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sábado, 2 de mayo de 2020
Crónica
Durante estas semanas he optado por parar el blog, pese a que tuve algún momento errático en el que incluí alguna entrada porque me resulta imposible estar sin leer. Sin embargo, entendía que de poco sirve recomendar un libro cuando todas las librerías estaban cerradas. Ya sé que uno podía pedir un libro, pero a mi no me terminaba de convencer eso de hacer salir a una persona mientras yo me quedaba en mi casa por precaución. Con el tiempo he visto que ese miedo a poner en riesgo a nadie se ha ido perdiendo y que repartidores y palomas eran los habitantes más comunes de las ciudades. Así que me atrincheré en mi casa tras hacer una compra como para alimentar a todo marte, recogí mis libros pendientes y los que quise comprar el día A, y me dispuse a pasar dos semanas que se han convertido en cuarenta y tantos días.
En este tiempo en el que las noticias culturales pasaban muchos días por una sección similar a las necrológicas he podido ver que mucha gente se rasgaba la camisa pidiendo que el libro, ese alimento para el alma tan importante, fuera considerado tan necesario como el pan. Queda muy bonito marcarnos como un país intelectual lleno de lectores. Es más, hubo unos días en los que no había videoconferencia sin librería al fondo. Yo me imaginaba esa casa en la que vivían dos o tres personas, con móvil todos ellos, esperando turno para colocarse ante la librería igual que hace unos años se esperaba ante el único teléfono fijo del domicilio. Pero sigamos con los libros... La gente parecía necesitar leer en las redes, en twitter lo reclamaban (curiosamente, tres mensajes después, o tal vez antes lo mismo da, algunas de estas personas se lamentaban de no poder concentrarse para leer mientras recomendaban tal o cual serie de alguna plataforma) hasta que los libreros empezaron a explicar que no tenían muchas ganas de exponerse a un contagio y que tampoco tenía mucha lógica abrir cuando la población estaba confinada. Los libros, en fin, esos polémicos objetos. La trama avanza, como tiene que ser, y los lectores reclaman ambas cosas. Ahora queremos que el libro sea el pan del alma pero también queremos cuidar a nuestros libreros y vamos todos a apoyar a las librerías cuando salgamos (que algún librero me diga el apoyo de junio, cuando pase el mes) y así fue como pasamos de querer llenar las redes de cultura para ponerlas bonitas a organizar un apagón cultural para que se fastidien. Véase aquí que efectivamente leer aporta madurez y sensatez. Las editoriales, que también existen, comenzaron con iniciativas culturales que iban de abaratar libros o incluso ponerlos gratis en su versión digital, cosa que algunos vieron como regalar (genios ellos ya que era gratis) o bajar el valor de algo tan importante, hasta donar una parte del precio a la librería en la que lo hubieras comprado. Iniciativas a montones y cada una con sus quejas, porque si la grande puede y yo no, que si ponen esto de este modo porque se aprovechan de, que si el niño no me come y que si la abuela fuma. El culebrón nos tenía en un sin vivir. Los críticos no criticaban y las páginas culturales se llenaban de planes para el confinamiento que, a su vez, contenían museos y obras de teatro clásico y películas de cine europeo porque todas estas cosas son, como bien sabemos, el top del entretenimiento. ¿Y qué pasa con los escritores, dónde están? Pues en casa, claro. Ya lo vimos a medida que empezaron los directos (yo he llegado a pensar que los directos de instagram eran como la réplica de un terremoto pero aplicado a la pandemia) en los que nos hablaban de sus libro, nos recomendaban otros y nos daban su opinión sobre la pandemia. Ahí hubo una segunda división: ahora escribo porque cuando lo hago es como estar confinado y Dios mío, quién puede escribir así. También dieron su opinión sobre el tema porque escribir parece que faculta para dar opiniones con más sentido, como también lo hace, por ejemplo, ser un famoso futbolista. Lo que nadie les preguntaba era qué iba a pasar con sus novelas paradas, sus ingresos detenidos y su situación sin fecha a la vista. Y si se preguntaba era de esa forma en la que incluyo que tengo ganas de leerte, no con interés por el bienestar. Una pena, podría uno pensar, pero uno resulta que es lector.
Y, entre todas estas cosas, el lector también ha sido olvidado y su disponibilidad económica ya no contemos. ¡Ayudemos a este, al otro y al de la moto! ¡Venga, compremos libros que son el pan del alma! Y oye, que sí que vale, pero que habrá que comprar pan. Del de siempre, digo.
Y ahora, ¿qué nos queda ahora? Pues ahora parece que todo el engranaje literario se ha puesto en marcha, ya hay fechas y catálogos nuevos. Ahora toca que los que querían librerías abiertas cumplan y que quienes hablaban de buenos libros los publiquen. Porque la mejor manera de atraer a un lector, es con un buen título, y es más fácil matar a un alma lectora por intoxicación que por inanición. Y respecto a esto.... ya hablaremos.
Gracias.
PD: Aunque nadie me pague, esta no crónica seguirá no vayan a pensar nuestros queridos recomendadores, por ejemplo, que su silencio ha provocado que nos olvidemos de ellos.
sábado, 6 de julio de 2019
Nuevas ediciones, reimpresiones y otras milongas
Dicen los entendidos que las diferencias entre reediciones y nuevas ediciones radica en que las segundas han de tener diferencias con las primeras. Eso no significa que deban de tener, por ejemplo, una nueva traducción o corrección, un cambio en el diseño de la cubierta es suficiente para que el libro salga con un ISBN nuevecito y un precio también de novela a estrenar. El caso es que llevamos años viendo este fenómeno y coexistiendo con él sin que nos suponga mayor problema: las ediciones de bolsillo. Antes, cuando todo esto de la literatura llevaba un orden mucho más preciso, uno sabía que pasado un año llegaba la edición de bolsillo mucho más económica y, sí, menos bonita. Ahora parece que depende del libro llegan antes las ediciones conmemorativas, mucho más caras, que las ediciones en formato pequeño. Pero eso es otro tema.
Las reimpresiones en cambio no son más que nuevas impresiones de un libro ya existente en el que no se introduce ningún cambio. Esto supone que uno se pregunte por las tiradas que tienen las primeras, segundas o quintas ediciones de un libro. Y es que suponemos que aquí al hablar de "ediciones" se refieren a la venta del número inicial de libros que salieron al mercado, si bien en la realidad no es así ya que la primera tirada suele ser de una naturaleza superior a la del resto que puedan seguirla. Eso no significa que sigan bajando el número de libros impresos a medida que se reimprimen, pero sí que entre la primera y la segunda hay una diferencia.
Hecha esta diferencia y viendo que Disney está haciendo remakes de sus películas de animación ¡ahora con actores de carne y hueso!, no puedo hacer otra cosa que fijarme en las mesas de las librerías. Y es que, de un tiempo a esta parte, las reediciones de libros ya publicados se codean en espacio y precio con el de las novedades. La cosa empezó, o yo me empecé a fijar, cuando hablaron de fondos. Esos libros imprescindibles que todo el mundo debería de tener o al menos intentar descubrir y que con una precisión que iba entre el golpe de reloj y el de talonario aparecían con cubiertas regias en las librerías. A nadie se le ocurría, claro, mirar el nombre del traductor y el año de su primera impresión, entre otras cosas porque suele aparecer en esa letra pequeña de las páginas que se sitúan antes del texto que forma la novela y en las que rara vez reparamos. No tardamos en pasar a los clásicos, algunos ya libres de derechos, que volvieron a ocupar un espacio reivindicando la necesidad de ser leídos (al mismo precio de novedad y sin especificar muchas veces si habían sido, o no, corregidos y actualizados). Ahora la cosa se pone mucho más divertida y las mesas de las librerías empiezan a recordarme a aquel juego llamado buscaminas que traían todos los ordenadores. Ya sea porque estrenan una película basada en el libro, porque Netflix o HBO o la plataforma que corresponda ha decidido fijarse en el título o porque el autor ha ganado un premio/fallecido/se ha cambiado el corte de pelo, el caso es que es cada vez más difícil saber si nos están colocando a precio de novedad un título que ya existía a precio de novedad.
