domingo, 22 de diciembre de 2019

Año lector


     Imagina un muro. Ahora imagina que ves como asoman por la parte superior de ese muro dos orejas de burro y ahora oyes un rebuzno. ¿Te atreverías a afirmar que detrás del muro hay un burro? Pues lo mismo pasa con los libros malos. Si un libro parece malo, su sinopsis parece mala y lo empiezas y te parece malo... lo más probable es que sea un libro más malo que un trabuco.
Lección lectora nº327.

     Este año creo que he publicado menos reseñas que nunca desde que abrí el blog. No me ha pasado nada, simplemente me cansaba de poner que un libro no era bueno y el siguiente era igual o peor. Y es que, definitivamente, este no ha sido un gran año para la literatura. Resulta irónico hacer una afirmación así en el año en que se han otorgado no uno, sino dos Premios Nobel, pero, por más que he rebuscado entre mis estantes, no he encontrado motivos suficientes como para desdecirme de esta afirmación.

     En 2019 hemos descubierto que un premio entregado en marzo se comienza a leer en noviembre o, al menos, la gente no se había quedado perpleja hasta ese momento. Vimos como Netflix recordó a una escritora las ganísimas que tenía de reflotar una novela en una segunda parte que no estuvo a la altura, pero en este caso nadie lo esperaba y no pasó nada. También ha sido el año en el que hemos reivindicado la literatura feminista y, si bien es algo que hace falta, eso también ha dado espacio a muchos títulos que no estaban a la altura que deberían para hacerse hueco, lo cual no beneficia en absoluto a la reivindicación original. Hemos criticado sin piedad un premio porque nos han dicho que pertenece a un contrato, y lo hacíamos sabiendo que este es de los premios que se hubieran criticado de igual modo. Y de paso olvidamos a aquella tuitpoeta que tras ser premiada recibió la ira en las mismas redes que la habían encumbrado. Este año hemos seguido empeñados en convertir la novela negra en una suerte de capítulos de CSI que discurren con más o menos éxito dejando al lector contento por vislumbrar al malo sin pedirle demasiado esfuerzo. Con lo que a mi me gustaba la novela negra... Y ha sido, por supuesto, un año de Auschwitz (incluso lo sabemos escribir) y Dachau demostrando que, si a la Primer Guerra Mundial se la conoce como la Gran Guerra, la Segunda podría llamarse La Literaria. Lo que sí he echado en falta es al fenómeno literario de turno que aparece de forma periódica. Ya sé que Gómez Jurado ha sacado libro y Dolores Redondo también, y Reverte... pero no me refiero a eso, hablo de los títulos que arrasan y que todos leemos y criticamos, de las 50 sombras de turno o de Perdida. Vaya, parece que ni para eso hemos dado.
La conclusión ha sido clara, este año he releído mucho y he acudido a muchos clásicos, ese refugio inagotable de quienes buscamos buena literatura. Y tampoco pasa nada, no todos los años van a ser brillantes, que los grandes nombres de la literatura universal son contados y no podemos poner allí a todos (aunque a juzgar por algunas listas que estoy viendo estas semanas parece que sí).

     Esa es otra, las listas. Mira que nos gusta hacer listas, el top tres, el top diez, el cincuenta, ¡los cien mejores libros del siglo que ya estamos en 2019! Que no digo yo que esté mal hacer listas, pero eso de colocar tantos títulos como corresponda a tener números redondos suena más a cuadrante que a disfrute. A nivel personal, y así a botepronto, diré que las mejores lecturas en este blog a lo largo de este año han sido "Goethe en Dachau", "Una Odisea", "Leopardo Negro, Lobo Rojo", "El espía que vino del frío" y "Tiempos recios", que ha gustado especialmente tras varios títulos del autor que me parecieron flojos, y es que siempre es un placer reconciliarse.

      Me paso el año desmontando listas, muchos lo sabéis, en twitter y ahora he dejado un pequeño puñado de títulos esperando que hagáis lo mismo. A fin de cuentas, las listas son para los lectores y, si algo hacemos los que pasamos por aquí, es leer.

     ¡Feliz Navidad!

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Gente normal. Sally Rooney


     "Marianne abre la puerta cuando Connell llama al timbre. Va todavía con el uniforme del instituto, pero se ha quitado el suéter, así que lleva solo la blusa y la falda, sin zapatos, solo las medias. 
      Ah, hola, dice él. 
      Pasa".

