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lunes, 6 de septiembre de 2021

En las ruinas del futuro. Don DeLillo

 


     "Todo eso cambió el 11 de septiembre. Hoy el relato del mundo lo vuelven a escribir los terroristas".

     Me gusta un escritor, me compro sus libros. No hay más. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, En las ruinas del futuro.

     Alla por el año 2001, un 21 de diciembre (esperábais supongo un 11 de septiembre), DeLillo escribió un artículo para The Guardian en el que hablaba de los atentados, las torres, el ambiente en una de esas calles recorridas por un tráfico incesante de coches y personas... hablaba de lo mismo que todo el mundo; el terrible atentado a las Torres Gemelas. Un año más tarde se publicaba la traducción en nuestro país y ahora, hace apenas unos días, se ha reeditado.

     DeLillo nos deja un librito en el que reflexiona sobre el atentado, el terrorismo radical en el que las personas son instrumentos de sus creencias y en la forma en que eso las distancia del resto de la humanidad a la que no son capaces de otorgarle rasgos. Supongo que un poco como eso que dicen de si le pones un nombre a un pollito, jamás te lo llegarás a comer. Habla también de la memoria y de las historias y de cómo serán contadas esas historias en el futuro, de las personas y el estupor, las calles polvorientas y las cintas policiales que se mantuvieron durante mucho tiempo. Habla de la prensa que retransmitía en directo lo sucedido sin caer en lo cinematográfico y nos deja además una suerte de testimonio cercano pero no desde dentro de las torres, lo hace justo desde al lado. Me preguntaba al leer esa parte si realmente estaba dando testimonios o era una suerte de metáfora, de aviso a navegantes sobre lo que deberían de empezar a temer si estaban viendo lo que sucedía en su país. Posiblemente. O quizás no y sea una interpretación mía influida por los veinte años casi que han transcurrido desde ese momento y por todo lo sucedido desde entonces. Y como broche, el americanismo multicultural, multirracial, el seguir adelante porque es lo que importa. Muy colocado todo. Entonces.

     He colocado como frase una que a mi me llamó particularmente la atención al comenzar la lectura. Una que pensé que sería la marca del texto y sobre la que oscilaría DeLillo. Pues bien, me equivoqué. Esperaba algo más incisivo, más profundo, supongo que algo más contemporáneo a este año que vivimos y que estuviera escrito por lo tanto desde el análisis que otorga la distancia y no desde el simple "un texto más" en el que realmente no se aporta nada en particular salvo un par de pensamientos a vuelapluma y un broche final efectista que en este momento carece realmente del sentido que tuvo al escribirse. Será culpa mía ya que esperaba un análisis. O del mundo por habernos dejado un comienzo del S XXI tan lleno de sobresaltos que podrían llenar una biblioteca entera con palabras sobre cada uno de ellos. Pero me ha parecido que se queda muy corto. Me ha sonado a uno de esos ejercicios en los que uno intenta dejar de lado el sentimentalismo y hacer algo digno cuando aún no está preparado para ello y que refleja nada más que un punto dentro de un eje cronológico macabro que ha continuado sucediéndose de tal modo que, esa primera frase con la que comenzaba esta reseña, puede ser la que mantenga el rigor con más dignidad de todo este título. Al menos hasta que llegó la pandemia. O qué se yo, supongo que escribir textos sobre temas actuales es muy complicado. Y conseguir que mantengan el mismo sentido que tuvieron al publicarse debe de serlo aún más.

