miércoles, 12 de enero de 2022

El poder del perro. Thomas Savage

 


     "Phil siempre se encargaba de la castración. En primer lugar, cortaba la bolsa del escroto y la arrojaba a un lado; a continuación, tiraba primero de un testículo y luego del otro, hacía un tajo en la membrana color arcoíris que los rodeaba, la arrancaba y la arrojaba al fuego donde los hierros de marcar resplandecían al rojo vivo. La cantidad de sangre que despedían era sorprendentemente escasa. En pocos instantes, los testículos explotaban como inmensas palomitas de maíz. Se decía que algunos hombres los comían con un poco de sal y pimienta. «Ostras de montaña», los llamaba Phil, con su típica sonrisa traviesa, y les sugería a los peones jóvenes que, si planeaban tontear con chicas, a ellos también les vendría bien comérselos.

      El hermano de Phil, George, que se encargaba de enlazar a los animales, se sonrojaba cuando oía ese comentario, especialmente porque Phil lo hacía delante de los trabajadores. George era un hombre bajo y fornido, carecía de sentido del humor, era decente y a Phil le gustaba sacarlo de quicio. ¡Oh, Señor, cómo le gustaba a Phil sacar de quicio a la gente! "

     Todos los lectores somos férreos defensores del libro frente a la película, pero es cierto que el cine nos ha permitido muchas veces descubrir grandes novelas. Ese es el caso de la novela que hoy traigo a mi estantería virtual, se trata de El poder el perro. 

     Conocemos a Philip y George, dos hermanos que poseen el mayor rancho de ganado de Montana. Han pasado juntos toda su vida y, desde que sus padres se marchan del rancho por una discusión, han vivido solos. Así las cosas y pese a sus diferencias de carácter, se entienden, algo que cambiará con el matrimonio de George con Rose. A partir de ese momento, la vida de Philip tiene un nuevo objetivo.

     Estamos ante una novela tan hermosa como cruda. De las magníficas descripciones de los paisajes y el entorno a la crueldad del trato dentro de la casa, el autor maneja los tiempos y las palabras para lograr enamorar al lector incluso en los peores momentos. Y es que pese al odio, la crueldad o, en el mejor de los casos, la pasividad casi indiferente, el autor logra pasar a la sensibilidad más absoluta en un mundo que claramente está cambiando y que vemos en momentos de añoranza en sus personajes. Savage maneja los tiempos de este western sobre pasiones individuales en el que dibuja con mano firme el carácter de dos hombres que han compartido vida durante más de 30 años y la llegada a sus vidas de una mujer. En ese momento, el equilibro de convivencia entre George, un hombre tranquilo, y Philip, más peligroso (el gran personaje en realidad de esta novela), se tambalea y comienza un acoso que cristaliza en una atmósfera opresiva para el lector. Y es que Rose no llega sola, la acompaña su hijo adolescente Peter, y la vida en el rancho cambia. Phil no la soporta, ni siquiera la comprende, y compite en ese oscuro espacio que queda entre los celos y el resentimiento. El hermano que había parecido inteligente, el que destacaba, se convierte en una sombra maligna que acecha.

      Pero no solo los personajes son destacables en la novela, el trabajo del narrador es impecable dejando al lector asomarse a lo que piensan los personajes pero sin descubrirlo totalmente. Y también hay que señalar un postfacio, que no olvidemos está pensado para leer después, en el que Annie Proulx me ha sorprendido con alguna de sus afirmaciones y, por qué no decirlo, me ha obligado a releer algunos pasajes bajo una nueva luz.

     El poder del perro es mucho más que una novela sobre la rivalidad entre dos hermanos. Es un libro complejo y absorbente que refleja un mundo opresivo que no es tan lejano que va calando en los huesos del lector hasta llegar a un magnífico final. Para esta lectora es, sin duda, un título que va a perdurar.

     Y vosotros, ¿sois de libro+película o seleccionáis?

     Gracias.

     PD. ¿He sido la única en pensar en Don Winslow al ver el título por primera vez?

lunes, 10 de enero de 2022

Leer como un profesor. Thomas C. Foster

      "Lo asombroso de los libros es que cobran vida propia. Los escritores creen que saben lo que están haciendo cuando se sientan a redactar una nueva obra, y supongo que así es, hasta que ponen el último signo de puntuación en la frase final. La mayoría de las veces, ese signo es un punto. Pero debería ser una interrogación, porque nadie sabe qué ocurrirá de ahí en más".

