lunes, 13 de enero de 2020
La idiota. Elif Batuman
"Antes de ir a la universidad no sabía lo que era el correo electrónico. Había oído hablar del email y sabía que, en cierto modo, "tendría" uno".
Reconozco que voy con más interés a por un libro que divide opiniones que ante otro cuyo calado es unánime. Me gustan los libros que no generan indiferencia y me cuesta creer que todo el mundo tenga el mismo gusto para alabar o no una obra. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La idiota.
Estamos en 1995 y conocemos a Selin, una joven turca que comienza sus estudios en Harvard. Llega queriendo ser escritora y con poca experiencia en la vida más allá de los libros. Allí se enamora de un chico mayor que ella estudiante de matemáticas llamado Iván con el que intercambia correos electrónicos en un momento en el que era algo moderno hacerlo. Así comienza una relación paralela al mundo real.
Decir en primer lugar que la referencia a Dostoievski en este novela no va más allá del hecho de que su autora es especialista en novela rusa. Es algo que me parece importante aclarar ya que quizás haya otros lectores que, como yo, se pregunten el motivo de un título que no deja pie a duda alguna sobre su origen. Bien, aclarado esto, la novela es un texto bien escrito que me ha hecho incluso sonreír en alguna de sus apreciaciones como por ejemplo el paralelismo entre el sonido de un cigarro al inhalar su humo y el de la aguja de un tocadiscos. Dicho lo cual y situada la novela en un contexto social en el que enviar un correo electrónico era algo modernísimo, casi de frikis, insertar aquí aquella película titulada "Tienes un e-mail" pero solo porque el cerebro humano es caprichoso y nos lleva estorbando ese título desde que dijimos 1995 y relación por mail, tengo que decir que mi lado lector es el de los decepcionados.
Valoro el esfuerzo y la prosa, las comparaciones y también las apreciaciones de la protagonista a la hora de describir situaciones y compañeros, pero no es suficiente. Y no lo es porque queda desaprovechado el choque de la joven turca retraída que entra en Harvard y porque la autora se deja muchas cosas en el tintero en esta novela. Para empezar nos dice que la protagonista quiere ser escritora. Es más, la protagonista dice que quiere ser escritora. Pero más allá de esa afirmación, podemos perder el tiempo buscando que nos diga que escribe algo (ya lo sé, escribe emails) o que tenga alguna inquietud o idea sobre la que escribir. Así que es escritora lo mismo que podía querer ser astronauta porque un día se subió en un ascensor. Queda desaprovechado también el crecimiento hacia la vida adulta en un entorno universitario ya que muchos de los personajes que aparecen parecen estar allí solo para que la protagonista haga una breve apreciación con ánimo de ser mordaz, sobre ellos. En este punto soy consciente de que muchos lectores han encontrado divertidísima esta novela, y que puede que simplemente yo no haya sabido pillar el tono humorístico de dichas observaciones. Hay un montón de observaciones casi anecdóticas y un montón de referencias lingüísticas pero la historia en sí carece de fuerza y el final es algo presentido desde casi sus primeras páginas. De hecho creo que le sobra al menos un tercio de su extensión para quizás de ese modo ganar fuerza porque no estamos en la escuela y aquí no me vale eso de "está muy bien escrito" y menos si hablamos de la novela finalista al premio Pulitzer porque eso, como cualquier lector comprenderá, se le presupone.
Frente al entusiasmo de una gran parte de los lectores, en mi caso la lectura de La idiota ha resultado una experiencia vacía, decepcionante en muchos momentos, que solo se sostiene a base de referencias literarias y lenguaje cuidado pero cuyo fondo deja, sinceramente, mucho que desear al no poder justificar tanto vacío en la inocencia de su protagonista.
No toméis sin embargo mi opinión demasiado en serio ya que un paseo por la crítica os dirá justo lo contrario y, a fin de cuentas, cada libro es una opinión en la boca de cada lector. Y qué se yo que no soy más que un simple lector.
