Mostrando entradas con la etiqueta Acantilado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Acantilado. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de diciembre de 2023

Los demonios. Heimito von Doderer

 


     "Hace muchos años que vivo en la que en otro tiempo fuera habitación de Schlaggenberg. 
     Es una buhardilla; sin embargo, no cabe imaginársela como un cuartucho miserable. Los últimos años que pasó en Viena y en la ciudad jardín de su extrarradio, tenía la extraña costumbre de alojarse siempre en ateliers de pintores y demostraba una gran habilidad para encontrar sugestivos apartamentos de este tipo—la primera vez fue justo antes de que su maestro Kyrill Scolander regresara del sur de Francia, al tener que buscar una habitación apropiada para él: fruto de ello fue el primero y tal vez el más hermoso de los «ateliers de Schlaggenberg» (como los llamamos más tarde)—, unos apartamentos que, por lo demás, representaban su único vínculo con la pintura, pues, a mi parecer, o nunca había entendido demasiado este arte en concreto, o le había preocupado tan poco como el teatro, por poner un ejemplo".

     Hay títulos que me atraen de forma irremediable. Ya sea por la temática que insinúan o porque haya otro libro con el mismo título que me ha impactado, se vuelven irresistibles. Hoy traigo a mi estantería virtual, Los demonios.

     La novela, centrada en la sociedad de los años veinte en Austria, se mueve entre distintas personas de diferentes estratos sociales que tienen una relación entre ellos del tipo que sea y que sirven al autor para llegar al verdadero punto candente del libro que es el incendio del Palacio de Justicia de Viena en 1927 en el que murieron un centenar de personas y que se consideró un brutal golpe para las libertades del país. En su novela, los personajes tienen también algún tipo de relación con este suceso y además es un momento determinante para todos ellos.

     Nominado hasta en cinco ocasiones al Nobel de Literatura tengo que reconocer que desconocía totalmente la existencia de este novelista. Simpatizante del nazismo en los primeros años se sabe que Los demonios fue reescrita y purgada de cualquier contenido nazi por el propio autor una vez cambió su ideología.
     Si no he dado nombres en el caso de mi escueta sinopsis es que es parte de la novela que el lector entienda que se desdibujan los perfiles individuales para generar una atmósfera de foco movido en la que todo el mundo va a alguna parte con un motivo más general que propio en la novela. Esto es importante porque el autor busca un reflejo de la sociedad al hacerlo así ya que solo de ese modo se obtiene una panorámica y, al igual que en ellas cuando las hacemos hoy en día con un teléfono móvil, eso hace que muchos aspectos no salgan totalmente definidos pero sí que nos dejan una imagen de conjunto. Y frente a esto será el propio narrador quien deje claro con una sutil ironía en muchos momentos, que todo el mundo tiene sus secretos. Normalmente los vinculará a ideales  posiblemente debido al momento en el que se concibió la novela, y dicho narrador se autoimpone, además la tarea de descubrirlos mediante la observación.
     Resulta particularmente interesante la comparativa que se realiza sin ser apenas consciente, de esta novela con las grandes historias de la literatura rusa y es que el autor ha sabido aprovechar una época rica en matices para hablar de la sociedad vienesa. El periodo de entreguerras, la industrialización, la sociedad convulsa frente al ascenso burgués... todo son puntos que el autor matiza con un lenguaje polvoriento en el que se siente ese toque mordaz como escondido entre los pliegues del saber estar.

     Los demonios es una lectura que puede parecer inmensa pero cuya satisfacción es realmente apabullante.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD. Para quien crea que exagero cuando digo inmensa: 1600 páginas y más de cien personajes son los culpables de que el lector se sienta inmerso en un mundo pasado.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Los falsificadores de pimienta. Monika Sznajderman

 


     "Probablemente, el recuerdo más antiguo de mi infancia esté relacionado con la cocina, y más concretamente con la mesa de la cocina. La ventana daba al patio de luces—un verdadero pozo sin agua—de la finca situada en la céntrica calle Okólnik de Varsovia. La mesa estaba arrimada a la ventana y, hasta donde alcanza mi memoria, nos sentábamos a ella en un orden inalterable: a la izquierda, mi padre; a su vera, yo; en la cabecera, mi madre, y a la derecha, por el lado de la ventana, la madre de mi madre, es decir, la abuela Maria, y el abuelo, y, según el día, también alguna prima o alguna tía de mi numerosa familia polaca. La mesa estaba cubierta con un variopinto mantel de hule floreado. La cocina estaba siempre a oscuras y la luz permanecía encendida a todas horas, porque el sol no entraba en aquel patio-pozo. Además, sobre la mesa se cernía siempre una tensión inmóvil, palpable incluso para una niña. Mi padre era poco hablador, por regla general permanecía callado, y quien llevaba la voz cantante en las conversaciones era la abuela. En cuanto ella abría la boca, saltaban chispas y se producían pequeñas descargas eléctricas. Mamá se limitaba a apaciguar las disputas".

     Acantilado es una de esas editoriales a las que vuelvo como puerto seguro cuando necesito saber que no voy a fallar. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Los falsificadores de pimienta.

     A lo largo de esta reseña me voy a aprender el apellido de la autora letra a letra. Lo sé. Y es que Sznajderman cuenta en su libro que se dio cuenta con el tiempo de que apenas sabía nada de la familia de su padre. Es decir, todos tenemos una rama familiar por cada uno de nuestros progenitores y, queramos o no, siempre se cuentan historias sobre las familias: el abuelo, el tío... y Sznajdermann en cambio solo disponía de la parte materna de esas historias y conocimiento. Sobre la familia de su padre se cernía un silencio no marcado que quería desentrañar. Y por eso decidió investigar y contar esa historia que parecía ocultársele, sin saber que se iba a encontrar en la IIGM, con una infancia en un campo de concentración y un silencio que quizás buscaba no revivir pesadillas y mirar hacia delante.

