jueves, 30 de noviembre de 2017

Apegos feroces. Vivian Gornick


     "Cada vez que me ve, dice: ‘Me odias. Sé que me odias’. Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente -un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos- le dice: ‘Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia’. Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: ‘Ésta es mi hija. Me odia’. Y a continuación se dirige a mí e implora: ‘¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?’. Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia”."      

     He tenido y posado este libro en las manos varias veces. Tras el premio otorgadopor los libreros de Madrid me decidí. Hoy traigo a mi estantería virtual, Apegos feroces.

     Vivian, autora y protagonista de estas memorias, pasea con su madre por Manhattan mientras conversan a ratos. En estas conversaciones salen recuerdos del pasado como si fueran el propio presente y también salen a la luz las diferencias y parecidos entre ambas mujeres, y la dificultad que entraña una relación madre e hija.

     Cada vez que leo que este es un libro honesto, me llama la atención. No por nada, yo también uso esa palabra con muchos libros, cuando me resulta verosímil o real lo que cuentan en ellos, pero en este caso estamos ante un libro de memorias. Y las memorias, por definición, han de ser honestas. Eso hace que me pregunte qué tienen los paseos entre una madre y una hija durante tres años para que esa sea la palabra que mejor los defina. Y entonces me pongo a leer.

     El libro, y sobre todo en la primera parte, trae al presente un pasado en un edificio del Bronx que retrata fielmente en una época identificada peroq ue podría perfectamente verse trasladado de ciudad, incluso de año. Esos vecinos y, sobre todo, vecinas que se relacionan por prosimidad, en las escaleras, los descansillos, el barrio. Un retrato de "el todo", el momento, por "la parte", el edificio. Y empezamos a conocer a la Sra Gornick, una mujer dura que se casa con un hombre al que se consagra en vida y también en viudedad ya que no sale del papel de viuda una vez su marido fallece. Quizás su contrapunto sea Netti, la vecina, un personaje magnífico que opta por serntirse liberada de su marido y disfrutar y tener sexo alegremente. Y en mitad, en el centro de la novela, está la autora. Una mujer de casi cuarenta a la que vemos de niña mirando todo y recogiendo información y conductas mientras busca el tipo de mujer que quiere ser.
     También hay hombres en el libro, de hecho están el padre y el hermano de la autora. Pero no tienen relevancia para lo que se nos está contando. Gornick habla del crecimiento y la búsqueda, de la dificil relación entre una madre y una hija que se ven fracturadas por una sensación de incomprensión y de esa chispa de rabia que salta entre ellas quizás por todo lo callado durante años y años.
   
      El tono del libro, pese a todo, es nostálgico, casi triste. Incluso cuando habla en la última parte de relaciones fallidas en las qe parece querer buscar a la mujer que es, percibimos un poso de tristeza. Pero quizás es en el narrador plural el que más me ha impactado, el más real y a la vez más solitario. De hecho, cuando uno termina el libro y lo cierra no puede evitar pensar en esa madre que tal vez descubriera el libro ya publicado en uno de sus paseos, en un escaparate, y en lo que hubiera opinado en caso de leerlo. Y justo depués uno no puede evitar pensar en madres e hijas.

     Apegos feroces me ha gustado. Entiendo que sigue una estela de publicaciones entre mujeres marcadas por las relaciones con las madres o las hijas, todas ellas perfectas en sus imprfecciones, todas con silencios y rencores ocultos, silencio, rebeldía y amor.

     Hablaba antes del premio de los Libreros. Y vosotros, ¿sois lectores de premios?

     Gracias.

martes, 28 de noviembre de 2017

Veinte. Manel Loureiro


     "Todo sucedió cinco días antes de Navidad. Nadie parece tener claro dónde comenzó realmente el fenómeno, aunque eso ya es lo de menos. Porque fue rápido, abrupto. 
     Salvaje. 
     No podía ser de otra manera."

      Loureiro se hizo famoso con su trilogía zombie que, tengo qe reconocer, me resultó muy divertida y original. Me reí. Cuando me dijeron que su última novela era juvenil tuve curiosidad por saber cómo sería, ya que en aquellos primeros libros ya me pareció que podían ser del gusto de este sector. Hoy traigo a mi estantería virtual, Veinte.