La idiota es una novela que me ha parecido insuficiente en muchos sentidos.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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viernes, 10 de enero de 2020
La casa del padre. Karmele Jaio
"Disparos en el monte. Vuelves a escucharlos desde allí arriba, en la cima. Pero sabes que no provienen de los montes aledaños, sino de tu interior. Tu cuerpo es un arbusto".
Me gusta Karmele Jaio. Me la descubrió hace un tiempo mi amiga Esther, y tuve que compartir su entusiasmo. Por eso estaba a la espera de su última novela. Hoy traigo a mi estantería virtual, La casa del padre.
Conocemos a Ismael, un escritor de mediana edad que debutó con una novela de esas que tienen mucho éxito pero que pesan en las siguientes. Eso le sucede ahora. Está sentado ante una página en blanco, en silencio, con un cursor que parpadea el ritmo de los días desde hace casi dos años. Está casado con Jasone, la chica que lo deslumbró en la universidad, la que escribía cuentos, la que se casó con él y dejó de escribir. Una mujer que lee sus novelas y le apoya pero cuyo interior le es desconocido. Mientras Ismael intenta escribir, recibe una llamada del hospital en la que le informan que su madre ha sufrido un accidente y se ha roto la cadera. El cuidado de su padre recaerá entonces en él a la espera de lo que haga su hermana la rebelde, Libe.
Podéis leer tres veces la sinopsis del libro o la mía y aún os faltará todo por saber sobre La casa del padre porque debajo de esa sinopsis se esconde el verdadero corazón de la novela. Un corazón en el que Jaio ha puesto en boca de sus protagonistas lo que muchos piensan. Es una novela que habla de hombres y de mujeres, de manadas y violaciones y también del miedo que un padre tiene a que su hija salga, o tal vez su mujer. Pero no se queda ahí, porque para eso hay un narrador personal que toma la misión de hablar de lo que no se dice. Este libro trata de una herida que cierra en falso dejando una cicatriz dolorosa que nadie toca. Las relaciones son complicadas, los hombres no nos entienden se enfrenta a las mujeres no se dejan conocer y así, partiendo de estas sentencias ya apolilladas, Jaio construye su novela. Será la madre de Ismael la que le recuerde una familia de las de antes, dividida en hombres y mujeres, en la que ellos cazan y ellas cocinan cuando aquello era normal y nadie le daba importancia. La madre que en el hospital le dice que cuide de su padre y le haga ver la relación de ambos de otro modo. Y serán su hermana y su mujer quienes le pongan voz a esa nueva visión. Ismael se resiste, él no es malo, no maltrata a nadie, no quiere ser "de los hombres", "yo soy yo no soy nosotros" dice una y otra vez. Esa apertura de un hombre es lo que me ha sorprendido en esta historia. Estamos en un momento en el que las mujeres han perdido el pudor a desnudarse pero los hombres no. Ismael se alza en su conciencia y no verbaliza para renegar de ser uno más, se siente atacado, avergonzado o culpable, se enfada... y Jasone también. Cada uno en su lado, lanzando palabras. Dos escritores que no saben usarlas, y una autora que las usa demasiado bien.
Es además una novela sobre voces literarias en la que se habla del miedo a escribir y descubrirse o tal vez a descubrirse escribiendo. Y es, ante todo, una novela literaria de ritmos repetidos y cadencias constantes que se revela como hermosa a medida que avanzamos. Y, como ya he dicho muchas veces, lo hermoso no ha de ser necesariamente alegre... ni bonito.
Podría decir más cosas porque Jaio ha aprovechado estas 200 páginas. Pero os toca a vosotros descubrir lo que hay detrás. Yo... ni siquiera os he contado si al final Ismael escribe o no.
Karmele Jaio escribe con tinta densa, de esa que al tocarla se mete bajo tu piel y tarda tiempo en salir. Y que la miras y te acostumbras a verla, casi asumiéndola como un lunar. Eso pasa con las reflexiones de "La casa del padre". Si alguna vez fue cierto eso de que una vez que publicas un libro este pasa a ser propiedad de los lectores, Jaio lo demuestra en su última novela. Todos hemos visto alguna vez esa puerta de metacrilato entre el hombre y la mujer.
