miércoles, 5 de febrero de 2020
Canta sucio niñato. Kevin Maher
"Cuando Jack murió yo era muy pequeño, más todavía que ahora, y dije, en un ataque de rabia, que no permitiría que volviera a pasa. Jack era nuestro gato. Un birmano pardo oscuro con unos dientecillos afilados, unas garras que arañaban y se enganchaban en todo, y que, cuando deambulaba por la casa tambaleándose sobre sus patas inseguras, respiraba resollando con estertores que le estremecían de arriba abajo como un extraño coro cantarín. También fue la primera y última vez que intentamos, como familia, tener una mascota".
Hay tantas etiquetas literarias que solo le encuentro sentido a aquellas que sigo casi con devoción. Hoy traigo a mi estantería virtual, Canta sucio niñato.
Quien nos cuenta su historia es Jim, un niño de 13 años con cinco hermanas mayores, que nace y vive en Dublín. Nos cuenta su historia que no es otra que la de un casi adolescente en pleno proceso para llegar a la edad adulta. Tiene su amigo bueno y al malo, su prisa por crecer y las bicis, las chicas y también tiene un terrible momento en el que la vida cambia.
Quizás suene pretenciosa la sentencia con la que comienzo hoy la entrada, pero es algo que llevo observando tiempo. Las etiquetas literarias proliferan hasta casi lo absurdo, y eso teniendo en cuenta que muchas mueren durante su concepción como esa "literatura híbrida" que se nombraba no hace tanto en un suplemento cultural. Otras sin embargo llegan para quedarse y lo hacen normalmente en otros idiomas como es el caso del domestic noir que, si uno lo piensa y lo traduce de forma literal como doméstico (inglés) negro (francés) ve claramente que novela negra de andar por casa le da mucho menos glamour que el término bilingüe que hemos adoptado. La novela de hoy es un Bildungsroman (novela de crecimiento) otro término que queda bien para hablar de aquellos libros en los que sus protagonistas están en plena transición a la vida adulta. Y, personalmente, me gustan (creo que por eso aprendí tan rápido el término).
En este caso estamos ante una primera novela en la que el protagonista toma una voz que busca la frescura y el descaro, incluso el humor. Y digo busca porque esa frescura se va perdiendo por el camino hasta dar un un final que no ha terminado de convencerme. Pero, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes.
La novela mezcla elementos clásicos de la literatura irlandesa como la religiosidad o la política con otros contemporáneos en los que vemos Dublín como una ciudad moderna que parece ser evitada por una literatura que se empeña en no dejarla avanzar. En este entorno y con una situación temporal en los ochenta que permite a muchos lectores empatizar con el protagonista mediante los elementos comunes que ya se miran con cierta añoranza, el autor nos presenta a Jim. O, mejor dicho, deja que se presente a sí mismo. Un niño de familia media, hermanas mayores, conversaciones familiares sobre los vecinos y trastadas y bravatadas que poco tienen de sorprendente pero que acomodan al lector para seguir la novela. Incluso nos permite momentos de humor cliché cuando sitúa el orgullo irlandés en el número de "bh" o "dh" que contiene un nombre. Y cuando ya nos ha situado y llega la religión, el autor decide dar un giro a la novela y el padre O'Culigeen quiere a Jim de monaguillo. Sé lo que estáis pensando, "ya estamos ante otra novela sobre un cura que abusa de un niño". Y es cierto que este también parece ser otro género propio, por eso Maher lleva a cabo en este punto el mayor acierto de la novela. Maher no habla de la iglesia en sí, Maher dibuja al padre O'Culigeen. Eso hace que el secreto de Jim tome fuerza y también el del hombre que lo daña excusándose en la perversión más absoluta de la palabra "querer", pero lo destroza. O'Culigeen es el cura, se le admira, tiene incluso poder. Y Maher lo convierte de forma individual en un monstruo y también en un gran personaje (recordemos que no han de ser buenos) al mover la voz de Jim y hacer al mismo tiempo que avance con su vida mientras nosotros nos sentimos asqueados por ese hombre cada vez que es nombrado.