     Ay, la tendencia a leer libros sobre libros, qué bien funciona con los lectores empedernidos... Y yo soy la primera, por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Leer como un profesor.

     Acudimos a estos libros con el romanticismo de quien busca, aún de adulto, una suerte de guía o de profesor de literatura tardío que otros libros nos han enseñado a anhelar más de forma romántica que práctica. No nos hemos dado cuenta, pero todos soñamos con ese profesor con pinta de haber leído un universo entero, capaz de hacernos una lista y comentar cada uno de los libros que, desde el momento en que posamos la mirada sobre ellos, se convierten en integrantes de la lista de nuestros favoritos. Eso pedimos, y lo hacemos además con la seguridad del iluso que cree no estar pidiendo tanto mientras tira la moneda a la Fontana de Trevi para volver a Roma. Bien, pues Thomas c. Foster es precisamente profesor de literatura en la Universidad de Michigan amén de dar clases de escritura creativa, poesía y casi cualquier cosa relacionada con las letras que uno pudiera desear. Eso hace que este texto sea precisamente aquello que buscábamos, que el autor se dirija a nosotros desde los puntos básicos para recordarnos detalles que uno a veces olvida en el devenir de los libros. Nos dice, por ejemplo, que bucear en un libro no consiste en buscar al autor debajo del texto. El escritor, como bien dice la palabra, escribe, pero no hace todo movido por mil motivaciones o para representar aquello que le dejó marcado mientras cruzaba la calle un 3 de diciembre. Un escritor a veces pone las cosas porque se le ocurren, porque le parece que quedan bien o, por qué no, porque sí. Y eso es tan básico como fácil de olvidar. Foster le da, además, importancia al lector. Hay que hacer lectores y su libro sirve de guía. Más de guía de conceptos y de lugares explicados que de obras en sí. No es un listado, pero sale una buena lista, qué duda cabe, de títulos que uno ansía leer o releer tras haberse acercado a las páginas de este libro. Tiene una visión personal, que no siempre compartí durante la lectura, pero eso torna el libro en algo personal, casi interesante, como una suerte de diálogo entre el autor y el lector en el que pocas veces tenemos la opción de participar. Habla también del tiempo, de la flor de un día y del libro que soporta el paso del tiempo, habla de autores reconocidos y discrepa con textos importantes. Y nos da permiso para que nosotros, por qué no, discrepemos con él. Busca en los libros el refugio de las rutinas diarias y encuentra en ellos los pequeños y grandes placeres de la vida, abre la mente a quien lee para mostrarle una visión diferente de un texto clásico a la par que lo invita a leer el siguiente. Y eso, como comentaba al principio, es lo que todos esperamos de un buen profesor.

     Foster nos habla del recurrente tema del plagio, eso que siempre está en boca de todo lector y que no siempre significa lo mismo. Copiar no está bien pero luego decimos que todos los temas están tocados y que todo está escrito. Afirmamos que tras Shakespeare nadie puede escribir sobre amor y que fueron los griegos los padres de toda novela de aventuras. Y mientras hacemos eso descubrimos un título que nos lleva a decir que no todo está escrito porque hemos encontrado algo sorprendente o hemos descubierto a David Mitchell, por poner un ejemplo. Foster lo tiene bastante claro: hay una historia que se repite y va siendo modificada a media que cambia de manos, de ojos, o de época. U, mientras lo hace, nos deja su propio canon literario con Joyce, Faulkner, Toibín, Atwood, Freud, Austen y tantos otros que considera adecuados en esta suerte de guía para leer mejor o, al menos, de otra manera.

     Leer como un profesor es un texto para los lectores, una invitación a leer y el recordatorio de que los libros nos pertenecen una vez que los leemos. Allá donde termina la misión del escritor, comienza la del lector, y sin el uno y el otro no podrían haberse creado las grandes obras de la literatura. Porque, de algún modo, en este mundo de letras, los lectores también somos creadores, aunque sea en un % pequeñito.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Diario de un hombre superfluo. Iván Turguénev

 


     "El médico acaba de irse, ¡Al fin lo he conseguido! Por más astucias que haya intentado,  al final, no le ha quedado más remedio que expresar su opinión. Sí, moriré pronto, muy pronto".