     En las ruinas del futuro es un libro para quienes, como yo, alimentan su lado coleccionista y quieren tener todo lo escrito por su autor.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.


lunes, 23 de enero de 2017

Libra. Don DeLillo


     "Corría el año en que él viajaba en metro hasta los confines de la ciudad, trescientos veinte kilómetros de vías férreas. Le gustaba instalarse en la parte delantera del primer vagón, con las palmas de las manos apoyadas en el cristal. El tren taladraba la oscuridad. Los viajeros aguardaban en pie en los andenes con la mirada perdida en el vacío, una actitud sustentada por años de práctica. Al pasar a toda velocidad se preguntaba quienes eran en realidad. Su cuerpo se estremecía en los tramos de mayor aceleración. Viajaban tan rápido que a veces creía que estaban a punto de perder el control. El ruido crecía hasta un nivel doloroso que él asimilaba como una prueba personal. Otra curva delirante. Había tanto hierro en el chirrido de esas curvas que casi podía saborearlo, como cuando, de pequeño, te llevas un juguete a la boca."

     Una de las formas que tiene un escritor de demostrar su maestría es escribiendo algo que esté ya contado mil veces, de mil maneras, y conseguir hacerlo propio y único. Pongamos, por ejemplo, la muerte de Kennedy. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Libra.

     Conocemos lo sucedido el 22 de noviembre de 1963. También a Lee Harvey Oswald.

     Nos gustan las fechas. Todas. Google lo sabe y nos dice qué día conmemoramos de forma diaria, porque nos gusta. Las recordamos todas y particularmente aquellas relacionadas con un evento trágico. Y ahí está el 22-N: la fecha del asesinato de Kennedy. Tal vez no la recordemos si nos la preguntan, pero todos sabemos lo que pasó, más o menos ya que en realidad nadie lo sabe a ciencia cierta. Hubo una comisión, Warren, que dijo que un tal Lee Harvey Oswald fue su ejecutor, y años después un comité presentó un informe diferente en el que se hablaba de varios francotiradores e incluso de la posibilidad de una conspiración desde el propio gobierno o la CIA. El caso es que todos conocemos las imágenes en las que se ve al presidente en su coche y lo sucedido segundos después. Y así es como DeLillo utilizando varias voces, incluida la del narrador, nos presenta a Oswald ya sea en la marina, en la URSS o durante su infancia en la que se ve pobreza y la falta de una figura paterna. Así es como crece un Oswald inconforme e incapaz de encontrar su lugar que parece buscar una especie de utopía que le permita sentirse a gusto. Y este será el hilo central que lleve al protagonista a convertirse en uno de los nombres más conocidos de la historia de los Estados Unidos e incluso a ser portada de aquella revista que tanto miró en su juventud.


     DeLillo entra con esta novela en la teoría conspiratoria, introduciendo Cuba, la política, a ex miembros de organizaciones gubernamentales, y todo aquello que tiene al alcance de su mano, para explicar bien en el hilo central o en los satélites de la novela, lo sucedido. Es verdad que las conspiraciones parecen uno de los temas favoritos del género humano, y que en el caso del asesinato de un presidente puede ser, además, resultón, pero hay que saber hacerlo bien. Para ello el autor además de desmontar la credibilidad del Informe Warren, demostrando la presunción de manipulación, se dedica a jugar con el lector. Es decir, todos los datos de los que parte, son reales, pero su obra es ficción, de tal forma que rellena huecos existentes o amplía datos, particularmente conversaciones, ya conocidas para crear un entramado en el que es fácil caer y terminar convencido de aquello que nos está diciendo. DeLillo nos muestra a un Oswald un tanto ambiguo, del que contando apenas, es capaz de situar en planos bastante íntimos y dejar en el lector esa sensación de pobre tonto que no conseguimos despegarnos mientras acariciamos la expresión "tonto útil" en determinados momentos de la novela. Y con todo ello, además, sorprende. Sorprende su capacidad para sorprender, y para ser original en uno de los temas más trillados. La posibilidad de convertir algo tan visto en una gran novela cuya lectura es un placer y que no se percibe como una revisión, sino como una historia en sí misma.

     Hay cosas que requieren oficio para poder hacerlas. Don DeLillo lo demuestra claramente en Libra. Hay que leer a DeLillo. Merece la pena.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Cero K. Don DeLillo


     "Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo.
      Me lo dijo mi padre, de pie junto a las ventanas francesas de su despacho de Nueva York; gestión privada de la sanidad, fondos fiduciarios dinásticos, mercados emergentes. Estábamos compartiendo un punto temporal curioso, contemplativo, y ese momento estaba rematado por sus gafas de sol vintage, que traían la noche al despacho."