Jim crece, ahora es de él de quien se habla, se enamora, está en la edad, y lo hace como tantos otros adolescentes, de una chica mayor, Saibhdh (recordar lo del orgullo y las letras ahora). Es en este punto en el que la novela comienza a desdibujarse perdiéndose el interés que había creado en mi. De hecho, si os soy sincera, jamás pensé que la chica fuera a mirar a Jim y, cuando vi que lo hacía, creí que el autor no había dado fuerza a la chica para no tener que justificar la gratificación que le estaba dando por los males padecidos. Pero no es el caso. La relación avanza y con ella la novela, aunque llegados a este punto no seguiré hablando del argumento, y lo hace, para mi, con escaso interés pese a que Maher impulsa la historia utilizando el entusiasmo de su narrador en Londres. Un narrador al que lleva a un final que... no. Y no digo más. Aunque me acabo de dar cuenta de que no he hablado del uso del lenguaje, uno de los puntos fuertes de la novela.
Canta sucio niñato es una novela con un buen despegue pero que, a medida que avanzaba, iba perdiendo interés. No tengo claro si voy a repetir con el autor.
Y vosotros, ¿qué opináis de las etiquetas?
Gracias.
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lunes, 3 de febrero de 2020
La maldición de Hill House. Shirley Jackson
"En la larga historia de los fantasmas, no ha habido ninguno que dañara físicamente a nadie. El daño se lo hacen las víctimas a sí mismas".
Por muchas adaptaciones que tenga una novela, ninguna es como el libro. Además hay veces en las que cada una de las adaptaciones difiere en tanto con el resto, que uno no puede hacer otra cosa que buscar las palabras originales para decidir qué visión es la más adecuada. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La maldición de Hill House.
Conocemos a John Montague, un apasionado de lo paranormal que busca un lugar en el que realizar un experimento. Encuentra el lugar perfecto en Hill House, y allí invita a tres voluntarios a pasar unos días en la casa embrujada de la zona. Eleanor, una mujer triste y desdichada que ha pasado años al cuidado de su madre, Theodora, alegre y con una conexión telepática superior a la media y Luke, futuro heredero de la mansión colocado allí por la dueña de la casa y con poco interés en casi nada que no sea él mismo. Juntos pasarán unos días en los que esperan vivir experiencias paranormales que les saquen de sus rutinas bajo la atenta supervisión de Montague.
Cuando uno se enfrenta a un libro de terror tiene que tener muy claro a qué tipo de terror se va a dirigir: no es lo mismo el terror directo basado en los sustos que aquel otro que busca lo psicológico. A primera vista esto parece algo muy obvio pero, a medida que uno se decanta por uno u otro, termina descubriendo que estos límites abren la puerta a muchos otros tipos de novelas de terror que pueden o no resultarle atractivas. En el caso de La maldición de Hill House, por ejemplo, la autora habla de una casa encantada y parece que todos esperamos fantasmas acechando listos para aterrorizar a las visitas (un poco como en la película protagonizada por Catherine Z Jones), pero Jackson lo que propone es algo muy diferente. La presencia de la casa es más que evidente y también su amenaza sobre los visitantes, a los que está claro que no quiere allí y de entre los que amenaza con cobrarse a su nueva víctima, pero el terror, el verdadero terror sobre el que Jackson está escribiendo, es el de la mente de los moradores de la casa. El cerebro y las reacciones y pensamientos de cada uno, provocados por sus temores y vivencias, es el punto fuerte de una novela que juega con el lector hasta sus últimas páginas dejando que sea él quien decida el verdadero final de la historia.
