martes, 31 de enero de 2017
Mi nombre era Eileen. Ottessa Moshfegh
"De haberme visto entonces, probablemente me habríais tomado por una de esas chicas que se ven en un autobús cualquiera de una ciudad cualquiera, una de esas chicas que leen un libro de la biblioteca encuaderno en tela sobre plantas o geografía, que quizá se cubren el pelo castaño con una redecilla. Podríais haberme tomado por una estudiante de enfermería o una mecanógrafa, quizá os habríais fijado en mis manos nerviosas, en mi pie que no deja de golpear el suelo, en que me muerdo el labio. No parecía nada especial."
Conocí esta novela por el Premio PEN/Hemingway al mejor debut literario y después fue nominada al Man Booker Prize 2016 y al Premio Círculo de Críticos. Por eso, en cuanto se publicó en nuestro país me faltó tiempo para tenerlo en casa. Y por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Mi nombre era Eileen.
Conocemos a Eileen, aunque ahora ya no se llama así y han pasado muchos años desde que sucediera lo que nos relata. Narrada en primera persona, la protagonista nos cuenta su anodina vida llena de complejos, en una familia desestructurada, cuando era una joven de veinticuatro años, virgen y administrativa en u correccional. Y nos relata lo que sucedió la semana antes de que su vida cambiara y dejase de ser Eileen.
Conocer a Eileen es conocer a un personaje especial. Una mujer joven que se oculta del mundo, se viste con la ropa de su madre muerta y envidia de algún modo a su hermana pequeña que se fue de una casa en la que vive atrapada con su padre, un ex policía alcohólico, y acumula rencores y complejos. No acepta su cuerpo ni su sexualidad, se pinta los labios porque su color natural le recuerda a sus pezones y jamás se atrevería a explorar lo que llama sus partes pudendas. Eileen es hostil con el mundo y el mundo hace algo peor que ser hostil con ella: el mundo ignora a Eileen. Y así la conocemos en un trabajo horrible, sin amigos, sin novios, sin nadie que le de una caricia o un buenos días por la mañana. Y sabemos desde las primeras páginas que todo eso ha quedado atrás, que un día Eileen desapareció de su ciudad y su casa, que algo sucedió. Ella lo va desgranando poco a poco en una historia que no escatima un solo detalle ni concede un ápice de piedad a la voz que la relata. Tampoco lo busca, ella no es amable y servil. No es el retrato de una víctima que se queda a servir a su padre, de hecho no lo hace salvo para acercarle una botella llena de ginebra. Y quizás por eso consigue ir calando en el lector más de lo esperado. Moshgfegh se encarga de eso al presentarnos a una mujer disconforme que echa la vista atrás una vez superado y casi olvidado todo, desde esa posición que otorgan los años para juzgar la propia vida. Y ya en el primer capítulo tenemos claro que Eileen no es una mujer sometida, ni conformista, que hay mucho más detrás, o dentro como le dice una compañera de trabajo nueva que tendrá mucho que ver con su punto de inflexión.
Y así, poco a poco, muro tras muro vamos temiendo un final que desmerezca la novela. Conocemos a Eileen y cada una de sus corazas, y también sus pulsiones. Y empezamos a pensar que algo terrible planea sobre la historia sin acertar a adivinar el qué, el final, el impacto que llega cogiéndonos casi por sorpresa pero que, una vez descubierto, no podía ser más lógico. La novela se ha transformado en un túnel oscuro y pegajoso que se adhiere a la piel del lector, o tal vez en una de esas estaciones de metro que parece que jamás se limpiaron, o una cocina... el lector elige la comparación mientras reflexiona sobre todas esas personas que viven atrapadas en sus vidas ahogando gritos de auxilio o esperando esa gota que colme el vaso rompiendo sus muros. Y en si es bueno o malo, en qué es bueno o malo. En qué es Eileen. Y en lo mucho que nos hubiera gustado conocer a la Eileen de ahora y que nos relatase qué fue de su vida hasta el momento en que decidió comenzar a contar su historia.
