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miércoles, 2 de agosto de 2023

El señor Projarchin. Fiódor Dostoievski

 


     "Ya no le quedaba otro recurso que ponerse a pensar en el primer día del mes, día bendito en que cobraba los rublos de la Administración".

     Una de las cosas que me gusta de las librerías de viejo es que uno encuentra tesoros, a veces incluso títulos perdidos de grandísimos autores que desconocía totalmente. Como el que hoy os traigo a mi estantería virtual: El señor Projarchin.

     Conocemos a Semion Ivanovich Projarchin, huésped de la pensión de Fiodorovna. Un lugar en el que, por lo demás, no es apreciado en absoluto, algo que pronto comprende el lector debido al carácter del protagonista. Projarchin es un hombre al que nadie parece conocer realmente pero cuando tras un choque con otro inquilino desaparece, se crea un cierto malestar. Hasta que se descubre lo sucedido al menos.

     El señor Projarchin es un cuento escritor por Dostoievski que no estuvo destinado a ser un cuento. Frecuentaba en ese momento el autor al crítico de renombre Belinski, al que había deslumbrado con la lectura de Novela en nueve cartas, quien no duda en alabarlo en la revista Anales patrios. Sin embargo ya desde que publicara El Doble parecieron haberse cambiado las tornas y este mismo crítico comenzó a cebarse con la obra del autor, que publicó el presente cuento casi con la certeza de la crítica negativa. No solo eso, además Projarchin es un personaje del que Dostoievski renegó ante su propio hermano y es que de lo que él había concebido a lo que dejó la censura, había tanta diferencia como para que el autor no se sintiera satisfecho con su propia obra. Más allá de la tragedia que supone siempre la censura, hay que decir que el relato que nos ha llegado a nuestros días es el mutilado y no el original. Ese, el que brotó de la mente del genial autor, no lo podemos recuperar, así que sirva esto de nota a pie de página para que se reflexione un poco sobre lo que le hacemos a la literatura y la cultura cuando modificamos las obras.

     Pero hablemos de Projarchin, un personaje ni pobre ni rico, al que en realidad no iba tan mal pero que pretendía hacer pasar como que le iba mejor en un mundo en el que ser rico es un sueño tan habitual como preciado. Nada nuevo en realidad o, mejor dicho, nada que haya cambiado. El caso es que Projarchin es un avaro de esos que no resultan agradables, de los que la gente hacer burla imaginando que atesoran el dinero rublo a rublo en un lugar no tan secreto, para tenerlo siempre cerca y verlo crecer. Dicho así, que es como lo representa, se ve bastante desagradable y dan ganas de unirse a las burlas pero Dostoievski no suele estar dispuesto a que el lector transite por el camino fácil y opta por abrir la imagen para mostrar las debilidades de este hombre. Esto provoca que el objeto de burla que habíamos entendido como miserable se convierta en una suerte de "pobre miserable" a nuestros ojos, algo que en tan poca extensión, me parece casi una proeza ya que hay que sumarle un final que no esperaba y no voy a relataros. No voy a caer en lo fácil, que sería justificar los actos del protagonista, eso os lo dejo a vosotros. Simplemente voy a decir que a veces no es tan fácil opinar y que un mismo pecado no tiene por qué tener el mismo valor dependiendo de quien lo cometa: la importancia del contexto (lo cual no significa en absoluto que Projarchin me caiga bien).

     El señor Projarchin es un cuentito que me ha gustado y que he descubierto con el placer de quien encuentra un tesoro escondido donde creía que ya no quedaba nada.

     Y vosotros, ¿sois compradores de librerías de viejo?

     Gracias.

martes, 27 de junio de 2017

El jugador. Fiódor Dostoievski


     "Pero, en fin, había recibido su encargo: ganar a la ruleta de la manera que fuese. No tenía tiempo para pensar con qué fin y con cuánta rapidez era menester ganar y qué nuevas combinaciones surgían en aquella cabeza siempre entregada al cálculo. Además, en los últimos quince días habían entrado en juego nuevos factores, de los cuales aún no tenía idea. Era preciso averiguar todo ello, adentrarse en muchas cuestiones y cuanto antes mejor. Pero de momento no había tiempo. Tenía que ir a la ruleta."

