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lunes, 12 de noviembre de 2018
La ira. Zygmunt Mitoszewski
"Imaginaos a un niño que tuviera que esconderse de aquellos a quienes ama. Hace lo mismo que otros niños. Construye torres con piezas, entrechoca sus cochecitos, finge conversaciones entre los peluches y dibuja casas con soles sonrientes sobre ellas. Un niño es un niño. Pero el miedo hace que todo parezca diferente. Las torres nunca se derrumban. Los siniestros de tráfico son incidentes más que accidentes. Los peluches susurran entre sí. Y el agua del recipiente de las pinturas rápidamente se transforma en un barro color gris sucio. El niño tiene miedo de ir a cambiar el agua y al final todas las pinturas están manchadas de barro. Todas las nuevas casas, los soles sonrientes y los árboles tienen ese mismo color, un desagradable negro azulado.
Aquella tarde, el paisaje de Warmia era de ese color".
Ya he comentado que últimamente una de las colecciones de novela negra y policíaca que más me gustan es la que está desarrollando Alfaguara. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La ira.
Recuperamos al fiscal Szacki en Warnia, una ciudad que no le gusta, fría y gris en la que vive con su nueva novia y su hija. Su vida cotidiana es un intento de capear la permanente amenaza de tormenta entre ambas y en lo profesional poco o nada ha cambiado, ni en su aspecto rígido, ni en sus convicciones personales. Szacki echa de menos un poco de acción y el destino no tarda en ponerle delante un montón de huesos: lo que debería de ser algo rutinario se convierte en una interesante investigación buscando datos sobre los huesos y también sobre quién los puso en el lugar que se hallaron. Y su trabajo no acaba ahí, una mujer acude a su despacho para acusar al marido de intimidarla, aunque sin usar violencia de ningún tipo. Algo pasa en Warnia y Szacki será el encargado de descubrirlo.
La ira es la tercera y, hasta donde se puede saber, última entrega protagonizada por Szacki, un personaje irascible, casi huraño y un tanto estirado al que el lector termina comprendiendo, casi solidarizándose con él. Sin embargo, hay que decir que no es imprescindible haber leído las anteriores entregas para disfrutar de esta, ya que solo nos perderíamos una mínima parte de su vida personal.
Mitosewski nos plantea dos casos interesantes con elementos que descolocan al lector, intrigándole para seguir leyendo. En primer lugar los huesos encontrados con pinta de ser antiguos resultan ser mucho más recientes de lo esperado y no solo eso, sino que cuando comienzan a identificar a la víctima se topan con reacciones curiosas en su entorno más cercano. El segundo caso, al que se refiere como el de la calle Równa, es mucho más actual ya que nos habla de matrimonios y violencia de género en la forma que sea, de hecho, en esta novela se hace mucho hincapié en este tipo de violencia dentro del entorno familiar, ya sea física, psicológica o simple miedo y en cómo afectan este tipo de relaciones a los hijos de las parejas. Incluso si ellos parecen quedar al margen nunca lo están y Mitoszewski realiza una denuncia y radiografía muy acertada de esta terrible realidad aprovechando su novela.
La investigación se va encauzando poco a poco y en ella descubrimos a algún viejo conocido que se mezcla con entradas de lo más ocurrentes, como el señor Frankenstein, con quien he de reconocer que me he reído un rato. Y es que esta es una de las características de la pluma del autor: el sentido del humor. Su protagonista no es políticamente correcto, ni siquiera amable, y parece dotado para decir lo que no debe con un carácter borde y seco que llega a resultar cómico para el lector. De este modo, lejos de caer antipático uno termina adoptándolo casi como a un vecino gruñón. Y eso que, en esta novela, el autor ha decidido no ponérselo fácil, como descubrimos en el avance que nos da el primer capítulo.
Los personajes quedan perfectamente perfilados. Me ha gustado especialmente la hija, Helas, y la particular relación que mantiene con su padre y con el mundo, muy propia de la adolescencia, así como las magníficas descripciones de Warnia que van más allá de lo físico a lo cotidiano, que es la forma en que realmente se dimensionan las ciudades para que salten del papel.
Parece un libro redondo, pero no lo es porque la trama cojea. Ya he comentado algunas veces que hay escritores que buscan enrevesarse tanto que acaban perdiendo al lector y también se pierden ellos mismos dejando cabos sueltos que afean la novela. Bien, eso es lo que ha pasado en esta historia, lo que empezaba bien parecía ir perdiendo su cauce para terminar en un final que ha conseguido que la palabra decepcionante flote en el ambiente. Una lástima, le tenía muchas esperanzas.
