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sábado, 8 de octubre de 2016
Réquiem por un lector
Tengo una amiga que va al gimnasio, se ha apuntado a un curso de paddle, que es eso de la raqueta tapada, una vez por semana: 45 euros. Yo, en cambio, voy a la librería; casi siempre a la misma, que me pilla bastante lejos de mi casa. Y como voy y vengo andando y normalmente cargada, pues podemos decir que cada una hace ejercicio a su manera.
Todo en esta vida es cuestión de decidir y yo mis 45 euros me los gasto en un par de libros al mes que, además, procuro comprar días distintos. Bueno, si soy sincera me compro más de dos libros al mes, pero ahora hay 45 euros que no me producen cargo de conciencia porque son para ponerme en forma. Pero por no hacer números y asustarme, pongamos que me gasto esos 45 euros al mes en libros, que por cierto dan cada vez para menos.
Mi amiga del gimnasio, tiene ahora una tarifa plana, y la taquilla es gratis y todas esas cosas que a uno le ponen para que se sienta cómodo y cuidado y siga siendo cliente. Y yo tengo.. . tengo libros.
Y siendo sincera también quiero que me cuiden. Porque si me paro a pensar en la subida de precios de los libros, que ya sé que si me remonto a pesetas hace un montón de años, valen justo el doble. Es más, no entiendo que hablaran de burbuja inmobiliaria pero no de la del papel.
Y llega la crisis y los pisos bajan, que no los libros porque, tal y como nos recuerdan, su iva ya es reducido, y la ley, y el 5%, y el % que va para cada lado, que ojo, soy consciente de que aquí millonarios ninguno y el que menos el autor, y tampoco pretendo incitar a la piratería, espero que nadie me malinterprete tampoco. Pero yo, como lector, quiero que me cuiden. Y ahora veo papel de menos gramaje, pegamento, cuadernos que se sueltan y libros que muchas veces, soportan una lectura con poca dignidad. O libros que no son lo que prometen, con márgenes amplios y un espacio entre letras por el que podría perderse un Pulgarcito cualquiera. Porque ahora ya no hablo de gustos, ni de si tal o cual línea es mejor o peor, hablo de cuidar al lector. Al que va a la librería por el simple placer de disfrutar entre las mesas buscando una nueva lectura y llega a casa caminando despacio disfrutando de ese placer anticipado a la lectura del título que atesora en la bolsa. Ese lector, que soy yo y supongo que muchos de nosotros, colecciona marcapáginas, y busca ediciones bonitas para poder hacer del libro un objeto que expone en estantes o, ahora con las redes sociales, en fotografías con café y dónuts en Instagram. Y a ese lector, es al que no se puede fallar. Porque somos románticos y olemos historias donde otros sólo perciben papel y cola, pero también abrimos los ojos y nos damos cuenta de que, de un tiempo a esta parte, hay decepciones. Somos esa especie extraña más que rara que, si un libro tiene una página al revés, no lo devolvemos, lo conservamos con la ilusión de quien ha encontrado algo extraordinario como un trébol de cuatro hojas o una margarita de color azul. No nos gusta doblar una página, no marcamos las esquinas porque no queremos ver deteriorado nuestro libro, y luego otros se nos caen de las manos. Y a mi, aunque esto sea casi más una pataleta tras una última decepción, me da mucha pena que esto suceda. Porque me gustan los libros, me gusta tocarlos, olerlos, me gusta que pesen y se me caigan encima cuando leo en la cama (bueno, eso no tanto), me gusta comprar un bolso en función de su capacidad sabiendo que llevaré dentro un libro en cada paseo, y me gusta ir a la librería y hablar enseñar lo que traigo y reír y llorar con las historias que en ellos se cuentan. Me gusta, en definitiva, leer.
Y hoy... hoy quiero que me cuiden. Solo un poquito.
Hoy no pregunto, el tema es peliagudo y la opinión libre. Comentad.
Gracias.
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sábado, 5 de marzo de 2016
¿Cómo lees?