     Muchos somos los que hemos vivido como un acontecimiento la publicación de este libro. Hay escritores que así lo merecen. Hoy traigo a mi estantería virtual, Cero K.

     Conocemos a Jeff Lockhart durante su traslado a lo que parecen unas instalaciones secretas. Se dirige a lo que descubriremos como la Convergencia, un lugar en el que su padre Ross le espera junto a su segunda esposa Artis. Artis está enferma y se va a someter a un estado de suspensión hasta que el mundo esté preparado para porporcionarle una cura, y lo hará mediante la criopreservación. Jeff ha acudido para despedirse, para acompañar a un padre que lo abandonó a él y que estaba en la portada de una revista mientras su primera esposa, madre de Jeff moría. Jeff es el hijo. Ross le comunica su decisión: parece querer someterse al mismo proceso que su esposa.

     No es una novedad que DeLillo hable de la muerte. Sin embargo hace de la muerte un elemento central en esta novela cuyo protagonista real es el tiempo y la vida. Jeff ha vivido con un padre de nombre ficticio hasta conocer al suyo y Ross ha vivido para convertirse en un magnate, en un hombre importante. La vida cambia a las personas y Jeff acaba por saber quién es su padre, y Ross parece haber decidido renunciar a todo para irse con su esposa Artis. La conclusión es indudable: otro abandono para su hijo, ese que ahora parece ser el hijo, el único el heredero. DeLillo no se complica y se agarra a la criogenia, esa vieja conocida, para dar una prórroga supuesta a la muerte, para otorgar a sus protagonistas el destello de una no mortalidad. Y aborda la individualidad y la identidad de las personas para acercarse a la vida. Utiliza unas instalaciones anodinas, frías, con lugares indiferenciados en el que las proyecciones no tienen sonido y las figuras humanas son muñecos sin vida. Tal vez por eso el padre de Jeff decide dar el paso; tal vez si olvidamos aunque sea por permanecer en un entorno así, quienes somos, nos importe menos perder. Y por eso Ross parece perder la memoria, olvidar lo sucedido en otro tiempo, como si ya perteneciera a otra vida.
El tiempo: la madre de Jeff adivinando la hora, sin reloj, un reloj nuevo de regalo, su ausencia en las habitaciones... el paso del tiempo como protagonista en una vida de gestos.
   
     DeLillo trabaja mucho con sus personajes. Nos cuesta mucho que el padre de Jeff nos caiga simpático. Incluso cuando decide cambiar de idea nos cuesta. Jeff, narrador de su historia excepto un fantástico momento en el que Artis toma la palabra y del que no os daré más pistas, es diferente. Sentimos su abandono y sus miedos, sabemos en lo que no se quiere convertir, vemos su relación con Emma, su fragilidad, su necesidad constante. La relación padre e hijo monopolizarán una parte de la historia dejando tan desnudo al hijo como inaccesible en algún modo a un padre que vemos siempre con un destello idealizado. Y sobre todo, sus personajes son humanos, cambiantes, se equivocan... son extraordinariamente humanos lo que contribuye a que sigamos con ellos hasta el final.

     Cero K es una novela de temas complejos: la vida, la muerte, las relaciones, las creencias.. que el autor lleva con mano maestra. El placer de leer a DeLillo reside en el simple hecho de leer a DeLillo pero, más allá de eso, está el dejarse llevar por una trama que explora los recovecos del alma. Me ha parecido una gran novela para uno de los grandes escritores contemporáneos. No puedo dejar de recomendaros su lectura.

     Como comentaba al principio, este es uno de los títulos que esperaba este año 2016. Y vosotros, ¿podéis compartir algún título de los que tenéis apuntados para este año, se haya publicado ya o no?

     Gracias.