     Tras una epidemia la población mundial ha quedado reducida al 1%. Los escasos supervivientes, doscientos años después, están formados por herederos de los que no murieron. También heredaron sus conocimientos, que se han ido perdiendo poco a poco. Se hallan repartidos en una serie de poblados que protegen de aquellos a quienes llaman los Hostiles. En uno de estos poblados, llamado La lanza, se sitúa la historia y allí conoceremos a Andrea, una superviviente que por una mutación no envejece convirtiéndola en una testigo de excepción. Pero ni ella puede pensar que la epidemia vaya a regresar.

     Con un comienzo muy potente Loureiro se adentra en el mundo de las distopías. Más cercano a El señor de las moscas o incluso Los cien que a Los juegos del hambre, nos habla de una búsqueda capitaneada por jóvenes y de un colapso social en el que las luchas de poder serán casi constantes. Tanto como la lucha por la propia supervivencia. Quizás por estar enfocado al público juvenil, la acción es constante y no permite que sea interrumpida por descripciones largas. Usa en realidad frases más efectivas que generan automáticamente una imagen en el lector posiblemente ayudado por el bombardeo de distopías que hemos sufrido en los últimos tiempos. Y es que me ha quedado claro que Loureiro se ha empapado del género antes de ponerse con esta historia. Ha buscado las partes buenas y deshechado las malas, sin ser por ello su historia un refrito, que no lo es. Sin embargo se nota que ha huído de determinadas constantes denovelas similares, siendo una de ellas, la supervivencia de los personajes que pueblan la novela. Ha optado aquí por no forzar la historia con giros inverosímiles para conseguir que todos lleguen a buen puerto. Y el lector, al menos el lector adulto, lo agradece.

     El resultado es una novela que se lee en dos ratos y que, si bien es cierto que hay varios momentos en los que la acción se tambalea, deja cerrada la trama evitando ese momento de temor a la trilogía que vienen provocando este tipo de historias en los últimos meses. Una aportación entretenida para los aficionados al género.

     Y vosotros, ¿alguna vez os arrimáis a la novela juvenil?

     Gracias.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El año del pensamiento mágico. Joan Didion


     "La vida cambia deprisa.
     La vida cambia en un instante.
     Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.
     La cuestión de la autocompasión."

     Me gusta leer a Didion porque tras una aparente sencillez, tiene libros muy trabajados, como si los purgase de errores. Me gusta su honestidad a la hora de escribir trate el tema que trate. Me gusta. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El año del pensamiento mágico.

     John G. Dunne murió un 30 de diciembre, en 2003. Salía junto a su mujer, Joan Didion, del hospital de visitar a su hija en coma cuando un infarto puso punto final a su vida. Didión cataliza el dolor en este libro. Le toca además informar a su hija de lo sucedido, su única hija, Quintana.

     Lo cierto es que Quintana Dunne se recupera, pero poco tiempo después sufrió una embolia y tuvo que ser ingresada en la unidad de cuidados intensivos. Finalmente murió, unos meses después que su padre, dejando a Joan Didion sola. El año del pensamiento mágico es un libro sobre la muerte, aunque no sobe la de la hija, Joan Didion ya lo había finalizado cuando falleció, así que se centra en la repentina muerte del hombre con quien había compartido cuarenta años de matrimonio.

     El pensamiento mágico es una forma de razonar basada en supuestos ilógicos, y con frecuencia sobrenaturales, que genera opiniones que carecen de fundamento. Los niños tienen habitualmente pensamiento mágico. El sentimiento de culpa por haber hecho algo o no cuando ha sucedido algo trágico también tiene mucho de pensamiento mágico. Pensar que si no tiras unos zapatos, una persona fallecida volverá a por ellos, es sin lugar a dudas, un pensamiento mágico. Y sin embargo, todos los hemos tenido en algún momento de nuestra vida hasta el punto de ser capaces de identificarnos con ese razonamiento que desafía toda lógica. Las familias de niños desaparecidos dejan sus cuartos intactos, incluso ponen sobre la cama el juguete favorito del niño, para que regresen y lo cojan. Así somos.