     De vez en cuando una se lleva la alegría de toparse con un título que desconocía, pero que parece estar colocado justo para ella. Hoy traigo a mi estantería virtual, Diario de un hombre superfluo.

     Conocemos a Chulkaturin, un hombre que se considera a si mismo, superfluo. Una infancia de lo más normal y una vida sin que le haya sucedido nada importante son la característica principal de los recuerdos de este hombre que, poco antes de morir, decide escribir un diario.

     No parece revestir gran importancia lo que el autor puede relatarnos o, mejor dicho, lo que el protagonista nos explique de su propia vida. Sin embargo, hay que decir, que es precisamente la existencia de este protagonista lo que convierte en algo vital a la obra, ya que el concepto de hombre superfluo ha sido una constante que ha marcado la literatura rusa. El hombre aristócrata, o casi, educado, sin hechos particularmente decisivos, idealista, sensible, inteligente... pero, sobre todo, con un cierto toque nihlista. Lo veremos en Oblómov y en El Idiota y en tantas otras obras rusas y se caracterizará por observar cuanto le rodea consciente de que no va a poder hacer nada por cambiar algunas cosas. Bien, pues Turguénev, en este librito corto, le da voz. De hecho el propio autor dijo: "Hamlet probablemente llevaba un diario" y por qué no iba a ser el de su hombre, por poner un ejemplo.

     Hechas las presentaciones del concepto, vayamos a este diario escrito por un hombre once días antes de su muerte y en el que, lejos de lamentarse, escribe para entretenerse narrando al lector el típico fracaso amoroso de la literatura rusa en el que lo vemos, sin pena ni gloria hay que darle la razón, asistir a los hechos de su propia vida. He de reconocer que me he reído cuando, debido a que ni siquiera abrió la boca, no fue capaz de detener una situación más que comprometida, aunque luego tampoco lo fue y que estaba relacionada con mantener la propia vida a salvo (léase un duelo). Y es que en realidad no podía evitar pensar ese clásico: conozco a gente así; que me ha perseguido a lo largo de sus poco más de cien páginas. En realidad, la pregunta que yo me hacía era por qué le interesaba al protagonista narrarme este episodio que ni siquiera termina bien, justo cuando se va a morir. Y no tardo en olvidarme de mi pregunta al sumergirme en la pluma del autor, en su realismo, incluso en su sorna y en una prosa que, sin necesidad de grandes adornos, me cuenta una historia de otra época en la que la única falta que encuentro es su brevedad. Su historia, de antihéroe por si os lo habíais preguntado, puede parecer patética pero, ¿qué es muchas veces la vida de un ser humano normal de esos como tu y como yo que no han hecho nada relevante y que han dejado escapar oportunidades o han llegado tarde a ellas?, ¿cómo nos veríamos ante la implacable pluma de un buen escritor? Pues yo os lo digo: como un personaje al que no le ha sucedido nada relevante pero cuya vida, cuya historia, tal vez sea capaz de sacar una sonrisa dentro del pesimismo y, por qué no, incluso sea un referente en la literatura pasados los años. Todo depende de quién cuente la historia y no solo de quién la viva o de los hechos que relate. Y esa es una de las magníficas características de la literatura rusa. Por eso vuelvo a ella una y otra vez.

     Diario de un hombre superfluo es una novelita sencilla que hay que leer de forma atemporal para disfrutar de todo lo que el autor nos ofrece entre sus páginas.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Lissy. Luca D'Andrea

 


     "Dos golpes ligeros y estás palabras: Crunch, crunch, crunch. ¿Quién roe, roe? ¿Quién mi casita e come?"

     Tras leer La sustancia del mal me anoté el nombre del autor con la intención de investigar un poco su obra. Terminé rápido, ya que hasta ahora no había encontrado más. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual Lissy.

