencios y alguna contradicción, opacando de este modo lo que considero podría haber sido lo más relevante de la novela.
La trama es relativamente sencilla y, pese a que Barton busca generar dudas y añade un par de elementos más que puedan resultar atractivos para el lector o terribles, incluso dramáticos, la resolución final difícilmente cogerá de sorpresa a quien haya puesto un mínimo de atención a la historia. He encontrado además, huecos e inexactitudes, incluso alguna repetición que reconozco me ha llegado a resultar hasta divertida (a fin de cuentas el sentido del humor de cada uno es algo muy personal).
La madre es un libro que llega con la intención de mantener al lector entretenido; sin embargo, la necesidad que parece tener la autora de repetir una y otra vez los hechos, consiguen que una trama que hubiera podido ser un buen rompecabezas llegue a tornarse en algo aburrido por momentos, perdiendo esa agilidad tan necesaria en este tipo de novelas que tan mal soportan el desgaste. Sinceramente, no creo que repita con la autora.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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martes, 30 de octubre de 2018
Sabotaje. Arturo Pérez-Reverte
"Bajo la pérgola de la terraza se veían cinco manchas blancas y un punto rojo. Las manchas correspondían a la pechera y el cuello de una camisa, dos puños almidonados y un pañuelo que asomaba en el bolsillo superior de una chaqueta de smoking. El punto rojo era la brasa de un cigarrillo en los labios del hombre que permanecía inmóvil en la oscuridad".
Con la cadencia adecuada nos llegaba después del verano la tercera entrega de las aventuras de Falcó. Hoy traigo a mi estantería virtual, Sabotaje.
Volvemos con Lorenzo Falcó, estamos en 1937, y su jefe le encarga sabotear el cuadro Guernica de Picasso, para que no llegue a la Expo Universal, amén de neutralizar a un comunista francés.
Decía Reverte que tenía ganas de escribir una novela de espías y así nació Lorenzo Falcó y la trilogía que ahora muchos piden siga sumando entregas. Y nació Falcó, mercenario sin escrúpulos, castigador de las mujeres y un reto para que cualquier lector hable de él sin utilizar el término "hijo de puta" (de verdad, parece casi obligado cuando uno habla de este personaje utilizar ese insulto tan malsonante). En esta ocasión y tras haber pasado por Tánger, estamos en París, el París de los años 30, tan tratado en la literatura, atractivo intelecutalmente y lleno de nombres hoy de sobra conocidos y que el autor introduce en la novela más o menos disfrazados para que cualquier lector avispado sea capaz de identificarlos. Ver a Hemingway en Gatewood, a Peggy Guggenheim en Nelly Mildenheim o a André Malraux en Leo Boyard son algunos de los ejemplos del trabajo de inserción realizado por Pérez-Reverte para esta entrega. Y por supuesto, Picasso, al que presenta desprovisto del aura habitual, convirtiéndose en una presencia que me ha resultado casi divertida en la novela. Por lo demás la trama es rápida y Reverte mantiene un buen pulso narrativo para que el lector se sienta tentado a no abandonar la lectura en ningún momento, fin último de esta trilogía en la que ha desplegado todas sus armas para entretenernos.
Me ha parecido excesiva la necesidad que parece tener Reverte de contarnos una y otra vez la buena planta del protagonista, casi tanto como alguna de sus poses repetitivas y un tanto casposas que no van a poder ser siempre justificadas con aquello de "eran otros tiempos". En cuanto al sexo, tema que en la entrega anterior se le fue de las manos, ha optado por ser un poco más comedido, como si el interés de su protagonista por el género femenino en general se hubiera visto afectado por su percepción de Eva. En todo caso, se lo agradezco y me quedo con las ganas de preguntarle si el beso de Dietrich fue un capricho personal más que una exigencia de la trama.
Sabotaje es, en definitiva, una novela de intrigas, barbaries, traiciones, muerte, asesinos y sombras que te hace pasar un rato entretenido y cuyo final queda efectivamente más cerrado que las anteriores entregas. En mi opinión, una entrega mucho mejor que la anterior.
Reverte es uno de esas personas que han llegado a convertirse en personajes por su carácter y sus interacciones incluso en las redes sociales. Eso ha provocado que se mezcle en muchas ocasiones la percepción del autor a la hora de valorar su obra, Así que decidme, ¿influye lo que pensáis del autor a la hora de decidir leer o no un libro suyo?
Gracias.
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lunes, 29 de octubre de 2018
El heredero. Jo Nesbo
"Rover miró fijamente el blanco suelo de hormigón de aquella celda rectangular de once metros cuadrados. Mordió con fuerza presionando sobre el diente de oro que sobresalía ligeramente en la mandíbula inferior. Había llegado a la parte difícil de la confesión".