La casa, esa gran protagonista en la que ni el ama de llaves permanece pasado el atardecer, es un perfecto laberinto mundano a veces confortable, otras amenazante, pero siempre al acecho. Y los invitados a pasar allí en verano, forman tres tipos habituales de personas que nos podemos encontrar. Es cierto que Jackson no las dibuja demasiado y que el lector puede quedarse con las ganas de profundizar en la relación entre Eleanor y su madre (sobre todo porque la literatura de terror nos ha enseñado que suele haber miga en estas relaciones) y también lo es que hay un juego quizás demasiado rápido entre las chicas y luego entre Eleanor y Lucas, pero lo salva dejándolo en algo meramente superficial en la lectura. Pero lo importante aquí es el interior y si bien es cierto que en la casa como en la vida es fácil elegir la puerta equivocada, también lo es que uno llega a estas lectura esperando más que un par de escenas de efecto como la que sucede en la habitación azul. Sin embargo, lo que puede provocar más miedo en esta lectura, es el reconocimiento del lector en alguno de los miedos representados por los personajes: todos ellos aislados y llenos de sus propios fantasmas. Y, de entre ellos, Eleanor se alza como la gran protagonista señalada casi desde un comienzo y cuyo papel es, posiblemente, el más difícil de representar. Ella es quien, tema o no a la casa, parece tener más miedo a la vida que a lo que suceda allí dentro, como si la libertad adquirida al morir su madre fuera además la peor de sus pesadillas. Ella ha sido siempre un segundo plano y ahora que se ha quedado sin nadie detrás del que esconderse, todas las miradas convergen en ella. Incluida la de la casa.
Así es como genera Jackson esa atmósfera terrorífica: desde el interior. Y nos la presenta en la historia de la casa tanto como en las personas que llegan o en aquellas que se han adaptado a trabajar allí durante años. Y por eso la novela funciona, aunque tal vez no sea lo esperado por algunos lectores de género.
La maldición de Hill House es una magnífica novela de terror psicológico que obliga al lector a redefinir su concepto sobre "lo que da miedo".
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
PD: Hill House ha visto adaptaciones para todos los gustos. The Haunting en forma de película llevada al cine tiene una versión de 1963 que es posiblemente la que se mantiene más fiel a la novela. Mucho más desde luego que la realizada en 1996 bajo el mismo título y muchísimo más que la aclamada serie de Netflix.
Por otro lado, os presento la Mansión Winchester, fuente de inspiración de la casa de la novela, una mansión laberíntica que tardó en construirse casi cuatro décadas debido a su intrincado interior cuyo objetivo era hacer que los espíritus de los fallecidos por causa de las armas que llevaban su mismo nombre, se perdieran en ella incapaces de encontrar el camino para atormentar a la familia creadora de dichas armas de fuego. Las peculiaridades de la mujer que la mandó construir forjaron la leyenda de la que sigue siendo considerada una casa encantada hoy en día. No diréis que no os cuento cosas.
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viernes, 31 de enero de 2020
Creedme. T. Christian Miller y Ken Armstrong
"Marie abandonó la sala de interrogatorios y bajó las escaleras de comisaría acompañada de un oficial y un subinspector. Ya no estaba llorando. Los agentes la dejaron en manos de las dos personas que la esperaban, coordinadores de un programa de apoyo para jóvenes que, como Marie, habían alcanzado la mayoría de edad y ya no pertenecían a la red de familias de acogida.
"Entonces, ¿qué?" preguntó uno.
"¿Te violaron?".
Netflix ha sido el lugar en el que he descubierto este título. Me apareció como miniserie y me llamó la atención por lo que decidí investigar. Hoy traigo a mi estantería virtual, Creedme.
Creedme se basa en An unbelievable story of rape, un reportaje hecho por los dos periodistas que firman este libro y que comenzaron una investigación sobre un caso real de violación en el que una mujer no fue creída, se retracto incluso, y luego gracias a la colaboración de los detectives de la policía se demostró que su denuncia era cierta.