Mi nombre era Eileen me ha parecido una magnífica lectura con un lenguaje cuidado y lleno de frases que uno relee por el simple placer de paladearlas. Un gran thriller protagonizado por una inolvidable mujer, aunque ella decidiera justo lo contrario.
Lo que más me gusta de descubrir una primera novela, es pensar en todas las que pueden venir después. Y sí, sigo premios literarios determinados como el PEN o el Booker. Y vosotros, ¿sois fieles a algún premio literario?
Gracias.
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lunes, 30 de enero de 2017
El accidente del teletransporte. Ned Beauman
"Un azucarero derramado en la alfombra de tu anfitrión es una parodia de la avalancha que mató a su padre y a su madre, así como la forma en pico de pato de los labios de tu nueva novia cuando trata de poner morritos seductores es una cita del graznido que tu última novia emitía en la cama. El timbre del teléfono en plena noche cuando un extraño da una extensión equivocada a la operadora es un tributo al inadvertido equívoco de telegramas que acabó con el adúltero matrimonio con tu prima, así como el sonoro hueco que produce el contoneo bamboleante de la clavícula de tu nueva novia es una refutación de la aparente belleza del carnoso escote de la última. O eso es, por lo menos, lo que le parecía a Egon Loeser. Y es que, a sus ojos, los dos asuntos más hostiles a los que había de enfrentarse todo hombre en la vida de modo constante, consciente y con newtoniano proceder eran los accidentes y las mujeres."
La cubierta, la cubierta es bonitísima con ese rojo y esa chica que uno no sabe muy bien a lo que se va a enfrentar, porque el título es esquivo a la hora de explicarnos. Así que la colección termina por inclinar la balanza y hoy traigo a mi estantería personal, El accidente del teletransporte.
Conocemos a Egon Loeser, un hombre cuyo nombre jamás hubiera podido ser elegido con más tino por parte del autor, que pretende construir una máquina para transportar a los actores por el escenario. Y también quiere tener sexo con una joven llamada Adele Hitler, que nada tiene que ver con Adolf pese a estar en los años treinta en Berlín. Entre obsesiones y artistas, persigue a esta mujer a lo largo y ancho del mundo, es decir, hasta Los Ángeles, pasando por París.
El accidente del teletransporte es un libro tan inclasificable, como divertido. De hecho está plagado de referencias histórica, culturales y geográficas que se mezclan con anécdotas imposibles por las fechas en que se relatan, así como un cinismo a lo largo de toda la novela que ni siquiera permite a nuestro protagonista convertirse en uno de esos aclamados antihéroes.
Empecemos. Estamos en los años 30 en un Berlín de fiestas en fábricas abandonadas y en el que la ketamina hace furor sustituyendo a la coca. Imposible, lo sé, esto hubiera debido de suceder muchos años después, pero ocurren accidentes y también suceden ecos y la historia se repite y ese Berlín improbable, puede ser Nueva York en los ochenta o cualquier otra ciudad en una fecha o tan lejana llena de jóvenes vacíos de determinadas clases. Es en este Berlín y jugando a historias repetidas, que Loeser intenta mejorar un invento de Venecia para usar en el teatro, la máquina del teletransporte, que en su día provocó una catástrofe y decenas de muertos, y en este presente se conforma con dislocar los brazos del actor que lo llevaba puesto y que les sacará cierta utilidad en un futuro para dar placer a la exnovia de Loeser. Pero me desvío. Loeser, en plenos treinta, enamorado de Adele hitler y seguro de que esa mujer con ese apellido le cambiará la vida, la persigue por tres grandes ciudades, sabiendo que ella se acuesta con cualquiera, salvo él. Y el autor, en un acierto máximo a la hora de elegir apellidos y estableciendo un paralelismo entre la bondad de la belleza amada, y el nazismo y la belleza aria, nos muestra a un Loeser que ni siquiera es capaz de darse cuenta de lo que está sucediendo a su alrededor.