Nesbo suelta a su archiconocido Harry para dar a sus lectores un volumen independiente. Se agradece. Por eso hoy traigo a mi estantería virtual, El heredero.
Sonny Lofthus era feliz hasta que su padre, un admirado policía, se suicida dejando una nota en la que reconoce ser quien pasaba información al principal líder del crimen en Oslo. Para cuando nosotros conocemos a Sonny, han pasado doce años y está en prisión, allí vive con una adicción alimentada por el capellán y una fama sanadora entre sus compañeros. Sin embargo, toda su vida cambia de nuevo cuando un compañero de prisión relata su historia y descubre que quizás la muerte del padre de Sonny no fuera más que una puesta en escena para ocultar algo más.
Así descubrimos a Sonny, en el momento en el que decide que quiere saber qué sucedió realmente con su padre, y este es el punto en el que Nesbo dispara su novela. Sonny luchará por su memoria buscando demostrar que no solo su padre no era el topo, sino que éste sigue en las calles de Oslo y quizás sea uno de los compañeros inseparables de él. Como siempre, Nesbo busca acción, por lo que el capellán aparece muerto, se involucra la policía y nos presenta así a Kefas y también a los malos malísimos de la novela. Y orquesta una novela que tiene todos los ingredientes básicos, desde el policía dicto de incuestionables habilidades, hasta el superior patán, pasando por el gran cerebro criminal. No hay un cliché que se le escape y tampoco un capítulo que no destile violencia. Y no lo oculta, es su sello. Ya lo presenta en la terrible escena protagonizada por una joven y un perro que relata uno de los presos en las primeras páginas. Estás leyendo a Nesbo y tal vez tu estómago no esté preparado, parece decir. Así que los fans de la pluma del autor deberían de estar satisfechos. Sin embargo y esta vez me he tropezado con un problema y es que, como comentaba antes, no le falta ni uno solo de los ingredientes típicos o tópicos del género, del funcionario malo al prisionero lector, Nesbo ha conseguido que quepan en las aproximadamente 520 páginas de esta novela y eso, unido a los giros, acaba afectando a la credibilidad de la historia. Una historia concebida como un uro entretenimiento y cuyos derechos ya han sido adquiridos para ser llevada a la gran pantalla. Bien, si digo la verdad, no me sorprende, promete mucha acción y no dejar un respiro al espectador, sin embargo el lector acaba con la sensación de exceso de interés en ser eso que ahora llaman trepidante y hubiera agradecido un pequeño recorte en la extensión de la novela. Quizás por eso he sido más escueta de lo habitual, pero era eso o enredarme a contar cada detalle, así que lo prefiero resumir en que no hay un inmundicia de los bajos fondos que no aparezca, ni una opción que no se baraje en este mundo marcado por la maldad. Y frente a ellos, el heredero.
El heredero es una novela entretenida concebida para leer sin pensar y tampoco hacerse demasiadas preguntas.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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lunes, 22 de octubre de 2018
Hope. Wendy Davies
"Aprender a olvidar es una de las primeras lecciones que debes aprender cuando el tiempo pasa y tú no. Acabas por darte cuenta de que los recuerdos son cicatrices del alma y que no existen tiritas ni medicinas para corazones llenos de melancolía. El único tratamiento es el olvido.
Y eso es extraño, sobre todo cuando los demás te olvidan pero tú eres incapaz de olvidarlos a ellos".
A veces es algo tan simple como la estética lo que nos conduce a un libro y no miramos autor ni sinopsis. No es frecuente pero pasa. A veces. Hoy traigo a mi estantería virtual, Hope.
Conocemos a Hope, una niña que por una tragedia ha perdido la capacidad de escuchar las palabras. No es sorda, solo que no escucha las palabras. En ese punto tan limitado, con una familia marcada por dicha tragedia, Hope se topa con el Serendipity y su regente, a quien puede milagrosamente oír. Y allí con nuestro narrador, una marioneta de la que ya no querrá separarse. Junto a ellos veremos como Hope crece y vive.
Wendy Davies es un seudónimo tras el que se esconden dos blogueras cuya pasión por las letras les llevó a escribir. Lo cierto es que fue toda una sorpresa descubrirlo, y lo descubrí tras la lectura al ver que hablaban de "las autoras". Y es que, en estos mundos literarios, los seudónimos son cada vez más frecuentes.
Como cuento en cambio es bonito, con moraleja, ternura, su parte trágica y también su crecimiento y consuelo. Básicamente con todos los ingredientes que debe de tener un cuento, incluida una protagonista entrañable y un Pepito Grillo narrador con un punto de sabiduría. Y ese es el modo en el que hay que leerlo, ya que es el único en el que puede sobrevivir.