Con todo La ira es una novela entretenida, y eso ya es mucho teniendo en cuenta mis últimas lecturas. ¿Lo mejor? el uso del género para realizar una denuncia social tanto de la violencia en el entorno familiar, como en las reacciones por parte de las administraciones públicas y también en el entorno co un pequeño tirón de orejas hacia aquellos que intuyen pero no hacen nada.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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martes, 5 de abril de 2016
La mitad de la verdad. Zygmunt Miloszewski
"Los judíos celebran solemnemente el séptimo día de las fiestas de la Pésaj y recuerdan el paso a través del Mar Rojo, mientras que para los cristianos es el cuarto día de la Octava de Pascua. Para los polacos este es el segundo de los tres días de luto nacional decretados tras el incendio de un albergue social en Kamie´n Pomorski, en el que fallecieron veintitrés personas."
Lo cierto es que en cuanto vi que se publicaba este libro, ni me lo pensé. Es el segundo volumen de una trilogía que comenzó hace meses con El caso Telak y que tenía ganas de avanzar. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La mitad de la verdad.
Seguimos conociendo a Szacki, fiscal investigador de homicidios que ahora se ha trasladado a una pequeña ciudad de provincias llamada Sandomierz. Ahí, un lugar aparentemente aburrido con poco que hacer, aparece el cuerpo desnudo y sin vida de una mujer. Todo parece indicar que el homicidio ha seguido un ritual judío para sacrificios animales, lo que provoca un brote de resentimientos no tan enterrados en esta pequeña comunidad. Además, el cuerpo de la mujer no es el único en aparecer y Szacki ve como se complica su vida.
Szacki me gusta, ya lo comenté en la reseña de la primera entrega. No es particularmente simpático y no le gustan los perros, pero me lo paso bien. Y tras el sorprendente caso Telak, tenía ganas de ver por dónde despuntaba el autor en la segunda entrega. Esta vez nos deja en una ciudad pequeña, lo que aprovecha para que veamos las diferencias entre ambos libros: de la capital aquí, a los vecinos que se conocen, a resentimientos y envidias... y refleja perfectamente lo que es vivir en estas sociedades. En cuanto al caso que presenta, es muy interesante no ya por la resolución en sí o por el cura que es por momentos bastante divertido, sino por el trasfondo que despliega de antisemitismo latente aún en la sociedad actual. Y es que el autor representa de una forma estupenda la sociedad polaca, que pese a no ser un lugar lejano y exótico, me era totalmente desconocida. No sólo el tema antisemita, sino también el momento actual.
Los personajes son fantásticos y Szacki sigue siendo, cuanto menos, peculiar, de esos a los que amas u odias y que admite pocas medias tintas; aunque reconozco que me ha resultado un poquito menos fresco que en la primera entrega. El autor lo sabe rodear de buenos secundarios y de una trama solvente, convirtiendo esta novela en una muy buena opción de lectura.
El ritmo es engañoso, uno comienza con la sensación de que no está sucediendo nada, cuando en realidad es un no parar hasta llegar a un final en el que cuesta hacer una pausa en la lectura hasta tenerlo todo atado y bien atado. El autor en este caso busca sorprender, ya vamos viendo el camino que toma en el último cuarto del libro, que desemboca en un final satisfactorio que deja con ganas de que se publique la tercera parte de esta trilogía y con la curiosidad de saber por dónde va a salirnos esta vez Milosewski.
Me ha gustado, me he divertido y me he reído, porque el humor negro negrísimo está presente durante la narración y, pese a lo narrado, hay momentos en los que me ha sido imposible reprimir la risa. El autor ha sabido dotar a esta segunda entrega de carácter propio y diferencias suficientes con el primero como para poderlo desligar, pero si me lo permitís, os recomiendo ambos. Y empezad por el primero.
Me gusta descubrir nuevos lugares en mis lecturas. A veces exóticos y otras simplemente desconocidos, como es el caso de Polonía. En este caso, por ejemplo, busqué la ciudad en la que se desarrollaba y me topé con un entorno precioso.
Y vosotros, ¿también aprovecháis las lecturas como guía de viaje?
Gracias.
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