     Conocemos a Marlene Wegener (o Taufer) cuando, tras robar en su propia casa, huye de su marido en un coche que no es el suyo en una paraje remoto del norte de Italia. Herr Wegener, su esposo, es un capo local criado bajo la sombra del nazismo que se acercó hace años al Consorcio. en definitiva, un hombre peligroso. Pero Marlene se enamoró de otro hombre y huyó (enfureciendo a Wegener) y ahora ha tenido un accidente y ha sido socorrida por un hombre de las montañas, el Baur Luis.

     Con este esqueleto Luca D'Andrea construye un thriller cuyo punto fuerte es la tremenda ambientación psicológica de la novela. Teje el mundo real con las leyendas en mitad de la nada, rodeados de frío y nieve, con un dolor aturdido y una fe casi ciega para dotar a su novela de una atmósfera que, en algunos momentos, se puede cortar a cuchillo. En la primera página nos coloca las bases de: marido mafioso busca a esposa infiel mostrando su carácter cruel para que el lector se anticipe a lo que va a suceder a su mujer al dar con ella, para comenzar entre flasbacks a mostrar un elenco de personajes que, si bien el término cliché se les aproxima bastante, se defienden entre luces y sombras mientras el lector espera que la novela avance.

     Dulce Lissy, pequeña Lissy... De repente la oscuridad se convirtió en líquida. Marlene se quedó sin aliento...

     D'Andrea sacrifica sin piedad alguna términos como trepidante o sorprendente para dejarnos una historia que comienza con paso lento y avanza a ritmo vacilante para dejar a su final un sabor de boca mucho mejor de lo esperado. Disfrazada de la aparente sencillez de la trama o la prosa, la novela ahonda en lo psicológico, tanto de los personajes como del propio ambiente, para hablar de fábulas y de un libro que es citado ya en las primeras páginas como algo importante para la protagonista, y si lo es para la protagonista, ¿no habrá de serlo también para la historia? se pregunta el lector. Y esa será solo una de las preguntas que se formule, porque la huida de Marlene llegará a involucrar al mismísimo Consorcio y todo ello sucederá en montañas, con nieve, frío y unas criaturas nombradas que harán dudar al lector de si se encuentra ante una novela de terror...

     Lissy es una historia entretenida que se cuece a fuego lento y que comparte con La sustancia del mal el gusto por la ambientación, pero que se descubre como algo más complejo de lo que uno anticipa al comenzar la lectura. Pero, sobre todo, y si tengo que ser sincera en mi apreciación, Lissy es como una de esas fábulas infantiles que nos llega sin haber sido edulcorada hasta convertirse en cuento en la que los malos son malos y los lugares tienen animales con nombres de personas muertas, los suelos crepitan porque se pisan muertos y cualquier cosa parece posible. Tal vez no sea una lectura fácil, pero si uno decide embarcarse en ella, no debería de abandonarlo hasta el final. O realmente no tendrá ni idea del viaje en el que se ha embarcado.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Los alcatraces. Anne Hébert

 


     "Bastó un único verano para que el pueblo elegido de Griffin Creek se dispersase. Aún persisten varios supervivientes, arrastran los pies de la iglesia a casa, de casa a la granja. Robustas generaciones de lealistas prolíficos debían triunfar, concluir y disolverse en la nada con algunos viejos retoños sin descendencia. Nuestras casas se caen a pedazos, y yo, Nicolas Jones, pastor sin rebaño, languidezco en esta rectoría de columnas grises carcomidas".

     Recordaba haber visto la película hace unos años en un ciclo de cine francés y que me había gustado. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Los alcatraces.

     Viajamos hasta 1936 a Griffin Creek, un pueblo canadiense anglófono. Allí desaparecieron dos jóvenes adolescentes cuya belleza era conocida y envidiada. El lugar es propicio para un suceso así, resulta lúgubre, oscuro y hostil y no parece extraño que sucedan esas cosas en parajes en los que la locura es algo que flota en el aire. Las jóvenes desaparecidas no se fugaron, y nadie ha olvidado lo que pasó.
    
