lunes, 20 de enero de 2020

La cucaracha. Ian McEwan


     "Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, Jim Sams, inteligente pero de ningún modo profundo, se vio convertido en una criatura gigantesca. Durante un rato largo permaneció de espaldas (no era su postura favorita) y miró con consternación sus lejanos pies y sus escasas extremidades".

     Me declaro incondicional de McEwan. Y lo hago sin pudor alguno porque, seamos conscientes, cada lector tiene sus amores. Y da igual si un día flaquean o no cumplen lo esperado, se les perdona. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La cucaracha.

     Una mañana cualquiera Jim Sams se despierta convertido en una persona. Él era una cucaracha de palacio hasta hace apenas unas horas y, de repente, ahora es un ser humano. Pero ni siquiera es un ser humano cualquiera, es el PM: nada menos que el primer ministro del Reino Unido. Este será sin duda su descubrimiento más relevante, al menos hasta sentarse con el consejo y ver que, salvo uno, todos los asistentes son también antiguas cucarachas. Asé pues, y con el país en manos de tan insignes bichos, lo primero que deciden es apuntarse al Reversionismo (flujo inverso del dinero).

      En los últimos tiempos Ian McEwan parece empeñado en demostrarnos que una realidad alternativa, por rara que sea, es mejor que la realidad en la que nos encontramos. O tal vez no sea eso, quizás simplemente utiliza estas realidades alternativas para hacer una crítica de las realidades actuales que no le gustan. O algo así, la verdad es que los lectores de aquel brillante McEwan de antaño no terminamos de tener claro lo que busca en los últimos tiempos, aunque seguimos disfrutando del escritor de oficio al que perdonamos que haga aguas en... todo lo demás.

     La cucaracha es, evidentemente, un sátira política del Brexit comparado aquí con una teoría descabellada llamada Reversionismo en la que el trabajador paga a la empresa y el tendero al consumidor. Me ha quedado claro, querido McEwan, que no eres muy fan del Brexit. Y también lo que piensas sobre teorías descabelladas que se hacen populares y de quienes las apoyan.  Pero esto no trata de tu opinión sino de la mía.
     Con un comienzo que es un clarísimo homenaje a La Transformación de Kafka, McEwan hace honor a su profesión y registra paso a paso cada una de las sensaciones de la cucaracha-hombre antes de dar el golpe de gracia con una vaga descripción y la confirmación de que estamos ante el primer ministro. Un primer ministro que tiene una memoria residual en la que recuerda cómo moverse o afeitarse y también comprende conceptos políticos complejos que tienen que ser explicados al lector; básicamente, el Reversionismo. Hasta aquí me quito el sombrero. El Brexit es una de las grandes crisis de nuestro tiempo y McEwan parece decidido a coger el toro por los cuernos y escribir una sátira que además haga entender.... absolutamente nada. La novela, pese a ser corta, pierde fuerza a medida que McEwan se enreda en una historia que parece perder el sentido. Si los políticos son cucarachas, ¿qué son los que no son cucarachas? ¿y qué pinta la termodinámica aquí? Y, sobre todo, ¿por qué iban a tener ese interés específico? el lector no deja de hacerse preguntas descubriendo que, con suerte, una de todas ellas será respondida y llega entonces a un final totalmente desconcertante que contradice abiertamente la primera página ya que dudamos de si todo esto era un plan orquestado y no una sorpresa inicial.

      McEwan parece a gusto en estos universos alternativos que son a su vez un producto de hechos pasados que se separaron de nuestro hilo real. Lo mismo da que Turing siga vivo o que aparezca una teoría económica disparatada, McEwan parece conducirnos a través de esa realidad alternativa y a veces casi absurda a un punto actual que tiene demasiado en común con el momento en que vivimos. Es casi como si quisiera conseguir que el lector mire su entorno y se pregunte qué tiene nuestro mundo para no ser tan absurdo como el planteado por el propio McEwan. Pero, más allá de esta reflexión hecha con mejor intención que bases, está claro que  la lectura de esta novela en forma única no da para tantas conclusiones. Uno termina La cucaracha con la sensación de estar ante una idea cogida por los pelos con la que luego no se ha sabido muy bien qué hacer. Una lástima. Si os soy sincera, me gustaría una de esas realidades a gusto del autor en la que aquel que escribió Expiación se pusiera delante del McEwan de hoy para, sin perder esa caballerosidad y elegancia inglesa, le dijera dos o tres cosas.