Hay que tener en cuenta además que el retrato incluye a la mitad polaca, por cierto. Pero empecemos por la primera parte, un verdadero ejercicio de recuperación familiar tratado siempre desde el máximo respeto. Una historia desgarradora de judíos en campos y silencios llenos de cicatrices con el que la autora realiza un retrato ya conocido pero dentro de su ámbito privado y es que muchas veces se ficcionan tanto las historias, que olvidamos que fueron reales. Y en este caso en particular, la autora descubre que guardar silencio ha sido una forma de avanzar pero otra tal vez lo sea el no dejar que caiga en el olvido. Y tras esta parte la segunda, la historia de su parte materna, la polaca, la bien situada que durante muchos años ni siquiera miró a los judíos, algo que le obliga a fijarse precisamente en la actitud de este tipo de familias respecto a lo sucedido y que desgarra a narradora y lector por partes iguales a la vez que nos enfrenta a las distintas versiones del género humano. Y así, lo que parecía una historia sobre la guerra y campos y judíos, se torna también en el reflejo de una sociedad que mira por encima del hombro a una raza, si acaso útil o exótica. Y es precisamente este punto, sabido por un lado, desconocido quizás por otro y un descubrimiento para la autora que no se ha movido de su ámbito familiar, el que da una profundidad a la novela convirtiéndola en más que una simple biografía.
Por supuesto, como buena biografía de escritora y editora, nos encontramos referencias e hilos de los que tirar para seguir leyendo sobre un tema del que nunca estará todo dicho.

     Los falsificadores de pimienta es una novela densa que avanza más allá de la simple investigación y el deseo de obtener una voz perdida. Es un retrato personal y privado de uno de los momentos más desgarradores de la historia contemporánea del que, estoy segura que os he dejado la duda sobre cómo un niño de un campo acaba con una niña de una familia polaca terrateniente. Nunca hay que contarlo todo. Merece la pena. Leed.

     Y vosotros, ¿sois lectores de biografías?

     Gracias.

     

lunes, 27 de junio de 2022

El amor de Erika Ewald. Stefan Zweig

 

 

     "Erika Ewald entró despacio, con el paso cauteloso y quedo de quien llega demasiado tarde. Su padre y su hermana ya estaban dentados a la mesa comiendo; al oír el ruido de las puertas levantaron la vista para saludar fugazmente con la cabeza a quien entraba, luego no se oyó más que el ruido de los platos y el tintineo de los cuchillos a través de la habitación débilmente iluminada".

     Hace muchos años que leo a Zweig. He dado vueltas incontables para lograr una firma suya subasta tras subasta y, en definitiva, es una constante en mi biblioteca. Así que os podéis imaginar la alegría con la que recibí este título ya que implicaba que además se habían tomado la molestia de buscar un título. Hoy traigo a mi estantería virtual, El amor de Erika Ewald.

     Erika toca el piano, es pianista, profesora, es... aburrida. Y durante unos ensayos se enamora del pianista con el que se ve inmersa el amor inicialmente platónico de quien se ve atraído por quien uno cree que comparte todo. Del platonismo pasamos al deseo y Erika entra en un momento obsesivo en el que ni siquiera la separación hace que olvide al violinista.

     Zweig tiene biografías maravillosas, entre las que incluyo Momentos estelares de la humanidad como la biografía de un colectivo, de una época y luego está su faceta de novelista, en la que sus personajes desarrollan pasiones obsesivas marcadas por el amor o por la supervivencia. En este caso, Erika es la elegida para vivir el amor romántico hasta sus últimas consecuencias. Destila drama desde las primeras páginas y, pese a estar ante un cuento corto, Zweig tiene tiempo de regalar al lector una tragedia completa en la que la protagonista se ve marcada de por vida. Una protagonista que despertará sentimientos diferentes en el lector que acaba por sentir lástima sin darse cuenta de que ha sido manipulado por la pluma del escritor. Zweig profundiza en los sentimientos de Erika hasta lograr ponernos de su lado perdiendo la objetividad necesaria para valorar su reacciones e incluso sus interpretaciones. No somos conscientes, pero lo somos, de sus sentimientos y de como estos pueden nublar su juicio hasta el punto de volver la vista atrás por un instante y replantearse una decisión que vimos como adecuada.

     Zweig me gusta porque es intenso y, si bien esta no es su mejor historia, destila esa característica suya en cada palabra logrando que sus personajes sangren sentimientos y vivan cada momento y cada pasión. Por eso uno cierra el libro con el juicio terminado sabiendo lo que opina de la pianista y el violinista como si hubiera pasado con ellos una larga temporada.

     El amor de Erika Ewald es un cuento largo o novela corta que viene marcado por lo mejor del autor: sentir intensamente.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Vacaciones en el Cáucaso. María Iordanidu


 

     "En julio de 1914, cuando Ana partió de Constantinopla con destino a Rusia, dejó atrás la digna Constantinopla del siglo pasado. La Constantinopla de su abuela y de su madre. La Constantinopla de los movimientos lentos de los cocheros y de los estibadores, y también del barrio europeo donde la sombra de las abuelas aún planeaba por encima de las cocinas con los braseros y las hachuelas de destazar. Aquélla era la época en que la Virgen extendía su mano y paraba la lluvia cuando Loxandra hacía la colada. «Virgen Santa, no me vayas a hacer una mala pasada y vaya a llover hoy», decía Loxandra, y en Constantinopla ese día no caía ni una gota de lluvia. 
     "En agosto de 1920, cuando Ana volvió de Rusia, pasó del medievo al siglo xx de un solo salto".

     Hace tiempo que vengo comentando con algunos amigos lectores que Acantilado tiene un catálogo que permite apostar y ganar en muchos de sus títulos incluso sin haber leído la sinopsis. Llegas a tu librería, pasas por la mesa que les tienen reservada, y raro es que alguno no te enamore. Por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Vacaciones en el Cáucaso.