Me ha gustado La casa del padre. Me gusta la voz de Jaio que no te permite sentir indiferencia. Seguiré atentamente su trayectoria.
No os he preguntado qué libro os han traído los Reyes. Contadme...
Gracias.
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miércoles, 8 de enero de 2020
Amy e Isabelle. Elizabeth Strout
"El verano en que el señor Robertson se fue del pueblo hacía un calor terrible, y durante largo tiempo el río pareció muerto. Sólo una culebra muerta y marrón que se extendía por el centro del pueblo, amontonando sucia espuma amarilla en las orillas. Los extraños que pasaban por la autopista cerraban las ventanillas ante aquel nauseabundo olor a azufre, asombrados de que alguien pudiera vivir con semejante hedor saliendo del río y del antiguo molino. Pero la gente que vivía en Shirley Falls estaba acostumbrada, y aun en medio del calor sólo lo notaba al despertar; no, no les molestaba particularmente el olor".
Tras Me llamo Lucia Barton me quedó la curiosidad por leer algo más de Strout y me lancé a buscar otros títulos suyos. Algunos, como el que hoy traigo a mi estantería virtual, los he leído gracias a la reedición. Hoy traigo, Amy e Isabelle.
Conocemos a Isabelle, una mujer con una vida no demasiado hermosa y un pasado que tampoco es para tirar cohetes. Ahora tiene una hija, Amy, y teme que se convierta en lo mismo que ella es. Amy por su parte tiene una relación con un profesor que le hace feliz, de él sabemos realmente poco: la lleva, la trae, la ilusiona, se acerca demasiado a ella... y es entonces cuando, al ser descubiertos por una tercera persona, la madre de Amy toma cartas en el asunto para evitar ese miedo propio.
Amy e Isabelle es la historia triste y melancólica de una madre y una hija que no terminan de entenderse. La madre, como todas las madres, quiere que su hija sea mejor que ella, más feliz. Eso hace que su mayor temor sea una sombra, no quiere que su hija se convierta en la mujer que ella es. Por eso, cuando descubre lo que Amy tiene con su profesor, toma una traumática medida para la joven provocando una fractura entre ambas. Ella ve al hombre que abusa de su hija, que se aprovecha, y su hija estaba viviendo otra historia muy distinta, tal vez en sus ilusiones como aprenderá a medida que madure. Porque al final esta es una novela de aprendizaje, de aprender a ser madres, a no traspasar nuestros miedos ni nuestros errores, de aprender a ser hijas y a escuchar, de saber mirar y saber vivir. Supongo que a estas alturas alguno os estaréis preguntando qué pasó con el hombre de esta historia, pero... ¿importa realmente?¿no suponemos ya cómo es? A fin de cuentas, la novela no trata de eso.
Estamos ante la primera novela de Strout y, sin embargo, nadie lo diría. El tono, el pulso, los grises que recubren la historia dando un toque triste a una relación que se sujeta "por los pelos" son capaces de ir calando en el lector hasta convertir esta novela en una gran lectura. Y creedme, estamos escasos de buenas lecturas.
Amy e Isabelle es una gran opción tanto si conocéis a Strout como si nunca os habéis acercado a sus letras. No dejéis de hacerlo. Y tampoco dejéis de pensar en lo leído. Quién sabe si uno puede aprender algo sobre la vida... yo creo que sí.
Y vosotros, ¿con qué libro volvéis de las fiestas?
Gracias.
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domingo, 22 de diciembre de 2019
Año lector
Imagina un muro. Ahora imagina que ves como asoman por la parte superior de ese muro dos orejas de burro y ahora oyes un rebuzno. ¿Te atreverías a afirmar que detrás del muro hay un burro? Pues lo mismo pasa con los libros malos. Si un libro parece malo, su sinopsis parece mala y lo empiezas y te parece malo... lo más probable es que sea un libro más malo que un trabuco.