Hope es un cuento para adultos que, aunque en mi caso no ha llegado a emocionarme, entiendo que ha sido mi problema, ya que no es un tipo de libros al que me suela acercar. No sería demasiado justa si me quedara en lo sensiblero, de hecho casi envidio a todos aquellos que se han emocionado durante su lectura. si buscáis la magia, es vuestro libro.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
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viernes, 19 de octubre de 2018
Jules. Henri-Pierre Roché
"En aquel momento la deseé. Estaba contento de pasar mi mano entre sus cabellos, de hacerme cosquillas en los labios con sus pestañas, de tocar la trémula punta de sus senos. Pero cuando la ceñí con mis brazos, cuando, con fuerza, la estreché y me di cuenta de que no se derretía, cuando tuve la sensación, ya me entiendes, de que era sólida, entonces proferí un espantoso grito y huí hacia el jardín..."
Conocí, al igual que muchos, al autor de este libro gracias al cine y al gran Truffaut con una película titulada Jules y Jim. Precisamente por eso, este título se me antojó imprescindible. Hoy traigo a mi estantería virtual, Jules.
Jules es una colección de seis relatos que toma el nombre del primero, aludiendo además a la famosa película. En ellos seis personajes masculinos desvelarán parte de su alma, siempre torturada o excéntrica y, de algún modo relacionada con el arte en casi todos los casos.
Henri-Pierre es un ejemplo más de esos autores tardíos que publican su primera novela a una edad más que avanzada. En este caso, si no me confundo, setenta y cuatro años tenía el autor.Relacionado con las artes, con el mundo intelectual, con Stein, fue coleccionista, amante, pintor, periodista y viajero, dejando en su obra pinceladas de cada una de sus facetas. Siempre más artístico que cronista, no llegó a conocer el éxito en vida ya que este no comenzó hasta que Truffaut se fijara en su obra.
Hablar de un libro de relatos siempre parece más árido ya que uno tiende a desmenuzar la obra relato a relato dejando al lector con poco que descubrir salvo el motivo de haber elegido esos títulos para formar el volumen global. Sin embargo yo prefiero centrarme en lo segundo y no ponerme a explicar cada caso en una lenta enumeración. Roché, a lo largo de sus relatos, nos da seis testimonios masculinos de hombres excéntricos que coleccionan amantes escuchan tras las paredes o se atormentan por lo real del mundo que habitan. Hay finales trágicos y otros que esconden su tragedia en la continuidad de la vida, uno incluso lo hace en un hatillo y se parapeta tras una sonrisa. Hay un tal señor Arisse que llega a dejar perplejo al lector, y un relato que parece apresurarse en las letras más que en el contenido que finaliza en un puro torbellino. Y todo eso lo contienen menos de cien páginas. Pero, sobre todo, lo que uno encuentra en la obra de Roché, es un cierto lirismo que se hace patente en cada historia, en unas de una forma exuberante arrolladora en cada frase, como es el caso de Jules, y en otras es algo sutil, como un telón de fondo en el último relato que os habla de un pastor. Sin embargo, el conjunto da muestra de una sensibilidad que contrasta con la plenitud de cada relato, con una cierta falta de mesura y una tendencia a extremar los sentimientos y las pasiones que provocan en el lector la convicción de haberse enfrentado a una historia completa en cada ocasión, la sensación de conocer a cada uno de los protagonistas, o de los amigos del protagonista que nos narra el cuento. Todas estas sensaciones aparecen porque estamos ante un volumen compacto en el que ninguno de los relatos destaca por ser mucho mejor o peor, donde el favorito del lector no se aleja demasiado de aquél que le ha podido gustar menos. Y eso es lo realmente complicado en los libros de cuentos: conseguir una sensación homogénea en el resultado, acertar en el criterio a la hora de sumar títulos individuales. En mi caso, y sin lugar a dudas, mis favoritos serán Jules y El señor Arisse y quizás el que menos me haya gustado sea el titulado Los papeles de un loco. Pero si me preguntan dentro de unos días, ese criterio podría cambiar levemente debido a la homogeneidad antes mencionada.
Jules es un libro para leer despacio, para disfrutar de cada uno de los cuentos y sus protagonistas, que deja al lector con las ganas de sumergirse en la obra de Roché. Una buena manera de tomar contacto con él y también de mantenerlo en el caso de ser un nombre que ya os resulte familiar. Me ha gustado, me gustan los relatos.
Y a vosotros, ¿os gustan los libros de relatos?
Gracias.
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