Seguimos con Loeser, y ahora nos vamos a París donde conoce a un timador que le hará operar determinadas glándulas para... bueno, eso mejor lo descubrís mientras se habla de Hem y su libro como manual de entrada a la ciudad de las luces culturales. Y de ahí a Los Ángeles, Beauman encuentra aquí al mejor de los compañeros de nuestro perdedor protagonista, que sigue sin follar (porque en el libro dicen follar, sí, con todas las letras, cosa que por algún curioso resorte hace reír al lector como si fuera un niño) desde que se enamorara de la señorita Hitler. Esta vez el personaje en cuestión es Gorge, un hombre capaz de saludar a los cuadros como si fueran personas debido a una afección visual, y juntos darán lugar a una de las mejores partes del libro que, por cierto, a lo largo de la trama también incluye misterios e incluso muertes.
El resultado es una novela brillante capaz de sacar de sus casillas a un lector que no sabe si es mejor comprobar fechas que chocan o apuntar frases brillantes que parecen asaltarnos en cada página al despiste. Hay momentos tan absurdos que nos dejan perplejos y otros en cambio nos arrancan una carcajada sin un aparente motivo real. Me lo he pasado bien, me he divertido y he descubierto que queda mucho por inventar en la literatura. Y que, en este libro, no se deja nada al azar, ni siquiera el nombre del pobre protagonista.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
PD. Con lo fácil que ha sido leer y lo difícil que es de contar, me ha quedado un tanto pynchoniano todo esto.
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jueves, 26 de enero de 2017
El motel del voyeur. Gay Talese
"Conozco a un hombre casado con dos hijos que hace muchos años se compró un motel de veintiuna habitaciones cerca de Denver a fin de convertirse en su voyeur residente."
Posiblemente uno de los libros más polémicos por su contenido que también lo ha sido por su publicación, esperado por mucho y firmado por Talese, un periodista cuya fama traspasa fronteras. Hoy traigo a mi estantería virtual, El motel del voyeur.
Conocemos a Gerald Foos, un hombre que se pone en contacto con el propio Gay Talese para relatarle su historia. Este hombre compra un motel a las afueras de Denver, con la firme intención de espiar la conducta sexual de los inquilinos, para lo cual habilitó una zona en un falso techo. Talese, recoge el testimonio de este hombre, sus anotaciones, da unas referencias sobre su vida, incluida una cierta obsesión sexual con la imagen de una familiar de Foos, e incluso llega a visitar al hotel acompañando al propietario.
La naturaleza humana es algo que ha suscitado la curiosidad de escritores, periodistas y mirones desde siempre. Cuando Foos se puso en contacto con Talese es de suponer que al escritor y periodista se le presentó la oportunidad como algo irresistible: observar a un voyeur, su patología, y también las limitaciones que dicha patología le producía en su vida diaria. Y aceptó. Normal. A partir de aquí comenzó una historia paralela. Un periódico publica el primer capítulo y el Post se lanza a investigar descubriendo la poca fiabilidad del testimonio de Foos que había vendido el motel durante ocho de los años que figuraban en el libro. Talese afirma que ya sabía de la poca fiabilidad del propietario, revisa el libro (y no olvidemos que no estamos ante un artículo de investigación, es un libro) y advierte al lector en diversas ocasiones de que está ante un libro, y de la fiabilidad del protagonista. entonces, ¿qué nos encontramos?
Bien, el lector se encuentra con una fascinante narración repleta de datos y fechas en la que, efectivamente se relatan encuentros sexuales de personas que no sabían estaban siendo observadas. Personas adúlteras o no, del mismo sexo o no... e incluso se habla de un asesinato. Pero más allá de este relato en el que vamos desgranando la personalidad de Foos, realmente perturbadora e interesante, descubrimos los límites del periodista, si los tiene, a la hora de acercarse al motel. Saber hasta dónde se llega y dónde se para uno, los límites de lo ético, lo personal, lo privado... Y descubrimos que esos límites que aparecen en el libro son reales como la vida misma. El juicio del lector que en este caso, y debido a la polémica, afecta doblemente al autor. En un primer momento, por lo que realiza, sus actos... y en un segundo por esas omisiones de las que se le acusan a la hora de comprobar datos y fechas.