     La satisfacción de ir a lo seguro es la que me lleva a "los rusos". Sé que pueden ser intimidantes, pero una vez los conoces se convierten en ese amigo al que sabes puedes confiar tus secretos: si coges un libro suyo, no te van a defraudar. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, El jugador.

     Será en la ciudad-balneario de Ruletenburgo, y si me lo permitís, le voy a reír la gracia del nombre al señor Dostoievski,  el lugar en el que conozcamos a Alexéi Ivánovich, contratado como tutor para un general ruso y su hijastra, Polina, con la que tendrá una historia de amor, y que esperan heredar una fortuna tras la muerte de su anciana tía. Sin embargo, una visita de la tía con el consiguiente descubrimiento del tipo de persona que es su sobrino, provocará que la anciana decida jugarse su fortuna en el casino.

      A veces, conocer un poco la vida de un escritor, explica el sentido de alguna de sus obras. Incluso las sobrepasa. Dostoievski por ejemplo, llevó toda su vida la marca de haber tenido un padre médico, trrible, que fue asesinado y torturado por un grupo de campesinos cuando él contaba con dieciocho años. Tal era el carácter del padre, que Dostoievski se sintió culpable por haber deseado su muerte antes de que esta sucediera, y tanto le marcó, que este fue uno de los gérmenes de Crimen y Castigo. Muchos años más tarde de esta muerte, siendo ya un escritor en la cuarentena y habiendo ya conocido el exilio Siberiano, paró en Wiesbaden, donde el sonido de una ruleta, le hizo detenerse ante una mesa de juego... y ganar diez mil francos. La ganancia fácil se transforma en pérdida terrible y dostoievski, convertido en ludópata, juega sin control alguno y se arruina en Baden-Baden. Y así, arruinado, jugador, y necesitado de dinero, comienza a escribir El jugador, consciente una vez más de saber de qué hablaba en su obra ya que la tuvo que escribir en menos de un mes, como consecuencia de una apuesta con su editor, para con el dinero que percibiera por esta obra, saldar sus deudas de juego.

     Decir que El jugador es una obra menor, tanto en calidad como en extensión, dentro de la producción de Dostoievski es tan cierto como injusto. Incomparable, porque no hay obra que soporte la comparación, con Crimen y Castigo, esta tiene motivos suficientes como para brillar por sí misma. Sobre todo desde la mitad del libro con la aparición de la abuela, o su parte final con la conclusión de la obra, es un deleite para cualquier lector, sea o no habitual de las letras rusas. Quizás, no voy a negarlo, resulte un poco apresurada la prosa de Fiódor en algunos momentos, pero es no quita que brille de foram casi permanente a lo largo de toda esta historia que es, como no podía ser de otro modo, mucho más que la historia de un hombre embaucado y arruinado en muchos sentidos.
     Alexéi muestra en primera persona las pasiones humanas, la compulsión del juego, pero a través de esta historia también somos testigos de lo que se esconde debajo del oropel de esa alta sociedad que se agrupaba en torno a este tipo de establecimientos. No solo eso, sino que el autor consigue en muchos momentos, que percibamos el sonido de la ruleta, casi despertar en el lector las ganas de estar ahí,y  quizás por eso, deja que estalle el ambiente con la irrupción de ese maravilloso personaje que es la abuela. Y lo hace cuando ya hemos sido presas de la locura de Alexéis y hemos sufrido y sudado con él sintiendo como se nos aceleraba el pulso en cada mano de juego. No es, además, la primera vez que el autor encarna la nobleza en su protagonista, para destapar el engaño y la hipocresía de esa sociedad rusa burguesa consiguiendo un retrato por el que, pese a todo, no pasa el tiempo.Como tampoco es la primera vez que tememos por uno de los protagonistas de la obra de Dostoievski y nos sorprendemos diciendo, en este caso, ¡pobre Alexéi!