     El año del pensamiento mágico es un libro crudo que evita caer en los sentimentalismos, pero que muestra la desolación e incomprensión que siente una persona cuando se enfrenta a la muerte repentina de un ser querido. Si el miedo a la muerte es algo visceral que todos llevamos dentro en mayor o menor medida, no le interesa demasiado a Joan Didion. Pero sí el que se muera alguien a quien queremos. Y se hunde en el tema hasta el cuello dejando al descubierto sus miedos y obsesiones. Porque pese a ser cortito, tiene mucho de obsesivo, y su obsesión gira en torno a la negación. Como si estuviera realmente convencida de que todo lo que vive es una pesadilla de la que va a despertar. Como si John fuera a volver. Como si...
Didion escribe el libro durante el primer año de duelo, en ese momento en el que uno no quiere creer que lo que sucede es verdad. En el año en el que el pensamiento mágico toma muchas veces las riendas de la cabeza. Y el lector es incapaz de apartar la mirada y también incapaz de no maravillarse ante esta mujer, tremendamente menuda, que ha sido capaz de dar a luz un libro tan tremendo. O quizás debiera decir parir, aludiendo a aquella frase de "parirás con dolor".

     El año del pensamiento mágico es un libro corto que se clava en el alma del lector que, incapaz de apartar la mirada de sus páginas, va compartiendo el dolor de la autora y reviviendo el dolor propio. Y también es una suerte de bálsamo, como lo viene siendo desde tiempos inmemoriales saber que otros fueron fuertes en situaciones similares. Pero, sobre todo, es un libro honesto lleno de párrafos que identificaremos como propios, una lectura difícil de olvidar.

    Leed a Didion.

     Gracias.

martes, 21 de noviembre de 2017

Los buenos. Hannah Kent


     "Lo primero que pensó Nóra cuando le llevaron el cadáver fue que no podía ser de su marido. Durante un largo instante miró a los hombres que cargaban con Martin en sus sudorosos hombros bajo el frío cortante y pensó que el cuerpo no era más que una imitación despiadada; un remedo, cruel de tan parecido. Martin tenía la boca y los ojos abiertos y la cabeza inclinada sobre el pecho, pero no había vida en él. El herrero y el labrador le habían llevado un animal muerto. No podía ser su marido. No era él en absoluto."

     Leí Ritos funerarios apenas salió al mercado sin tener muy claro lo que me iba a encontrar. Tras ese fantástico debut, no he podido esperar a leer la segunda novela de su autora. Hoy traigo a mi estantería virtual, Los buenos.

     Cuando Nóra enviuda de manera repentina nadie sabe que será el primero de una serie de hechos inexplicables. Además, Nóra queda a cargo de su nieto, un niño con necesidades especiales, y va a necesitar ayuda para criarlo, mejor escondido de los vecinos. Por eso aparece Mary en esta aldea remota plagada de supersticiones. De hecho ya hay un rumor sobre la existencia de un niño "cambiado" al que nadie conoce. Ante eso, la abuela intentará por todos los medios revertir ese cambio acudiendo a quien sea necesario.

     Los buenos, "la buena gente" es el término con el que se conoce a las hadas en el folklore irlandés. Pero claro, se alejan mucho estas hadas de las madrinas de Cenicienta, por ejemplo. Para ellos, hay otro mundo paralelo en el que viven estos "Buenos vecinos" y pueden, además, caminar entre nosotros. Nance, la curandera de la novela de Kent, afirma que son capaces de mirarnos con un conocimiento que puede deshacer a un hombre. Sus hadas no son precisamente bondadosas, sino que son irracionales. Explico esto porque Los buenos, está ambientada en el suroeste irlandés a mediados de los años veinte, en un ambiente rural con acceso a una cultura mínima en el que el folklore, las creencias y las supersticiones dominaban a las gentes. Es más, la novela está basada (como ya sucediera con Ritos funerarios) en un caso real sucedido en la zona.
     Es impresionante como desde las primeras páginas la autora consigue meternos en el ambiente de la novela, y que casi podamos pasear por sus páginas. La historia, dominada por mujeres, arranca con la muerte del marido de Nóra, quien está cuidando a su tullido nieto desde la prematura muerte de su hija mayor. El bebé nacido aparentemente sano, es un niño mudo cargado de problemas que más que llorar aulla. Y no tarda en correrse la voz diciendo que las hadas se llevaron al verdadero nieto de esta mujer, dejando a un niño cambiado en su lugar. Por eso Nóra acude al sacerdote, quien no le ofrece más remedio que la fe, y también a la curandera local, en quien deposita todas sus esperanzas. Como digo, una novela de mujeres, cuyo tercer vértice es la chica que coge Nóra para ayudarla en su cuidado al niño. Y es que, al final, la ignorancia y el miedo a lo desconocido, dominan gran parte de la novela.