Los libros que ya tienen un tiempo desaparecen de las mesas y las librerías, se saldan y se ponen de oferta, es lo suyo, pero si nadie nos explica que tal o cual novela fue publicada en 2003 o en los años 90, el lector queda ciego ante la posibilidad de adquirir el mismo título, y tal vez otro par, por el mismo precio que va a pagar por esa cubierta negra con la chica que a todos nos suena de ver los carteles de la serie.
No voy a entrar, porque lo creo innecesario por obvio, en el hecho de que una editorial que posee los derechos de una obra tiene derecho a publicarla cuantas veces quiera siempre y cuando salde cuentas con cada proveedor empezando, claro está por el propio autor del libro. Y tampoco lo haré en el hecho de que sale más barato reeditar que buscar, valorar y arriesgarse con un libro nuevo. Ambas cosas ya las conocemos de sobra todos nosotros. Pero sí que soy lectora y considero del todo necesario guardar la confianza de los lectores a la hora de comprar un libro. Yo me arriesgo más o menos con cada título y deposito una cierta confianza en el sello que edita y en el escritor que firma. Una confianza que se ve minada cuando abro el ejemplar y descubro esa frase que dice: "Primera edición: Junio 2009".
Por favor, cuiden a los lectores. Les aseguro que somos una especie necesitada de cariño y solemos ser de lo más agradecido. De hecho, la mayor parte de nosotros, prometemos lealtad.
Y vosotros, ¿también os ha pasado lo de comprar a precio de novedad?
Gracias.
PD. Vacaciones. 2 semanitas.
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sábado, 22 de diciembre de 2018
Las listas, las tontas y otras cosas de fin de año
En este mundo en que vivimos, basta con poner "lista de..." y google te quiere. Añade un número facilón, pongamos el 10, y google te adora y te posiciona porque la gente parece sentir la necesidad de buscar qué es lo mejor del año que finaliza, para ir poniendo cruces en lo hecho y asumir que lo que no hizo son las tareas pendientes para el año entrante. De hecho no hay más que ver los comentarios habituales diciendo, "me faltan 3...4..." como si fueran tareas pendientes. Sinceramente, a mi eso, no me va. Me niego a sentarme delante de los estantes que guardan los libros que he leído el aún presente año y preguntarme qué hice con mi tiempo si le faltan 2, 5 o 7 de esos fantásticos libros que Perenganito, desde Quintanilla de la Oreja, dice que son los mejores. O el ilustrísimo Sr D Criticón, lo mismo me da. De hecho, no me gustan las listas en general, y aún menos las que prometen colocarte los mejores libros de la semana, día, mes, año, década o lo que sea que se les ocurra. Y eso muchos de vosotros lo sabéis porque llevo tiempo desgranando libro a libro algunas listas de los sábados en twitter (en diciembre no lo hago porque con leer lo mejor del año una y mil veces ya tengo bastante). Desde aquí le mando saludos a mis queridos recomendadores, que este mes deben de estar sudando la gota gorda.
El caso es que tengo un problema, y es que parece ser que toda buena lista debe de ir con una medida de ingredientes que uno no se puede saltar.
A saber: ha de tener la mitad más uno de autores patrios, la mitad más uno de mujeres y la mitad más uno de editoriales pequeñas pero de nombre, de las cuales la mitad menos uno serán desconocidas. Incluirá por supuesto ese libro tan sonado que de repente parece adorar todo el mundo y que no es un novelón facilón, aunque suceda, como en el caso del año pasado, que el libro se haya publicado en el año anterior. Total, ¿quién se va a fijar en algo así? Se trata de que al menos en un libro, todo el mundo se sienta identificado con la elección y que de ese modo se mire al resto con buenos ojos justo antes de las compras Navideñas. A fin de cuentas y como explicaba, esto es una receta medida, y en las recetas uno no puede dejar nada al azar, que si empezamos con pellicos y pizcas la cosa termina por oler a quemado. Así que empecemos por el superconocido, y luego ya vamos colocando, los ensayos sobre todo que vayan repartiditos, que la cosa no está como para ponerlos del tirón. Pongamos, sin ir más lejos, uno en segundo lugar que se aproxime a alguno de los temas de moda, pero sin ser política directamente. Y a partir de ahí, si uno se fija, descubre que van saliendo algunos de los títulos que durante el año ya nos dijeron en sus promociones y fajas que serían los libros del año. De hecho, si comparamos listas, seguro que con no más de cinco, los tendríamos todos de una forma dispersa, como los adornos que se le ponen por encima a un postre intentando que no quede recargado. Llegados a este punto uno se siente en la necesidad de adorar a quienes dijeron de antemano qué libro sería el del año, como si en una bola de cristal se lo mostraran. Con todo ello, y para que la receta funcione, necesitamos un buen relleno. Y el relleno, en las listas, son los clásicos. ¿Quién no reedita un clásico hoy en día? Y qué bien quedan y lo socorridos que son. Combinan con todo y, en la mayor parte de los casos, los conocemos tanto que somos capaces de hablar de ellos sin haberlos leído.
Nos queda tener en cuenta que la gente recuerda mejor lo publicado en la última parte del año, que lo de los meses del comienzo, así que hay que alternar frío calor, y evitar aquellos que se sacaron para los meses de verano. Esos ya fueron consumidos, y aquí no se trata de piscinear. De las editoriales grandes, no olvidar meter uno de cada, o al menos en los grandes grupos, tener el criterio de elegir aquellas que son más mimadas por ellos y, si uno es un cocinero atrevido, corone su lista con un libro de correspondencia literaria y tal vez otro de poesía. Nada de youtubers o tuiteros o similar, por supuesto. Ni bestsellers, terror, ciencia ficción, distopías y cualquier cosa que suene similar. Estos ingredientes podrían estropear la receta perfecta que conforme a todo el mundo.
Y es que a mi todo esto, al final me acaba recordando al anuncio de este año de Nespresso en el que al pobre George Clooney se le cae una gota de café al suelo, y le riñen todos los intermediarios que han permitido que le llegue el café.
Otra cosa curiosa que tienen estas listas de fin de año, es que caducan, como el roscón de reyes o las torrijas. Y, aunque no te agraden demasiado, al año siguiente casi ni lo recuerdas y vuelves a ello, pero en cuanto lo tienes delante y ves las frutas escarchadas ya arrugas la nariz. Y es que hay nombres que se repiten una y otra vez en ellas, como si se tratase de alguna superstición antes de las campanadas; como eso de poner oro en una copa o llevar ropa interior de tal o cual color. ¡O comer las uvas!... sin atragantarse, claro. Y yo los leo y me pregunto si más que ponerlos en las listas de tareas para el año que viene, no deberían de airearse un poco. O tal vez sea que son como trufas, que para encontrarlas... en fin, que es complicado y no apto para todos. Eso será, sí.
Total, que me interesan poco los mejores libros y mucho los que más han gustado a otros lectores (o los que menos, la curiosidad es lo que tiene, que no siempre se mueve por los cauces más tranquilos), y esos si que me gusta leerlos y comentarlos y descubrir, o no, una lectura diferente a la que yo hice. Pero... ¿los mejores?, ¿comparado con qué? ¿de entre cuántos leídos para poder hacer esa selección? Porque lo mejor de un montón no ha de ser necesariamente bueno, todo depende del montón del que se saque.