Dicho así, con un poco de prisa, esta es la sinopsis de Creedme, pero hay mucho más en este libro.
El True Crime se ha convertido en un género propio y no son pocos los títulos que van apareciendo en los dos últimos años. Sin embargo, lo habitual es que se hable de asesinos en serie o terroristas, nunca me había tropezado con el de un violador aunque, como se dice en el libro, la probabilidad de que un violador reincida en el delito es muy superior a la de que lo haga un asesino. Y esa es solo una de las cifras que aporta Creedme. Pero empecemos con la historia:
Marie es una joven de 18 años que ha llevado una vida difícil en la que no han faltado los distintos hogares de acogida y los abusos. En el momento en que parte la historia Marie estaba rehaciendo su vida, tenía algunos amigos e incluso había recibido ayuda para alquilar su primer apartamento y vivir sola. En ese momento Marie atraviesa las puertas de una comisaría en un suburbio de Seattle, donde vivía, y denuncia una violación. La policía, entrenada para ello tal y como nos explican los autores del libro, comienzan a sospechar desde el momento en que Marie no actúa como una víctima: ella no está furiosa y deshecha, está entera. Su testimonio es puesto en duda incluso por alguna de sus madres de acogida. Marie entonces sufre el protocolo Reid, que se aplicaba en casos de asalto. La policía la hostiga y finalmente Marie se viene abajo y se retracta de su denuncia.
A partir de ese momento su vida cae por un precipicio. La policía la denuncia a ella por haber interpuesto una denuncia falsa, su caso llega a los medios y se convierte en algo conocido y la joven es señalada y dada de lado por sus amigos. Marie ha pasado de ser una víctima a una cabeza de turco enjuiciada y utilizada como ejemplo de "las miles de denuncias falsas que se interponen". Este creo que es el momento perfecto para decir que Marie puso su denuncia en 2008. No hace cuarenta años.
Tuvieron que pasar más de dos años hasta que la policía de Colorado arrestara por violación a un hombre y encontrase una fotografía de la joven Marie. Pero esta no es solo la historia de Marie, Creedme es la historia de una práctica, la de poner en duda el testimonio de la víctima cuando no se ajusta a los parámetros, es la historia del miedo de muchas mujeres a no ser creídas y también la de la descoordinación policial cuando no se pertenece al mismo estado y la de las policías que, pese a ello, deciden seguir investigando, Galbraith y Hendershot. Pero no solo eso, ya no se concentran en las víctimas únicamente, también llegamos a conocer a O'Leary, el violador, desde su infancia hasta el reconocimiento de que violó a Marie por oportunidad tras espiarla durante muchas horas.
Creedme es un libro impactante sobre errores de proceso, víctimas que acaban siendo juzgadas y un violador que pudo haber escapado de su delito. Leído como un informe largo o como un simple ejercicio de información se trata en muchos momentos de un libro escandaloso. Sobre todo porque no es ficción.
Y vosotros, ¿descubrís libros a través de sus adaptaciones o una vez vistas ya no os interesa la lectura?
Gracias.
"Si no todas, casi todas las mujeres nos hemos planteado cómo reaccionaríamos en caso de violación. Si es mejor defenderse con uñas y dientes, o si deberíamos huir por todos los medios. O, quizá, permanecer en estado inerte para que todo pase cuanto antes. Es un diálogo interno que comienza pronto, normalmente en la adolescencia, cuando comenzamos a salir solas al mundo. Y, sobre todo, de noche; ese espacio físico -más que temporal- donde las calles nos gritan que no son nuestras, incluso en tiempos de paz.
El pensamiento desaparecerá al cruzar el portal, pero el monólogo regresa implacable cuando hay noticias de una violación..."
Prólogo de Creedme.
Patricia Simón.