     Tengo que decir, que pese a la magnífica habilidad descriptiva de Kent, este libro no ha alcanzado el nivel del primero. Se lee con facilidad y la historia es fácil de seguir, pero me ha dado la sensación de estar ante personajes demasiado simples, casi encorsetados en su papel del que no se les permite salir en ningún momento. Me hubiera gustado, por ejemplo, conocer a Nóra más allá que como víctima de su propia vida, exactamente igual que hubiera agradecido un cura que cayera en un cliché menos manido que el de la severidad. Y es que, estoy convencida de que determinados estereotipos existen porque posiblemente sean habituales en la vida real, pero cuando leo me gusta que las historias posean un poquito más de complejidad, alguna sorpresa. Entiendo que Los buenos es una forma que tiene la autora de reflexionar sobre quienes son merecedores del uso de este término, pero no da las armas suficientes al lector como para que sea una pregunta que le haga reflexionar. El resultado, por tanto, se queda en una novela entretenida que no deja el poso suficiente como para alcanzar lo que yo considero una buena historia. O quizás lo que sucede es que cualquier libro que venga detrás de Ritos funerarios y sea comparado con él, va a tener muy pocas posibilidades de salir bien parado.

     Y vosotros, ¿os gustan los libros basados en acontecimientos reales?

    Gracias.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La noche de los niños. Toni Morrison


    "No es culpa mía. A mi no pueden acusarme. Yo no hice nada y no tengo ni idea de cómo pasó. Una hora después de que me la sacaran de entre las piernas ya me había dado cuenta de que había un problema. Un problema grave. Era tan negra que me asustó. Un negro del color de la medianoche"

     Una de las cosas que me gustan de seguirle la pista a un escritor es ver su capacidad de reinventarse, tanto en las formas, como en los temas. Quizás por eso, cuando alguien me gusta, sigo hasta agotar su obra, aunque lo haga con calma. Hoy traigo a mi estantería virtual, La noche de los niños.

     Conocemos a Bride. Ella es negra, es su primer pecado. El color de su piel proviene seguramente de algún antepasado remoto, pero eso a su madre no le vale, y tampoco a su padre que se aleja acusando a su madre de infidelidad. Y así crece entre el rechazo y la falta de cariño, una época en la que usaba su verdadero nombre, Lula Ann. Hoy es una reina de la belleza que siempre viste de blanco, quizás en un intento de borrar la mancha de la culpa por un testimonio dado de niña. Tiene una pareja, Booker, una persona marcada también por su pasado, que decide abandonarla llevando a Bride a viajar en su busca y conociendo así a Rain.

     Hoy voy a comenzar la reseña hablando de Carlos Mayor, quien ha recibido esta semana pasada el XII Premio de Traducción Esther Benítez por su trabajo en este libro, y es que, por mucho que se repita, nunca está de más hablar del magnífico trabajo que realizan los traductores. Si un buen escritor da con un mal traductor, nos quedamos sin libro y aún así sus nombres son apenas conocidos por la mayor parte de los lectores.

     Es curioso como se reflexiona de los libros leídos pasado el tiempo. Recuerdo no haberme dado cuenta durante la lectura, cuánto tenía de terrible cuento de hadas que la protagonista se hiciera llamar "novia" y a su madre le dijera "Sweetness". Quizás ya debí de intuir ahí que Morrison iba a tener mucho de fábula y de magia en algún momento, pese a lo aterrador de la lectura en muchas de sus partes.
Bride es el más claro ejemplo de la metamorfosis fallida. Ha pasado de ser una niña deseosa por ser aceptada, y que parece que empieza a serlo cuando testifica destrozando la vida de otra, de ahí esa culpa que arrastra, a una gran mujer admirada por todos que resalta el color de su piel para que a nadie le pase desapercibida su negrura. Y sin embargo, su interior frágil sigue ahí, como intuimos rápidamente cuando vemos su reacción al abandono. Y se confirma en ese momento de realismo casi mágico en el que Bride se ve volviendo a ser Lula Anne. Una parte de la novela tan cargada de significados, que uno se pregunta cómo es posible llegar a expresarlo tan bien como lo hace Morrison. Bride arrastra cicatrices del pasado, y es un personaje que me ha apenado profundamente, sobre todo por la soledad que parecía destilar. Y pese a todo, el mensaje está ahí, la reconversión,la metamorfosis...
     He convertido, creo y casi sin darme cuenta, esta reseña en un monográfico de uno solo de los personajes, como si fuera la única voz del libro y no es así. La madre, Brooke, Rain, incluso Queen... hay personajes muy importantes en esta historia, todos con sus historias y sus uniones, todos ellos llenos de cicatrices y en una gran parte cicatrices que vienen de su infancia. Morrison no escribe, aunque luego haya pensado en cuentos, historias para niños, si acaso deja ver sus pesadillas. Pero también enseña que hay un mañana y quizás por eso encontramos pequeños momentos de ligereza en la trama.