Lección lectora nº327.
Este año creo que he publicado menos reseñas que nunca desde que abrí el blog. No me ha pasado nada, simplemente me cansaba de poner que un libro no era bueno y el siguiente era igual o peor. Y es que, definitivamente, este no ha sido un gran año para la literatura. Resulta irónico hacer una afirmación así en el año en que se han otorgado no uno, sino dos Premios Nobel, pero, por más que he rebuscado entre mis estantes, no he encontrado motivos suficientes como para desdecirme de esta afirmación.
En 2019 hemos descubierto que un premio entregado en marzo se comienza a leer en noviembre o, al menos, la gente no se había quedado perpleja hasta ese momento. Vimos como Netflix recordó a una escritora las ganísimas que tenía de reflotar una novela en una segunda parte que no estuvo a la altura, pero en este caso nadie lo esperaba y no pasó nada. También ha sido el año en el que hemos reivindicado la literatura feminista y, si bien es algo que hace falta, eso también ha dado espacio a muchos títulos que no estaban a la altura que deberían para hacerse hueco, lo cual no beneficia en absoluto a la reivindicación original. Hemos criticado sin piedad un premio porque nos han dicho que pertenece a un contrato, y lo hacíamos sabiendo que este es de los premios que se hubieran criticado de igual modo. Y de paso olvidamos a aquella tuitpoeta que tras ser premiada recibió la ira en las mismas redes que la habían encumbrado. Este año hemos seguido empeñados en convertir la novela negra en una suerte de capítulos de CSI que discurren con más o menos éxito dejando al lector contento por vislumbrar al malo sin pedirle demasiado esfuerzo. Con lo que a mi me gustaba la novela negra... Y ha sido, por supuesto, un año de Auschwitz (incluso lo sabemos escribir) y Dachau demostrando que, si a la Primer Guerra Mundial se la conoce como la Gran Guerra, la Segunda podría llamarse La Literaria. Lo que sí he echado en falta es al fenómeno literario de turno que aparece de forma periódica. Ya sé que Gómez Jurado ha sacado libro y Dolores Redondo también, y Reverte... pero no me refiero a eso, hablo de los títulos que arrasan y que todos leemos y criticamos, de las 50 sombras de turno o de Perdida. Vaya, parece que ni para eso hemos dado.
La conclusión ha sido clara, este año he releído mucho y he acudido a muchos clásicos, ese refugio inagotable de quienes buscamos buena literatura. Y tampoco pasa nada, no todos los años van a ser brillantes, que los grandes nombres de la literatura universal son contados y no podemos poner allí a todos (aunque a juzgar por algunas listas que estoy viendo estas semanas parece que sí).
Esa es otra, las listas. Mira que nos gusta hacer listas, el top tres, el top diez, el cincuenta, ¡los cien mejores libros del siglo que ya estamos en 2019! Que no digo yo que esté mal hacer listas, pero eso de colocar tantos títulos como corresponda a tener números redondos suena más a cuadrante que a disfrute. A nivel personal, y así a botepronto, diré que las mejores lecturas en este blog a lo largo de este año han sido "Goethe en Dachau", "Una Odisea", "Leopardo Negro, Lobo Rojo", "El espía que vino del frío" y "Tiempos recios", que ha gustado especialmente tras varios títulos del autor que me parecieron flojos, y es que siempre es un placer reconciliarse.
Me paso el año desmontando listas, muchos lo sabéis, en twitter y ahora he dejado un pequeño puñado de títulos esperando que hagáis lo mismo. A fin de cuentas, las listas son para los lectores y, si algo hacemos los que pasamos por aquí, es leer.
¡Feliz Navidad!
miércoles, 18 de diciembre de 2019
Gente normal. Sally Rooney
"Marianne abre la puerta cuando Connell llama al timbre. Va todavía con el uniforme del instituto, pero se ha quitado el suéter, así que lleva solo la blusa y la falda, sin zapatos, solo las medias.
Ah, hola, dice él.