     Publicada en el 82 en su idioma original, esta novela le valió a Hébert el Prix Femina, un premio que no ha trascendido demasiado a nuestro país. La novela varias personas nos relatan la versión que recuerdan de dos asesinatos sucedidos en su pequeña comunidad durante el mes de agosto de 1936. Utiliza estos asesinatos para ahondar en la mayoría de edad de las dos jóvenes adolescentes y recuerda vagamente a un caso real sucedido poco tiempo antes en 1933 en la zona de Gaspe, que si uno lo piensa, bien pudiera ser la ubicación del pueblo ficticio de esta novela. Pero claro, que un hecho sea el disparadero no significa que la novela esté relatando o ficcionando los hechos, a veces es simplemente el punto de partida de la imaginación del escritor, y la propia autora negó que su novela se basara en el asesinato real de aquellas dos chicas.

      Mucho se ha dicho de lo complicado de esta novela, de su lenguaje cuidado a ratos onírico, y creo que, para entender un poco la relación de la autora con las palabras, basta con fijarse en el título, un claro ejemplo de que en esta novela no hay nada que quede sujeto al simple azar. Su título original es Les Fous de Bassans, Los alcatraces (incluso del norte su nos ponemos puristas) pero en el título, Les Fous ya se haría referencia a gente loca, algo que sobrevuela la novela. Este juego de significados realizado de forma velada es indicativo de lo que el lector se va a encontrar en cada una de las secciones del libro. Y es que el libro está constituido en varias secciones en las que distintos personajes nos van a relatar sus recuerdos de los hechos mezclados con cartas o noticias. Los narradores pasarán por distintos personajes como el reverendo Jones, Steven Brown, Perceval o las propias Olivia y Nora, víctimas del suceso, de tal manera que el lector posea las piezas del puzzle que componen el verano del 36 y el camino hacia esclarecer los hechos. Pero, más allá de los hechos, la novela habla de las mujeres, de la violencia contra ellas, de la pasividad del lugar en el que viven que se ampara en una suerte de creencias que parecen amparar el rastro de locura masculina que podemos apreciar en los personajes y que recuerda vagamente a Faulker (como bien había leído que ya comparaban a Hébert). En este lugar las autoridades parecen simple espectadores, como también lo fueron muchas personas el verano de los asesinatos en el que se anunciaba la tragedia sin que a nadie pareciera importarle lo suficiente como para interferir su curso. Y prueba de ello es la primera sección contada por el reverendo que deja buena muestra de lo que nos vamos a encontrar, conteniendo, además, buena parte de los principales puntos y virtudes del libro. De este modo el lector se va a encontrar con una novela oscura en la que la condición femenina, el paso a la edad adulta, las perversiones de la sociedad y la ambientación destacan incluso más que la propia trama (ya que el culpable es más o menos un secreto a voces) de tal modo que la autora mantiene el interés en focos de ambientación que me hacen dudar sobre si estamos o no ante una novela policiaca.
    Con todo, es una novela que va de menos a más, en la que se entra con cuidado y se sale sobrecogido y cuyo recuerdo perdura en la mente del lector que, acostumbrado poco a poco a la narración de Hébert, se deja llevar hasta las últimas páginas lamentando incluso terminar la lectura.

     Los alcatraces es una novela en la que merece la pena sumergirse (si me permitís la broma alusiva al título) y, en mi caso, un motivo para anotar el nombre de su autora.

     Y vosotros, ¿os gustan más las novelas polifónicas o las que mantienen un único narrador?

     Gracias.

lunes, 13 de diciembre de 2021

La comunidad. Helene Flood

 


     "Me preguntas que cuándo conocí a Jørgen. ¿Te puedes creer que no me acuerdo? Debió de ser en el jardín o en la escalera o en el portal de casa, pero no lo recuerdo. Mi hijo había nacido justo después de la mudanza y había sido prematuro. Eran tantas las consultas en el hospital, tantas las cosas que nos preocupaban... No lo digo por eludir el tema. Es la pura verdad. Sencillamente no me acuerdo. 
     Pero sí que me viene a la memoria la primera vez que lo vi".

     Creo que fue pasada la parte dura del confinamiento que empecé a ver el nombre de esta escritora en las librerías con La psicóloga. Lo dejé correr, lo vi demasiado. Hoy traigo a mi estantería virtual, La comunidad.

