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sábado, 8 de octubre de 2011

Manhattan Transfer. John Dos Passos



" La primera cosa que oyeron fue el trémulo silbido de un vagoncito que humeaba al borde de la acera, frente a la entrada del ferry. Un chico se apartó del grupo de emigrantes que vagaba por el embarcadero y corrió el vagoncito.
- Es como una máquina de vapor y está llena de tornillos y tuercas -gritó al volverse.
- Padriac, vuelve aquí.
- Y aquí está la estación del elevado, South Ferry -continuó Tim Halloran, que había venido a buscarles-. Allá arriba está Battery Park y Bowling Street y Wall Street, el distrito bancario... Vamos, Padraic, el tío Timothy te va a llevar en el elevado de la Novena Avenida.
Quedaban sólo tres personas en el embarcadero, una vieja con un pañuelo azul a la cabeza, y una joven con un chal color magenta, en pie las dos, una a cada lado de un gran baúl claveteado con tachuelas de latón. Y un viejo con una perilla verdosa y una cara toda rayada y retorcida como la raíz de un roble muerto. La vieja gemía con lágrimas en los ojos: "Dove andiamo, Madonna mía, Madonna Mía!" La joven desdoblaba una carta y parpadeaba ante la floreada escritura. De repente se acercó al viejo: "Non posso leggere", y le alargó la carta. Él se restregó las manos, balanceó la cabeza y dijo algo que ella no pudo entender. La joven se encogió de hombros, sonrió y volvió a su baúl. Un siciliano con patillas hablaba con la vieja. Cogió el baúl con la cuerda y lo arrastró a un carro con un caballo blanco, que estaba parado en la acera de enfrente. Las dos mujeres siguieron al baúl. El siciliano tendió la mano a la joven. La vieja, sin dejar de murmurar y lloriquear, se subió trabajosamente a la trasera. Cuando el siciliano se inclinó para leer la carta, rozó a la joven con el hombro. Ella se puso tensa. "Awright", dijo. Luego, sacudiendo las riendas sobre la grupa del caballo, se volvió a la vieja y gritó: "Cinque le due... Awright".
"



     Esta vez traigo una novela que tiene miles de protagonistas, no hablan todos ni siquiera salen cuando estamos mirando, pero todos ellos se pasean por la indiscutible reina de su argumento, la ciudad de Nueva York. Lo leí hace años, no diré cuantos, en ese momento en el que pasamos de la literatura juvenil o el bestseller a un segundo tipo de libros, experimentando con generaciones perdidas, nocillas, autores malditos y demás grupos de los que antes no habíamos oído hablar y que, si los descubrimos y nos gustan nos sentimos como cazatesoros para luego ver que son autores de dominio público. Al menos espero que no me digáis que eso sólo me ha pasado a mí.

     Manhattan Transfer nos cuenta fragmentos de la vida de personas que se pasean por Nueva York en los años veinte. Ese es su único nexo de unión, pese a que algunos se tropiecen entre ellos. Bueno, ese y la ambición por conseguir dinero rápidamente y, a poder ser, sin demasiado esfuerzo. Pudiera parecer que esto nos quita variedad, no obstante encontramos camareros, prostitutas, abogados, estribadores... representando casi cualquier estrato social que pudiera existir así como todas las nacionalidades que hacen de Nueva York una ciudad tan variopinta.

      Podría decirse que el libro es un puzzle, con personajes interesantísimos como Buck y otros que tal vez no nos lo resulten tanto, poco a poco van encajando en el sitio que les corresponde estar, vemos sus bodas, divorcios, contratos. Muchas veces entre los propios personajes que se tropiezan en sitios tan insospechados como un ascensor haciendo de esta novela una mirilla por la que cotillear la ciudad entera. Se aleja de la idea de gran ciudad que ayuda a triunfar para ponernos en una escena infinitamente más realista que nos enseña una ciudad fría llena de personas que nos dificultan el camino simplemente por estar. Es un retrato lleno de egoístas, hipócritas y materialistas. No se molesta en crearnos un gran héroe o antihéroe que venga a darnos una gota de bondad y generosidad, nadie hace sombra a Nueva York, no nos da envidia ni siquiera el que llega a triunfar, pero todos ellos consiguen que veamos esta ciudad plagada de rascacielos, coches, vagabundos y luces de neón. Casi podemos pasear por sus calles sintiéndola el pulso de ese ser que se nutre de sus habitantes que son los que la ayudan a crecer, sin dejarlos huir, comprándolos con pequeños caramelos en este collage que perfectamente pudo ser dictado por uno de esos mendigos del metro que cada día asisten a cientos de retazos de vidas anónimas.

     De algún modo no puedo daros datos más concretos sobre el argumento porque tampoco os servirían, pero es una lectura que no se olvida fácilmente. Recomendable para cualquiera, sin ninguna duda.

     Gracias