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lunes, 24 de octubre de 2011
Sukkwan Island. David Vann
“ Roy observaba el rostro serio y sin afeitar de su padre mientras trabajaba, la lluvia fría que goteaba al final de su nariz. Entonces parecía tan sólido como una figura tallada en piedra, todas sus ideas parecían igual de inmutables, y Roy no podía reconciliar a ese padre con el otro, que lloraba y se desesperaba y no tenía nada que pudiera durar”
Es curioso lo que sucede con algunos libros. A mi este me pasó desapercibido mucho tiempo por su portada. El pez ese marcado cual vaca de poster de carnicería me resultaba todo menos atractivo, y tampoco me molestaba lo suficiente como para incitarme a coger el libro y averiguar el motivo de una portada tan singular.
Al final tuvo que ser la chica de la librería la que me hablase de él. Es lo bueno de las librerías habituales, nos van conociendo y alguna vez hasta se aventuran a preguntarnos por un libro o recomendarnos otro. Y, puesto que leerme los libros que entusiasman a otros es una especie de.... digamos que es mi forma particular de cotillear al prójimo, no me lo pensé y me llevé a casa un feo pescado en la portada de Sukkwan Island.
Contaré hoy sobre el autor que, cuando tenía 13 años, su padre, un hombre depresivo, le preguntó en dos ocasiones si quería ir a pasar una año con él a Alaska. David Vann dijo que no, y dos semanas más tarde su padre se suicidaba. Si no habéis leído el libro ahora entenderéis el motivo de traer esta triste historia.
Sukkwan Island es una isla salvaje del sur de Alaska, no está habitada, no es accesible y está repleta de bosques y montañas. Es el lugar elegido por Jim para ir a vivir un año con su hijo adolescente Roy, para intentar conocerlo un poco mejor. Tendrán que ayudarse ya que dependen el uno del otro para cazar, pescar y todo lo que significa sobrevivir aislados.
Bien, lo primero que quiero decir es que no es un dramón. Por mucho que lo hayan comparado no es La carretera de McCarthy porque aquí estamos en una isla casi perfecta al principio, no hay peligros y no hay enemigos. Esta novela tiene además otra peculiaridad, la de intranquilizarnos, nos remueve por dentro desde la primera página. Porque no hay hueco para la sorpresa, desde las primeras páginas estamos vislumbrando lo que puede suceder, y aún así seguimos adelante. Vamos conociendo el proceso, el momento exacto en que todo cambia y deja de importar que no haya enemigos porque puede haber mónstruos. Tal vez alguno de vosotros no lo vea así, pero no soy capaz de verlo de otro modo, es mi forma de definirlo.
Es una novela sorprendente, obsesiva, violenta incluso, con un gran poder para electrizarnos delante de sus páginas. Es claustrofóbico, sí, pero de esa curiosa forma casi morbosa que nos lleva a continuar leyendo sin coger aire hasta sentir que nos ahogamos. Vemos a Jim y, si conocemos la historia, imaginamos a su autor siendo adolescente, momento en que la escribió, vomitando un suceso que jamás debió ocurrir hasta hacer con él una ficción magnífica. Tengo que decir que hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a un personaje como este padre, tan complejo y perfecto en todos sus defectos que hacen que lo acompañemos en este tortuoso camino junto a su hijo, que lo acompaña guiado por lo que sólo era un pretexto, cosa que nos olemos pronto mientras esperamos que el hijo se de cuenta, o que todo explote. Porque sabemos que en esta isla, lo único inofensivo es la naturaleza.
Una de mis lecturas más impactantes de los últimos meses, aunque corréis el peligro de que os pase como a mí y os sacuda la idea de una sociedad vista por un adulto incapaz.
Gracias
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