"Descubrí que un hombre puede necesitar 400 para decirle a una mujer que la quiere. 400 páginas antes del primer beso, 300 antes de una caricia, 200 antes de atreverse a mirarla, 100 para declararle su amor. En una época en la que se envían SMS cuando se quiere follar, todo eso me pareció prodigioso, vertiginoso, loco, desmesurado, extravagante, insensato, grandioso... Así es como aprendía palabras limpiando. Por lo menos eso..."
Mi padre es mujer de la limpieza
Saphia Azzedine
Y tú, ¿cómo lees?
Esa es posiblemente una de las preguntas que más veces he visto escritas en artículos y opiniones, Y te aparecen interpretaciones de todo tipo sobre si leen tumbados o sentados, en casa o en el metro, en vacaciones, caminando... pero esta vez no se trata de eso, no. Hoy voy a hablar de cómo leemos o, al menos, de cómo leo yo.
Cuenta la mayor parte de la gente que cuando ve una película basada en un libro, el personaje tal o cual se parece más o menos a aquél que había imaginado. Los escritores, por ejemplo, lo tienen más complicado, ya que ha de ser prácticamente imposible encontrar a un actor que sea exactamente igual que a quien ellos crearon del borde de su pluma (o de la tecla de su pc). En el caso de los lectores, me llama la atención cuando cuentan que pasean por calles y entran en casas, que asisten a bodas o son testigos de grandes eventos, algunos incluso de asesinatos y les parece salir con las manos manchadas de sangre. Supongo que es cuestión de imaginación, y una servidora, cuando cierra los ojos, lo ve todo negro. Como comprenderéis es complicado llegar así a algún lugar que no sea un golpe contra la pared que tenga justo delante.
Cuando leo, cuando cojo un libro y lo abro, me dedico justamente a eso, a leer. Y a medida que me envuelven las letras, que las palabras se van convirtiendo en sonidos, paso de leer a escuchar. Porque los libros para mi son historias susurradas al oído, palabras que se articulan junto a mi oído y, si tengo suerte, el leve aliento del autor o narrador consiguiendo erizarme el vello de la nuca. No hay nada comparable al placer de estar sentada y escuchar una voz suave contarte una historia, trasladarte a ese momento en que tu madre te contaba un cuento y te adormecías mecido en su voz. Quizás por eso me gusta leer en silencio. Para que nada enturbie la voz que me habla, el susurro acompasado que se acelera o relaja en función de lo que me está contando, la tensión palpable del narrador infinito que cambia cada vez para seguir siendo el mismo. La misma persona capaz de acariciarme con sus palabras como jamás hubiera podido hacerlo una imagen. Ya sé que es muy habitual esa frase hecha que dice que una imagen vale más que mil palabras, pero no puedo contener la réplica directa que pregunta al maldito inventor del dicho, qué imagen sería capaz de sustituir a la palabra que lleva por número el mil uno. Esa... esa es insustituible. Y esa es justo la palabra perfecta, la que no olvidamos, la que nos hace pegar el salto al vacío dibujado por mil y una palabras más que va a conseguir trasladarme al mundo inventado por otro y que va a provocar un eco en el fondo de mi mente que no apagará el tiempo.
Soy, lo confieso, una persona despistada. No recuerdo las caras, ni las calles, incluso olvido fechas que sé que no debiera olvidar nunca. Pero siempre recuerdo las palabras. Soy capaz de no pestañear y recodar el momento exacto en que conocí a Stoner al comienzo del libro, o decir dónde estaba cuando me susurraban el párrafo con el que hoy comienzo. Tal vez pertenezco a uno de los pocos románticos que quedan y que se niegan a restar importancia a lo dicho agarrándose a otro de esas frases terribles que afirma que las palabras se las lleva el viento. No, el viento se lleva las hojas de los árboles y los mechones de pelo despeinados, nos abre las chaquetas, nos dobla los paraguas... pero no se lleva las palabras dichas con el corazón, o las que nos han llegado a él. Tampoco creo del todo que los libros estén formados por fragmentos de sus autores, al contrario. Creo que los libros que nos llegan lo hacen por abrirse en el momento adecuado, porque leímos la palabra precisa, la frase correcta que nos hizo sentirnos comprendidos, arropados, emocionados o tal vez sobrecogidos. Y esa, justo esa, es la palabra que escucho sintiendo los labios junto a mi oreja con una voz que ya no se despegará hasta el final de los días. Una voz cambiante, ahora grave o aguda, masculina o femenina, lo mismo da. Porque en el fondo es siempre la misma: la voz que me hace seguir leyendo.