El motel del voyeur no me cabe duda que es uno de los libros del año. Spielberg y Mendes están detrás de los derechos para llevarlo al cine. Y no me extraña. La naturaleza humana puede ser un laberinto perturbador, y, como todas aquellas cosas perturbadoras, una vez empiezan a mostrarse, es difícil que el lector aparte la vista de ellas. A ello ayuda el lenguaje utilizado por Talese, la parte biográfica, las fotografías, los relatos que se presentan de forma frontal pero sin ofender al lector más sensible. Todo ello otorga al libro una unidad que, como dice el propio protagonista, habla también de una suerte de revolución sexual vivida en esa época. O tal vez esa sea una de las excusas utilizadas por Foos para justificar su carácter voyeur. En nuestras manos está juzgarlo. En mi caso, no puedo hacer otra cosa que recomendar vivamente su lectura.
Y vosotros, ¿os gusta leer hechos reales, o sois más lectores de ficción?
Gracias.
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miércoles, 25 de enero de 2017
El nombre de tus sueños. José Docavo Alberti
"A Rómulo Méndez no le apetece nada tener que atender a esa señora que viene de parte del profesor Urbiza, pero por supuesto no ha podido negarse. Al fin y al cabo, si el rata, pues así es como a Rómulo lo apodan en sus círculos, ha llegado a ser alguien o cumplido al menos parte sus aspiraciones, es sin duda gracias al apoyo que el catedrático y su encantadora esposa le dieron en su día."
Ya he comentado alguna vez que hay escritores a los que sigo por sus letras, y voy leyendo su obra a medida que la conozco sin siquiera haber tomado la precaución de mirar en su sinopsis, acudo a ciegas. Bien, eso me pasó con este libro, y hoy traigo a mi estantería virtual, El nombre de tus sueños.
Conocemos a Rómulo, un psiquiatra poco agraciado, cuando va a recibir a una mujer que dice soñar con una asesina que le relata casos que han sucedido en la realidad. Y conocemos por lo tanto a la mujer que relata sus sueños, Judith, empresaria acomodada, viuda y activista en contra de la violencia de género.Poco a poco asistimos a las perturbadores sesiones en las que esta mujer va relatando sus sueños.
Bien, y si esto ya hubiera sido una sinopsis atractiva, el autor le da la vuelta y nos presenta a otra pareja de personajes con la que completa los cuatro pilares en los que se apoya este juego endiablado en el que el lector tendrá que ir decidiendo poco a poco qué es realidad y qué onírico o qué parte de lo primero se esconde o disfraza de lo segundo en una confesión.
Comienza ya de forma abrupta relatando el primero de los asesinatos, cometidos por una mujer, y que se reparten por distintos países. En todos ellos, la víctima es un hombre que ha maltratado alguna mujer. De este modo se asegura el autor crear además una corriente de empatía añadida, no solo en el lector, sino también en el policía encargado de desentrañar parte de esta madeja. Y el cuarto pilar será por lo tanto, otra mujer, quizás aquella cuya personalidad es más fuerte, la buscada, la oculta y la que a la vez se expone, porque llega un punto en el que el juego alcanza su punto álgido y no queda otra que agarrarse a las palabras de Docavo sabiendo que estamos ante el último recodo de este laberinto de algo más de doscientas páginas en que se ha convertido su novela.
Siempre me han gustado los libros que juegan con el lector, los que hacen dudar de cada línea a la vez que aseveran lo que ya nos han relatado. Y eso es precisamente en lo que se basa esta novela, en la certeza y la duda. Y lo hace al mismo ritmo que se suceden las muertes, , las confesiones, las atracciones y los juegos entre los cuatro personajes. He echado en falta, por qué no decirlo, descripciones un poco más elaboradas, aunque mucho me temo que en este caso ha sido algo totalmente premeditado por parte del autor.