Pasa".
Y si el lunes hablábamos de escritores con un éxito tremendo en su primera obra, hoy seguimos con el tema. Por eso traigo a mi estantería virtual, Gente Normal.
Conocemos a Marianne y a Connell cuando están en el instituto. Ella viene de una familia de dinero, pero es tímida y apenas se relaciona con sus compañeros. Connell en cambio viene de una familia modesta pero goza de gran popularidad. La madre de Connell limpia en casa de Marianne, y por eso empiezan a verse fuera del instituto. Ahí empieza una relación que queda oculta a los demás y que se prolongará de forma intermitente en el tiempo, incluso cuando se dan la vuelta las tornas.
Conversaciones entre amigos fue un éxito como novela que, además, era una primera novela. Y Rooney lejos de amedrentarse por su propio éxito ha conseguido poner a disposición de sus entusiasmados lectores este segundo título pasados apenas unos meses.
Gente normal sigue la historia de Connell y Marianne a lo largo de cuatro años y lo hace con pequeños saltos temporales hacia delante en los que ambos irán llegando a la vida adulta. Quizás por eso, y porque comienza cuando están en el instituto, en las primeras páginas uno tiene la sensación de estar leyendo una historia dirigida al público adulto, pero con muchos ecos de la literatura juvenil de éxito. Y es que, cuando la novela empieza, Marianne es una joven de familia acomodada que no se integra en el instituto que acaba por mantener una relación con el chico popular que teme ser descubierto por sus amigos. A esto se le suma que Marianne viene de una familia con una madre que parece normalizar un determinado tipo de comportamientos abusivos que marcarán el carácter y las relaciones de su hija. Es fácil visto así caer en la tentación de pensar que estamos ante una novela casi juvenil, con dos protagonistas quizás demasiado inteligentes que parecen condenados a romperse el corazón mientras que no dejan de encontrarse en una narración en la que la autora se cuida mucho de no asegurarnos si será o no su último encuentro. En el transcurso de la novela veremos a Marianne establecer un tipo de relaciones que ni ella misma termina de entender y que parecen querer justificarse en sus progenitores más que en las propias apetencias de la joven, acompañaremos a los protagonistas al Trinity y asistiremos al momento en el que se dan la vuelta los papeles y la popular es ella y Connell se queda en un satélite. Y todo ello lo hace con lo que es, para mi, lo mejor de la novela: un narrador en tercera persona que alterna su foco entre Marianne y Connell dando visiones que marcan las diferencias entre ellos tanto como sus inseguridades. Pero no hace solo eso, también deja muestra de que hay inseguridades que no se confiesan que serían ratificadas en caso de hacerlo, otorgando así a un tema "de instituto" una categoría superior.
Gente normal no es para todos, y si uno no consigue hacerse con ella en las primeras sesenta páginas es fácil que termine por aborrecerla pensando que solo parece importarles el entorno o el estatus social, pero frente a ellos otros lectores verán una realidad en cada palabra vertida. Descubrirán que frente al poder, o tal vez para hacerle frente demostrando el propio, aparece el sado, que la superioridad intelectual no garantiza una madurez cuando aún se está definiendo qué tipo de persona es en la que te vas a convertir. Estamos, pues, ante un tipo de novela fresca y de concepción moderna que no deja espacio a la indiferencia y que yo, ahora sí lo admito, he terminado con la sensación de no haber sabido disfrutar de ese arrollador éxito que parece arropar a Rooney.
Gente normal es una novela que se lee con facilidad, con unos protagonistas que a ratos me han irritado y que, en su conjunto, creo que se olvida con la misma velocidad con la que se ha leído.
Y vosotros, ¿os dejáis llevar por las modas literarias?
Gracias.
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lunes, 16 de diciembre de 2019
Amigo imaginario. Stephen Chbosky
"No dejes la calle. eLLos no pueden atraparte si no dejas la calle.