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T. Christian Miller
miércoles, 29 de enero de 2020
El peso de la nieve. Christian Guay-Poliquin
"Mira. Es un lugar más vasto que cualquier vida humana. Quien trate de huir está condenado a volver sobre sus pasos. Quien piense avanzar en línea recta estará en realidad andando en círculos concéntricos. Aquí, todo escapa al control de las manos y de la mirada. Aquí, el olvido del mundo exterior es más fuerte que cualquier recuerdo. Mira de nuevo. Este laberinto carece de salida. Se extiende dondequiera que posemos los ojos. Mira bien. No hay ningún monstruo, ninguna bestia hambrienta que merodee por estos dédalos. Pero estamos atrapados. O esperamos a que los días y las noches acaben con nosotros, o nos hacemos unas alas y escapamos volando".
Hay un tipo de novelas por las que me siento atraída. Se trata de esas en las que, aparentemente, no sucede nada. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El peso de la nieve.
Un hombre se dirige a un pueblo a ver a su padre y por el camino tiene un accidente de tráfico. Su coche da varias vueltas de campana y sus piernas acaban prisioneras bajo el peso del vehículo. El hombre tiene las piernas destrozadas. Estaba ya muy cerca del pueblo, de hecho le llevan hasta allí,un lugar remoto y nevado, casi incomunicado. Su estado es muy grave y el pueblo sufre con el aislamiento, ni siquiera tienen electricidad. Por eso esta hombre acaba en la cabaña de Matthias, que le cuidará a cambio de víveres... y de la oportunidad de salir hacia la ciudad en primavera. Quiere irse lo antes posible para encontrarse con su mujer. Pero aún es otoño...
Es el hombre accidentado quien nos narra la historia de su confinamiento durante su recuperación. Un confinamiento provocado tanto por sus lesiones como por la nieve, de hecho de no ser por la nieve, su cuidador no estaría ahí. Con él. Será ese cautiverio obligado durante su recuperación el que nos vaya narrando en esta novela que se torna angustiosa a medida que avanzamos centímetro a centímetro de nieve caída.
El peso de la nieve recibe sus influencias con los brazos abiertos, sin esconderlas. Si el protagonista tiene rotas las piernas y le regalan un catalejo, lo usará para mirar por la ventana (en este caso no indiscreta) una y otra vez. Y si hay dos hombres que no se conocen conviviendo, no hace falta que esperen El Sunset limited para que el lector vea ecos de McCarthy en la novela. Y luego está el invierno, ese gran protagonista con su manto blanco que cae de forma silenciosa pero implacable, hermosa pero tal vez letal. Esa será la angustia del lector que se ve sorprendido cuando, donde debiera aparecer un 1 anunciando el primer capítulo, el autor ha escrito "TREINTA Y OCHO". Así, con mayúsculas. Y pasa la página desconcertado pensando que tal vez sean capítulos decrecientes y descubre "TREINTA Y NUEVE" y después "CUARENTA Y UNO". Pero para ese momento ya sabemos de lo que nos hablan. No es un orden numeral para los capítulos, son los centímetros de nieve gracias a un palo clavado por Matthias. Como dice el protagonista:
"Genial. Ya tenemos algo con lo que medir nuestra angustia".
En este libro, Matthias lee, el protagonista no. Matthias cuida con esmero al protagonista que al principio ni siquiera habla, solo sufre dolor. Matthias quiere huir, volver a la ciudad tiene un destino esperándole. El protagonista en cambio ha llegado ya a su destino para descubrir que ahora nadie lo espera. Efectivamente, son blanco y negro obligados a vivir confinados en una casa comiendo sopa y pan negro. Nos e ha acabado el mundo ni estamos ante una novela postapocalíptica, pero a veces no hace falta ser tan extremista para vivir situaciones extremas. Y la verosimilitud gana al más fantástico escenario a la hora de comprender y creer. Sin saltos de fe esta vez, solo creer.