Y vosotros, ¿cuál ha sido vuestra mejor lectura este año (sea su año de publicación el que sea)?
Gracias.
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sábado, 14 de abril de 2018
Gastronomía y literatura
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| The real cookbook. Fuente: korefe |
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor".
Ese es, casi con seguridad, el comienzo más famoso de la literatura española universal. Sin embargo, solo tenemos que leer la siguiente frase de El Quijote, para darnos cuenta de la importancia de la gastronomía en la literatura, y dice así:
"Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda."
Los duelos y quebrantos de Alonso Quijano no se hicieron tan famosos como el lugar de la Mancha, pero es cierto que la literatura ha venido siempre unida al disfrutar de una buena mesa. No tenemos más que pensar en Neruda, por ejemplo, y su oda a la cebolla, para comprobar que el estómago puede ser tan importante como el intelecto tanto para personajes, como para los propios escritores. Y es que, la historia de la literatura universal no sería lo mismo si no existiera, por poner un famoso ejemplo, la magdalena de Proust. De hecho, uno puede perfectamente no haber leído jamás una sola letra escrita por este hombre, pero difícilmente desconocerá la existencia de esa magdalena, una magdalena que puestos a elegir, yo mojaría en un buen té servido a la mesa de El Sombrerero Loco y acompañada por una tal Alicia.
Cuando hablamos de libros y los relacionamos con la gastronomía, nuestra cabeza se va automáticamente a Como agua para chocolate de Laura Esquivel, y a las recetas de Tita que daban pie a cada uno de los capítulos de esta famosa novela, pero muchos otros son los ejemplos. Tenemos a Camilleri y Montalbano, por ejemplo, que me descubrieron una especie de croquetas de nombre arancini que fueron lo primero que quise degustar en mi primer viaje a tierras italianas. Otros personajes, como el Carvalho de Montalbán, gustan de una buena mesa con tanto placer, que podría decirse que tienen una gastronomía propia existiendo incluso rutas por sus platos. Lo mismo le sucede a la señora Maigret, creada por Simenon, quien, si mal no recuerdo, tiene incluso un libro propio con las recetas que degustaba el famoso detective. Y ahora paremos un momento a tomar un poco de dulce limonada junto al protagonista de Sostiene Pereira, antes de continuar con el literario atracón de las grandes mesas literarias. Unas mesas que no siempre hablan de grandes cenas y festines como las que aparecen en los libros de Austen, sino que pasan por las pastas que tanto placer provocaban al ser mordidas por Miss Marple o por los mucho menos elegantes perritos calientes que aparecen en La conjura de los necios. Tras veces, como sucede en El coronel no tiene quien le escriba, los personajes terminan cociendo piedras, aunque por el camino hayan podido comer mazamorra de maíz, y en otros casos pueden parecer incluso obsesiva la forma en que se cocina, como sucede en algunos momentos de la literatura de Murakami con el hecho de cocinar pasta.
Dice Isabel Allende que hay una sopa hecha con setas que se llama sopa de la reconciliación, ya que sirve en Afrodita para que las mujeres se reconcilien con sus hombres, y a uno de los mosqueteros de la famosa obra de Dumas, le pierde una buena sopa de mejillones. Conocido es también el menú favorito de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce, hasta el punto de servirse en muchos pubs el día 16 de junio (Bloomsday). Todos conocemos las cocinas del hotel Overlook, ya que no siempre hace falta cocinar y degustar un plato para que la cocina sea importante en una obra. Y muchos descubrimos que para Chandler los americanos sienten un especial placer por los sandwiches de pan tostado si les sobresale un poco de lechuga lacia, ya que así nos lo hizo saber en su novela El largo adiós. La juventud de Coetzee tenía regusto a sopa de carne y verdura y, si de sopa se trata, solo tenemos que acompañarla con pasteles de perdiz para volver a un clásico literario como es Guerra y Paz. Y es que, incluso persiguiendo a Moby Dick hemos podido descubrir lo que es el chowder, así que no es tan raro que esta famosa novela diera pie al nombre de una de las cadenas de cafés más famosas (Starbucks).
Total, que cuando leemos un libro, este puede además de gustarnos, deleitarnos, empacharnos o causarnos una buena indigestión. Y ahora, si me perdonáis, creo que voy a tomarme una buena cerveza de mantequilla de esas que descubrimos muchos gracias a Harry Potter, que una no tiene tanto hambre como los hobbits y me apetece beber algo antes de echarme una buena siesta. Y cuando digo algo de beber no me refiero a ese otro catálogo de bebidas que parecen tomar la mayor parte de los protagonistas de las novelas negras.
Y vosotros, ¿os fijáis en las mesas literarias y lo que comen sus personajes?
Gracias.
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sábado, 24 de junio de 2017
Qué libros te llevarías...
"El abuelo Vicenzo una vez me contó cómo se había salvado de un naufragio famoso. Le pregunté si se había librado porque sabía nadar. "No, cómo se te ocurre. Siempre he tenido más afinidad con las aves que con los peces. Pero la verdad es que tampoco sé volar." Su carcajada florentina resonaba en el patio como un carrillón, "¿y entonces cómo te salvaste?¿Muy sencillo: perdí el barco en Génova. Llegué al puerto media hora después de su partida asquerosamente puntual. Traté de conseguir una lancha que me llevara hasta el vapor (aún estaba a la vista). Para mi suerte, fracasé en el intento."
Mario Benedetti
Decía Eduardo Mendoza: Si tuviera que llevarme un sólo libro a una isla desierta, preferiría ahogarme en el naufragio. Pero es cierto que es una pregunta tonta que hacemos desde que somos pequeños, ¿qué te llevarías a una isla desierta? y elucubramos y nos damos cuenta de que no tenemos enchufes o pilas y le damos vueltas. Luego crecemos y vamos acotando y nos preguntan por nuestras cosas favoritas; ¿la comida? el tomate, la tortilla... ¿la bebida? la coca cola, ¿un color? el negro, el rojo si es en las suelas de los zapatos, ¿un libro?... Pregúntale a un lector por su libro favorito y, si es un lector empedernido, de esos que sudan tinta para elegir la siguiente lectura, no por elegirla, sino por sacar de ahí abajo de la pila de pendientes el título que se le antoja, y lo tendrás entretenido durante un buen rato.
¿Mi libro favorito? Para los nostálgicos será aquel que le hizo descubrir que era un apasionado de las letras, para los románticos fue su primer amor, regalado o escrito entre sus páginas, para los desmemoriados será el último que le hizo vibrar y para aquellos que escriben será el que les hizo pensar eso de "yo podría hacer algo así". Hay tantos motivos como personas y no hay una sola persona que tenga un único motivo para elegir un libro. La primera edición dirá el coleccionista, o ese que me firmó.. dirá el lector avezado y suertudo de haberse podido acercar. Y es que, no es justo elegir un único título cuando son tantos los que nos han acompañado, si acaso elegir el nombre de un escritor; porque eso si es más fácil, siempre hay uno al que volvemos, que nos acoge entre sus páginas, que no falla en sus letras y cuyos títulos esperamos apenas hemos cerrado su última historia. Dónde va a parar, todos tenemos ahora mismo su nombre en la punta de la lengua y, en muchos casos, la pena de no poder expresar lo que hizo por nosotros sin querer, sin saber...