     Conocemos a Ana cuando es enviada unto a su tía a pasar una vacaciones en Tiflis, donde viven sus tíos ricos Alekos y Claus, que han invitado a la joven a pasar un mes con ellos. La ruta es aparentemente sencilla. Ana irá desde Constantinopla a Batumi, donde está su tía y de allí a Stávropol. Lo sencillo se complica y en Batumi se pierden, Ana tarda en llegar a Stávropol, su destino original, un par de meses terribles que serán casi un paseo comparado con los cinco años que tiene que pasar allí. Y es que ha vivido la Primera Guerra Mundial, además de enfrentamientos civiles en las calles de la que iba a ser su ciudad de vacaciones.

     Ahora imaginad que donde dije Ana pone María. Y es que la autora no está contando una historia de ficción, se trata de un relato autobiográfico, aunque se nos avisa de que los personajes son casi todos inventados. Añado además que el viaje de vacaciones se produce en 1914, así que ya os hacéis una idea de por qué alguien se puede perder en una estación cuando la Gran Guerra estaba llamando a la puerta. Por supuesto no ayuda la tía Claude, una mujer peculiar que ha inventado una película sobre la joven que llega. Pero no daré detalles. De hecho, el único detalle que me parece importante añadir a esta reseña es que la joven Ana no habla ruso.
     A partir de aquí la autora elige su camino con mano firme y nos regala una novela en la que el lector no se siente ante una biografía que relate cada párrafo comenzando por el "yo". Lo que importa es el lugar, el momento, las costumbres, los detalles... Ana es lista, aprende rápido (¡incluso el ruso!) y sobrevive. Sin dramas tristes que nos arrastren por el fango y costillas que sobresalgan entre calambres paralizantes. No. Por supuesto que es una situación dramática, pero hay muchas maneras de encarar estas situaciones y Iordanidu opta por fingir ficción casi con cierto desapego y algún toque de humor que aligera el espíritu mientras entras en Rusia y, al igual que ella, te enamoras.

     A raíz de comprar este libro he visto que Loxandra, su primera obra, es también del todo imprescindible y que además la vida que cuenta está relacionada con la de Ana, es decir.. bueno, ya me entendéis. Coinciden además en la mayoría de los casos, en que es incluso mejor que estas vacaciones, así que ya lo he encargado. Porque si este ya me ha encantado en su brevedad de letras medidas, no sé qué va a darme Loxandra, pero estoy muerta de ganas de averiguarlo.

     Vacaciones el el Cáucaso es una historia sencilla narrada con un punto irónico que nos habla de provincias y de momentos de cambio. Pero es, sobre todo, la historia del crecimiento de Ana y de como la muchacha abre los ojos. Me ha encantado. Quiero más.

     Y vosotros, ¿hay alguna editorial que os aporte seguridad?

     Gracias.

viernes, 29 de mayo de 2020

La tela de araña. Joseph Roth


     "Paladeaba el ocultarse como si de néctar refrescante se tratase. Se fue hacia un rincón oscuro y estiró en los bolsillos los dedos de la mano. Al mismo tiempo fue inclinando el cuerpo hacia delante. Sin advertirlo estaba adoptando la posición de acecho de su araña".      

     Volver a Roth es como volver a casa de forma periódica, como ir a un balneario de letras en el que las aguas tranquilas sanan heridas de otras prosas. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La tela de araña.

     Conocemos a Theodor Lohse, un oficial alemán afectado por la desmilitarización impuesta a Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Ahora vive con su madre y sus hermanas y siente que lo rechazan por no haber tenido el decoro de morir como un héroe en la guerra, y desubicado tampoco parece tener mucho más que hacer que tutelar a un hijo de judíos. Sintiéndose menospreciado y desubicado no tarda en caer en el nacionalsocialismo alemán.

     Esta primera novela fue publicada por entregas en el diario Arbeiter-Zeitung entre los meses de octubre y noviembre de 1923, siendo publicada su última entrega (que no el final de la novela) apenas un par de días antes del putsch de Múnich. De este modo se gana la fama de profética una novelita en la que la inestabilidad de la República de Weimar queda reflejada en una sencilla prosa y con un poderoso protagonista.

     Theodor es un personaje llave, un ser complejo que se gana la simpatía del lector para después granjearse su desprecio. Un hombre nacido para el ejército que se ve relegado y se siente despreciado se convierte en el gran embustero. Roth construye una fachada que nos engaña para ocultar a un ser vil y aprovechado que carece de muchas de las cualidades inherentes al ser humano dificultando la lectura de su maravillosa prosa al obligarnos a seguir los pasos de Lohse. Dicen que Roth no estaba contento con esta novela, que él cuando era preguntado citaba Hotel Savoy como la primera dejando en el olvido a La tela de araña y creo que puedo entender por qué. Yo señalaría su parte final en la que el giro, por supuesto esperado, se precipita dejando al lector con ganas de más sin que ello desluzca en absoluto la trama, más bien al contrario, tuve la sensación que querer venganza tanto como la quisieron otros durante este período y tuvieron en cambio que conformarse con lo que se les ofrecía. De este modo, más que algo profético yo veo en esta novela una lección de vida, un aviso sobre lo difícil que puede ser detectar a determinadas personas viles y mezquinas que se ocultan bajo una fachada incluso amable y conformista. Esas personas, parece mostrarnos Roth, para cuando se quitan la careta, nos muestran un lado terrible que el autor recrea en fantásticas descripciones.

     He visto citar esta novela muchas veces como ejemplo de que había quien estaba viendo lo que se venía encima a Europa. También he visto como la citan para hablar de una generación que ante el desencanto se deja tentar por una posición extremista. Y luego he leído la novela. Y me he encontrado a un personaje mucho más cercano a Eichmann que a un desencantado embaucado, he visto caer una máscara y aprovechar una situación para dejar salir la verdadera naturaleza amparándose en cualquier excusa posible. Y de todas las excusas posibles, las extremas son las que proporcionan el paraguas más grandes. Cada libro pertenece al lector se sumerge en sus páginas y yo aquí dejo la muestra de mi lectura. Una lectura grata que recomiendo sin dudarlo. Roth es una apuesta segura.