     La cucaracha ha resultado un libro con un comienzo prometedor y un poso decepcionante.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 15 de enero de 2020

El arte de perder. Alice Zeniter


     "Desde hace unos años, Naïma experimenta un nuevo tipo de pade­cimientos: los que ahora acompañan sistemáticamente a las resacas. No es sólo que tenga dolor de cabeza, la boca pastosa o el estómago hecho polvo; cuando abre los ojos después de una noche de farra (ha tenido que espaciarlas: ya no aguantaba aquel sufrimiento una vez por semana, ni siquiera cada dos semanas), lo primero que le viene a la cabeza es: «No lo conseguiré.»."

     Como buen ser humano incoherente, regreso a los premios una y otra vez. En esta ocasión, el Goncourt des Lycéens, Littéraire Le Monde, Landarneau des Lecteurs, Libraires de Nancy y el primer Premio Goncourt de España de 2017. Hoy traigo a mi estantería virtual, El arte de perder.

     Naïma es una joven francesa de ascendencia argelina que trabaja en una galería de París. Argelia ha sido más un nombre, una ubicación geográfica marcada en un buscador, que una parte de la joven o de su historia. Esto cambiará cuando, a raíz de una exposición de un artista argelino, la galería la envíe de viaje a este país. Naïma comienza entonces a descubrir la historia de su familia, la de Hamid, su padre, y su abuelo Alí, convertido en expatriado.

     Me gustan los libros entretenidos y ya si me descubren cosas que no conocía, mejor. En este caso se trata de una historia de tres generaciones que se adentra en el tema de Argelia y Francia cuando aún no han pasado sesenta años de la independencia del primero. Es por tanto historia reciente, pero también desconocida, al menos para mi.
     El arte de perder sigue, a través de Naïma, la historia de tres generaciones de una familia argelina que termina siendo de lo más francesa. Alí vive en las montañas de Cabilia en un tiempo en el que Argelia era colonia francesa. Él es un magrebí de nacionalidad francesa que tiene una vida de terrateniente y se encuentra con las revueltas que buscan la independencia de Argelia. En ese momento le toca decidir qué bando tomar y acaba siendo un Harki, argelino que lucha del lado de Francia y no de Argelia. Esto hace que Alí tenga que huir junto con su hijo Hamid hacia Francia, para evitar el terror de su propio país y terminen en un campo de acogida. Los dos primeros años son terribles, las condiciones de ese lugar jamás las hubiera imaginado, y eso me lleva a entender por qué hay personas como Ali, que no hablan de su pasado. Gracias a una conciencia social son sacados de ese horrible lugar y terminan en una zona de la periferia, en un barrio que se ve "degradado socialmente" con la llegada masiva de inmigrantes. El tema es, como podéis ver, de una actualidad brutal, ya que en casi todas las ciudades existen lugares así, y muchas veces desconocemos lo que puede haber detrás.
     La autora nos presenta la visión más benévola, en la que Hamid es inteligente y consigue integrarse, aprender el idioma, estudiar en París, un buen trabajo y se enamora de una chica francesa. Y de esa unión, el resultado es Naïma.
     Tres generaciones que hablan de un momento de la historia más reciente y de un tema que no siempre se aborda en la actualidad. Argelia y su situación son complicados, huir de tu país lo es y más si parte de tu familia se queda, provocando una fractura que va más allá de la geográfica, y luchar para avanzar dejando atrás aquello de lo que sales supone perderse muchas cosas.
     Me ha parecido interesante esta visión tan documentada que me ha aportado muchísimos datos que desconocía, sobre todo de la época del abuelo de la protagonista.

