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jueves, 20 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad. Ray Bradbury




     Parece que todo el mundo habla ya de la Navidad, y no, no voy a ser tan original como para no hacerme eco de estas fiestas (aunque por un momento dudé si traer algún libro sobre mayas, como una trilogía bastante conocida, debido a que se acabará el mundo en unas horas). Al final, apuesto por las fechas, las sonrisas, las comidas familiares y lo bueno y malo que todo esto implica. Hoy comparto un cuento con vosotros,Cuento de Navidad, por Ray Bradbury.

Cuento de Navidad.

     El día siguiente sería Navidad y, mientras los res se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
     - ¿Qué haremos?
     -Nada, ¿qué podemos hacer?
     -¡Al niño del hacía tanta ilusión el árbol!
     La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
     - Ya se me ocurrirá algo- dijo el padre.
     -¿Qué...? -preguntó el niño.
     El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó  y dijo:
     - Quiero mirar por el ojo de buey.
     - Todavía no -dijo el padre-. Más tarde
     -Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
     - Espera un poco -dijo el padre.
     El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
     - Hijo mío -dijo  -dentro de media hora será Navidad.
     La madre lo miró consternada, había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
     - Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo?. ¿ Tendré un árbol? Me lo prometiste.
     - Sí, sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.
     -Pero... -empezó a decir la madre.
     -Sí -dijo el padre-.Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón un momento. Vuelvo pronto-
     Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
     - Ya es casi la hora-
     - ¿Puedo tener un reloj?- preguntó el niño.
     Le dieron el reloj y el niño lo sostuvo entre los dedos; un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
     - ¡Navidad!, ¡Ya es  Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
     - Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
     salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
     - No entiendo
     -Ya lo entenderás- dijo el padre-. Hemos llegado
     Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces, y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.
     - Entra, dijo
     - Está oscuro
     - No tenas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá
     Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
     - Feliz Navidad-  dijo el padre
     Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

     Hoy, amigos, dejo a uno de los grandes hablar de su Navidad, una fecha en la que lo niños sueñan sin importar donde se encuentren, sin que importen tampoco los regalos olvidados. Sólo esa ventana que invita a soñar son millones de estrellas. Cada uno elige cual es su ventana de los sueños. Por mi parte, os deseo que vuestros sueños se conviertan en realidad.
     Y vuestro deseo de Navidad, ¿lo compartís?
 
     Gracias

martes, 20 de noviembre de 2012

Cuento de Navidad. Charles Dickens




     "¡Oh! Pero Scrooge era atrozmente tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso, incorregible, duro y esquinado como el pedernal, pero del cual ningún eslabón había arrancado nunca una chispa generosa; secreto y retraído y solitario como una ostra. El frío de su interior le helaba las viejas facciones, le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba astutamente y con voz áspera. Fría escarcha cubría su cabeza y sus cejas y su barba de alambre. Siempre llevaba consigo su temperatura bajo cero; helaba su despacho en los días caniculares y no lo templaba ni un grado en Navidad."

    Dicen los centros comerciales que ya es Navidad. Hay lotería para estas fechas desde hace meses y empezamos a ver roscones y turrones, así como juguetes en todas las tiendas. El otro día entré en unos grandes almacenes y me sorprendí al escuchar villancicos por el hilo musical. Y no soy una especial entusiasta de dichas fiestas, lo que me lleva irremediablemente a sonreirme recordando al protagonista del libro que traigo hoy. Tras el villancico decidí que me apetecía comer un Roscón de Reyes. Ahora, en noviembre mejor que durante las fiestas, me sabe mejor. Y volví a recordar al mismo personaje... así que no me quedó más remedio que echar un ojo nuevamente al libro que traigo hoy a mi estantería virtual. Estaba segura de que, al igual que el dulce típico, lo iba a disfrutar más en estas fechas que cuando ya estuviera saturada de las fiestas. Por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Cuento de Navidad.

     Conocemos a Ebenezar Scrooge, un anciano miserable, un avaro que no es capaz de ablandar su espíritu ni siquiera en Navidad. Un año es visitado por el espectro de su antiguo socio, fallecido, que le advierte del rumbo de su vida. Le visitarán tres espectros representando el pasado, presente y futuro en un intento de remover su conciencia para que cambie su mezquina condición.

     Scrooge es uno de los personajes más famosos de Dickens. Es el avaro de libro, el malo que todos tenemos en la mente cuando alguien se queja de la codicia y falta de escrúpulos ajenos. Y justo así aparece en este libro para que el lector empiece desde las primera páginas a marcar los defectos del protagonista. En apenas unas pocas palabras ya tenemos clasificado a este hombre de boca del autor y sentimiento propio por lo que se nos representa. Y así asistimos a la depuración de los sentimientos de Scrooge, a su proceso de cambio que no es otra cosa que un intento de que nos miremos a nosotros mismos buscando un poco de generosidad hacia los demás.

     Este cuento para niños y mayores, escrito hace más de un siglo, tuvo la intención de remover conciencias. Y lo consiguió de forma efectiva llevando a su protagonista hasta el extremo, casi caricaturesco de "lo que hay que corregir". Adaptado una y mil veces a la gran y pequeña pantalla, a los teatros escolares, cómics, dibujos animados... sigue haciendo las delicias de niños y mayores con su mensaje de generosidad y espíritu navideño. Y lo hace a través de una historia empañada de tristeza que busca un final feliz entre apariciones y momentos no exentos de comicidad. Porque sí, también nos hace reír con frases chispeantes. Es el encanto de Dickens, ese al que todos hemos sucumbido en alguna ocasión y el que hace que busque con cierta periodicidad un título suyo, leído o no. Encontramos además rasgos comunes, una cierta crítica a las injusticias que lo rodeaban y que en este caso se refleja en la búsqueda de la mejor calidad de vida para un niño. Para todos en realidad en una época en la que los niños pobres bien podían ser obreros o mendigos. Un mundo en el que el autor veía diferencias sociales que consideraba injustas y que se encargó de señalarnos en más de un título.

     Esta vez, antes de tiempo, os traigo un relato largo o novela corta que se hace llamar cuento. Porque la Navidad es un periodo de celebración en el que todo es posible. Y si no que se lo digan al pobre Scrooge.

     En mi caso, tengo que decir que no me siento en Navidad hasta que no veo Que bello es vivir y como el primer trozo de Roscón de Reyes. Y lo segundo ya lo hice. Y vosotros, ¿tenéis algún tipo de costumbre, por pequeña que sea, que se repita en estas fiestas?

     Gracias

PD. Me cae bien Scrooge.