     La tela de araña es un librito magnífico con una historia ambientada en un momento convulso de la historia más reciente de nuestro continente. Pero más allá de eso, es un personaje difícil de olvidar y una buena opción para acercarse al autor de La leyenda del Santo Bebedor. Aunque en este caso no sea una novela tan amable.

     Y vosotros, ¿a qué escritor consideráis un puerto seguro?

     Gracias.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo. A. G. Porta


     "- Obviamente, es sobre Vila-Matas.
     - ¿El qué?
     - Lo que te cuento.
     - ¿La historia de la agente?
     - Sí. Me llamo Vila-Matas, le he dicho, como todo el mundo".

     Llevo décadas leyendo cada palabra que brota de la pluma de Vila-Matas. De hecho hace apenas nada le preguntaba a un amigo escritor sobre las figuras literarias (vivas, muertas no tiene gracia) que le gustaría conocer y tratar, ese típico "a quién admiras tanto que...", y lo hacía mientras esperaba que no me preguntase para no tener que repetir mi admiración por el ya nombrado escritor. Poco después a salvo de preguntas me sumergía en el libro que hoy traigo a mi estantería virtual, se trata de Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo.

     En el año 2014 le cuenta Vila-Matas a Porta (autor del libro) que ha sido invitado a participar como actor en una obra de Broadway. Sin embargo, el proyecto no llega a nada porque la persona encargada de llevar a cabo este proyecto, Allison, ha desaparecido sin que Vila Matas o su amigo Eduardo Lago hayan podido dar con ella. Este diálogo a ratos delirante en el Vila-Matas y Porta fantasean ficcionando la realidad con esa metaliteratura que tanto gusta al famoso escritor, es lo que Porta transcribe en este libro de unas setenta páginas.

     Je m’appelle Erik Satie, comme tout le monde.

     No podía empezar de otro modo un libro en el que Vila-Matas no es escritor pero si protagonista y que trata se su obra pero no lo es que con una cita puesta en su boca que es a su vez conocida por haberla dicho otra persona. Y es que, si hace unos años Vila-Matas titulaba uno de sus relatos Me dicen que diga quién soy, ahora es Porta el encargado de darle réplica al menos con el nombre, aunque cuando se trata de Vila-Matas nada es tan sencillo, y eso lo sabemos. Estamos acostumbrados a ese narrador que le caracteriza y que es capaz de escudriñar sin piedad a un heredero literario, aparecer comentando el prólogo de una conferencia, la propia conferencia, o autocomentarse los artículos como si su narrador, por supuesto escritor, fuera una persona ajena a quien los escribió.
Y si este es Vila-Matas, el eterno buscador literario que bucea en cada término dando vueltas en u bucle infinito sobre los límites de la literatura y la palabra, no podía ser menos un diálogo entre amigos con él que estuviera, claro está, a la altura, como para seguir la broma.
     Aquí el juego, no exento del recorrido literario tanto por la obra del propio Vila-Matas como por la de otros escritores de renombre, consiste en la autodefinición, la existencia y la importancia. Vila-Matas se entrega al juego y se hace él víctima o protagonista de eso que tanto le ha gustado hacer con los demás. A fin de cuentas, si es capaz de sacar una novela de una simple conversación que considera interesante, cómo no va a salir un libro de un proyecto fallido que le incluya. ¿Y cómo es entonces este juego? Metaliterario, claro, pero también es un juego de existencia y de los distintos hilos paralelos en los que el autor de un libro se ve cada vez que escribe, desdoblándose en cada personaje, diluyéndose un poco hasta desaparecer como si cada voz tomara fuerza en su interior hasta convertirlo en una sombra autómata incapaz de hacer otra cosa que escribir. O ni eso. Solo la sombra imperceptible.
     Total, que hay una obra en la que Vila-Matas será actor, y la obra es Buscando a Allison, que trata de que propone una obra al autor en la que el escritor hace de escritor que escribe una obra. O algo así. Pero es un algo así divertido e inexplicable a la vez de ser sumamente fácil de comprender y eso siempre ha sido para mi una de las características de la obra de Vila-Matas que ahora tan bien ha sabido recoger Porta y que, por mucho que yo lo intente, me va a resultar imposible trasladaros.
Lo que si os puedo decir es que a mi este libro me ha generado una duda. Si yo ahora soy una persona que se sienta a escribir sobre la obra de Vila-Matas y lo hago bajo el nombre de mientrasleo, tan adecuado para esta duda, ¿no podría ser el personaje de una obra que ahora mismo estuviera escribiendo el autor y me hago esta pregunta obligada por sus deseos? (a no ser que lo haga porque me ha otorgado la libertad de un estado de consciencia superior al habitual en obras ajenas a su firma). Y si todo eso es así y yo soy su personaje: ¿acaso no soy entonces Vila-Matas? Como tú que me lees dentro de esta obra, como todo el mundo.

     Resumen perfecto del libro:

La realidad irreal. Escher.
     Me llamo Vila-Matas. como todo el mundo, es un magnífico puzzle. Para iniciados, para más que iniciados en realidad.

     Y vosotros, ¿qué libro leéis esta semana?

     Gracias.

martes, 26 de febrero de 2019

El miedo. Gabriel Chevalier


     "El fuego se incubaba ya en los bajos fondos de Europa, y la Francia despreocupada, con trajes claros, sombreros de paja y pantalones de franela, echaba el cierre a sus equipajes para irse de vacaciones. El cielo era de un azul sin nubes, de un azul optimista, terriblemente caluroso: no cabía temer más que una sequía".

     Así comienza una novela aún desconocida para la mayor parte de los lectores. Hoy traigo a mi estantería virtual, El miedo.

     Conocemos a Jean Dartemont, quien se alista en el ejército francés con 19 años. Soldado en la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra y será su voz la que nos cuente esa guerra, su paso por instrucción, por batalla, testigo desde las trincheras, herido, granadero y, sobre todo, humano.