     La propia autora es descendiente de un Harki casado con una francesa, lo que le da una dimensión más personal a la historia, y quizás también más parcial. Pero a fin de cuentas la vida son pequeñas historias que se encuentran y desencuentran y a mi esta me ha parecido interesante.

     El arte de perder es una novela más que recomendable que aborda un tema que me era desconocido y una situación que vemos en las noticias muchas veces.

     Y vosotros, ¿hay algún premio que respaldéis?

     Gracias.

lunes, 13 de enero de 2020

La idiota. Elif Batuman


     "Antes de ir a la universidad no sabía lo que era el correo electrónico. Había oído hablar del email y sabía que, en cierto modo, "tendría" uno".

     Reconozco que voy con más interés a por un libro que divide opiniones que ante otro cuyo calado es unánime. Me gustan los libros que no generan indiferencia y me cuesta creer que todo el mundo tenga el mismo gusto para alabar o no una obra. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La idiota.

     Estamos en 1995 y conocemos a Selin, una joven turca que comienza sus estudios en Harvard. Llega queriendo ser escritora y con poca experiencia en la vida más allá de los libros. Allí se enamora de un chico mayor que ella estudiante de matemáticas llamado Iván con el que intercambia correos electrónicos en un momento en el que era algo moderno hacerlo. Así comienza una relación paralela al mundo real.

     Decir en primer lugar que la referencia a Dostoievski en este novela no va más allá del hecho de que su autora es especialista en novela rusa. Es algo que me parece importante aclarar ya que quizás haya otros lectores que, como yo, se pregunten el motivo de un título que no deja pie a duda alguna sobre su origen. Bien, aclarado esto, la novela es un texto bien escrito que me ha hecho incluso sonreír en alguna de sus apreciaciones como por ejemplo el paralelismo entre el sonido de un cigarro al inhalar su humo y el de la aguja de un tocadiscos. Dicho lo cual y situada la novela en un contexto social en el que enviar un correo electrónico era algo modernísimo, casi de frikis, insertar aquí aquella película titulada "Tienes un e-mail" pero solo porque el cerebro humano es caprichoso y nos lleva estorbando ese título desde que dijimos 1995 y relación por mail, tengo que decir que mi lado lector es el de los decepcionados.

      Valoro el esfuerzo y la prosa, las comparaciones y también las apreciaciones de la protagonista a la hora de describir situaciones y compañeros, pero no es suficiente. Y no lo es porque queda desaprovechado el choque de la joven turca retraída que entra en Harvard y porque la autora se deja muchas cosas en el tintero en esta novela. Para empezar nos dice que la protagonista quiere ser escritora. Es más, la protagonista dice que quiere ser escritora. Pero más allá de esa afirmación, podemos perder el tiempo buscando que nos diga que escribe algo (ya lo sé, escribe emails) o que tenga alguna inquietud o idea sobre la que escribir. Así que es escritora lo mismo que podía querer ser astronauta porque un día se subió en un ascensor. Queda desaprovechado también el crecimiento hacia la vida adulta en un entorno universitario ya que muchos de los personajes que aparecen parecen estar allí solo para que la protagonista haga una breve apreciación con ánimo de ser mordaz, sobre ellos. En este punto soy consciente de que muchos lectores han encontrado divertidísima esta novela, y que puede que simplemente yo no haya sabido pillar el tono humorístico de dichas observaciones. Hay un montón de observaciones casi anecdóticas y un montón de referencias lingüísticas pero la historia en sí carece de fuerza y el final es algo presentido desde casi sus primeras páginas. De hecho creo que le sobra al menos un tercio de su extensión para quizás de ese modo ganar fuerza porque no estamos en la escuela y aquí no me vale eso de "está muy bien escrito" y menos si hablamos de la novela finalista al premio Pulitzer porque eso, como cualquier lector comprenderá, se le presupone.