     Conocemos a Rikke mientras recuerda cuando se mudó con su marido Asmund y sus dos hijos a una pequeña comunidad de vecinos en Kastanjesvingen. Un edificio en el que sus pocos vecinos se conocen y van compartiendo experiencias. De hecho Rikke incluso comparte cama con uno de ellos, Jorgen, hasta que lo matan. Ahora la policía dice que posiblemente ha sido uno de los vecinos.

     Llegué a La comunidad esperando una de esas novelas en las que todos esconden algo y la tensión se palpa. Esperaba algo entretenido y ascensores incómodos con conversaciones veladas sobre secretos más o menos cotidianos. Y solo me he encontrado la mitad. Flood desarrolla su traba en una comunidad tan privilegiada como reducida con gente respetable y a priori pudiente en la que se podía haber aprovechado mucho mejor la tensión del asesinato y la infidelidad que amenaza con ser descubierta. Y, efectivamente, todo eso existe. Sin embargo, su escritura carente de emoción deja un regusto agridulce ya que, lejos de empatizar con los protagonistas y leer empujados por la intriga, la novela se antoja a ratos como una lenta sucesión de descripciones de momentos a ratos incluso repetidos que no parecen tener importancia. Tardamos en despegar y casi necesitamos que alguien nos explique qué virtudes posee nuestra lectura para señalarlas, porque en el camino han quedado deslucidas. Así que si lo habéis leído sabréis que los prejuicios raciales, el lugar de la mujer, las enfermedades mentales y la relación con los hijos preadolescentes son importantes en esta novela tanto como el crimen. Hay personajes de distintos estratos sociales y gustos sexuales, hay animales asesinados, secretos, discusiones y una narración en primera persona marcada por el miedo a ser descubierta y la culpa. Y hay, puesto que la novela despega en el último tercio, un giro final. Todos los ingredientes están ahí. Pero no despega hasta entrada la recta final, o no lo hizo en mi caso, porque no conseguí que me importara nadie y eso dio al traste con la tensión que esperaba encontrarme. Pero, claro, esto es solo mi opinión y que yo no haya encontrado el camino no significa que al siguiente no le resulte perfecto. Por eso os he explicado sus ingredientes y me he dejado algunos muy jugosos como que la protagonista tenía una relación con el muerto. Y no he contado aún ni la mitad de lo que os encontraréis en la novela si decidís leerla. Y por favor, si es así, contadme qué os apasionó, siempre me gusta ver opiniones diferentes a la mía.

     Hay muchos tipos de novelas y La comunidad tiene vocación de pageturner que enganche al lector y lo haga pasar unas cuantas tardes de invierno asomándose a su historia. Y es que no todos los libros son alta literatura, ni los lectores queremos que lo sean. Entretener, como máxima, es una opción que siempre voy a defender en una novela. Otra cosa es que lo logre.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

martes, 7 de diciembre de 2021

Guía del Club de Lectura para Matar Vampiros. Grady Hendrix

 


     "En 1988, George H. W. Bush acababa de ganar las elecciones presidenciales por invitar a todo el mundo a que leyera sus labios y proclamar que no habría nuevos impuestos, mientras Michael Dukakis las perdía por montarse en un tanque. El doctor Huxtable (Bill Cosby) era el padre de América, Kate & Allie eran las madres, Las Chicas de Oro, las abuelas, McDonald’s había anunciado que estaba a punto de abrir su primer restaurante en la Unión Soviética, todo el mundo se compró el libro Historia del tiempo de Stephen Hawking pero no lo leyó, El fantasma de la Ópera se estrenó en Broadway y Patricia Campbell se preparó para morir".

     Confieso que compré este libro porque vi Club de Lectura y no seguí leyendo el título. No obstante, me gusta el terror, así que no me supuso un problema el tema vampírico. Hoy traigo a mi estantería virtual, Guía del club de lectura para matar vampiros.