     La noche de los niños es una novela corta llena de pasajes inolvidables y momentos demoledores. Y Toni Morrison evita los sentimentalismos, consiguiendo así una historia efectiva que se lee del tirón pero permanece durante tiempo en el interior del lector.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Cuidando los libros: Limpieza




     Lo primero siempre es limpiar un libro. A poder ser, en seco, es decir, con una brocha suave. Se usa para quitar el polvo de la cubierta, el canto y, algunas veces, en el interior. Si hay una página que empieza a ver su tono cambiado por el polvo o le ha caído algún residuo sólido, lo mejor es utilizar la brocha del centro a los cuatro vértices de las páginas y, en la zona de la bisagra del libro de arriba hacia abajo. Que sea una brocha de cerdas suaves es importante porque algunas hojas de papel pueden verse dañadas, bien por ser tipo biblia, o por la tinta que utilicen. no se puede limpiar de los bordes al centro porque eso doblaría las hojas. Pero, ¿qué pasa si la hoja tiene manchas más resistentes? En ese caso hay que probar con la goma de borrar, pero no usada directamente sobre el papel, sino ralladas bien con un rallador o contra una superficie dura para luego poder frotar la ralladura con los dedos limpios en círculos en la zona a tratar. En general, recomiendo el uso de guantes de vinilo o similar, ya que las manos, seamos sinceros, siempre tienen algo de suciedad o grasa, y puede ser peor el remedio que la enfermedad. Una vez más frotaremos la hoja del centro hacia los bordes cambiando la ralladura cuando cambie de color hasta que veamos que queda limpia y retirándola, como ya explicamos antes, con la brocha. Por supuesto hay manchas más resistentes, pero esas deben de ser tratadas en el momento. ¿sabéis esa gota de café que cae y corremos a... sí, a extenderla con la mejor intención? Lo mejor es poner encima un pañuelo de papel con cuidado, por un pico, para que la recoja y luego colocar sobre la mancha otro pañuelo y otro más justo entre esa página y la siguiente y presionar. y rezar, tampoco viene mal. O cruzar los dedos, esto ya va en creencias de cada cual.
     En el caso del exterior del libro lo mejore s frotar con una esponja de limpieza en seco, con suavidad, para así retirar los restos de suciedad más difíciles. Las que son satinadas, nos lo ponen más fácil ya que podemos aplicar un limpiador. Ojo, siempre sobre el paño, nunca rociando directamente al libro.
     Si vemos que esto no funciona, venden masillas limpiadoras de libros, o esas gomas que son moldeables y se utilizan en el dibujo artístico. Puede ser buena idea frotar, además sueltan muy pocos residuos.

     Los libros huelen, sí. Eso lo sabemos todos, pero no siempre va a ser ese romántico olor que nos cuentan de tinta y papel. De hecho, en muchas ocasiones, el primer olor que nos llega es a polvo y humedad, que llega ser, seamos sinceros, desagradable. Para estos casos lo mejor es coger el libro y meterlo en una bolsa con zip de cierre, y añadir una cucharada de bicarbonato. Extendido con la mano el polvo, que esto no es una receta. Cerraremos la bolsa y lo dejaremos al menos un par de días, aunque yo suelo dejarlo una semana.

     ¿Y los bichos? Esos circulitos que aparecen a veces en los libros viejos que hemos comprado creyendo tener una joya y que nos desconciertan sin saber muy bien lo que son... son bichitos, sí, aunque no lo veamos. A esos hay que congelarlos, metiendo el libro en una bolsa cerrada y esta bolsa en el congelador. Tras un día de congelación se descongela despacio, en el frigorífico, durante medio día más o menos. Recuerda que todos estos procesos hay que llevarlos a cabo sin ninguna prisa. Lo curioso del proceso de congelación es que descubriréis que rascando con muchísimo cuidado en alguna de las páginas que tenían manchitas imposibles, estas se desprenden fragmentadas de la hoja. No digo que vayan a quedar impolutas, pero la diferencia es más que notable.

