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domingo, 21 de agosto de 2011
Los desaparecidos
Hoy he decidido dedicar un rato a la memoria. Llevamos tiempo empeñados en negar lo evidente, la implantación, no sustitución, del formato digital en la lectura. No hablo ya de los e-readers, y menos esta semana que ya os contaré la odisea de mi lector, sino del formato digital en toda su extensión, es decir, el ordenador.
Esto viene a que el otro día estaba pensando en cosas que vamos dejando atrás con el tiempo, la cosa empezó gracias a vuestros comentarios sobre Los tres Mosqueteros y la serie infantil de los Mosqueperros, pasé por los bocadillos de chorizo o de onzas de chocolate y acabé en las casas a las que iba de niña.
Cuando iba al colegio, recuerdo los trabajos que nos mandaban y que nos obligaban a pasar horas copiando de forma más o menos creativa, las páginas de las enciclopedias. Y, para eso, nos llevaban bien a una biblioteca o, en algunos casos, a la casa de los abuelos o la Tia Pitanita, que tenía un montón de libros. Y allí estaba La Magnífica, la enciclopedia, con sus números interminables a lo largo de sus lomos, todos iguales, colocada en lo alto del mueble de la sala de estar. Se notaba que e esa casa eran inteligentes, e instruidos, tenían la Larousse o la Espasa, había muchas más pero esas eran el bmw del conocimiento para nosotros. Y si estaba en casa de algún compañero ya nos andábamos listos cuando habían los grupos de trabajo para que nos tocase con él, porque tenía de todo, fotos, ejes cronológicos, incluso mapas. Es más, creo recordar que en mi casa había una con ilustraciones en acetatos que cuando levantabas uno ibas viendo el dibujo por capas, y así veías el cuerpo humano por dentro, la tierra por dentro y todos los "por dentro" que se te podían ir ocurriendo.
Esta cultura que veía ya del colegio representada en forma de diccionario, normalmente VOX, que se compraba curso sí curso no. Es lo que hemos perdido sin querer y casi sin darnos cuenta. Y, no pongo en duda porque no lo sé, que los niños lleven los diccionarios al colegio pero se me hace un poco difícil de imaginar al niño con un diccionario pudiendo consultar la palabra necesaria en la web de la RAE o, los más arriesgados, directamente al buscador de turno. Hemos empezado una carrera en la que los niños no tienen enciclopedias en casa y nadie se molesta en intentar que compres "la herramienta imprescindible para llegar a selectividad" porque para eso está wikipedia en el peor de los casos.
Ahora, en las partes altas de los muebles hay libros normales y corrientes, heredados o comprados, figuras, incluso plantas artificiales, y nadie echa de menos los voluminosos tomos de aquellas enciclopedias porque ni siquiera reparan en su ausencia. Ya no hay diccionarios en las habitaciones de los estudiantes y, si los hay, serán los de el idioma que corresponda, normalmente el inglés, por ahorrar el tiempo que se tarda en encender el ordenador.
Supongo que cuando se edita el diccionario cada año y salta la polémica a las calles por si han incluido la palabra coño o cocreta poca gente se plantea si luego alguien compra un diccionario en la librería de turno o son sólo las bibliotecas las que lo hacen.
Y así, entre discusiones sobre si el formato digital va a ganar terreno o no a la publicación en papel no nos vamos dando cuenta de los que se van quedando en el camino, los perdidos, los desaparecidos que nadie parece recordar y que, tal vez, sean los peones de una partida perdida.
Si eso es así, tengo que expresar mi pesar. Me sigue gustando el libro en papel y, a ratos, recuerdo que antes había un diccionario en cada habitación de estudiante que se preciara. Ahora hay un portátil. Juzgad vosotros mismos.
Gracias
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