     Frente al entusiasmo de una gran parte de los lectores, en mi caso la lectura de La idiota ha resultado una experiencia vacía, decepcionante en muchos momentos, que solo se sostiene a base de referencias literarias y lenguaje cuidado pero cuyo fondo deja, sinceramente, mucho que desear al no poder justificar tanto vacío en la inocencia de su protagonista.
     No toméis sin embargo mi opinión demasiado en serio ya que un paseo por la crítica os dirá justo lo contrario y, a fin de cuentas, cada libro es una opinión en la boca de cada lector. Y qué se yo que no soy más que un simple lector.

     La idiota es una novela que me ha parecido insuficiente en muchos sentidos.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

viernes, 10 de enero de 2020

La casa del padre. Karmele Jaio


     "Disparos en el monte. Vuelves a escucharlos desde allí arriba, en la cima. Pero sabes que no provienen de los montes aledaños, sino de tu interior. Tu cuerpo es un arbusto".

     Me gusta Karmele Jaio. Me la descubrió hace un tiempo mi amiga Esther, y tuve que compartir su entusiasmo. Por eso estaba a la espera de su última novela. Hoy traigo a mi estantería virtual, La casa del padre.

     Conocemos a Ismael, un escritor de mediana edad que debutó con una novela de esas que tienen mucho éxito pero que pesan en las siguientes. Eso le sucede ahora. Está sentado ante una página en blanco, en silencio, con un cursor que parpadea el ritmo de los días desde hace casi dos años. Está casado con Jasone, la chica que lo deslumbró en la universidad, la que escribía cuentos, la que se casó con él y dejó de escribir. Una mujer que lee sus novelas y le apoya pero cuyo interior le es desconocido. Mientras Ismael intenta escribir, recibe una llamada del hospital en la que le informan que su madre ha sufrido un accidente y se ha roto la cadera. El cuidado de su padre recaerá entonces en él a la espera de lo que haga su hermana la rebelde, Libe.

     Podéis leer tres veces la sinopsis del libro o la mía y aún os faltará todo por saber sobre La casa del padre porque debajo de esa sinopsis se esconde el verdadero corazón de la novela. Un corazón en el que Jaio ha puesto en boca de sus protagonistas lo que muchos piensan. Es una novela que habla de hombres y de mujeres, de manadas y violaciones y también del miedo que un padre tiene a que su hija salga, o tal vez su mujer. Pero no se queda ahí, porque para eso hay un narrador personal que toma la misión de hablar de lo que no se dice. Este libro trata de una herida que cierra en falso dejando una cicatriz dolorosa que nadie toca. Las relaciones son complicadas, los hombres no nos entienden se enfrenta a las mujeres no se dejan conocer y así, partiendo de estas sentencias ya apolilladas, Jaio construye su novela. Será la madre de Ismael la que le recuerde una familia de las de antes, dividida en hombres y mujeres, en la que ellos cazan y ellas cocinan cuando aquello era normal y nadie le daba importancia. La madre que en el hospital le dice que cuide de su padre y le haga ver la relación de ambos de otro modo. Y serán su hermana y su mujer quienes le pongan voz a esa nueva visión. Ismael se resiste, él no es malo, no maltrata a nadie, no quiere ser "de los hombres", "yo soy yo no soy nosotros" dice una y otra vez. Esa apertura de un hombre es lo que me ha sorprendido en esta historia. Estamos en un momento en el que las mujeres han perdido el pudor a desnudarse pero los hombres no. Ismael se alza en su conciencia y no verbaliza para renegar de ser uno más, se siente atacado, avergonzado o culpable, se enfada... y Jasone también. Cada uno en su lado, lanzando palabras. Dos escritores que no saben usarlas, y una autora que las usa demasiado bien.
     Es además una novela sobre voces literarias en la que se habla del miedo a escribir y descubrirse o tal vez a descubrirse escribiendo. Y es, ante todo, una novela literaria de ritmos repetidos y cadencias constantes que se revela como hermosa a medida que avanzamos. Y, como ya he dicho muchas veces, lo hermoso no ha de ser necesariamente alegre... ni bonito.

     Podría decir más cosas porque Jaio ha aprovechado estas 200 páginas. Pero os toca a vosotros descubrir lo que hay detrás. Yo... ni siquiera os he contado si al final Ismael escribe o no.