     Conocemos a Patricia Campbell en 1988. Es una mujer que dejó su trabajo como enfermera para dedicarse en cuerpo y alma a ser la novia, esposa y madre perfecta, y ahora vive en una pequeña localidad de Carolina del Sur junto a su marido y sus hijos (niña y niño como corresponde) en una bonita casa en la que se aburre como una ostra. No es que le sobre el tiempo, entre la casa, los recados, las clases de los niños y las extraescolares, ocupa la mayor parte de su tiempo, pero se aburre. Así que se apunta a un club de lectura aburrido y, porteriormente, a una escisión de dicho club en el que unas cuantas vecinas leen libros sobre asesinatos y los comentan con un poco de vino. Ese grupo de mujeres serán sus amigas y confidentes y también quienes la animen cuando una vecina anciana la muerda la oreja arrancándole el lóbulo. Porque ese fue el comienzo de todo: la anciana Ann Savage y su sobrino James que se muda al vecindario para cuidarla y decide permanecer en él una vez la anciana ha fallecido. No tardan en comenzar extraños sucesos en un barrio pobre de la periferia relacionados con niños que desaparecen o se suicidan y Patricia relaciona rápidamente los sucesos con James, que se ha ido convirtiendo en un miembro aceptado por el vecindario y por su propia familia. Se embarca entonces en una cruzada para desenmascarar lo que James oculta en la que no siempre recibirá el apoyo que necesita, pero la vida de quienes aprecia se ve amenazada y Patricia parece ser la única que se da cuenta.

     Estamos ante una novela de terror que, personalmente, no me ha dado ni pizca de miedo pese a la sangre, las ratas y los extraños sucesos, ya que el autor opta por un tono casi jocoso más cercano a las novelas de instituto que a Stephen King. Eso fue precisamente, el tono, lo que me hizo leer la novela con la seriedad que se le supone y es que no pude librarme de esa sensación de ligereza y percibir tensión en ningún momento, algo que sinceramente, me ha lastrado un poco la lectura. Sin embargo no sería justa si no destacara la crítica feroz que mantiene a lo largo de toda la historia hacia el poco valor que se da a las amas de casa. Y es que el autor no duda en representar a quienes acompañan a estas mujeres como hombres que suponen que se pasan el día sentadas cuidando de su casa y sus uñas sin mayores preocupaciones. Incluso alguna de ellas parece sentir que esa es su función en la vida, una función poco valorada y menos apreciada ante esposos que se permiten incluso juzgar de fantasías unas sospechas más que fundadas porque recaen en un hombre que ha logrado penetrar en el club masculino de amigoteo local. Ya sorprende en la primera página encontrar la definición de ama de casa de no hace tantos años en un conocido diccionario, pero, a medida que avanzamos, veremos que es solo la punta del íceberg en una sociedad contemporánea de matrimonios perfectos de cara a la vecindad en la que los convivientes apenas se conocen y las mujeres parecen vivir protegidas no, tuteladas, y en lugar de independizarse optan por compararse con sus propias madres. Como veréis es un punto interesante que hace que la lectura tome un cariz diferente al de los vampiros de melocotones que insinúa la cubierta.

     La novela de Hendrix sorprende, en primer lugar, porque el autor es un hombre y logra dar a su protagonista femenina una personalidad compleja propia de una mujer, algo no tan frecuente como parece, ya que muchos hombres tratan a sus protagonistas femeninas "como un hombre cree que pensaría una mujer" y hay una gran diferencia entre eso y el pensamiento femenino real (seguro que vosotras entendéis a qué me refiero). Además, y aunque el tema de los vampiros está presente, el autor evita limpiamente casi cualquier tipo de cliché sobre los mismos (el sexual que yo recuerde es el único que mantiene) y logra contemporaneizar una figura arcaica que, brillantinas a un lado, no ha cambiado mucho durante los últimos años. Si sumamos estos puntos a la facilidad de lectura obtenemos una novela entretenida para pasar el rato, que ya es bastante. 
Y nos queda entonces la gran duda, ¿es suficiente esto para el lector? Bien, aquí como en tantas otras cosas la opinión es individual y personal, pero a mi no me ha bastado. La falta de tensión que comentaba, motivada por el estilo desenfadado de la narración, ha provocado que me importara bastante poco la conclusión del misterio hasta el punto de sentirme tentada a terminar la lectura en diagonal, algo que a estas alturas me da bastante rabia en una novela. Pero, como digo, eso es solo una impresión de lectura y los puntos positivos de la novela están ahí y por eso los he señalado.

     Guía del club de lectura para matar vampiros me ha parecido una curiosidad. Y nada más.

     Y vosotros, ¿qué libro tenéis en la mano este puenta?

     Gracias.