     Sin ser unas memorias, el autor se basa en su propia experiencia para escribir esta novela. Publicada en 1930 fue acusado de antipatriota por lo que en ella relataba y, si bien es cierto que da el contrapunto perfecto a Sin novedad en el frente, una se hizo famosa y todos la conocemos y esta en cambio ha quedado oculta por el paso del tiempo. Y cuando digo contrapunto no me refiero al espíritu de las novelas, ambas claramente antibelicistas, sino al hecho de estar narradas desde frentes opuestos. Cuanto menos, una curiosidad para los lectores.

      Chevalier habla con la voz del soldado raso que está en las trincheras, que va al frente y es herido, que pasa por una instrucción más que mediocre y que se da cuenta de que los altos cargos no tienen mucha idea de lo que tienen que hacer mientras juegan con las vidas de los soldados.
     El autor nos cuenta la guerra desde dentro, no habla de planes y de emboscadas realizadas por un enemigo perenne cuyo aliento vemos en las páginas. En esta novela el aliento se siente, pero el de las vidas. El aliento del compañero y también el del enemigo, el aliento que ya no tienen los muertos cuyos rostros permanecen en el suelo como muestras del horror que es la guerra. Aquí no se trata de héroes ni de grandes rescates, es una novela sobre las personas y los sentimientos en una situación límite como es la guerra. Chevalier se olvida de esas guerras de corte heroico, casi romántico, y opta por dar una visión cruda de la realidad. Una realidad terrible que hace que quienes lo viven se muevan en una atmósfera llena de demonios, que convivan con un miedo que provoca que les alivie salir de la batalla aunque sea por estar heridos, ofreciéndoles así una tregua al horror propio, y que también les puede llegar a impulsar a actuar llevados por la partes más oscuras de sus corazones.

     "Le voy a decir la gran ocupación de la guerra, la única que cuenta: he tenido miedo".

     El miedo es una novela excepcional que ha sido injustamente olvidada con un corte antibelicista y un realismo que abre los ojos a los lectores a la realidad de lo allí sucedido. Casi, casi, imprescindible.

     Cada vez hay más novelas que hablan de la guerra, particularmente de la Segunda Guerra Mundial, y a veces tengo la sensación de que tanta ficción ya sea o no dramática, desdramatizan los sucesos reales, como si quedaran empañados por dicha ficción. Aún así, me confieso lectora de guerras. Y vosotros, ¿sois lectores de guerras?

     Gracias.
   

miércoles, 30 de enero de 2019

Sinfonía napoleónica. Anthony Burgess


     "Tallien presionó el botón de su antiguo y noble reloj y la máquina dio las nueve de una manera nueva y republicana. 'Ya una hora de retraso'. Ventoso silbaba desde la rué d´Antin y agitaba la llama de las velas. De la pata de palo del registrador interino, que dormía junto al fuego, emanaba un tenue olor a barniz chamuscado".

     Siempre digo que hay autores que son consumidos por alguna de sus obras y en este caso, aunque muchos conocemos Poderes terrenales, está claro que la obra es La naranja mecánica. Sin embargo a mi siempre me ha gustado bucear en el resto. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Sinfonía napoleónica.

     En honor a Beethoven y su fascinación por Napoleon, Burgess escribe esta Sinfonía napoleónica, que lleva por subtítulo Una novela en cuatro movimientos para mostrarnos la vida de un hombre del que ya parece saberse todo. Es decir, conocemos a Napoleón.

     La fascinación de Beethoven por la figura de Napoleón quedó plasmada en su tercera sinfonía, la Heroica, la de Burgess queda en esta estupenda novela que abarca desde las conversaciones de Bonaparte con su mujer, pasando por las campañas de guerra, campamentos, entrenamientos, engrandecimiento de la figura y termina con su estancia en Santa Elena donde no solo cambia la percepción de su figura, sino el propio Napoleón entablando una improbable amistad con una joven adolescente. Bonaparte es una figura ineludible de nuestra historia, tal y como dice el propio autor, Napoleón está para propiarse de la época y convertirla en él mismo.
Pero sigamos con Beethoven. Los movimientos de la Heroica son: Allegro con brio, Adagio Assai, Allego y Allego Molto-Poco andante-Presto. Y todos ellos tienen su lugar en la novela: de las campañas en Italia y Austria a la coronación como Emperador; el atentado fallido, divorcio, Rusia y la caída; Elba y Waterloo, y Santa Elena y muerte. De este modo hace una revisión completa a la biografía de este hombre aportando no solo datos que yo desconocía, sino también una visión fresca y a ratos francamente divertida de la historia.

     Burgess es un narrador irreverente. Y eso se nota en su estética literaria en la que combina oraciones cuidadísimas con otras que incluyen metáforas sorprendentes que dejan al lector alucinado, lo que requiere un dominio del lenguaje que no está al alance de todos. Nada que nos pille de nuevas en realidad ya que todos conocemos La naranja mecánica y lo que el autor consiguió plasmar en esa obra. Si a eso le sumamos la sorprendente historia que el propio Burgess hizo circular sobre si mismo y que decía que fue diagnosticado de un tumor, lo que le hizo escribir la ingente cantidad de cinco novelas en un año para respaldar la economía familiar (tumor que en la revisión había desaparecido según el propio autor, posiblemente debido al ejercicio de escribir), sabemos que al abrir un libro suyo nos exponemos a casi cualquier cosa.
     No quiere decir esto que en el caso de las biografías sea inexacto, más bien al contrario si tenemos en cuenta que en este caso escribió una entrada para la enciclopedia sobre su protagonista, pero significa que nos alejará de ese tono resabiado tan temido en este tipo de libros. Es cierto que desconozco si hay ficción entrelazada en las páginas de esta Sinfonía, pero también lo es que yo no he dudado de su veracidad, y que la figura de Bonaparte ha cobrado realidad por así decirlo ante mis ojos. Y es que es muy difícil escribir sobre alguien sobre quien parece estar todo dicho. En realidad ante eso, solo queda una para convencer al lector y es humanizarlo. Descubrir que es una persona común que resulta bruta o cómica, inteligente o zafia, y que todo depende del momento. Añádase al final una dosis de realidad a la visión que el protagonista de esta historia tiene sobre si mismo, y ya tendremos todos los ingredientes para que apetezca leer esta obra de Burgess. Y eso sin mencionar las diferentes voces, lugares o anécdotas que utiliza para tener al lector siempre entretenido y, sobre todo, dispuesto a seguir leyendo.