     Karmele Jaio escribe con tinta densa, de esa que al tocarla se mete bajo tu piel y tarda tiempo en salir. Y que la miras y te acostumbras a verla, casi asumiéndola como un lunar. Eso pasa con las reflexiones de "La casa del padre". Si alguna vez fue cierto eso de que una vez que publicas un libro este pasa a ser propiedad de los lectores, Jaio lo demuestra en su última novela. Todos hemos visto alguna vez esa puerta de metacrilato entre el hombre y la mujer.

     Me ha gustado La casa del padre. Me gusta la voz de Jaio que no te permite sentir indiferencia. Seguiré atentamente su trayectoria.

     No os he preguntado qué libro os han traído los Reyes. Contadme...

     Gracias.

miércoles, 8 de enero de 2020

Amy e Isabelle. Elizabeth Strout


     "El verano en que el señor Robertson se fue del pueblo hacía un calor terrible, y durante largo tiempo el río pareció muerto. Sólo una culebra muerta y marrón que se extendía por el centro del pueblo, amontonando sucia espuma amarilla en las orillas. Los extraños que pasaban por la autopista cerraban las ventanillas ante aquel nauseabundo olor a azufre, asombrados de que alguien pudiera vivir con semejante hedor saliendo del río y del antiguo molino. Pero la gente que vivía en Shirley Falls estaba acostumbrada, y aun en medio del calor sólo lo notaba al despertar; no, no les molestaba particularmente el olor".

     Tras Me llamo Lucia Barton me quedó la curiosidad por leer algo más de Strout y me lancé a buscar otros títulos suyos. Algunos, como el que hoy traigo a mi estantería virtual, los he leído gracias a la reedición. Hoy traigo, Amy e Isabelle.

     Conocemos a Isabelle, una mujer con una vida no demasiado hermosa y un pasado que tampoco es para tirar cohetes. Ahora tiene una hija, Amy, y teme que se convierta en lo mismo que ella es. Amy por su parte tiene una relación con un profesor que le hace feliz, de él sabemos realmente poco: la lleva, la trae, la ilusiona, se acerca demasiado a ella... y es entonces cuando, al ser descubiertos por una tercera persona, la madre de Amy toma cartas en el asunto para evitar ese miedo propio.

     Amy e Isabelle es la historia triste y melancólica de una madre y una hija que no terminan de entenderse. La madre, como todas las madres, quiere que su hija sea mejor que ella, más feliz. Eso hace que su mayor temor sea una sombra, no quiere que su hija se convierta en la mujer que ella es. Por eso, cuando descubre lo que Amy tiene con su profesor, toma una traumática medida para la joven provocando una fractura entre ambas. Ella ve al hombre que abusa de su hija, que se aprovecha, y su hija estaba viviendo otra historia muy distinta, tal vez en sus ilusiones como aprenderá a medida que madure. Porque al final esta es una novela de aprendizaje, de aprender a ser madres, a no traspasar nuestros miedos ni nuestros errores, de aprender a ser hijas y a escuchar, de saber mirar y saber vivir. Supongo que a estas alturas alguno os estaréis preguntando qué pasó con el hombre de esta historia, pero... ¿importa realmente?¿no suponemos ya cómo es? A fin de cuentas, la novela no trata de eso.

     Estamos ante la primera novela de Strout y, sin embargo, nadie lo diría. El tono, el pulso, los grises que recubren la historia dando un toque triste a una relación que se sujeta "por los pelos" son capaces de ir calando en el lector hasta convertir esta novela en una gran lectura. Y creedme, estamos escasos de buenas lecturas.

     Amy e Isabelle es una gran opción tanto si conocéis a Strout como si nunca os habéis acercado a sus letras. No dejéis de hacerlo. Y tampoco dejéis de pensar en lo leído. Quién sabe si uno puede aprender algo sobre la vida... yo creo que sí.

     Y vosotros, ¿con qué libro volvéis de las fiestas?

