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lunes, 11 de mayo de 2015
Nada. Janne Teller
"Nada importa.
Hace mucho que lo sé.
Así que no merece la pena hacer nada.
Eso acabo de descubrirlo."
Lo bueno de ir siempre a la misma librería que que ya te conocen los gustos. Quedan libreros como los de antes: personas con las que hablar de libros y compartir impresiones que un día, cuando entras por la puerta, te están esperando con un libro en la mano mientras dicen: "Tienes que leer este libro". Y eso hice. Y por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Nada.
Comienzan las clases tras el verano, y el primer día de curso, en la clase de 7º, un alumno se levanta proclamando que no hay nada que importe. Tras hacer su declaración, se levanta y se va dejando la puerta entreabierta y tentando de este modo al resto de los alumnos a seguir su pensamiento. Día tras día, sus compañeros pasan junto a Pierre Anthon, que está subido a un ciruelo argumentando su descubrimiento para quien quiera escucharle. Poco a poco empiezan a dudar y al final deciden que para sacarle de su error, tienen que encontrar lo que importa y mostrárselo. Lo que empieza siendo una búsqueda, termina por ser el sacrificio de una parte de cada uno, impuesto o autoimpuesto, que hará que las cosas cambien de forma radical en este pueblo.
Los niños son siempre más sinceros en su mirada. Son más sinceros en sus reacciones y también en sus intenciones. Los niños son buenos. Los niños siempre dicen la verdad...
Vivimos rodeados de estas frases y, tal vez por eso, la literatura nos ha dejado reflejos de nuestro mundo en sociedades infantiles intentando que veamos de este modo nuestro alma al desnudo. Ya lo hizo Golding en El señor de las moscas. Y ahora hace lo propio Teller en su novela, Nada.
Esta vez no hay isla ni situación límite. Todo sucede en la pequeña Taering, pero perfectamente podría ser cualquier otro lugar. Y los niños que nos presenta la autora son niños normales, en situaciones normales; justo como los del colegio ese frente al que pasamos a diario. Tal vez sea eso lo más inquietante de esta novela que no llega a las 150 páginas, ni falta que le hace. La historia arranca cuando un niño de 13 años llamado Pierre Anthon, deja las clases afirmando que nada tiene sentido en la vida, por lo tanto tampoco lo tiene la propia existencia y mucho menos esforzarse o luchar por cosas que serán, como mucho, satisfacciones efímeras (los niños son sinceros). Algo así causa un impacto en sus compañeros que, hartos de escuchar sus razonamientos mientras come ciruelas subido a un árbol, deciden mostrarle su error. Para ellos, si que hay cosas que importan, por lo tanto la vida está llena de cosas que importan para todo el mundo. Lo único que tiene que hacer, es mostrárselo a su amigo (los niños tienen buenas intenciones). De este modo, toda la clase se une buscando qué es lo importante, en principio preguntando y luego dirigiendo la mirada los unos a los otros señalando sin dudar aquellas cosas que quien tienen al lado más valora (los niños son sinceros). Esta búsqueda del significado de la vida, les llevará a descubrir en los demás y en sí mismos la verdadera naturaleza de las cosas. Y por ende, de las personas, de ellos mismo, de quienes les rodean...
Teller ha escrito una novela en la que el lector se revuelve incómodo, casi sobrecogido por lo que desfila ante sus ojos, pero sin ser capaz de apartar la mirada. Otro de los grandes aciertos del libro, junto a la "normalidad" del contexto, es la elección del narrador. La historia la cuenta una niña protagonista de los sucesos. Pero lo hace siempre manteniendo una distancia otorgada por el tiempo, y a la vez mostrando los sentimientos que pueden tenerse con esa edad.