     Fuente de la imagen: Instagram Mientrasleo

martes, 15 de noviembre de 2011

Punto Omega. Don DeLillo



     "Pensó que quizá le apeteciera cronometrar la secuencia de la ducha. Luego pensó que eso era lo último que le apetecía hacer. Sabía que era una secuencia breve en la película original, menos de un minuto, célebremente menos, y unos días antes había visto aquí la secuencia alargada, toda ella movimiento fragmentado, sin suspense ni miedo ni acuciante sonido de grito pulsátil como de lechuza. Las anillas de la cortina, eso era lo que recordaba con mayor claridad, las anillas girando en la barra cuando la cortina queda arrancada, un momento que se pierde a velocidad normal, cuatro anillas girando lentamente sobre la figura caída de Janet Leigh, poema perdido por encima de la muerte infernal, y luego el agua ensangrentada rizándose y formando una cresta en el desagüe de la ducha, minuto por minuto, hasta desaparecer en un remolino"

     Había oído hablar de este autor, claro. De la nueva remesa de autores que ya nos llegan rodeados de un halo de admiración por su prosa, su temática, su "todo". Autores que, antes de conocerlos, casi los admiramos por todo lo que traen consigo. Eso me pasaba a mí don DeLillo y tal vez ese era el motivo por el cual aún no me había decidido a leer ninguna obra suya. Y entonces llega Punto Omega y leo que es un libro que arranca con un asesinato en el MOMA porque allí vió su autor '24 Hour Phsycho', que no es otra cosa que ralentizar los fotogramas de Phsycho, hasta que duren eso, 24 horas. Este pequeño detalle hizo que me picara la curiosidad, porque decidme algo, por muy fan que seas... ¿verías Psicosis ralentizada hasta conseguir que durase un día entero?
     Así que cogí el libro en mi librería habitual y lo abrí, y ahí estaba el protagonista, en el MOMA, viendo justamente esa proyección, a diario, dilatando su salida del museo para ver un poco más. Y no sólo eso sino que la forma de contarlo hizo que me dirigiera a comprar el libro con el dedo índice entre sus páginas para no perder el sitio. Me regalaron un marcapáginas, así de interesado me vieron entre sonrisas las chicas que cobran los libros en esta librería. Y me llevé a casa Punto Omega.

     Conocí a Elster, un hombre de 73 años que fue asesor de guerra, asesorando al Pentágono en Iraq, a Finley, un joven cineasta que acude a él para que lo ayude con un documental sobre esa guerra y a Jessie, la hija de Elster que aparecerá en escena para desbaratarlo todo.

     El autor comienza enseñándonos a ralentizar el tiempo, a fijarnos más y mirar sin necesidad de ser visto. Percibimos la importancia del tiempo en toda su sofocante dimensión para trasladarnos de golpe desde MoMa hasta California y comenzar la acción del libro propiamente dicha. El protagonista también se aleja de todo buscando su tiempo. Conocemos estas tres voces que se observan  y hablan una y mil veces con un lenguaje casi desolado. Cada uno con su imagen del otro y con una visión de si mismo diferente. Relatado con maestría, enseñándonos el autor a percibir aquello que no dice, pero que necesita que nos fijemos. Tal vez eso sea lo que me ha cautivado de la historia, la sensación de libertad para intuir lo que DeLillo no te dice, pero siempre con la certeza de ir por el camino que él ha recorrido antes. Poco a poco somos conscientes de que nadie puede escapar al tiempo, ni a aquello que la vida le tiene preparado.
     No estamos ante un libro con personajes perfectamente adaptados al papel que les ha tocado representar, sino por personas que tienen momentos velados, en que no vemos su interior y tenemos que tirar de todos esos pequeños detalles que pensamos se nos pasarían por alto. Pero esta vez no, DeLillo nos lleva al final del libro sin aire, inquietos, en un momento de una paz asfixiante para el lector de este magnífico relato. 
     Ha sido, sin duda, una buena forma de conocer a DeLillo.

     Gracias