Pero hablábamos ahora del libro, que no de su autor, y también de la isla, como los niños, porque una forma de leer es soñar lo leído, volver a ese estado de imaginación infantil, ahora tomada prestada al escritor que tiene quizás más de niño que nosotros y por eso es capaz de plasmar sus sueños.
Y así, con todo esto dicho, la pregunta es clara, ¿qué tres libros os llevaríais a una isla desierta? Serían libros ya leídos o correríais el riesgo de leer durante años algo que no os gustó, tal vez libros de esos que dicen tochos para que os duren más, y lo digo mientras sigo sopesando si es mejor incluir al menos uno no leído. ¿Y poesía? pero de la positiva, una isla desierta quizás no sea un buen sitio para poemas deprimentes... Decidme, ¿qué tres libros os llevaríais a una isla desierta? Y bueno, supongo que me toca responder a mi. Así que yo creo que si tuviera que elegir que llevarme a una isla desierta y reflexionando un poco sobre todo lo dicho me llevaría a...
Gracias.
PD: Si, es mi lado cotilla, el del lector que se asoma por encima del hombro, el que busca el libro con más marcas cuando va a casa de un amigo, el que no puede evitar mirar el título que compra la persona que está delante en la librería. Por eso es la pregunta, porque no me gustan las listas que hablan de novedades o de género de ventas hoy o hace un mes, me gustan las recomendaciones directas que hacen cierto eso de que hay libros que recomiendan personas. Dejad vuestros títulos. Juguemos.
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sábado, 8 de abril de 2017
El lugar para leer
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| Mi mesilla |
Cada vez que alguien viene a mi casa, se sorprende de la ausencia aparente de libros en ella. Apenas un estante y una mesilla inventada a base de apilar libros, con una lámpara haciendo equilibrios un tanto precarios sobre ella. Un pequeño muro sin más soporte que una columna encajado junto a un armario y.. no hay más. No necesito colocarlos todos expuestos, no busco huecos para sumar estantes y así poder pasearme entre ellos, no. Los tengo en mi lugar secreto, o no tan secreto, que sólo han visto un puñado de personas. Allí sí que los libros campan a sus anchas, es su espacio. Ese en el que al entrar y darme cuenta de lo que tengo delante me hace temer el día que pase a herederos, que alguno habrá digo yo, y disponga de ellos a su antojo. Tal vez por eso los presto o los regalo, para que vivan su vida en otras manos y no se detengan entre cuatro paredes.
Pero si hablamos de mi lectura actual, eso ya es otra historia. Cuando comienzo un libro se convierte en viajero inseparable que va de mesa en sofá y pasa por autobús, metro, brazo, bolso y casi cualquier otro lugar que os podáis imaginar. Ese libro no tiene un lugar propio porque tiene como propiedad a una persona que es la que lo está leyendo. Y no puedo separarme de él. Leo por la calle, en el transporte o cuando camino por el sitio de siempre cuyos baches y baldosas sueltas intuyo más que veo tras años de práctica y algún que otro tropiezo. Conoce mi banco favorito y también mi coche y pasa por la cocina mientras me preparo la cena y por el baño mientras me lavo los dientes. Cuando un libro me gusta, veo el mundo censurado en sus letras y durante gran parte del tiempo, tan sólo me asomo a una franja de cielo y otra de suelo para poder seguir asomada a su historia. Como si fuera una extensión de mis dedos que no me permite hacer cualquier otra cosa. Y me siento a tomar un café y bebo y leo, cualquier cosa casi es susceptible de ser realizada mientras uno continúa su lectura.
Por eso me fijo en las casas cuando veo un libro posado en una mesa y me pregunto si es porque he interrumpido la lectura o porque queda en suspenso posada siempre en el mismo lugar. Gente que tiene un sitio exacto para poner las llaves y otro para la lectura en curso. Los hay que leen en papel en casa y fuera sólo en digital para no estropear la cubierta de lo que tienen entre manos. Pero siempre me ha intrigado. Porque si nos apasiona leer y los libros son considerados por muchos de nosotros como un tesoro, ¿cuál es el mejor lugar para tener algo en lo que deseas sumergirte a cada instante? Y para mi, la respuesta es clara. El lugar perfecto, es justo al alcance de la mano.
En mi casa no hay un sitio específico para poner un libro. Tampoco los tengo ordenados por autores o colores, ni siquiera por editoriales, países o géneros. Mi libro, el del momento, te lo puedes encontrar en cualquier parte, posiblemente en el suelo de mi rincón favorito que queda oculto de la vista de cualquiera y en el que me recojo a leer sin hacer ruido a cualquier hora. Y acaba siendo un libro con mundo, que conoce caras y gentes y transportes y parques y lluvias y bares. Que recibe miradas discretas e indiscretas, incluso alguna vez preguntan.
Y vosotros, ¿tenéis un lugar fijo para posar el libro que estáis leyendo?
Gracias.
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sábado, 14 de enero de 2017
Los resucitadores
"Zombi
Del criollo de Haiti zombi, quizás de or. africano occid.
1. m y f. Persona que se supone muerta y reanimada por arte de brujería con el fin de dominar su voluntad.
2. ad. Atontado, que se comporta como un autómata."
Real Academia Española
Hace ya años que Stephen King nos hablaba en su libro Cementerio de Animales de un lugar en el que los muertos resucitaban. Y, como la realidad y la ficción parecen echar carreras y los zombis se han puesto de moda, parece que ahora los zombis han evolucionado hacia los mundos literarios. Y no, no hablo de esos zombis que ya podemos ver hace tiempo en las librerías y que son, pobrecitos, muertos vivientes que arrastran sus cuerpos malolientes en busca de un cerebro (conozco gente así, incluso de los que huelen bien). Esta vez, es el mundo editorial el que tira de fichero y, cual cementerio de animales, decide resucitar a personajes que vivieron y dejaron de contar sus historias. Parece que han olvidado una de las máximas de la literatura que es encontrar personajes inmortales, que sobrevivan en el tiempo cual Quijote o Hamlet, y han decidido aplicar ellos una fórmula resucitatoria basada en a saber qué intereses posiblemente pecuniarios, o de listas de ventas, o tal vez tirar de la nostalgia de sus lectores. A saber.
El caso es que llevamos un tiempo de resucitaciones no del todo acertadas, en segundas partes tardías, cambios de autor, sagas que de repente se retoman y otras maniobras con las que no estoy del todo de acuerdo. Y es que, señores, los personajes también tiene derecho a una muerte digna. Y, como lectora, reivindico su derecho. No me gusta que me cambien la voz, que me toquen al muerto, que me lo paseen, me lo modernicen y le apliquen su toque personal. Y tampoco me gustan los imitadores, aquellos que se esfuerzan en deformar su estilo para adaptarse al del original sabiendo que jamás llegarán a alcanzarlo para quienes un día siguieron la trayectoria de este o aquel personaje. Porque asumamos una cosa: es una faena el encargo. Estar a la altura, sacar a Salander otra vez, a Holmes, a Bond... o esos famosos 26 que intentaron continuar lo escrito en El mago de Oz. Y yo me pregunto, si la literatura es un ejercicio de imaginación en el que el escritor despliega un mundo ante los ojos del autor, ¿qué necesidad hay de remakes, postmakes y otras historias? Entiendo los fanfic de quienes continúan para ellos mismos estas historias, pero no la resucitación por encargo. Si ya llevo regular encontrarme determinados perfiles en twitter de autores ya difuntos, y me quedo perpleja ante la cantidad de inéditos en cajones que aparecen día tras día, ahora ya no me llega la vida para saber quién escribe cada cosa. Porque esa es otra, os voy a plantear un problema de difícil resolución. Si tengo una biblioteca en la que coloco los libros por autor y las sagas bien juntitas, ¿en qué lugar coloco a ese autor que tiene sus propios libros y luego continúa otra saga? O un paso más, ¿y si ese autor que tiene su propia saga también fallece y luego otro lo continúa que había tenido su propia obra? ¿Dónde queda ahora la colocación de índice alfabético de autores? Un poco de orden, por favor. Y un poco de respeto a quienes dejaron de asomar a las páginas de los libros, no les demos por muertos porque, cada vez que alguien abre un libro que protagonizan, el personaje vuelve a la vida. Y una vez que se cierra, ese mundo sufre una especie de stand by a la espera de que otro lector, en cualquier parte del mundo, de aliento a ese personaje. Y ese aliento no es para resucitarlo, no. Es, simplemente, el aire que se mueve al pasar las páginas del libro.
