miércoles, 15 de diciembre de 2021

Los alcatraces. Anne Hébert

 


     "Bastó un único verano para que el pueblo elegido de Griffin Creek se dispersase. Aún persisten varios supervivientes, arrastran los pies de la iglesia a casa, de casa a la granja. Robustas generaciones de lealistas prolíficos debían triunfar, concluir y disolverse en la nada con algunos viejos retoños sin descendencia. Nuestras casas se caen a pedazos, y yo, Nicolas Jones, pastor sin rebaño, languidezco en esta rectoría de columnas grises carcomidas".

     Recordaba haber visto la película hace unos años en un ciclo de cine francés y que me había gustado. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Los alcatraces.

     Viajamos hasta 1936 a Griffin Creek, un pueblo canadiense anglófono. Allí desaparecieron dos jóvenes adolescentes cuya belleza era conocida y envidiada. El lugar es propicio para un suceso así, resulta lúgubre, oscuro y hostil y no parece extraño que sucedan esas cosas en parajes en los que la locura es algo que flota en el aire. Las jóvenes desaparecidas no se fugaron, y nadie ha olvidado lo que pasó.
    
     Publicada en el 82 en su idioma original, esta novela le valió a Hébert el Prix Femina, un premio que no ha trascendido demasiado a nuestro país. La novela varias personas nos relatan la versión que recuerdan de dos asesinatos sucedidos en su pequeña comunidad durante el mes de agosto de 1936. Utiliza estos asesinatos para ahondar en la mayoría de edad de las dos jóvenes adolescentes y recuerda vagamente a un caso real sucedido poco tiempo antes en 1933 en la zona de Gaspe, que si uno lo piensa, bien pudiera ser la ubicación del pueblo ficticio de esta novela. Pero claro, que un hecho sea el disparadero no significa que la novela esté relatando o ficcionando los hechos, a veces es simplemente el punto de partida de la imaginación del escritor, y la propia autora negó que su novela se basara en el asesinato real de aquellas dos chicas.

      Mucho se ha dicho de lo complicado de esta novela, de su lenguaje cuidado a ratos onírico, y creo que, para entender un poco la relación de la autora con las palabras, basta con fijarse en el título, un claro ejemplo de que en esta novela no hay nada que quede sujeto al simple azar. Su título original es Les Fous de Bassans, Los alcatraces (incluso del norte su nos ponemos puristas) pero en el título, Les Fous ya se haría referencia a gente loca, algo que sobrevuela la novela. Este juego de significados realizado de forma velada es indicativo de lo que el lector se va a encontrar en cada una de las secciones del libro. Y es que el libro está constituido en varias secciones en las que distintos personajes nos van a relatar sus recuerdos de los hechos mezclados con cartas o noticias. Los narradores pasarán por distintos personajes como el reverendo Jones, Steven Brown, Perceval o las propias Olivia y Nora, víctimas del suceso, de tal manera que el lector posea las piezas del puzzle que componen el verano del 36 y el camino hacia esclarecer los hechos. Pero, más allá de los hechos, la novela habla de las mujeres, de la violencia contra ellas, de la pasividad del lugar en el que viven que se ampara en una suerte de creencias que parecen amparar el rastro de locura masculina que podemos apreciar en los personajes y que recuerda vagamente a Faulker (como bien había leído que ya comparaban a Hébert). En este lugar las autoridades parecen simple espectadores, como también lo fueron muchas personas el verano de los asesinatos en el que se anunciaba la tragedia sin que a nadie pareciera importarle lo suficiente como para interferir su curso. Y prueba de ello es la primera sección contada por el reverendo que deja buena muestra de lo que nos vamos a encontrar, conteniendo, además, buena parte de los principales puntos y virtudes del libro. De este modo el lector se va a encontrar con una novela oscura en la que la condición femenina, el paso a la edad adulta, las perversiones de la sociedad y la ambientación destacan incluso más que la propia trama (ya que el culpable es más o menos un secreto a voces) de tal modo que la autora mantiene el interés en focos de ambientación que me hacen dudar sobre si estamos o no ante una novela policiaca.
    Con todo, es una novela que va de menos a más, en la que se entra con cuidado y se sale sobrecogido y cuyo recuerdo perdura en la mente del lector que, acostumbrado poco a poco a la narración de Hébert, se deja llevar hasta las últimas páginas lamentando incluso terminar la lectura.

     Los alcatraces es una novela en la que merece la pena sumergirse (si me permitís la broma alusiva al título) y, en mi caso, un motivo para anotar el nombre de su autora.

     Y vosotros, ¿os gustan más las novelas polifónicas o las que mantienen un único narrador?

     Gracias.

4 comentarios:

Marita AA dijo... [Responder]

¡Hola! No había escuchado hablar del libro, ni de la película, pero parece muy interesante. Gracias por la reseña. ¡Un besito!

Margari dijo... [Responder]

Me da un poco de miedo el lenguaje, pero el tema que trata sí que me gusta. Como se me cruce, no me resisto.
Besotes!!!

Buscando mi equilibrio dijo... [Responder]

ME gustaría muchísimo leerlo. Ya le había echado el ojo pero además me lo pones muy bien.
Un beso.

buhoevanescente dijo... [Responder]

Algo nuevo por descubrir y eso me gusta😊🌈🌈🌈💥💥💥💥