El resultado es una novela entretenida que se aleja de los márgenes comunes de la simple novela negra, que me ha durado apenas un suspiro y de cuyo final más me valiera quedarme muda que revelar una sola pista. Una buena opción para pasar una tarde fría.
José Docavo es uno de esos escritores que me han descubierto las redes. Nombres que descubrimos al ampliar nuestros círculos y que, en muchas ocasiones, pasan a formar parte de nuestros estantes. Y vosotros, ¿podéis dejar algún nombre que hayáis descubierto gracias a este mundo de unos y ceros?
Gracias.
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martes, 24 de enero de 2017
Los días iguales de cuando fuimos malas. Inma López Silva
"Amor, cuando estaba en la cárcel lo único que quería era que pasasen los minutos y que la sensación de relojes parados se marchase al ritmo del cumplimiento de la condena. Ahora que eso ya ha pasado y el tiempo corre, siempre tengo miedo de que el teléfono suene estrepitosamente y me anuncie tu muerte."
Hay libros que enamoran a primera vista. Es como un flechazo de esos en los que no creo demasiado. Pero se dan, o al menos eso me sucedió al ver esta bonita cubierta. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Los días iguales de cuando fuimos malas.
Cinco son las mujeres protagonistas de este libro a las que iremos conociendo. Una de ellas, Laura, funcionaria de prisiones. El resto, Inma, Margot, Valetina y sor Mercedes, habrán pasado por prisión y nos irán desgranando sus historias en un libro coral.
Los días iguales de cuando fuimos malas es una historia común contada a través de cinco historias diferentes. Conoceremos a Inma, escritora que relata su historia, que no acepta lo vivido pese a que comienza exponiéndolo en la primera frase. Una voz triste que no se despega de un lector que no deja de pensar en ese nombre, ese juego, esa posibilidad metaliteraria que nos hace reflexionar incluso tras cerrar el libro. Además está Sor Mercedes, cuyo crimen se acerca a su propio juicio, y Valentina y Margot, tal vez las historias más trágicas, más comunes. Todas ellas extraordinarias a su modo, son mujeres marcadas desde el comienzo, privadas de libertad incluso antes de dar con sus vidas en la cárcel. Como también lo está esa funcionaria de prisiones que llega allí huyendo de la vida que le dirigían sus ilusionados padres, como escape... y que se aleja mucho de esos personajes concebidos para mostrar la bondad que solemos encontrarnos en este tipo de novelas. Porque Inma, la autora, es consciente de la historia que busca y transmite honestidad en sus palabras, que perfilan de una forma seria, sin rodeos, la realidad de muchas personas. Nos enfrenta a unas vidas que tal vez no nos gusten, que no estamos acostumbrados a mirar y consigue que nos interesemos por estas mujeres cuyo interior queda expuesto en las páginas de esta tremenda novela. Porque también eso olvidamos; que estamos ante una novela. Y esa es la sensación que uno ha de tener cuando lee un buen libro, olvidar la ficción.
Los días iguales de cuando fuimos malas es una novela carcelaria, sí, pero también es una novela de mujeres que desgranan unas historias en las que su condición de mujer les ha marcado. Si Margot no hubiera sido mujer, se hubiera quedado como hizo su marido, en lugar de ser expulsada a un mundo de soledad. Y también eso queda reflejado, ninguna de ellas escapa a los juicios sociales, los prejuicios y, por qué no decirlo, la soledad. Pese a todo hay que añadir que no es un libro triste de esos que tiran de sentimentalismos baratos para lograr su objetivo, ya sea interesar o conmover al lector: no lo necesita. No recurre a artificios sino a realidades que se clavan en la retina del lector.
Me ha gustado. Mucho añadiría. No conocía el nombre de la autora, pero no creo que se me olvide tras ler su novela. Os la recomiendo. Por honesta, por todo lo que nos aporta de esas realidades incómodas que normalmente no miramos, y porque merece la pena conocer esos universos femeninos que tan bien relata.
Me gusta descubrir nuevos nombres, aunque solo sean nuevos para mi, y seguir la pista de aquellos cuyas letras han conseguido de algún modo llegarme. Y vosotros, ¿recordáis el último nombre que se unión a vuestra estantería lectora para no salir?