     La nación es una doctrina falta, alemán idiota. El deseo de morir por una nación es un pecado. Lo que quiero es una Europa Única, no un hatajo de pequeñas naciones que no hacen más que ladrar y pedorrear"
   
     Sinfonía napoleónica es una obra necesaria para uienes quieran saber más de Bonaparte que se disfruta en cada línea. Imprescindible para ellos, día yo.

     Y vosotros, ¿alguna vez os animáis a leer biografías?

     Gracias.

jueves, 15 de marzo de 2018

Viaje al pasado. Sefan Zweig


     "-¡Ahí estás!
     Con los brazos extendidos, casi se podría decir quea biertos de par en par, salió a su encuentro.
     -¡Ahí estás! -repitió de nuevo, y su voz recorrió esa escala que asciende cada vez más luminosa desde la sorpresa hasta la absoluta felicidad, mientras miraba la figura de la amada, rodeándola de ternura-. ¡Ya empezaba a temer que no fueras a venir!"

     De vez en cuando descubro un título de algún escritor cuyas obras completas ya pensaba conocía y eso se convierte en motivo de celebración y nerviosismo. Me compro el libro y lo tengo en mi casa dos o tres días, sobre una mesa, sin abrirlo, para simplemente mirarlo y disfrutar anticipadamente de lo que me espera. Casi seguro que lo leo en sábado, que tengo más tiempo y menos ruido. O el viernes por la noche, quizás, si no tengo otro plan. Finalmente llega el día elegido y desde por la mañana me paseo por delante, rozándolo a veces, hasta que llega la hora señalada y el mundo desaparece y solo estamos el libro y yo. Hoy traigo a mi estantería virtual, Viaje al pasado.

     Un hombre y una mujer se encuentran tras diez años de separación. En su día, el hombre de humilde origen, trabajaba en la casa del adinerado matrimonio al que ella pertenecía. Las circunstancias, la propia guerra les separó, y ahora vuelven a encontrarse.

     Viaje al pasado, cuyo título pudo ser Resistencia de la realidad, es una novela corta o relato largo de Zweig que uno puede leer en una o dos tardes sin más esfuerzo. De hecho le falta un suspiro para llegar a las cien páginas, y eso en un momento en que parece que están de moda los libros extensos, se agradece. Sobre todo si es uno de esos libros que uno lleva consigo para leer en las esperas y los transportes públicos. La novela, quizás menos depurada que otras del autor, comienza cuando la pareja se reencuentra. Y ahí viene la gran trampa: el lector podría esperar que se tratara de una historia de amor.  A fin de cuentas, parece que incluso en mi más que escueta sinopsis yo he hablado únicamente de amor, ¿verdad? Volved a leer la sinopsis que puse. Poned un poco de atención.

     Viaje al pasado es una novela sobre el paso del tiempo y la huella que este tiempo deja en las personas. Y también es una historia de recuerdos, de pasiones vividas y el afán o la necesidad de recuperarlas. El tiempo es algo constante, jamás se detiene, y las personas nos formamos poco a poco de cada detalle vivido. Quizás por eso choque alguna escena de las que Zweig incluye en el libro, sobre todo si hemos llegado esperando una historia de amor. Quizás la emoción de ese encuentro se deba más al recuerdo, acaso idealizado, de dos personas que se amaron y cuya pasión late de forma diferente durante el tiempo que se buscan. Los amores cambian también con el paso del tiempo, y eso no significa que se destruyan, solo cambian. Y si Zweig sabe de algo es de sentimientos. No necesita almibarar sus narraciones para que los lectores comprendamos perfectamente lo que nos quiere expresar, ya sea el enamoramiento platónico que puede que hayamos vivido, o el cautiverio que busca la libertad en un juego que acaba siendo una nueva cárcel. No es relevante si lo hemos vivido, lo importante es que lo comprendemos, lo sentimos en las palabras del autor. Y lo mismo sucede en esta novela que viene marcada con la impronta agridulce a la que sus lectores habituales ya estamos acostumbrados. Toda su obra tiene un regusto amargo, como si no pudiera evitar darnos en el hombro y decirnos: "¡Eh! Pero no olvides quien soy, nadie como yo para saber que la vida no es un cuento de hadas".  Y nosotros, los lectores, aún así seguimos leyendo y cerramos el libro pensando que lo bello no ha de ser necesariamente bonito.

     Me ha gustado Viaje al pasado. No es mi título favorito del autor, eso está claro, pero me gusta sumergirme en sus historias. Hay que leer algo de Zweig. Siempre. Y luego, decidir.

     Stefan Zweig es uno de esos escritores que uno descubre en un momento determinado, posiblemente con Mendel el de los libros o con Novela de ajedrez, y tiene la sensación de haber encontrado un tesoro. Entonces decide compartirlo con el mundo y descubre que todos lo conocían pero, por algún motivo, uno no lo había descubierto hasta ese día. Y a partir de ahí, de repente, lo encuentra por todas partes y siempre rodeado de buenas palabras, de elogios realizados por lectores de todo tipo. Casi pareciera una moda o un slogan: a todo el mundo le gusta Zweig. Solo que parece real, parece que es cierto que le guste a todo el mundo. O decidme, ¿os gusta Stefan Zweig?

     Gracias.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El nadador. Zsuzsa Bánk


     "Inventaríamos explicaciones y excusas para que nuestra madre y ella no estuvieran con nosotros. Fingimos que podría haber razones para su ausencia. No queríamos ser el tipo de gente que se olvida fácilmente, la gente que puede salir, sin siquiera decir adiós."

