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lunes, 18 de julio de 2011

El niño con el pijama de rayas. John Boyne



     "Gretel no quería seguir mirando, pero le resultaba muy difícil apartar la mirada. Hasta entonces, lo único que había visto era el bosque hacia el que estaba orientada su ventana; parecía un poco oscuro, pero quizá más allá hubiera algún claro donde hacer meriendas campestres. Sin embargo, desde aquel lado de la casa el panorama era muy diferente.
A primera vista no estaba tan mal. Justo debajo de la ventana de Bruno había un jardín bastante grande y lleno de flores en pulcros y ordenados arribates. Parecían muy bien cuidado por alguien que hubiera comprendido que plantar flores en un sitio como aquél era una buena idea, como lo habría sido, durante una oscura noche de invierno, encender una velita en el rincón de un lúgubre castillo situado en medio de un brumoso páramo."



     Hoy hablaba con una persona cuya opinión valoro y me hacía el siguiente comentario..
- Pues mirando el blog.. tampoco veo que hayas "dado muchos palos" a libros.
Según me lo dijo le contesté lo que en ese momento me pareció lo razonable; es decir, ¿Para qué pararme a hablar de libros que no me gustan existiendo tantos que ha merecido la pena, y mucho, descubrir? Sin embargo, me he parado después a pensarlo y, ahora que no me oye, tiene razón. No se trata sólo de hablar de libros que a uno le gustan; muchas veces cuando alguien me pregunta por un libro le digo.. "ni te molestes" así que aquí debería de hacer lo mismo. Además, recuerdo que cuando dije que Larssön no me había gustado sentí algo parecido a una liberación por no tener que estar de acuerdo con todo el mundo. Y eso voy a hacer hoy, recordar uno de los libros que más me ha decepcionado tras tanta "fama", El niño del pijama de rayas.

     Lo comencé con bastante curiosidad, si bien es cierto que el tema de los campos de concentración y los nazis está bastante explotado, todos, en mayor o menor medida, nos acabamos por sentir atraidos por conocer lo que allí sucedió. En este caso además, la opinión de la gente en la calle era extremadamente favorable, aunque tras leerlo empecé a albergar la duda sobre si leyeron el libro o se limitaron a regalárselo unos a otros porque se había puesto de moda y, a partir de ahí, nadie podía decir que no le gustaba para que así no le preguntasen los motivos.

     Boyne afirmó que había escrito el esbozo de este libro en dos días y medio, sin apenas dormir, cosa que nunca antes le había ocurrido (y visto el resultado entiendo que en las cosas buenas hay que invertir tiempo) y nos presenta a Bruno. Es un niño de 9 años, hijo de un militar de las ss, que se muda junto con su familia al trasladar a su padre al campo de concentración de Auschwitz. El niño, va viendo por la ventana a un montón de personas que lucen un curioso pijama de rayas, los judios prisioneros, y entabla a través de la verja amistad con un niño de su misma edad, que le irá contando por todo lo que ha pasado en su corta vida. En un momento determinado, la madre de Bruno decide que no es lugar para un niño, y éste, antes de irse busca a su amigo para decirlo adios. No sólo encuentra a su amigo sino que entra en el campo disfrazado con un pijama para ayudar al niño judió a encontrar a su padre desaparecido y acabar ambos sufriendo la misma suerte que muchos otros judios en una cámara de gas.

     Y esa es, a grandes rasgos, la historia que emocionó a tanta gente. A mi no. Me parece totalmente irreal. No sólo el hecho de que consiga entrar al campo de concentración, que seguro que ya os habéis fijado en el resumen en ese dato. Es totalmente incoherente con la obra entera, porque, digo yo, ¿cómo un simple niño consigue colarse en un campo de concentración y nadie consigue huir de él? No tiene mucho sentido, así que, para cuando llegué a esa parte, que es el momento drámatico máximo, la sensación de fábula que tenía se intensificó tanto que me desvinculé totalmente de lo que sucedía.
Está escrito, además, con un tono infantil exagerado. Vale que nos lo cuenta un niño, y que es una narración a otro niño, pero tiene 9 años. No hay niños tan inocentes como para desconocer tantísimo lo que sucede a su alrededor y, sobre todo, si lo que sucede es de esa magnitud y uno vive en la casa de al lado. Nos presenta una infancia tan inocente y virginal que no podemos hacer otra cosa que dudar permanentemente de ella, las escenas se vuelven totalmente irreales de la mano del narrador. No podía evitar pensar.. ¿no va  a hacer nunca una trastada? ¿no va a escuchar lo que sucede? Es un niño!  Pues no, no lo hace. No sólo eso, sino que nos va anunciando las escenas dramáticas con antelación, y nos deja entrever el final desde la mitad del libro. Nada coge por sorpresa a nadie salvo al protagonista y su amigo. Una lástima, ya que se queda en una obra de plástico, sensiblera a más no poder.
     Eso sí, aprendí que un niño alemán llama a Hitler Fury en lugar de Führer, para que luego digan que no se aprende de los libros, aunque... creo que no, que mejor esa parte también la olvido. No vaya a ser otra licencia que se concede el autor, como el entrar al campo...

     En fín, espero que os gustase más que a mí. La película.. la verdad, no me quedaron demasiadas ganas de ir a verla.

     Gracias