Gracias.
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lunes, 23 de enero de 2017
Libra. Don DeLillo
"Corría el año en que él viajaba en metro hasta los confines de la ciudad, trescientos veinte kilómetros de vías férreas. Le gustaba instalarse en la parte delantera del primer vagón, con las palmas de las manos apoyadas en el cristal. El tren taladraba la oscuridad. Los viajeros aguardaban en pie en los andenes con la mirada perdida en el vacío, una actitud sustentada por años de práctica. Al pasar a toda velocidad se preguntaba quienes eran en realidad. Su cuerpo se estremecía en los tramos de mayor aceleración. Viajaban tan rápido que a veces creía que estaban a punto de perder el control. El ruido crecía hasta un nivel doloroso que él asimilaba como una prueba personal. Otra curva delirante. Había tanto hierro en el chirrido de esas curvas que casi podía saborearlo, como cuando, de pequeño, te llevas un juguete a la boca."
Una de las formas que tiene un escritor de demostrar su maestría es escribiendo algo que esté ya contado mil veces, de mil maneras, y conseguir hacerlo propio y único. Pongamos, por ejemplo, la muerte de Kennedy. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Libra.
Conocemos lo sucedido el 22 de noviembre de 1963. También a Lee Harvey Oswald.
Nos gustan las fechas. Todas. Google lo sabe y nos dice qué día conmemoramos de forma diaria, porque nos gusta. Las recordamos todas y particularmente aquellas relacionadas con un evento trágico. Y ahí está el 22-N: la fecha del asesinato de Kennedy. Tal vez no la recordemos si nos la preguntan, pero todos sabemos lo que pasó, más o menos ya que en realidad nadie lo sabe a ciencia cierta. Hubo una comisión, Warren, que dijo que un tal Lee Harvey Oswald fue su ejecutor, y años después un comité presentó un informe diferente en el que se hablaba de varios francotiradores e incluso de la posibilidad de una conspiración desde el propio gobierno o la CIA. El caso es que todos conocemos las imágenes en las que se ve al presidente en su coche y lo sucedido segundos después. Y así es como DeLillo utilizando varias voces, incluida la del narrador, nos presenta a Oswald ya sea en la marina, en la URSS o durante su infancia en la que se ve pobreza y la falta de una figura paterna. Así es como crece un Oswald inconforme e incapaz de encontrar su lugar que parece buscar una especie de utopía que le permita sentirse a gusto. Y este será el hilo central que lleve al protagonista a convertirse en uno de los nombres más conocidos de la historia de los Estados Unidos e incluso a ser portada de aquella revista que tanto miró en su juventud.
DeLillo entra con esta novela en la teoría conspiratoria, introduciendo Cuba, la política, a ex miembros de organizaciones gubernamentales, y todo aquello que tiene al alcance de su mano, para explicar bien en el hilo central o en los satélites de la novela, lo sucedido. Es verdad que las conspiraciones parecen uno de los temas favoritos del género humano, y que en el caso del asesinato de un presidente puede ser, además, resultón, pero hay que saber hacerlo bien. Para ello el autor además de desmontar la credibilidad del Informe Warren, demostrando la presunción de manipulación, se dedica a jugar con el lector. Es decir, todos los datos de los que parte, son reales, pero su obra es ficción, de tal forma que rellena huecos existentes o amplía datos, particularmente conversaciones, ya conocidas para crear un entramado en el que es fácil caer y terminar convencido de aquello que nos está diciendo. DeLillo nos muestra a un Oswald un tanto ambiguo, del que contando apenas, es capaz de situar en planos bastante íntimos y dejar en el lector esa sensación de pobre tonto que no conseguimos despegarnos mientras acariciamos la expresión "tonto útil" en determinados momentos de la novela. Y con todo ello, además, sorprende. Sorprende su capacidad para sorprender, y para ser original en uno de los temas más trillados. La posibilidad de convertir algo tan visto en una gran novela cuya lectura es un placer y que no se percibe como una revisión, sino como una historia en sí misma.