El peso de la nieve es una novela potente en la que copo a copo y centímetro a centímetro sentimos la angustia de sus protagonistas. Es una novela de tesón y de lucha, de objetivos vitales y muebles quemados al fuego. Y sí, es una novela en la que la nieve es la gran protagonista; hermosa y letal.
Y vosotros, ¿qué tipo de novelas son las que os atraen más, así de entrada?
Gracias.
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lunes, 27 de enero de 2020
No entres dócilmente en esa noche quieta. Ricardo Menéndez Salmón
"Mi padre falleció en la Unidad de Paliativos del Hospital de la Cruz Roja de Gijón durante la tarde del 12 de junio de 2015. Había cumplido setenta y dos años un día antes. Yo no estaba con él. Me había marchado de su lado poco después del mediodía, cuando mi madre llegó a darme el relevo en el cuidado de su agonía.
La última imagen que conservo de mi padre vivo es la de un hombre que hace un gesto repetido aunque ambiguo, tocarse el pecho con ambas manos, como si estuviera reconociendo una culpa o buscándose los latidos del corazón. Su mirada está fija en la única ventana que hay en la habitación. Y lo que esa mirada contempla es intrascendente, un paisaje alejado de cualquier epifanía en la hora del adiós. La muerte es aquí un asunto prosaico".
Tendría que pararme a pensar en el número de libros que he leído de Menéndez Salmón y, sin embargo, no necesito pensar para afirmar sin equivocarme que los he leído todos. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, No entres dócimente en esa noche quieta.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.
Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian,
rabian contra la agonía de la luz.
He borrado de mi memoria, dice cuando no se adentra en el terreno y yo me pregunto si eso es cierto o simplemente lo omite pero no puede evitar nombrarlo. Hasta que de repente ya no importa porque me doy cuenta de que este libro no trata de un padre fallecido. Este libro trata de un hijo que ha convivido con la idea de tener un padre muerto y ni así, por muchos años que hayan sido, estaba preparado para esa vida. Y tampoco para esa muerte. Ni para lo que significa. Porque esos años de convivencia le han hecho pensar sobre el tema, pero no como un filósofo, sino como un hijo que ya no es hijo, que ahora es solo padre. Con todo lo que ello implica.
Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.
Habla Menéndez Salmón en este su último libro de todos sus fantasmas. De sus miedos, sus temores, sus esqueletos (al menos de los que ha querido airear) y va perdiendo línea a línea en estas apenas doscientas páginas el pudor al hacerlo. Y si el pudor vuelve, recurre a su padre para volver a desnudarse un puñado de palabras más tarde.
Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian,
rabian contra la agonía de la luz.
Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
No entres dócilmente en esa noche quieta es un libro más que privado, personal, que leí con prisa y luego disfruté con calma. Puede que no sea para todos los públicos ya que carece de hecho de una trama definida, pero hay libros ante los cuales, ¿quién la necesita?
Me acabo de dar cuenta del número de veces que he escrito la palabra búsqueda en esta entrada. Así de profundo bucea su autor.
No sé si lo he dicho, pero leed a Menéndez Salmón.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
"No entres dócilmente en esa noche quieta"
Dylan Thomas
lunes, 20 de enero de 2020
La cucaracha. Ian McEwan
"Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, Jim Sams, inteligente pero de ningún modo profundo, se vio convertido en una criatura gigantesca. Durante un rato largo permaneció de espaldas (no era su postura favorita) y miró con consternación sus lejanos pies y sus escasas extremidades".
Me declaro incondicional de McEwan. Y lo hago sin pudor alguno porque, seamos conscientes, cada lector tiene sus amores. Y da igual si un día flaquean o no cumplen lo esperado, se les perdona. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La cucaracha.