     Me puso en la mano este libro una de mis prescriptoras favoritas, eso que ahora con los medios se dice influencer, una de mis libreras. Cuando eso sucede, no suelo plantearme si acertará, y tampoco me molesto en leer la sinopsis antes de comenzar el libro. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El nadador.

     Conocemos a Kálmán, un hombre casado y con dos hijos que vive en una Hungría a punto de vivir la revolución fallida de 1956, un momento terrible. Sin embargo la novela no relata eso como cabía esperar. A Kálmán le abandona su mujer, y con este abandono y desolación, comienza su periplo de casa en casa provocado por la situación que le toca vivir, acogidos los tres por lástima, viviendo días cada vez más grises y buscando su refugio de esta vida en nadar.

     Podría pensarse, y no sería erróneo, que Bánk escribe una historia de abandono y desolación dividida en doce partes y a varias voces en esta novela. Las voces de los protagonistas, incluida la madre Katalin, y de quienes les acogen, serán los narradores de esta novela triste y hermosa sobre una niñez amputada por una vida errante. Y será sobre todo la voz de Kata la que nos transmita todas estas sensaciones; la hija de Kálmán, sus refugios inventados y su preocupación por su hermano Ista que parece desarraigarse de un mundo sin escuelas en el que será la amabilidad de una de esas improvisadas familias, la que le permita aprender a leer y escribir. Conoceremos a un Kálmán herido que bucea en una foto y nada en lagos, nadar como sobrevivir, nadar como terapia, nadar como forma de respirar... sus hijos descubrirán también esto, sobre todo Ista... y le veremos enfadado, derrotado recibiendo lástima en forma de acogida para una familia hundida que ve pasar los días sin importarles, sin referencias. Sin una escuela que les ayude o enseñe, sus hijos medirán en tiempo en días que no celebran, en tardes que caen, en lugares por los que pasan... en cartas de su madre relatando sus peripecias al pasar una frontera, en su trabajo... porque sí, llegan cartas igual que llegan las historias inventadas sobre ella que parecen llenar los vacíos de estos niños.

     Puede parecer que Bánk nos deja un dramón lacrimógeno, pero no es  así. Consigue, eso es cierto, interesar al lector desde las primeras páginas, incluso que nos preocupemos por la suerte que correrá esta familia, pero también la convierte en una familia más. No carga tintas en lo dramático y tampoco les llena de virtudes o de noches lacrimógenas, no necesita recurrir a ello para que nos interese la historia. Lo que sí nos hace es conscientes de que no fue algo tan excepcional, de que sigue sin serlo, que hay familias que han pasado por esta situación y que seguirán pasando y hay niños cuya infancia no es una infancia y sus padres... bueno. Pero, sobre todo, lo que más me ha llamado la atención, es que Bánk hace suyo un dicho letra a letra en este libro, y es que, para que algo sea hermoso, no necesita ser bonito.
     El nadador es un libro hermoso. Y con esta frase creo que podría resumir mis sensaciones al leer esta novela que no puedo dejar de recomendaros.

     Y vosotros, ¿recordáis libros hermosos que no sean particularmente alegres? Ahora estaba escribiendo esto, y me ha venido a la cabeza, Nunca me abandones.

     Gracias.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El palacio azul de los ingenieros belgas. Fulgencio Argüelles


     "Mi padre tomaba grandes tazones de café negro y llevaba siempre camisetas sucias que olían a alquitrán y a mi madre le decía lisonjas cuando quería algo, ternezas como prenda o encanto o princesa, pero voceaba furioso insultándola, llamándola perra asquerosa y cosas peores cuando ella se retardaba, y lo hacía con una voz ofensiva y metálica, agitando sus brazos inmensos, pero mi madre nunca le contestaba, jamás le decía una palabra de réplica, ni siquiera perdía su expresión de gratitud perenne."

     Hay títulos que, por algún motivo, me llaman la atención y me resulta imposible salir sin ellos de la librería. Eso es lo que me pasó con este, y ni siquiera me planteé leer la sinopsis. Hoy traigo a mi estantería virtual, El palacio azul de los ingenieros belgas.

     Conocemos a Nalo en septiembre de 1972, momento en el que entra a trabajar en el palacio que da título al libro como jardinero. Desde ese momento y hasta 1934 acompañaremos a este Nalo jardinero, observador, al niño que crece en una época convulsa en España. Veremos un universo desplegarse ante sus ojos en un puñado de personas con sus sentimientos y temores.

     El palacio azul de los ingenieros belgas fue la novela ganadora del prestigioso premio Gijón en el año 2003. Un premio que, si alguien me preguntara mi opinión, tiene muy poca repercusión para la fama literaria del lugar y sus tertulias, y que ha dejado títulos que siempre merece la pena ser descubiertos. Y un ejemplo perfecto es el título de Fulgencio Argüelles, un nombre que me era totalmente desconocido hasta verlo impreso en la cubierta de mi reciente adquisición.