Hay cosas que requieren oficio para poder hacerlas. Don DeLillo lo demuestra claramente en Libra. Hay que leer a DeLillo. Merece la pena.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias.
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jueves, 19 de enero de 2017
Memoria de chica. Annie Ernaux
"He querido olvidar a aquella chica. Olvidarla de verdad, es decir no querer escribir más sobre ella. No pensar más que debo escribir sobre ella, sobre su deseo, su locura, su estupidez y su orgullo, su hambre y su sangre cortada. Nunca lo he conseguido."
Uno de los libros que han salido sin ruido pese a las muchas recomendaciones es este Memoria de chica. Se está colocando en cada mesa y, en realidad, mucha gente no sabe por qué. A veces pasa. Hoy traigo a mi estantería virtual, Memoria de chica.
Conocemos a la narradora, autora, protagonista. Conocemos a la chica que cumplió dieciocho años en 1958, en verano, en la colonia de S, en el distrito de Orne. O en realidad a quien conocemos es a la mujer en la que se ha convertido, marcada por ese verano y que ha intentado escribirlo muchas veces sin conseguir hacerlo, y la conocemos en esta obra en la que parece que finalmente lo va a lograr. Es el año y el verano en el que una chica sedienta de sentimientos, de hacer el amor con amor, conoce a el Otro y vive sus primeras experiencias.
Memoria de chica es un ejercicio privado de introspección de la propia autora en el que, cambiando a ratos la persona utilizada o el tiempo, nos comparte su experiencia. Ese paso a la vida adulta resumido en un verano que no olvidará y para el que jamás puedo encontrar palabras. Veremos como entra a relatarlo y se dispersa hablando de la chica nacida en la familia que ya había perdido una hija o de la apetencia de cafés y moka. Nos dejará comprender el esfuerzo que le supone relatar esta historia comenzada mil veces, seriamente tan solo una en un año cuyo calendario se solapaba con el de aquel verano. Y asistiremos ahora a este esfuerzo necesario de contarnos ese verano en el que se convirtió, además, en escritora. Esfuerzo que se muestra poético y asfixiante a ratos, tal vez por eso la autora decide respirar en el presente un momento, permitiendo así hacerlo al lector que va tomando poco a poco conciencia de la importancia de lo que Ernaux nos relata. La importancia vital de las cosas no es más que aquella que les conceden quienes las vivieron. Así que sí, este libro narra hechos de una importancia vital. Y logra hacerlo sin demasiados tapujos, ni siquiera a la hora de describir sus primeras relaciones sexuales. Porque al final, tampoco es importante. Ernaux nos cede en este libro un pedazo de ese alma sangrante que es el interior de una adolescente plasmado de forma realista, sin grandes tragedias, casi en forma de tránsito. Y lo difícil que es explicar esos momentos incluso cuando somos adultos. Ese es el gran mérito de esta obra alabada por crítica y libreros desde el momento de su publicación.
Una vez más, no necesitamos un libro extenso, ni tampoco nombres, porque con unas simple siglas nos es más que suficiente. Porque si la autora parece seguir buscando comprenderse a la edad que tenía en ese verano, el lector hará lo propio con sus propias experiencias. Todos hemos sabido lo que es un amor de verano, un beso, una amistad que parece infinita y queda olvidada a unas fechas. Todos sabemos lo que es tener esa edad y buscar el amor y temer el rechazo y sentirlo todo sin saber expresarlo. Eso es lo que tal vez intenta dejar claro Ernaux en esta obra: que todos hemos tenido un verano del 59. Y de un modo u otro, seguimos teniéndolo dentro.
Comenzaba hablando de esos libros cuya presencia parece constante pero que uno no termina de saber de qué tratan, como en este caso, y ahora tengo la duda de si todos miráis todas las contracubiertas y esto me pasa solo a mi. ¿O también hay libros cuyas cubiertas llegan a resultaros familiares pero nunca llegasteis a mirar su sinopsis?
Gracias.
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