Una mañana cualquiera Jim Sams se despierta convertido en una persona. Él era una cucaracha de palacio hasta hace apenas unas horas y, de repente, ahora es un ser humano. Pero ni siquiera es un ser humano cualquiera, es el PM: nada menos que el primer ministro del Reino Unido. Este será sin duda su descubrimiento más relevante, al menos hasta sentarse con el consejo y ver que, salvo uno, todos los asistentes son también antiguas cucarachas. Asé pues, y con el país en manos de tan insignes bichos, lo primero que deciden es apuntarse al Reversionismo (flujo inverso del dinero).
En los últimos tiempos Ian McEwan parece empeñado en demostrarnos que una realidad alternativa, por rara que sea, es mejor que la realidad en la que nos encontramos. O tal vez no sea eso, quizás simplemente utiliza estas realidades alternativas para hacer una crítica de las realidades actuales que no le gustan. O algo así, la verdad es que los lectores de aquel brillante McEwan de antaño no terminamos de tener claro lo que busca en los últimos tiempos, aunque seguimos disfrutando del escritor de oficio al que perdonamos que haga aguas en... todo lo demás.
La cucaracha es, evidentemente, un sátira política del Brexit comparado aquí con una teoría descabellada llamada Reversionismo en la que el trabajador paga a la empresa y el tendero al consumidor. Me ha quedado claro, querido McEwan, que no eres muy fan del Brexit. Y también lo que piensas sobre teorías descabelladas que se hacen populares y de quienes las apoyan. Pero esto no trata de tu opinión sino de la mía.
Con un comienzo que es un clarísimo homenaje a La Transformación de Kafka, McEwan hace honor a su profesión y registra paso a paso cada una de las sensaciones de la cucaracha-hombre antes de dar el golpe de gracia con una vaga descripción y la confirmación de que estamos ante el primer ministro. Un primer ministro que tiene una memoria residual en la que recuerda cómo moverse o afeitarse y también comprende conceptos políticos complejos que tienen que ser explicados al lector; básicamente, el Reversionismo. Hasta aquí me quito el sombrero. El Brexit es una de las grandes crisis de nuestro tiempo y McEwan parece decidido a coger el toro por los cuernos y escribir una sátira que además haga entender.... absolutamente nada. La novela, pese a ser corta, pierde fuerza a medida que McEwan se enreda en una historia que parece perder el sentido. Si los políticos son cucarachas, ¿qué son los que no son cucarachas? ¿y qué pinta la termodinámica aquí? Y, sobre todo, ¿por qué iban a tener ese interés específico? el lector no deja de hacerse preguntas descubriendo que, con suerte, una de todas ellas será respondida y llega entonces a un final totalmente desconcertante que contradice abiertamente la primera página ya que dudamos de si todo esto era un plan orquestado y no una sorpresa inicial.
McEwan parece a gusto en estos universos alternativos que son a su vez un producto de hechos pasados que se separaron de nuestro hilo real. Lo mismo da que Turing siga vivo o que aparezca una teoría económica disparatada, McEwan parece conducirnos a través de esa realidad alternativa y a veces casi absurda a un punto actual que tiene demasiado en común con el momento en que vivimos. Es casi como si quisiera conseguir que el lector mire su entorno y se pregunte qué tiene nuestro mundo para no ser tan absurdo como el planteado por el propio McEwan. Pero, más allá de esta reflexión hecha con mejor intención que bases, está claro que la lectura de esta novela en forma única no da para tantas conclusiones. Uno termina La cucaracha con la sensación de estar ante una idea cogida por los pelos con la que luego no se ha sabido muy bien qué hacer. Una lástima. Si os soy sincera, me gustaría una de esas realidades a gusto del autor en la que aquel que escribió Expiación se pusiera delante del McEwan de hoy para, sin perder esa caballerosidad y elegancia inglesa, le dijera dos o tres cosas.