     El lector avezado rápidamente se dará cuenta del contexto histórico de este libro, de lo sucedido en Asturias, de Primo de Rivera.. pero no por ello hay que pensar en una novela que habla de guerra o preguerra, porque en realidad lo que estamos es ante una novela de iniciación de un Nalo que no deja jamás de ser quien tiene la palabra como narrador, y que irá descubriendo el mundo adulto, el amor, el sexo, la amistad y los secretos, pero en un momento muy especial. Una época en la que es cierto que llegaron personas como estos ingenieros, a Asturias, a trabajar y explotar las riquezas del lugar. Y que generaron una serie de contrastes respecto al modo de vida y poder adquisitivo, y de esto, nuestro Nalo, porque pronto se convierte en nuestro de la forma en que lo hacen los personajes entrañables, es testigo de excepción. Por supuesto que se ven afectados por la guerra, una guerra que provocó el dolor y la muerte de los sueños de muchos, y el autor, a través de ese pequeño universo que rodea al palacio, es capaz de elevar una voz anónima de lo que fuera la vida de muchos. Ahora mismo, mientras hago un repaso de la lectura, no puedo hacer otra cosa que sonreír ante esa aspiración de poseer una enciclopedia que nos  es mostrada en un momento dado y que percibimos con casi candor.
     Los personajes, ese componente del que se suele hablar con términos como perfilados o profundos, son el eje principal de la historia. No hay uno solo que aparezca al azar, incluso los secundarios tienen una importancia vital para los hechos que nos relatan. Y se ven arropados por descripciones espléndidas y, sobre todo, por una prosa cuidada hasta el extremo convirtiendo la lectura en un placer por el simple hecho de leer las formas del autor. Así disfrutaremos con los abuelos, la hermana, con Julia, los ingenieros y sus familias... y con cada una de las situaciones que provocan. Y así lo sentirá el lector mientras percibe un cierto aire a novela de formación casi victoriana, cosa que hará desde el momento en el que la sensualidad asociada al crecimiento, viene a impregnar algunas de sus letras, sin por ello desanclarse del momento histórico en que se produce.

     El palacio azul de los ingenieros belgas es una gran novela, de esas que parecen haberse perdido en el tiempo frente a la marabunta de novedades de las mesas libreras y que, tal vez y precisamente por eso, proporciona un placer privado en el lector que se decide a descubrirla y se alza como abanderado del título, resuelto a recomendarlo orgulloso. Un tipo de libro que es muy poco habitual que venga firmado por un autor patrio.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 17 de agosto de 2016

El último septiembre. Elizabeth Bowen


     "Hacia las seis el sonido de un motor, procedente primero del vasto paisaje y concentrado luego bajo los árboles de la avenida, convocó en la escalinata a todos los habitantes de la casa en un estado de gran excitación. A la altura de las hayas, resonó una delgada verja de hierro; el coche emergió de una maraña de sombras y se deslizó pendiente abajo hacia la casa. Tras los destellos del parabrisas, el señor y la señora Montgomery -brazos agitándose en el aire y el velo malva de ella revoloteando furiosamente- saludaban con frenesí. Eran visitantes largamente esperados. Todos proferían exclamaciones y gesticulaban: nadie hablaba todavía. Era un momento de felicidad, de perfección."

     No sé vosotros, pero yo siempre hay nombres a los que quiero acercarme pero acabo posponiendo por falta de tiempo. Eso supone que en vacaciones aprovecho para acercarme a uno o dos y así quitarme las ganas, al menos. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El último septiembre.

     Estamos en los años veinte, en plena guerra de independencia irlandesa. Se vive una guerra de guerrillas entre el ejército británico y los denominados Black and Tans irlandeses. En este contexto, muchas familias angloirlandesas pudientes, optaron por crear sus pequeños mundos entre los muros de sus grandes mansiones. Este es el contexto en el que conocemos Danielstown, una mansión situada en el condado de Corck en la que viven los Naylor. Ajenos en la medida de lo posible a una guerra que tratan más como si fuera un rumor, ellos siguen entre reuniones y fiestas de tenis, intentando llevar una vida normal entre los muros de su casa. Y será entre estos muros que veamos como su sobrina, la joven Lois, intenta abrirse paso a la edad adulta, reflejándose en ella más que en nadie, ese punto entre la curiosidad y la negativa a permanecer ajena al exterior, lo sucedido para una gran parte de la sociedad. Sin embargo, todo aislamiento es ficticio y poco a poco seremos conscientes de que la vida exterior también llegará a Danielstown.

     Hablar de Elizabeth Bowen siempre va acompañado de comparar a esta autora con otros grandes nombres de la literatura, ya sea Austen o Woolf (que mira que me parecen dispares), así que la curiosidad estaba servida. Me he encontrado con un fresco de época que refleja el aislamiento que tantas veces ha intentado la alta sociedad antes los cambios venideros, ya fueran sociales o incluso conflictos bélicos. Bowen escribe la novela en 1929, cinco años después de finalizar el conflicto, y vierte en esta casa los rasgos de las que conociera así. De este modo consigue trasladar al lector la sensación de irrealidad tanto como la de pequeña isla y, entre descripciones de reuniones y horas de la comida, nos sentamos en las escaleras después de la cena disfrutando de la falsa serenidad de la noche. Y digo falsa porque es imposible que no se cuelen comentarios vestidos de trivialidad que reflejan el conocimiento de lo que sucede fuera de las puertas de Danielstown, una casa que llega a convertirse en un personaje casi central de la historia. Y aquí es Lois la encargada de ello, con sus inquietudes y sus comentarios sobre armas enterradas, incluso en su relación con el joven soldado Gerald, que no sólo no es aceptada, sino que ni siquiera se tiene en cuenta la posiblidad en esa casa de que algo así pueda suceder.

     Bowen nos dirige con calma por la novela sin buscar un hilo argumental que nos tenga en vilo, pero dejando claro desde las primeras páginas que algo sucederá, como si estuviéramos en una suerte de réquiem sostenido por una prosa magnífica salpicada de pequeñas descripciones que nos transportan a la época y el lugar. Sin embargo, y al igual que sucede con los protagonistas que optan por el silencio para enmascarar lo que sucede a su alrededor, Bowen parece también optar por este recursos, y me ha dejado con las ganas de conocer un poco más las relaciones de la familia con el entorno. Esa negación a ver lo evidente de las clases altas que tan bien han trasladado otros autores, queda velada por el hermetismo, y no nos deja ver conflictos reales, dejándome la impresión de estar ante una situación vivida por la propia Bowen de la que no ha podido terminar de desembarazarse.
Con todo ha sido una buena lectura, y he conocido al fin las letras de una mujer a la que tenía ganas. Aunque, como suele pasar cuando un nombre va acompañado de grandes comparaciones, no haya estado a la altura de lo esperado.

     No tengo cortesía, ya es miércoles y aún no os he preguntado qué estáis leyendo esta semana.

     Gracias.