Y vosotros, ¿qué opináis de estas sagas que continúan con distintos nombres?
Gracias.
PD. Y no me he metido con los zombificados clásicos, porque esa es otra historia sobre la que opinaré en otra ocasión (como decía Ende).
"Lázaro, levántate y anda."
sábado, 24 de diciembre de 2016
Listas de libros
Siempre me han resultado curiosas esas listas que aparecen por esta época del año. Es como si existiera una competición a ver quien saca la mejor lista, la más cuidada, la que incluya los títulos dados por tal o cual firma porque serán considerados mejores que si se basan en las listas de ventas. Porque digo yo que si el lector es el que decide al final de todo este proceso, las listas de los mejores libros deberían de ir de la mano al menos en la mitad, con las de los libros más vendidos. Pero claro, en este mundo que nos ha tocado, no queda bien hablar de las lecturas de, por ejemplo, Calendar girl, ya que estoy convencida de que los fotos de libros se inventaron, para tapar las portadas de los títulos que se leen con deleite a hurtadillas.
En fin, a lo que iba, las listas. Vaya por delante que no voy a hacer ninguna porque me costaría pensar en diez libros que sobresalgan, y porque no tengo tanta memoria, y porque para eso tengo un perfil en GoodReads en el que valoro a medida que leo. Además, y según me he dado cuenta, debería de decantarme por un género o número, no lo tengo claro, porque ahora hay listas para todos los gustos. De novela, de ensayo, de novela negra... y luego las genéricas de los mejores libros, así a lo grande, que curiosamente no suelen incluir ninguno de aquellos cuya faja proclamó Libro del año hace apenas unos meses. Lo que sí tengo muy claro es lo que me dicen las listas que veo, y es un montón de cosas sobre quien las hace. En algunos casos son por simple divertimento, el compartir lo leído y ver si alguien más lo comparte; esa es la parte que me gusta, la divertida. Luego están las que aleccionan, que son esas en las que parecen querer medir tu criterio en base a la concordancia del de otros que afirman haberse puesto de acuerdo en un montón de títulos. Y finalmente las que predican en el desierto, que son escritas por quienes siendo primeros quieren pasar por segundos. Y todos ellos tienen algo en común; una lista de libros, dice mucho más de quien la dice que de los libros que en ella expone. En primer lugar nos habla de su gusto propio, ya que todo canon irá sesgado por las lecturas hechas por quien lo realiza. No puedes saber si algo es bueno, si aún no lo has leído. Así que quedan al descubierto filias y fobias del aut... digo... los gustos a la hora de elegir lectura. Y perdón por el desliz, pero de las filias y fobias no se habla en esta época del año. Uno puede hablar meses de que le gusta una editorial, pero no en una lista no vaya a quedar en entredicho. Aunque eso jamás se dirá en voz alta, eso sería el equivalente a decir que se admitiría que influye quien la vea... y no, no, nada más lejos.
A mi, y diréis que os importa poco, lo que me interesa son las recomendaciones de lectores que conozco y cuyos gustos me sean afines. Aquellos que frecuento, o que comparto o que charlo, esos. Pero no esas que hacen que me aprenda nombres imposibles teniendo en cuenta que las grandes o las pequeñas o qué se yo que hay que considerar para poder incluir un libro en tan afamado repertorio. Lo que si sí, es que leo más o menos mucho, como todo eso depende de comparado con quién, y hay muchas en las que no reconozco más que al firmante. O el medio en el que aparece. Y que títulos que me han parecido enormes, no asoman por ninguna parte. Y que el libro del año es el que yo haya leído en ese año, que no ha de ser necesariamente publicado o traducido en este periodo, ni yo tengo la economía para tanto dispendio. Además, seamos todos un poco sinceros... estamos mirando con un ojo esas listas y estamos ya pensando en los que saldrán en 2017. Porque esas listas, señores listólogos o listeros, son las que nos interesan en este momento, sobre todo teniendo en cuenta la vida media de un libro en la mesa de la librería. No quiero saber cuál se me escapó, lo que me apetece que me digan es lo que me llegará y sobre lo que podré decidir. Así que, por favor, pónganse a ello, que el año ya ha pasado y para mis regalos de Navidad tiro más del BestSeller que del culto, por eso de acertar más fácilmente.
Lo que tengo muy claro de las listas de este año, y lo digo con cierta sorna al igual que el resto, es que en ninguna de ellas va a aparecer el flamante premio Nobel,
A vosotros, ¿os gustan las litas?
Gracias
sábado, 5 de noviembre de 2016
El buen libro
Una de las cosas más complejas de explicar es qué es un buen libro. Cada persona tiene su gusto y criterio y también sus motivos para leer. Eso hace que el abanico de definiciones sea prácticamente infinito. De hecho, creo que ni el propio Vila-Matas, conocido porque sus libros siempre habitan esferas literarias sobre las que le gusta demostrar sus amplios conocimientos, sería capaz de dar una respuesta satisfactoria para todo el mundo. A fin de cuentas, incluso una misma persona busca cosas diferentes en la lectura dependiendo del momento en que se encuentre, o del lugar. a veces buscamos evasión, otras conocimiento, entretenernos, descubrir... y por eso acudimos a los distintos géneros, ya que, por mucho que digamos que no nos gustan las etiquetas, somos los propios lectores los que acudimos a la novela negra en la piscina o el ensayo en invierno.
Y así nos sumergimos en los libros y decimos con ligereza cuando nos preguntan sobre uno que hayamos terminado: "Sí, es un buen libro" sin importarnos demasiado si se trata de una novela de Dan Brown o del Lazarillo de Tormes. Eso sí, si la pregunta es en un foro o nos escucha más gente, o acaso es otra persona quien comienza a hablar de buenos o malos libros, se desata el debate. De hecho yo tengo un amigo que afirma sin rubor alguno que Cien años de soledad es uno de los peores libros de la historia, y añade que desde que lo leyera, jamás se ha despedido con un "buen día" incapaz de soportar el recuerdo de tan soporífera lectura. Pero ahí está, es un buen libro encumbrado por todos, como lo es también cualquier cosa que saliera de la pluma de Bolaño o el ya mentado Lazarillo de Tormes. aunque, claro, si hablamos de libros clásicos parece mucho más fácil decir títulos de buenos libros, porque el tiempo ya hizo todo el trabajo y se quedaron por el camino aquellos que no lo fueron considerados. Lo difícil es ponerse delante de la mesa de una librería, esa que tiene las novedades y en la que no entra siquiera una reedición, y preguntarse cuál de ellos estará en los libros de literatura dentro de cien años. Quién superará la prueba del tiempo y cómo se medirá la calidad de una obra en un mundo en el que los likes parecen ser la nota final de casi cualquier actividad. Pensado, por ejemplo, que Cumbres Borrascosas, hoy indiscutible, fue un estrepitoso fracaso en el momento de su publicación.