El pequeño David Olson sabía que estaba en problemas. En cuanto su madre volviera con papá, le iba a ir mal. Su única esperanza eran las almohadas bajo su cobija, que daban la impresión de que seguía acostado. Era algo que hacían en los programas de televisión. Pero en ese momento no importaba. Había salido a hurtadillas de su habitación y se había lastimado el pie al resbalarse mientras bajaba por la enredadera. Pero no fue tan grave. No como lo que se hizo su hermano mayor jugando fútbol. No era tan grave".
Vi la cubierta y la faja del libro hizo el resto: tapó el apellido. Asumí que era Stephen King, lo confieso, y por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Amigo imaginario.
Christoper es un niño de 7 años con dislexia que vive con su madre. Ambos huyen de una relación, y deudas, y acaban en una pequeña ciudad llamada Mill Grove. Allí Christoper desaparece en un bosque y, cuando regresa, lo hace sin problemas de aprendizaje y con sus capacidades mejoradas en todos los sentidos, pese a alguna hemorragia y fuertes dolores de cabeza. Allí también Christoper hace amigos, formando una pandilla de niños no demasiado populares que construyen una casa del árbol que les permite ver ese otro mundo que se oculta bajo Mill Grove. Mill Grove no es en absoluto el lugar tranquilo y apartado que buscaba Kate.
Como todo tiene dos caras yo supongo que si tu primer libro tiene un éxito arrollador has de sentir casi pánico escénico ante el segundo. Imaginad, Las ventajas de ser un marginado, ¿qué puedes escribir tras algo así? Yo me pongo en la piel de Chbosky y comprendo perfectamente lo que ha sucedido con este libro. Y es que nos ha dejado 700 páginas de una supuesta novela de terror que mezcla tantas cosas que han tenido éxito, que uno se queda frío y levemente confundido durante su lectura.
Está claro que hay un homenaje al King de los ochenta en esa pandilla de chicos no demasiado adaptados en un pueblo pequeño y con una maldad oculta. Homenaje que ya hiciera Stranger Things en su primera temporada y que Chbosky repite aquí con escenas en las que el lector pone la cara de los jóvenes actores a sus personajes. También hay un bosque y un niño desaparecido, uno ahora y otro hace cincuenta años, y hay una parte sobrenatural un poco a lo Narnia pero en versión siniestra. Y todo empieza con una cara en una nube: una cara amable que ve el protagonista. Y todo ese terror y la mujer sibilante y los ciervos y las voces, se mezclan con la parte más mundana en la que hay quien intenta sobrevivir o se embaraza de forma milagrosa, una parte donde todo se convierte en un batiburrillo en el que la pequeña ciudad no es en absoluto lo que parece. Batiburrillo, esa es la clave de esta novela en la que aparecen elementos religioso y se habla de maldad una y otra vez como si fuera lo único posible mientras el autor nos deja párrafos de una frase buscando dar una inyección de emoción a una novela que agota en sus partes innecesarias. Christopher y su madre son los buenos y los son en todo momento, intachables, magníficos, y el niño, una vez más, agotador. Entiendo la forma en que se expresa un niño, pero llevarlo a la narración termina por resultar insufrible, sobre todo en la última parte en la que las voces ordenan mayúsculas y minúsculas como mejor les viene en gana (una maldad: menos mal que al niño le curan la dislexia).
El resultado es una novela que se excede en páginas y necesita buena buena poda o uno llega a la parte final con tantas ganas de terminar que poco le importa la frenética carrera final que tiene lugar con madre e hijo como protagonistas y de importancia más que vital. He tenido la sensación de que el autor ha recogido pellizcos de éxito y ha jugado a armar un argumento que se sostenga con todos ellos para intentar crear un libro del agrado de todos los lectores y, para mi, lo que ha olvidado es añadir la parte correspondiente al autor de su primera obra ya que no he reconocido ni prosa ni argumento en esta segunda novela. No he hablado del hombre amable de la nube ni de lo que le pide al niño, tampoco de lo que pasa con Christopher y sus amigos que también se ven afectados, no os he contado de ciervos ni de árboles o parejas ni he dado en realidad mayores explicaciones sobre ninguno de los puntos del argumento de la obra. Supongo que así es como se manifiesta la pérdida de interés de un lector. Como decía antes, creo que hay un miedo escénico a una segunda obra cuando tu primera novela es un éxito rotundo, pero también creo que ese éxito da un acceso fácil a esa segunda novela. Tal vez demasiado.