Y vosotros, ¿soís de los que imagináis las escenas de los libros?
Gracias
miércoles, 1 de abril de 2015
Leer en soledad
Si algo tiene la experiencia de leer es que es una experiencia solitaria. No nos engañemos diciendo que conocemos mundos, que viajamos, que hacemos amigos y odiamos villanos. Y tampoco nos enamoramos. Leemos, y lo hacemos en silencio, solos, ajenos al mundo que nos rodea y siendo simple observadores de aquel en el que nos sumergimos. Estamos solos, sí. Es un lugar privado al que accedemos por propia voluntad sin saber el resultado y del que muchas veces, para qué vamos a decir lo contrario, no salemos ilesos.
Porque sucede que hay ocasiones en las que nos cruzamos con la mirada del escritor durante esa fracción de segundo en la que cogemos aire y descubrimos que esa frase leída mil veces, estaba ahí escrita para nosotros.
Dicen, juraría que fue Carlos Castán, que la biografía más sincera de un lector se encuentra en ese estante privado que sólo contiene aquellos libros cogidos con mimo y leídos en silencio, de los que no se habla. Que en ellos, como si fuera un diario, quedan las emociones de quien los leyó en su día y que reflejan sus pasiones y sus desamores, sus temores y sus dudas jamás expresadas. Y todas ellas, las compartió con un desconocido que tal vez se quedaba hasta las dos de la mañana escribiendo mientras buscaba las horas de silencio. O acaso era por las mañanas, con un café a su lado que se iba enfriando mientras daba un paso atrás para contemplar su historia como si de un cuadro se tratara. Él y solo él será el testigo mudo, que no presente, de la frase que nos golpea el pecho recordando un momento pasado o anticipando lo que aún no hemos vivido. Y allí estamos nosotros, delante del libro, en silencio, aislándonos de forma consciente de todo lo que nos rodea y limitando nuestro mundo al lugar en el que estamos sentados. O ni eso, porque al levantar la vista con un dedo entre las páginas, tardamos dos parpadeos en recordar el lugar en el que nos encontramos. Somos como esas personas que, hartas de tanto viaje y tanto hotel, hay días en los que no saben por qué lado de la cama han de levantarse ni dónde se encuentra la ventana de su habitación. Y todo nos es ajeno. Y somos ajenos a todo, porque aún seguimos dentro del libro, y nadie más ha sabido acompañarnos ni tampoco hemos querido compartir el viaje. Son viajes privados, experiencias jamás compartidas en las que, si acaso al recomendar un libro, abrimos la puerta al viaje de otros sabiendo que jamás serán como el nuestro. Y nos decepcionan si no les causa el mismo impacto y más aún si resulta que su experiencia se asemeja demasiado a la nuestra. Como si precisamente por ello, nos hubieran robado un secreto. Son esos libros a los que no acudimos por puro entretenimiento y que olvidamos pasados dos o tres meses, no con estos. Estos permanecen en la memoria y tememos hacer una relectura igual que el hombre enamorado jamás relee una carta de amor enviada diez años antes. Por si acaso ya no es igual, por no estropear el recuerdo, por no cambiarlo y que deje de ser nuestro. Esos son los que nos convierten en verdaderos lectores.
Y ahora, cuando estáis ya pensando que esos libros sólo son capaces de encogernos el alma y hacernos soltar una lágrima, es cuando recuerdo los que me hicieron reír a traición, en el momento más insospechado con cualquier excusa pueril escrita al descuido. Esos que aprietan la tecla justa en un día gris, o que nos pillan cuando vemos el mundo en tonos rosados y comparten con nosotros esas pequeñas alegrías que nos acompañan. esos también existen, quizás menos, ya se sabe que es más difícil conseguir hacer reír que llorar. Por eso tampoco los compartimos. Y jamás se nos ocurre leer en voz alta el pasaje dueño de nuestra risa, porque ya lo hicimos una vez y nadie lo entendió, porque estaba colocado allí justo para nuestros ojos.