Así que yo os pregunto qué es entonces un buen libro, porque para mi lo es cualquiera cuya lectura no se vean interrumpida por mi vida diaria. Y no hablo de un timbre o un bache cuando viajo en autobús, me refiero a esas interrupciones en forma de pensamientos fugaces cargados de pequeñas preocupaciones que nos llevan a mirar si llevamos las llaves por tercera vez o comprobar si nos ha llegado un mensaje al móvil. Un buen libro es el que nos permite convertirnos en una suerte de lector burbuja durante un rato y relajarnos por mucho que hayamos leído apretando las páginas hasta tener los nudillos blancos como si con ello pudiéramos lograr salvar a la víctima ya sentenciada de nuestra novela. O la que nos pasea o nos muestra una realidad diferente, un lugar diferente, un idioma diferente. Y es que quizás, y solo quizás, el buen libro es el que se nutre de nuestra realidad llevándosela cuando lo abrimos para sustituirla por la que lleva plasmada entre sus páginas. Y tal vez eso sea lo que les mantiene con vida por muchos años que pasen, y también en nuestra memoria. Pequeños agujeros negros que se alimentan de las preocupaciones de las que nos liberan durante unas horas en esa suerte de simbiosis literaria que establecen con el lector. Y tal vez por eso los libros cambian y los lectores cambian y comenzamos sin pedir demasiado a lo que leemos pero, a medida que acumulamos libros en nuestra maleta, vamos pidiendo un poco más y nos hacemos exigentes y nos fijamos en la sintaxis en si nos suena la trama o si descubrimos el final antes de haber leído la mitad del libro. Tal vez entonces cada lector sea una prueba en sí mismo equivalente al paso del tiempo y solo pudiéramos decir cuáles fueron nuestros "libros buenos" en ese momento cercano al final de la vida en el que dicen que uno es capaz de hacer un repaso. Tal vez, tal vez, tal vez...
En realidad, sigo con mis dudas. Por eso os pregunto, ¿qué es para vosotros un buen libro?
Gracias.
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sábado, 8 de octubre de 2016
Réquiem por un lector
Tengo una amiga que va al gimnasio, se ha apuntado a un curso de paddle, que es eso de la raqueta tapada, una vez por semana: 45 euros. Yo, en cambio, voy a la librería; casi siempre a la misma, que me pilla bastante lejos de mi casa. Y como voy y vengo andando y normalmente cargada, pues podemos decir que cada una hace ejercicio a su manera.
Todo en esta vida es cuestión de decidir y yo mis 45 euros me los gasto en un par de libros al mes que, además, procuro comprar días distintos. Bueno, si soy sincera me compro más de dos libros al mes, pero ahora hay 45 euros que no me producen cargo de conciencia porque son para ponerme en forma. Pero por no hacer números y asustarme, pongamos que me gasto esos 45 euros al mes en libros, que por cierto dan cada vez para menos.
Mi amiga del gimnasio, tiene ahora una tarifa plana, y la taquilla es gratis y todas esas cosas que a uno le ponen para que se sienta cómodo y cuidado y siga siendo cliente. Y yo tengo.. . tengo libros.
Y siendo sincera también quiero que me cuiden. Porque si me paro a pensar en la subida de precios de los libros, que ya sé que si me remonto a pesetas hace un montón de años, valen justo el doble. Es más, no entiendo que hablaran de burbuja inmobiliaria pero no de la del papel.
Y llega la crisis y los pisos bajan, que no los libros porque, tal y como nos recuerdan, su iva ya es reducido, y la ley, y el 5%, y el % que va para cada lado, que ojo, soy consciente de que aquí millonarios ninguno y el que menos el autor, y tampoco pretendo incitar a la piratería, espero que nadie me malinterprete tampoco. Pero yo, como lector, quiero que me cuiden. Y ahora veo papel de menos gramaje, pegamento, cuadernos que se sueltan y libros que muchas veces, soportan una lectura con poca dignidad. O libros que no son lo que prometen, con márgenes amplios y un espacio entre letras por el que podría perderse un Pulgarcito cualquiera. Porque ahora ya no hablo de gustos, ni de si tal o cual línea es mejor o peor, hablo de cuidar al lector. Al que va a la librería por el simple placer de disfrutar entre las mesas buscando una nueva lectura y llega a casa caminando despacio disfrutando de ese placer anticipado a la lectura del título que atesora en la bolsa. Ese lector, que soy yo y supongo que muchos de nosotros, colecciona marcapáginas, y busca ediciones bonitas para poder hacer del libro un objeto que expone en estantes o, ahora con las redes sociales, en fotografías con café y dónuts en Instagram. Y a ese lector, es al que no se puede fallar. Porque somos románticos y olemos historias donde otros sólo perciben papel y cola, pero también abrimos los ojos y nos damos cuenta de que, de un tiempo a esta parte, hay decepciones. Somos esa especie extraña más que rara que, si un libro tiene una página al revés, no lo devolvemos, lo conservamos con la ilusión de quien ha encontrado algo extraordinario como un trébol de cuatro hojas o una margarita de color azul. No nos gusta doblar una página, no marcamos las esquinas porque no queremos ver deteriorado nuestro libro, y luego otros se nos caen de las manos. Y a mi, aunque esto sea casi más una pataleta tras una última decepción, me da mucha pena que esto suceda. Porque me gustan los libros, me gusta tocarlos, olerlos, me gusta que pesen y se me caigan encima cuando leo en la cama (bueno, eso no tanto), me gusta comprar un bolso en función de su capacidad sabiendo que llevaré dentro un libro en cada paseo, y me gusta ir a la librería y hablar enseñar lo que traigo y reír y llorar con las historias que en ellos se cuentan. Me gusta, en definitiva, leer.
Y hoy... hoy quiero que me cuiden. Solo un poquito.
Hoy no pregunto, el tema es peliagudo y la opinión libre. Comentad.
Gracias.
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sábado, 17 de septiembre de 2016
Las mentiras del lector
"Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído."
Jorge Luis Borges.
Parece que fuera una moda de los últimos años hablar de libros no leídos, presumir de ellos, tal vez incluso pasearlos. Sin embargo, desde que el hombre tuvo capacidad de hablar, la usó para presumir, y, por lo tanto, también para mentir. Es más, podría afirmar sin dudarlo que exactamente igual que hay títulos que la gente parece jactarse de no haberlos leído, véase El Quijote es un tostón, nadie aguanta al infumable Ulysses o nadie en su sano juicio leería (poner aquí título) de Pynchon, hay otros con los que sucede justo lo contrario: esos son los títulos malditos que todos afirman conocer o leer, pero que si pusiéramos un examen, muchos se verían en serios apuros. No con todos, claro, muchos han visto la película, ya que en su mayoría se trata de libros harto conocidos y, si bien no demasiada gente ha leído El nombre de la rosa, la inmensa mayoría te dirá que leyéndolo no pudo evitar poner a su protagonista la cara de Sean Connery.
Haciendo un ejercicio de sinceridad me gustaría saber cuántas personas pasaron de aquella versión infantil de Moby Dick a la novela de Melville, o si nos ha servido con ver las adaptaciones de las obras de Austen, o cuántos han leído Expiación pese a casi todo el mundo le gustó la película. Pero tampoco necesitamos irnos al cine para evitar un libro, no. Platero y yo, estoy segura de que pocos levantarían la mano si estuviéramos en un examen, incluso El principito se cuenta entre esos libros hablados más que leídos haciendo un buen dúo con El guardián entre el centeno. Y así nos va, ni más ni menos. Presumir de parecer, de saber, de conocer e incluso de leer. Que dicho así suena bastante feo, pero en el fondo es lo que hay. O mejor, demos la vuelta a lo mismo, porque realmente, si habla tanto de determinados libros, que es casi como si lo hubiéramos leído. Nos suena tanto que es prácticamente imposible que capten nuestra atención porque la relectura es un hábito en desuso casi una excentricidad. Y si uno ya conoce la historia, la primera lectura es justo a lo que suena.