     Mucha gente es partidaria de pasar la aspiradora a los libros, mi consejo es no hacerlo demasiado cerca ni de forma muy habitual, ya que puede producir daños en el pegamento.
Hay también quien recomienda utilizar un algodón con alcohol para frotar algunas manchas o restos de pegamento de etiquetas adhesivas. no es mala idea, ya que el alcohol se evapora rápido (si hemos medido bien la cantidad a echar) y no deja cerco, pero es importante tener en cuenta que puede comernos el color de la cubierta del libro o incluso emborronar la tinta de un texto en el caso del interior.

     Espero que os haya servido de ayuda.

     Gracias.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Pequeña flor. Iosi Havilio


     "Esta historia comienza cuando yo era otro."

     Los lectores somos unas personas tan peculiares que podemos decir mil veces que no está bien juzgar un libro por su portada y luego comprar otro justo por ese motivo. Y además, no tener remordimiento alguno por hacerlo. Es más, yo hice esta misma semana con el libro que hoy traigo a mi estantería virtual. Se trata de Pequeña flor.
 
     Conocemos a José, un hombre que descubre en las primeras líneas que ha perdido su trabajo. Le toca entonces quedarse en casa, cuidar de su hija Antonia y realizar labores domésticas. Laura, su esposa, será quien trabaje, le va bien, los roles cambian. Sin embargo, José tras un serio percance con un vecino hará un terrible descubrimiento.

     Hoy estamos ante un libro personal e inclasificable, casi experimental en sus formas y también en el fondo del que, en cambio, es difícil no hablar. Iosi Havilio nos regala esta suerte de novela, y digo "suerte" porque a mi me ha parecido más un relato y también porque, jugando con el significado y uso de esa palabra, ha sido una suerte que se cruzara en mi camino. A fin de cuentas, la suerte es importante en la vida de cualquiera.
      Havilio escribe su historia como si la estuviera contando su protagonista de forma atropellada, en un solo párrafo sin puntos y a parte, divisiones en capítulos, ni cualquier otro recurso que se os pueda ocurrir que permita al lector hacer un parón. Sensación que, además, no duda en acrecentar utilizando expresiones como árbol de proporciones, sin decirnos cuales pero sabiendo que al lector no le hace falta ese dato para tener claro el tamaño del árbol. De hecho, el libro está salpicado de esta suerte de incoherencia buscada que aporta a la novela un tono muy especial, pero que no dificulta su lectura como tampoco lo hace que acuda en algunos momentos a los recuerdos sin romper ese enorme párrafo que lo constituye. Y sin que se le haga pesado, lo cual tiene muchísimo más mérito.

     Pensaréis ahora que lo experimental del libro es la parte formal, pero no se trata solo de eso, también tiene mucho de ello una trama que baila entre memorias, casi confesiones, costumbrismo, relato fantástico o incluso negro. Encontraremos música, jazz, y mucha literatura que parece ser un buen refugio particularmente si se trata de Tolstoi, también hay engaños y crisis matrimoniales, y descubrimientos infantiles y grandes sorpresas, al menos, para mi, que llegan a su punto más alto en un final sorprendente que puede resultar incluso cruel según la interpretación que se le de a la novela. A medida que voy explicando me doy cuenta de mis omisiones conscientes, como la muerte de alguien importante en el libro, el vecino, algo que hay que contar porque es vital en esta historia, y de otras no tan conscientes que solo he tocado de pasada como es el matrimonio entre José y su mujer y el desgaste y apatía por el que pasan. Y es que Havilio, toca muchos temas por los que va pasando su historia de una forma más o menos encadenada. Por eso parece casi una confesión y por eso resulta tan complicado interrumpir su lectura, por lo cambiante, la metamorfosis constante que hace que comencemos temiendo estar ante una historia triste de un hombre sin trabajo y finalicemos casi boquiabiertos sin saber cuánto de fantástico tiene lo leído.

     Pequeña flor no es un libro para cualquiera y, por mucho que haya visto a gente decir lo contrario, tampoco es para ser leído del tirón. Es una de esas rarezas que uno disfruta poco a poco para darse cuenta de cada una de sus peculiaridades. Y también es, por si alguien no lo sabe, una bella canción


     Y vosotros, ¿alguna vez habéis comprado un libro por su cubierta?

     Gracias.