La lectura es un acto que se disfruta en soledad. Eso es lo que lo convierte en una pasión para el lector. Porque la belleza, la de verdad, la que importa, siempre ha residido en los ojos que miran. Y los ojos sinceros y las pasiones, no necesitan testigos. Tan solo hacen falta, las páginas de un libro.
Y vosotros, ¿buscáis la soledad para leer?
Gracias y Feliz Semana Santa. Retomamos el lunes.
sábado, 24 de enero de 2015
Leer como reto
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| Imagen: liveinternet.ru |
Canción popular
Muchas veces me habréis leído comentarios en los post que hablan de retos decir que no me apunto porque no sería capaz de disfrutarlos. Hoy, supongamos que sí, que me apunto a unos cuantos y me leo un libro... Tal y como yo lo veo, la cosa sería más o menos así:
Veamos, si me he leído el último libro de Antonio Muñoz Molina, "Como la sombra que se va", eso significa que llevo... 3 libros de autores españoles, uno que comienza por M o por A no tengo claro si va a ser por nombre o por apellido. Mejor por apellido, sí, que luego con los japoneses puedo rellenar las letras difíciles (nota mental: y los autores que tienen una inicial en el apellido.... ¿cuenta esa inicial antes del apellido completo o la del completo?). El libro pesa...y si lo sumo a lo que ya he leído, llevo cuarto y mitad de literatura clase A (me suena a ternera) frente al kilo docientos de carne de best seller (no diré a lo que suena) que tengo que remediar. Más cosas: el libro es blanco; mira que es sencillo leer libros blancos y gracias a San Anagrama del Color Compacto voy a cubrir otros colores. La temática... este lo encajo en drama, sí... o en no ficción ficcionada (¿eso existe? porque si no existe siempre puedo inventarme yo ese reto). Habla de Lisboa... ciudades... no me suena, ¿capitales tal vez? no, no, ¡países! Tengo seguro anotado uno que es de países... y otro que es número de palabras leídas. La verdad, a ese me apunté porque me pareció gracioso, pero tiene muy poca gracia cuando llevas contadas 12317 palabras y aún no has llegado ni a la tercera parte del libro. Porque no sé si lo sabéis, pero los libros en papel no traen un cuenta palabras... muy mal, por cierto. Lo puedo encajar en novedades, porque hace menos de seis meses que se vende y también lo puedo colocar en.... en.... tengo que poder colocarlo en otro sitios. Voy a mirar otra vez la lista de retos...
Ah, sí, tengo uno que dice que si el libro es terrible tengo que poner un ladrillo, para ver lo alto que sube el muro. Y, la verdad, cuando los señores de la obra de al lado de casa ya saben mi nombre, creo que debo de empezar a elegir mejor los títulos... o a robar ladrillos en otra parte. Aunque visto el lado bueno, si hay un ataque de zombis, al paso que voy puedo tener tapiadas un par de ventanas (nota mental: leer menos libros de zombis). También tengo que apuntar dos palabras de cada libro cuyo significado desconociera cuando empecé a leerlos para hacerme un diccionario propio. Tiene narices, de verdad, no sé quién me mandaría apuntarme a ese reto si todo el mundo sabe que cuando uno no conoce una palabra por el contexto la adivina (vamos, que no nos damos ni cuenta muchas veces). Y el último que tengo es No hay libro sin reseña... bueno... este luego lo completo, cuando termine de poner crucecitas en los retos y lo tenga colocado me siento y la hago. O no, porque al paso que tardo no me va a dar tiempo a terminar ninguno. Ahora que lo digo... ¿todavía no he terminado ninguno? Pero si ya estamos terminando enero y me he apuntado a doce retos doce caus... ah, no, sólo doce retos, lo de las doce causas es nosequé de la tele. Pero aún así, si me he apuntado a doce retos eso viene a ser uno al mes. ¿Y está terminando enero y aún no finalicé ninguno? No puede ser, no me va a dar tiempo. Venga, otro libro... o mejor no, mejor repaso los anteriores que seguro que puedo encajarlos en alguna cosa más... o no, no, otro libro... ¡otra cruz! Porque llega febrero y no me da tiempo, ni sé la temática que toca: ah, sí, toca LOCURA.