Y es que, por mucho que nos fastidie eso que tanto se comenta del tema del postureo lector, seamos sinceros... algo de eso, hay. Y entre los que nos cuesta confesar haber leído y aquellos que se van dejando, está el punto intermedio en el que nos hayamos todos los lectores. Aunque, eso sí, leer leemos. Y, por supuesto, lo disfrutamos. Al menos yo. Cada vez más.
Confieso que no he leído, ¿quién se anima? Yo no he leído Las olas, de Virginia Woolf. Que no se diga que no abro mecha.
Gracias.
PD: No vale decir La Biblia.
Ni el Kamasutra.
sábado, 21 de mayo de 2016
El lector superficial
"No juzgues a un libro por su cubierta"
Refrán popular.
Los lectores, como cualquier otra persona, tenemos nuestros gustos y nuestros placeres. Y también tenemos nuestra gotita de hipocresía, seamos sinceros. Se nos llena la boca diciendo eso de no juzgar un libro por su portada y luego asistimos con un morboso espanto a los diseños que nos dejan encima de algunas mesas. Y movemos la cabeza de un lado a otro horrorizados mientras nos decimos eso de "en qué estarían pensando para poner esto". Aunque luego podamos cambiar de... bueno, mejor pongamos un ejemplo, será mucho más fácil de entender.
Recuerdo perfectamente la primera vez que vi esta portada. Ahora nos parece incluso normal y representativa la imagen de una trilogía que ya es tetralogía y no nos espantamos tanto de esa suerte de señorita deforme a la que no sabes si tirar pan antes o después de salir corriendo. Y luego nos escandalizamos con las chicas delgadas de los anuncios, me río yo. Pero nos acostumbramos a verlo, lo vimos tanto que ahora no nos llama particularmente la atención. Incluso hemos olvidado que lleva un título que parece una protesta por los 140 caracteres que admite twitter si queremos contarlo. Y eso que no dije nada del Drácula que abre la entrada, porque es casi tan ofensivo para el clásico como la existencia de vampiros con el cuerpo lleno de purpurina que dan abrazos y no mordiscos a la yugular.
Luego están las reediciones. Esas en las que uno se pregunta si tocar lo que ya existe es siempre una buena idea. Si Nabokov levantara la cabeza y viera que han convertido la Lolita que tanta guerra le dio en una suerte de anuncio de picaduras de mosquito, y eso siendo generosa por no hacer otro tipo de elucubraciones... ¡no quiero ni saber la opinión de su esposa!
Pero ahí está, y nos hemos ido acostumbrando a casi todo. Y si digo casi es porque hay cosas por las que no paso, por ejemplo jamás me compraré un libro que tenga en su cubierta más abdominales que letras. Y eso no es negociable bajo ningún concepto. Y tampoco me gustan... veamos... ¡Bah! En realidad más allá de la crítica y la superficialidad poco importa la portada de un libro para llevárnoslo a casa. Porque lo abrimos y leemos el interior, y Lolita es una obra maestra y la saga antes nombrada un best seller y Drácula... Drácula es Drácula y seguirá poblando las noches hasta el fin de los tiempos.
En realidad... debería de haber empezado diciendo eso de: Me enamoré mirándole a los ojos formados por letras sin haberme fijado en el resto de su cara y, quizás por ese motivo, jamás pude decir que fuera feo. O si lo dije fue con cariño de quien ya se ha enamorado y me apresuré a añadir todas las virtudes que escondía en su interior. Pasó de feo a llamativo, característico, ¡original! Bonita palabra esa de original que nos permite describir casi cualquier cosa sin perder la compostura. Incluso desarrollamos una suerte de hábito que nos lleva a mirar dos veces las portadas feas en las mesas de las librerías. No todas, sólo algunas, pero las miramos con curiosidad pensando que tal vez no necesitan llevar más, como aquellos libros de antaño en los que dominaba el blanco en su cubierta, porque el interior habla por sí mismo. Así descubrí yo precisamente mi libro de ayer, y lo comentaba en la reseña.Y aunque no entendamos qué pinta esa especie de señora disfrazada de señor mayor con una expresión digna de Eva Hache en un libro de Vila-Matas (nada menos), o estemos hartos de ver ositos, patitos y dibujitos de chicas con pinta de nerd cool en los últimos tiempos en las librerías haciéndonos dudar sobre sin libros o agendas de adolescente, les damos una oportunidad. Y descubrimos grandes historias. Y lo seguiremos haciendo porque juzgamos, sí, pero acudimos. Regresamos y damos una oportunidad tras otra a las historias sabiendo que una vez que lo abrimos, poco importa el diseño elegido por un señor que se quedó con las ganas de saber "a qué huelen las nubes" y decidió que ya era hora de que una señora se agarrase a una para meter la nariz.
Las cubiertas son cuestión de gustos y posiblemente a alguien le haya entusiasmado alguna de las que ilustran esta entrada, de eso no me cabe duda. Y sí, son una forma más de llegar hasta el lector y conseguir que nos llevemos un libro (nunca me he encontrado una que me haya desanimado de comprar un titulo que ya hubiera decidido leer de antemano). Pero además, seamos sinceros, es la mar de divertido ponerse a despotricar sobre las cubiertas de determinados libros. Y reconozcamos una cosa... algunos parece que los hicieron a posta.Y vosotros, ¿recordáis algún libro que os pareciera feo y os diera una grata sorpresa?
Gracias
PD. También hay libros que provocan la sonrisa... del adulto. Que aquí no se salva nadie.
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sábado, 16 de abril de 2016
El riesgo de leer
"Si hoy en día me pregunto porqué amo la literatura, la respuesta me viene a la cabeza de forma espontánea: porque me ayuda a vivir."
Tzetan Todorov
Me hace mucha gracia cuando la gente habla de los deportes de riesgo y se limita al puenting y similares. Y es que, tengo que decir que saltar desde una altura considerable con unas gomas elásticas, me ha reportado menos riesgos que caminar con un libro abierto por la vida. Porque hoy toca una entrada de anécdotas, que para ponernos serios ya tenemos las noticias.
El primer riesgo cuando uno compra un libro pasa por la librería. Recuerdo haber pedido un libro maravilloso titulado "Pornografía" y ver a una chica absolutamente horrorizada explicándome que ellos no vendían "esa clase de libros" pero que los tenían eróticos muy buenos para mujeres. Y es que los títulos a veces son un riesgo, uno no puede estar leyendo en el metro El pudor del pornógrafo y esperar que quien tiene delante no mire con curiosidad el libro, como tampoco podría estar leyendo seguramente un tratado de física cuántica.... pero los temas sexuales, dan más juego, para qué engañarnos. Y se liga más.
Otra cosa es caminar leyendo, que te chocas con personas (creo recordar que tengo un par de amigos a los que conocí así), te metes de frente en un charco para el que te hubiera hecho falta un flotador (cosas de vivir en Invernalia, a los lagos en mitad de las aceras los llamamos charquitos) o calculas mal el momento en que comienza el asiento de un banco y terminas sentada en mitad del verde y con el culo mojado. Pero oye, ¡qué bonito es ir por el mundo con un libro abierto y qué romántico queda en las películas! Y eso que me he aprendido de memoria el número de escalones de mi camino matutino habitual (a base de ir estirando el pie sin mirar) y tengo calculada la distancia exacta de lado a lado de la carretera que cruzo contando el tiempo que tarda el muñequito en dejar de estar en verde (desde aquí pido al Ayto de Invernalia que si cambian el temporizador me avisen, gracias). En todo caso se aprenden habilidades, porque si un día tengo que buscar empleo iré al Circo del sol a decir que sé caminar con paraguas, bolso, móvil y un libro abierto mientras llueve. Que si eso no es hacer acrobacias, me río yo de los saltimbanquis. Y sigo ilesa, así que... Dios hace milagros todos los días.