     Me ha gustado el jugador, me han gustado Alexéi, la abuela, la relación con Polina y me ha sorprendido ese punto cómico del que ya nos advierte el autor al poner el nombre a la ficticia ciudad en la que se encuentran sus personajes. Desde luego, no es su mejor obra, pero si que me parece una gran opción para acercarse a sus letras.

     Y vosotros, ¿sois de los que os dejáis intimidar por los rusos?

     Gracias.

miércoles, 5 de octubre de 2016

La mansa. Fiódor Dostoievski


   "Mientras ella esté aquí, todo va bien: a cada instante me acercoa mirarla, pero ¿qué será de mi cuando se la lleven mañana y me quede solo? Ahora está en la sala, sobre la mesa, o mejor, sobre las dos mesas de juego que han puesto juntas: el ataúd lo traerán mañana, un ataúd blanco, guarnecido de gros de Naples... pero no es de eso de lo que quería hablar... No hago más que ir de un lado a otro, tratando de encontrar alguna explicación. Hace ya seis horas que lo intento y aún no he conseguido concentrar mis pensamientos en un solo punto."

     El libro que hoy traigo, que oscilaría entre librito y relato, tiene como primera curiosidad el haber sido editado bajo tres títulos diferentes. Así pues, hoy traigo a mi estantería virtual, La mansa. Aunque bien pudo ser La dulce, o La tímida.

     Un prestamista ante el cuerpo de su fallecida esposa, reflexiona sobre la relación que tuvo con ella desde el primer momento en que la conoció, apenas una joven de dieciséis años huérfana y pobre, hasta su muerte: su joven esposa acaba de suicidarse saltando por la ventana.

     Este cuento, incluido por el propio autor en Diario de un escritor, en 1877, ya se convertiría en su momento en uno de los más importantes y destacados dentro de las obras cortas de Dostoievski.
     El autor decide dar voz a un hombre maduro con la viudedad recién estrenada para, a través de sus palabras y reflexiones más íntimas, antes de poder asimilar lo ocurrido y dejar paso al dolor, cuando aún se encuentra sumido en la estupefacción, dejarnos un testimonio sincero de la intimidad de la relación que tuvo con su ahora fallecida esposa. De este modo conoceremos sus pequeñas o no tan pequeñas miserias y mezquindades, realizando el retrato de dos personas que jamás se entendieron llevadas por orgullo y, eso está claro, por decisiones erróneas a un matrimonio con el final más trágico posible.
     Y sin embargo uno reflexiona sobre cuántos matrimonios hubo así en la época, uno creyéndose el salvador y otra cambiando de jaula. Uno dando todo por sabido, regio, mirando desde lo alto, y otra bajo la dura mirada del lugar que le estaba encomendado por ser mujer. Y es que, para Dostoievski la madurez no es una consecuencia de la edad, ni tampoco lo es la sabiduría, ya que sus proragonistas, aunque solo dispongamos de la voz de uno de ellos, son inexpertos y volubles, temerosos y temperamentales a partes iguales. Y nos deja juzgar a ambos con la ligereza de quien dispone de toda la información posible. Situado en el extremo contrario de sus narraciones más largas, siguen siendo reconocibles los rasgos comunes a la obra del autor, encontramos algunos restos de quien escribiera Memorias del subsuelo, exactamente igual que se nos antoja en cierto modo familiar, la visión que tiene del prestamista, simplemente por su profesión.

     No cabe duda de que la literatura rusa es de vital importancia para la historia de la literatura universal, con grandes nombres hoy conocidos por todos a los que muchos aún parecen temer acercarse, posiblemente por la fama de voluminosos o densos que parecen arrastrar muchas de estas obras. Por eso está bien tener esta segunda opción que nos permite acercarnos a estas letras y a alguno de los nombres más relevantes de la literatura.
     La mansa es una muy buena opción si uno no sabe por dónde empezar. O si lo sabe, pero busca no embarcarse en un viaje tan largo.

    Y  vosotros, ¿ya os habéis animado con estos clásicos?

     Gracias.