     Gracias.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Año lector


     Imagina un muro. Ahora imagina que ves como asoman por la parte superior de ese muro dos orejas de burro y ahora oyes un rebuzno. ¿Te atreverías a afirmar que detrás del muro hay un burro? Pues lo mismo pasa con los libros malos. Si un libro parece malo, su sinopsis parece mala y lo empiezas y te parece malo... lo más probable es que sea un libro más malo que un trabuco.
Lección lectora nº327.

     Este año creo que he publicado menos reseñas que nunca desde que abrí el blog. No me ha pasado nada, simplemente me cansaba de poner que un libro no era bueno y el siguiente era igual o peor. Y es que, definitivamente, este no ha sido un gran año para la literatura. Resulta irónico hacer una afirmación así en el año en que se han otorgado no uno, sino dos Premios Nobel, pero, por más que he rebuscado entre mis estantes, no he encontrado motivos suficientes como para desdecirme de esta afirmación.

     En 2019 hemos descubierto que un premio entregado en marzo se comienza a leer en noviembre o, al menos, la gente no se había quedado perpleja hasta ese momento. Vimos como Netflix recordó a una escritora las ganísimas que tenía de reflotar una novela en una segunda parte que no estuvo a la altura, pero en este caso nadie lo esperaba y no pasó nada. También ha sido el año en el que hemos reivindicado la literatura feminista y, si bien es algo que hace falta, eso también ha dado espacio a muchos títulos que no estaban a la altura que deberían para hacerse hueco, lo cual no beneficia en absoluto a la reivindicación original. Hemos criticado sin piedad un premio porque nos han dicho que pertenece a un contrato, y lo hacíamos sabiendo que este es de los premios que se hubieran criticado de igual modo. Y de paso olvidamos a aquella tuitpoeta que tras ser premiada recibió la ira en las mismas redes que la habían encumbrado. Este año hemos seguido empeñados en convertir la novela negra en una suerte de capítulos de CSI que discurren con más o menos éxito dejando al lector contento por vislumbrar al malo sin pedirle demasiado esfuerzo. Con lo que a mi me gustaba la novela negra... Y ha sido, por supuesto, un año de Auschwitz (incluso lo sabemos escribir) y Dachau demostrando que, si a la Primer Guerra Mundial se la conoce como la Gran Guerra, la Segunda podría llamarse La Literaria. Lo que sí he echado en falta es al fenómeno literario de turno que aparece de forma periódica. Ya sé que Gómez Jurado ha sacado libro y Dolores Redondo también, y Reverte... pero no me refiero a eso, hablo de los títulos que arrasan y que todos leemos y criticamos, de las 50 sombras de turno o de Perdida. Vaya, parece que ni para eso hemos dado.
La conclusión ha sido clara, este año he releído mucho y he acudido a muchos clásicos, ese refugio inagotable de quienes buscamos buena literatura. Y tampoco pasa nada, no todos los años van a ser brillantes, que los grandes nombres de la literatura universal son contados y no podemos poner allí a todos (aunque a juzgar por algunas listas que estoy viendo estas semanas parece que sí).

     Esa es otra, las listas. Mira que nos gusta hacer listas, el top tres, el top diez, el cincuenta, ¡los cien mejores libros del siglo que ya estamos en 2019! Que no digo yo que esté mal hacer listas, pero eso de colocar tantos títulos como corresponda a tener números redondos suena más a cuadrante que a disfrute. A nivel personal, y así a botepronto, diré que las mejores lecturas en este blog a lo largo de este año han sido "Goethe en Dachau", "Una Odisea", "Leopardo Negro, Lobo Rojo", "El espía que vino del frío" y "Tiempos recios", que ha gustado especialmente tras varios títulos del autor que me parecieron flojos, y es que siempre es un placer reconciliarse.

      Me paso el año desmontando listas, muchos lo sabéis, en twitter y ahora he dejado un pequeño puñado de títulos esperando que hagáis lo mismo. A fin de cuentas, las listas son para los lectores y, si algo hacemos los que pasamos por aquí, es leer.