Amigo imaginario es una novela de la que podrían sacarse un par de buenos libros o tres, pero que no termina de funcionar en sí mismo.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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lunes, 2 de diciembre de 2019
Memorias de un amigo imaginario. Matthew Dicks
"Os voy a contar lo que sé:
Me llamo Budo.
Hace cinco años que estoy en el mundo.
Cinco años es mucho tiempo para alguien como yo.
Fue Max quien me puso ese nombre.
Max es el único ser humano que puede verme.
Los padres de Max dicen que soy un «amigo imaginario».
Me gusta mucho la maestra de Max, la señorita Gosk.
No me gusta la otra maestra de Max, la señorita Patterson.
No soy imaginario".
Me encanta que me regalen libro, pero no por lo obvio. Me gusta porque el libro que me regalan indica también lo que me conocen y lo que comparten conmigo. Si me regalan, por ejemplo, un libro que ha gustado mucho a quien me lo da, ese gesto ya importa mucho más que el propio libro en sí. Y lo mismo sucede si aparecen con un libro de uno de mis escritores favoritos. La realidad me dice en cambio que leer libros regalados es la mejor forma de salir de mi zona de confort, y que tampoco es entrar en la de quien me lo regaló. Valga todo esto como explicación a mi entrada de hoy, y es que, hoy traigo a mi estantería virtual, Memorias de un amigo imaginario.
Conocemos a Max y a Budo. Mas tiene problemas de adaptación y parece empujado a cambiar por quienes buscan ayudarle. Solo Budo le comprende y le ayuda en realidad. Lo que sucede es que Budo es su amigo imaginario.
Memorias de un amigo imaginario es uno de esos libros que se escriben con aire juvenil con la esperanza de llegar también al público adulto. El autor no duda en poner su dosis de sentimentalismo buscando que definamos su cuento como algo entrañable pese a que en algunos momentos nos hace temer lo peor de la señorita Patterson a la que, más o menos justifica a modo de redención de su terrible idea. Max tiene 8 años y es autista, eso lo tenemos claro. Y Budo es su único amigo y también la puerta de entrada de este libro a un mundo habitado por esos amigos invisibles que siempre oí que los niños tenían (pero jamás conocía nadie que me haya reconocido haber tenido uno) y que se despedían de ellos a medida que iban creciendo. Mucho antes de ser adultos. En realidad, desaparecen a medida que se aprende a tomar decisiones. Quizás por eso Budo lleva tanto tiempo con Max. Lo que si tenemos claro desde las primeras páginas, es que Budo no existirá para siempre.
Y así nos va llevando el autor de la mano por una historia tierna que busca conmover a los lectores en la que los errores se pasan por alto porque ni siquiera nos parecen importantes.
Supongo que cuando uno entra a este tipo de libros ya sabe lo que espera de ellos. Uno va con el talante amable y el corazoncito por delante a sabiendas de que va a dar más uso a este músculo que al cerebro y con ello disfruta de la lectura en el tono y las formas adecuadas. El problema que he tenido es que incluso así, el final me ha parecido excesivo. Y es que hay un límite para todo y, aunque no de detalles porque sería una faena, hay un punto innecesario en ese final. O tal vez sea yo, que no me ha llegado a conmover.
Memorias de un amigo imaginario es un libro con un argumento original que apela a la empatía y sentimentalismos del lector para ser disfrutados. Sabido eso, vosotros decidís.
Y ahora decidme, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
PD: Iba a decir eso de que para mi los experimentos se hacen con gaseosa, pero luego he recordado que, a veces, este tipo de regalos se han convertido en improvisadas y muy disfrutadas lecturas.
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