La cucaracha ha resultado un libro con un comienzo prometedor y un poso decepcionante.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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miércoles, 15 de enero de 2020
El arte de perder. Alice Zeniter
"Desde hace unos años, Naïma experimenta un nuevo tipo de padecimientos: los que ahora acompañan sistemáticamente a las resacas. No es sólo que tenga dolor de cabeza, la boca pastosa o el estómago hecho polvo; cuando abre los ojos después de una noche de farra (ha tenido que espaciarlas: ya no aguantaba aquel sufrimiento una vez por semana, ni siquiera cada dos semanas), lo primero que le viene a la cabeza es: «No lo conseguiré.»."
Como buen ser humano incoherente, regreso a los premios una y otra vez. En esta ocasión, el Goncourt des Lycéens, Littéraire Le Monde, Landarneau des Lecteurs, Libraires de Nancy y el primer Premio Goncourt de España de 2017. Hoy traigo a mi estantería virtual, El arte de perder.
Naïma es una joven francesa de ascendencia argelina que trabaja en una galería de París. Argelia ha sido más un nombre, una ubicación geográfica marcada en un buscador, que una parte de la joven o de su historia. Esto cambiará cuando, a raíz de una exposición de un artista argelino, la galería la envíe de viaje a este país. Naïma comienza entonces a descubrir la historia de su familia, la de Hamid, su padre, y su abuelo Alí, convertido en expatriado.
Me gustan los libros entretenidos y ya si me descubren cosas que no conocía, mejor. En este caso se trata de una historia de tres generaciones que se adentra en el tema de Argelia y Francia cuando aún no han pasado sesenta años de la independencia del primero. Es por tanto historia reciente, pero también desconocida, al menos para mi.
El arte de perder sigue, a través de Naïma, la historia de tres generaciones de una familia argelina que termina siendo de lo más francesa. Alí vive en las montañas de Cabilia en un tiempo en el que Argelia era colonia francesa. Él es un magrebí de nacionalidad francesa que tiene una vida de terrateniente y se encuentra con las revueltas que buscan la independencia de Argelia. En ese momento le toca decidir qué bando tomar y acaba siendo un Harki, argelino que lucha del lado de Francia y no de Argelia. Esto hace que Alí tenga que huir junto con su hijo Hamid hacia Francia, para evitar el terror de su propio país y terminen en un campo de acogida. Los dos primeros años son terribles, las condiciones de ese lugar jamás las hubiera imaginado, y eso me lleva a entender por qué hay personas como Ali, que no hablan de su pasado. Gracias a una conciencia social son sacados de ese horrible lugar y terminan en una zona de la periferia, en un barrio que se ve "degradado socialmente" con la llegada masiva de inmigrantes. El tema es, como podéis ver, de una actualidad brutal, ya que en casi todas las ciudades existen lugares así, y muchas veces desconocemos lo que puede haber detrás.
La autora nos presenta la visión más benévola, en la que Hamid es inteligente y consigue integrarse, aprender el idioma, estudiar en París, un buen trabajo y se enamora de una chica francesa. Y de esa unión, el resultado es Naïma.
Tres generaciones que hablan de un momento de la historia más reciente y de un tema que no siempre se aborda en la actualidad. Argelia y su situación son complicados, huir de tu país lo es y más si parte de tu familia se queda, provocando una fractura que va más allá de la geográfica, y luchar para avanzar dejando atrás aquello de lo que sales supone perderse muchas cosas.
Me ha parecido interesante esta visión tan documentada que me ha aportado muchísimos datos que desconocía, sobre todo de la época del abuelo de la protagonista.
La propia autora es descendiente de un Harki casado con una francesa, lo que le da una dimensión más personal a la historia, y quizás también más parcial. Pero a fin de cuentas la vida son pequeñas historias que se encuentran y desencuentran y a mi esta me ha parecido interesante.
El arte de perder es una novela más que recomendable que aborda un tema que me era desconocido y una situación que vemos en las noticias muchas veces.
Y vosotros, ¿hay algún premio que respaldéis?
Gracias.
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