     ¡Feliz Navidad!

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Gente normal. Sally Rooney


     "Marianne abre la puerta cuando Connell llama al timbre. Va todavía con el uniforme del instituto, pero se ha quitado el suéter, así que lleva solo la blusa y la falda, sin zapatos, solo las medias. 
      Ah, hola, dice él. 
      Pasa".

     Y si el lunes hablábamos de escritores con un éxito tremendo en su primera obra, hoy seguimos con el tema. Por eso traigo a mi estantería virtual, Gente Normal.

     Conocemos a Marianne y a Connell cuando están en el instituto. Ella viene de una familia de dinero, pero es tímida y apenas se relaciona con sus compañeros. Connell en cambio viene de una familia modesta pero goza de gran popularidad. La madre de Connell limpia en casa de Marianne, y por eso empiezan a verse fuera del instituto. Ahí empieza una relación que queda oculta a los demás y que se prolongará de forma intermitente en el tiempo, incluso cuando se dan la vuelta las tornas.

     Conversaciones entre amigos fue un éxito como novela que, además, era una primera novela. Y Rooney lejos de amedrentarse por su propio éxito ha conseguido poner a disposición de sus entusiasmados lectores este segundo título pasados apenas unos meses.

     Gente normal sigue la historia de Connell y Marianne a lo largo de cuatro años y lo hace con pequeños saltos temporales hacia delante en los que ambos irán llegando a la vida adulta. Quizás por eso, y porque comienza cuando están en el instituto, en las primeras páginas uno tiene la sensación de estar leyendo una historia dirigida al público adulto, pero con muchos ecos de la literatura juvenil de éxito. Y es que, cuando la novela empieza, Marianne es una joven de familia acomodada que no se integra en el instituto que acaba por mantener una relación con el chico popular que teme ser descubierto por sus amigos. A esto se le suma que Marianne viene de una familia con una madre que parece normalizar un determinado tipo de comportamientos abusivos que marcarán el carácter y las relaciones de su hija.  Es fácil visto así caer en la tentación de pensar que estamos ante una novela casi juvenil, con dos protagonistas quizás demasiado inteligentes que parecen condenados a romperse el corazón mientras que no dejan de encontrarse en una narración en la que la autora se cuida mucho de no asegurarnos si será o no su último encuentro. En el transcurso de la novela veremos a Marianne establecer un tipo de relaciones que ni ella misma termina de entender y que parecen querer justificarse en sus progenitores más que en las propias apetencias de la joven, acompañaremos a los protagonistas al Trinity y asistiremos al momento en el que se dan la vuelta los papeles y la popular es ella y Connell se queda en un satélite. Y todo ello lo hace con lo que es, para mi, lo mejor de la novela: un narrador en tercera persona que alterna su foco entre Marianne y Connell dando visiones que marcan las diferencias entre ellos tanto como sus inseguridades. Pero no hace solo eso, también deja muestra de que hay inseguridades que no se confiesan que serían ratificadas en caso de hacerlo, otorgando así a un tema "de instituto" una categoría superior.
     Gente normal no es para todos, y si uno no consigue hacerse con ella en las primeras sesenta páginas es fácil que termine por aborrecerla pensando que solo parece importarles el entorno o el estatus social, pero frente a ellos otros lectores verán una realidad en cada palabra vertida. Descubrirán que frente al poder, o tal vez para hacerle frente demostrando el propio, aparece el sado, que la superioridad intelectual no garantiza una madurez cuando aún se está definiendo qué tipo de persona es en la que te vas a convertir. Estamos, pues, ante un tipo de novela fresca y de concepción moderna que no deja espacio a la indiferencia y que yo, ahora sí lo admito, he terminado con la sensación de no haber sabido disfrutar de ese arrollador éxito que parece arropar a Rooney.

     Gente normal es una novela que se lee con facilidad, con unos protagonistas que a ratos me han irritado y que, en su conjunto, creo que se olvida con la misma velocidad con la que se ha leído.

     Y vosotros, ¿os dejáis llevar por las modas literarias?

     Gracias.