Con todo el mayor deporte de riesgo a la hora de leer, para el lector, porque para el resto del mundo es que nos choquemos con ellos o les aticemos con el bolso cargado de libros, reside en el tipo de libro elegido para el momento en el que se encuentre. Es decir, no puede uno estar leyendo El mal de Portnoy en una sala de espera, porque se arriesga a tener que aguantarse la risa mientras el resto de gente le mira con cara de pocos amigos. Y eso es terrible, porque entonces el dichoso Portnoy se empeña en ser aún más irritante y acabas riéndote, con lo que crees disimulo, mientras sientes el odio ajeno clavándose en la cubierta de tu libro. Así que lo cierras y lo guardas con disimulo... iluso, lector que cree que eso funciona. Una vez que te ha hecho gracia y sabes que has reído donde no debes, más te valiera seguir leyendo a la espera de que una tragedia imprevista te cortara la risa. Creedme, lo he intentado. Y acabé riendo como una pirada sin siquiera un libro que me sirviera como excusa para esa explosión de júbilo mal contenida. O peor aún: lloras. Estás de viaje, en uno de esos largos de avión, amparándote en un libro para evitar hablar con quien sea que te ha tocado al lado, y de repente las letras te agarran por el cuello y no te dejan respirar. Levantas la vista y boqueas diciendo "respira maldito", porque sí, a estas alturas ya te has puesto en plan trágico sin saber que es una espiral sin retorno... y nada, no hay manera. Notas como se te cae una lágrima y te escondes esperando que nadie note que... que... bah, ya da igual. Ya lloras a medio hipo ante la atónita mirada de tu improvisado compañero de viaje que, una vez te has repuesto, te pregunta que si vas de entierro en un intento de consolarte. Intento, dicho sea de paso, que te coloca en un serio apuro. No sabes si explicar que es viernes y quieres comer bacalao, o dejar que crea lo que quiera o mentir directamente. Si hay un momento en que está justificado mentir, te dices, es ese.
El final leemos novela negra con detectives que corren y saltan mientras esquivan balas, o de magos que luchan con dragones o titanes, leemos sobre familias que se disputan tronos hasta la muerte y sobre karmas retorcidos que acechan incluso tras haber muerto. Y cualquiera pensaría que lo hacemos desde la comodidad de nuestra casa, tranquilos y seguros.... y nada más lejos de la realidad. Para los que lo duden, una pregunta, ¿a que duele cuando te haces uno de esos cortes mínimos con el borde de una hoja de papel? Pues lo hace muchísimo más cuando un protagonista perfecto, fallece.
Y vosotros, ¿tenéis anécdotas de riesgo?
Por cierto que si alguien dice que no, asumiremos que es tímido y no quiere reconocerlo.
Gracias
Pd. Espero que nadie se haya reído de mis desdichas! Que os veo.
miércoles, 1 de abril de 2015
Leer en soledad
Si algo tiene la experiencia de leer es que es una experiencia solitaria. No nos engañemos diciendo que conocemos mundos, que viajamos, que hacemos amigos y odiamos villanos. Y tampoco nos enamoramos. Leemos, y lo hacemos en silencio, solos, ajenos al mundo que nos rodea y siendo simple observadores de aquel en el que nos sumergimos. Estamos solos, sí. Es un lugar privado al que accedemos por propia voluntad sin saber el resultado y del que muchas veces, para qué vamos a decir lo contrario, no salemos ilesos.
Porque sucede que hay ocasiones en las que nos cruzamos con la mirada del escritor durante esa fracción de segundo en la que cogemos aire y descubrimos que esa frase leída mil veces, estaba ahí escrita para nosotros.
Dicen, juraría que fue Carlos Castán, que la biografía más sincera de un lector se encuentra en ese estante privado que sólo contiene aquellos libros cogidos con mimo y leídos en silencio, de los que no se habla. Que en ellos, como si fuera un diario, quedan las emociones de quien los leyó en su día y que reflejan sus pasiones y sus desamores, sus temores y sus dudas jamás expresadas. Y todas ellas, las compartió con un desconocido que tal vez se quedaba hasta las dos de la mañana escribiendo mientras buscaba las horas de silencio. O acaso era por las mañanas, con un café a su lado que se iba enfriando mientras daba un paso atrás para contemplar su historia como si de un cuadro se tratara. Él y solo él será el testigo mudo, que no presente, de la frase que nos golpea el pecho recordando un momento pasado o anticipando lo que aún no hemos vivido. Y allí estamos nosotros, delante del libro, en silencio, aislándonos de forma consciente de todo lo que nos rodea y limitando nuestro mundo al lugar en el que estamos sentados. O ni eso, porque al levantar la vista con un dedo entre las páginas, tardamos dos parpadeos en recordar el lugar en el que nos encontramos. Somos como esas personas que, hartas de tanto viaje y tanto hotel, hay días en los que no saben por qué lado de la cama han de levantarse ni dónde se encuentra la ventana de su habitación. Y todo nos es ajeno. Y somos ajenos a todo, porque aún seguimos dentro del libro, y nadie más ha sabido acompañarnos ni tampoco hemos querido compartir el viaje. Son viajes privados, experiencias jamás compartidas en las que, si acaso al recomendar un libro, abrimos la puerta al viaje de otros sabiendo que jamás serán como el nuestro. Y nos decepcionan si no les causa el mismo impacto y más aún si resulta que su experiencia se asemeja demasiado a la nuestra. Como si precisamente por ello, nos hubieran robado un secreto. Son esos libros a los que no acudimos por puro entretenimiento y que olvidamos pasados dos o tres meses, no con estos. Estos permanecen en la memoria y tememos hacer una relectura igual que el hombre enamorado jamás relee una carta de amor enviada diez años antes. Por si acaso ya no es igual, por no estropear el recuerdo, por no cambiarlo y que deje de ser nuestro. Esos son los que nos convierten en verdaderos lectores.
Y ahora, cuando estáis ya pensando que esos libros sólo son capaces de encogernos el alma y hacernos soltar una lágrima, es cuando recuerdo los que me hicieron reír a traición, en el momento más insospechado con cualquier excusa pueril escrita al descuido. Esos que aprietan la tecla justa en un día gris, o que nos pillan cuando vemos el mundo en tonos rosados y comparten con nosotros esas pequeñas alegrías que nos acompañan. esos también existen, quizás menos, ya se sabe que es más difícil conseguir hacer reír que llorar. Por eso tampoco los compartimos. Y jamás se nos ocurre leer en voz alta el pasaje dueño de nuestra risa, porque ya lo hicimos una vez y nadie lo entendió, porque estaba colocado allí justo para nuestros ojos.
La lectura es un acto que se disfruta en soledad. Eso es lo que lo convierte en una pasión para el lector. Porque la belleza, la de verdad, la que importa, siempre ha residido en los ojos que miran. Y los ojos sinceros y las pasiones, no necesitan testigos. Tan solo hacen falta, las páginas de un libro.
Y vosotros, ¿buscáis la soledad para leer?
Gracias y Feliz Semana Santa. Retomamos el lunes.
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