Antes de terminar quiero decir que lo que expreso en este post no es más que un producto de lo que me sucedería a mi. He sacado un poco de sentido del humor y he decidido buscar la sonrisa sin ofender a nadie. Ahora ya sabéis por qué jamás me apunto a retos. Sé que me impediría disfrutar de ese maravilloso momento de relax que supone para mi abrir un libro.Y precisamente por eso, admiro a quienes son capaces de llevar un registro ordenado de ellos, anotar los libros, y además difrutarlos. No sólo eso, sino que encima muchos son capaces de terminar esos retos. De verdad, me quito el sombrero. También sé que a muchos os ayuda a organizaros, a quitar libros pendientes, a leer un poquito más... personalmente a mi me sirven para apuntarme libros que os veo leyendo y me gustan. Y ya cuando os metéis en un mes temático, como el tema sea afín a mis gustos estoy perdida, porque sois capaces de alargar mis listas de libros por leer en apenas unos días, hasta cotas insospechadas.
Leer es disfrutar, cada uno a su modo. Yo voy saltando y cuando veo algo que me gusta no hay lista que lo pare. Decido por momentos, por situaciones, por impulsos y eso no hay orden que lo domine. Y vosotros, ¿sois fieles al orden de vuestros planes de lectura (si es que tenéis)?
Gracias
sábado, 30 de noviembre de 2013
Releer
"Releer lo que me había ahuyentado una primera vez, releer sin saltarme un párrafo, releer desde otro ángulo, releer por comprobación, sí... nos concedemos todos esos derechos.
Pero sobre todo releemos gratuitamente, por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la comprobación de la intimidad".
Como una novela
Daniel Pennac
Nunca he comprendido a la gente que se aburre delante de un libro. Claro, asumo que hay otros que no me comprenden a mi, que no veo la televisión por ese mismo motivo. Pero me he dado cuenta de un fenómeno curioso. La gente es capaz de ver una película dos, tres, cinco veces... pero cuando digo que he leído tal o cual libro dos veces, se giran para mirarme como si estuviera contando mi último viaje a marte.
Uno de los derechos del lector, como dice Pennac, es volver a encontrarse con las palabras que le hicieron sentir un día. Cuando un libro me apasiona no lo leo, lo devoro, me dura un rato, apenas una tarde en la que no respiro por escuchar mejor su voz y por eso pasado un tiempo me gusta regresar a su historia. Tengo la sensación de hacerlo de una forma mas pausada, deteniéndome entre las líneas para recoger todo lo que el autor quería decirme. Porque si lo estoy releyendo es porque ese libro me dice algo a mi. De hecho los lectores tenemos una "vena" egocéntrica que hace que pensemos que hay libros que nos hablan directamente, a nosotros de forma individual de entre los cientos, miles de personas que se han acercado a esa misma cubierta. Y somos capaces de hacer esa afirmación sin pudor alguno.
Hubo un tiempo en el que decía eso de "las vida es limitada y las lecturas parecen no serlo, ¿por qué entonces repetir pudiendo descubrir otra historia?" Hasta que me encontré con un libro ya leído en las manos, y disfruté de sus palabras. Me reencontré con los hombres de gris de Momo que recordaba de mi infancia y los disfruté desde otra perspectiva. Me descubrí releyendo poemas hasta casi memorizarlo y también novela, sí. Haciendo mías frases sueltas, usando ejemplos prestados, ideas adquiridas, miradas nuevas. Repitiendo lecturas.
He descubierto que cuando somos niños si que somos capaces de releer los libros de Julio Verne, los cómics de Asterix, Las aventuras de los cinco... en esa época es algo mucho más frecuente. A medida que vamos cumpliendo años perdemos ese pequeño placer que se encuentra en saber lo que va a suceder, anticiparse a la frase, al verbo, a la palabra. O tal vez no.
Personalmente me gusta volver a pasar por determinadas lecturas, ya sea completas o capítulos sueltos. Es uno de esos placeres que hago sin prisa, sin listas, disfrutando letra a letra.
Y vosotros, ¿practicáis la relectura?
Gracias
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