Confieso que he sido incapaz de apartar mirada de este libro hasta terminarlo. Me ha parecido una lectura realmente fascinante en la que se habla de inocencia, de creencias, de envidia, de tesón... Un relato desolador, inquietante y que consigue parecer hermoso al ocultarse en una fachada escrita cuidando cada frase. De hecho, hay momentos en que lo hermoso de las palabras contrasta con aquello que nos está describiendo, la escuela por ejemplo. Todos estos ingredientes, convierten a Nada en un libro más que recomendable. Si tenéis la opción, no lo dejéis escapar. Yo lo pienso releer dentro de un tiempo.
Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?
Gracias
PD. No lo he dicho, pero los niños tienen una sinceridad terrible, frontal y certera. Por eso a veces se dice que los niños son crueles. Y las buenas intenciones... bueno, no siempre son suficientes.
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William Golding
sábado, 21 de enero de 2012
El señor de las moscas. William Golding
" Roger se inclinó, cogió una piedra, apuntó y la tiró a Henry, con decidida intención de errar. La piedra, recuerdo de un tiempo inverosímil, botó a unos cuatro metros a la derecha de Henry y cayó en el agua. Roger reunió un puñado de piedras y empezó a arrojarlas. Pero respetó un espacio, alrededor de Henry, de unos cinco metros de diámetro. Dentro de aquel círculo, de manera invisible pero con firme fuerza, regía el tabú de su antigua existencia. Alrededor del niño en cuclillas aleteaba la protección de los padres y el colegio, de la policía y la ley. El brazo de Roger estaba condicionado por una civilización que no sabía nada de él y estaba en ruinas"
Contaba el propio autor que poco después de ganar el premio Nobel fue a un hotel y le preguntaron como se deletreaba su nombre. No pudo menos que responder :"Por Dios, me acaban de dar el jodido premio Nobel".
Dicho esto que da constancia del carácter de su autor, un hombre rudo versado en ciencias que defendía con uñas y dientes la existencia del Mónstruo del lago Ness, os diré que este libro es un clásico actual leído en muchos colegios. Hoy traigo a mi estantería virtual, El señor de las moscas.
La obra nos cuenta la historia de unos niños pasajeros de un avión derribado en periodo de guerra, por motivos climatológicos, y su supervivencia en una isla desierta sin adultos que los guíen.
Esta obra, que supuso el desembarco editorial de su autor, fue rechazada por varios editores hasta llegar a la editorial Faber and Faber, quien decidió arriesgarse con esta pesimista visión de la naturaleza humana. El autor correspondió a esta muestra de fé manteniéndose siempre fiel a ellos, independientemente de las ofertas posteriores que le pudieron llegar. El señor de las moscas se ha convertido en los aproximadamente sesenta años que lleva publicado en uno de los libros más vendidos estadísticamente de la literatura contemporánea y ha sido adaptada al cine en dos ocasiones.
Es una obra pesimista, escrita por un hombre convencido de la maldad del ser humano que disecciona la violencia y los instintos que piensa nos rigen llevando a muchos a un trágico final. Quizás lo más interesante tras una lectura superficial, es la reflexión social en la que vemos que tras las buenas intenciones y los conflictos suaves entre los niños, van surgiendo violentos enfrentamientos con consecuencias terribles. Vemos a través de los niños la necesidad de adaptarse a las condiciones que se les presentan, la violencia y la organización social y, sobre todo, mucho miedo. El miedo rige muchos comportamientos y se disfraza de muchas formas en este relato, hay miedo a lo desconocido, a los demás, a la desconfianza, la traición y, sobre todo, a la soledad.
Una novela de aventuras que nada tiene que ver con islas y piratas en la que nos vamos viendo absorvidos por la irracionalidad y el miedo hasta sus consecuencias más trágicas. Un libro que da miedo al lector por lo posible que se antojan los conceptos expuestos y que nos lleva a plantearnos dudas sobre las represiones y libertades de la sociedad. No en vano, el autor parte de la inocencia infantil para ello.
Imprescindible sin lugar a dudas en mi biblioteca, por eso lo traigo aquí.
Gracias
Deseo ser leído después de muerto
William Golding (1911-1993)
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