     Y si el lunes hablábamos de escritores con un éxito tremendo en su primera obra, hoy seguimos con el tema. Por eso traigo a mi estantería virtual, Gente Normal.

     Conocemos a Marianne y a Connell cuando están en el instituto. Ella viene de una familia de dinero, pero es tímida y apenas se relaciona con sus compañeros. Connell en cambio viene de una familia modesta pero goza de gran popularidad. La madre de Connell limpia en casa de Marianne, y por eso empiezan a verse fuera del instituto. Ahí empieza una relación que queda oculta a los demás y que se prolongará de forma intermitente en el tiempo, incluso cuando se dan la vuelta las tornas.

     Conversaciones entre amigos fue un éxito como novela que, además, era una primera novela. Y Rooney lejos de amedrentarse por su propio éxito ha conseguido poner a disposición de sus entusiasmados lectores este segundo título pasados apenas unos meses.

     Gente normal sigue la historia de Connell y Marianne a lo largo de cuatro años y lo hace con pequeños saltos temporales hacia delante en los que ambos irán llegando a la vida adulta. Quizás por eso, y porque comienza cuando están en el instituto, en las primeras páginas uno tiene la sensación de estar leyendo una historia dirigida al público adulto, pero con muchos ecos de la literatura juvenil de éxito. Y es que, cuando la novela empieza, Marianne es una joven de familia acomodada que no se integra en el instituto que acaba por mantener una relación con el chico popular que teme ser descubierto por sus amigos. A esto se le suma que Marianne viene de una familia con una madre que parece normalizar un determinado tipo de comportamientos abusivos que marcarán el carácter y las relaciones de su hija.  Es fácil visto así caer en la tentación de pensar que estamos ante una novela casi juvenil, con dos protagonistas quizás demasiado inteligentes que parecen condenados a romperse el corazón mientras que no dejan de encontrarse en una narración en la que la autora se cuida mucho de no asegurarnos si será o no su último encuentro. En el transcurso de la novela veremos a Marianne establecer un tipo de relaciones que ni ella misma termina de entender y que parecen querer justificarse en sus progenitores más que en las propias apetencias de la joven, acompañaremos a los protagonistas al Trinity y asistiremos al momento en el que se dan la vuelta los papeles y la popular es ella y Connell se queda en un satélite. Y todo ello lo hace con lo que es, para mi, lo mejor de la novela: un narrador en tercera persona que alterna su foco entre Marianne y Connell dando visiones que marcan las diferencias entre ellos tanto como sus inseguridades. Pero no hace solo eso, también deja muestra de que hay inseguridades que no se confiesan que serían ratificadas en caso de hacerlo, otorgando así a un tema "de instituto" una categoría superior.
     Gente normal no es para todos, y si uno no consigue hacerse con ella en las primeras sesenta páginas es fácil que termine por aborrecerla pensando que solo parece importarles el entorno o el estatus social, pero frente a ellos otros lectores verán una realidad en cada palabra vertida. Descubrirán que frente al poder, o tal vez para hacerle frente demostrando el propio, aparece el sado, que la superioridad intelectual no garantiza una madurez cuando aún se está definiendo qué tipo de persona es en la que te vas a convertir. Estamos, pues, ante un tipo de novela fresca y de concepción moderna que no deja espacio a la indiferencia y que yo, ahora sí lo admito, he terminado con la sensación de no haber sabido disfrutar de ese arrollador éxito que parece arropar a Rooney.

     Gente normal es una novela que se lee con facilidad, con unos protagonistas que a ratos me han irritado y que, en su conjunto, creo que se olvida con la misma velocidad con la que se ha leído.

     Y vosotros, ¿os dejáis llevar por las modas literarias?

     Gracias.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Amigo imaginario. Stephen Chbosky


     "No dejes la calle. eLLos no pueden atraparte si no dejas la calle. 
     El pequeño David Olson sabía que estaba en problemas. En cuanto su madre volviera con papá, le iba a ir mal. Su única esperanza eran las almohadas bajo su cobija, que daban la impresión de que seguía acostado. Era algo que hacían en los programas de televisión. Pero en ese momento no importaba. Había salido a hurtadillas de su habitación y se había lastimado el pie al resbalarse mientras bajaba por la enredadera. Pero no fue tan grave. No como lo que se hizo su hermano mayor jugando fútbol. No era tan grave".

     Vi la cubierta y la faja del libro hizo el resto: tapó el apellido. Asumí que era Stephen King, lo confieso, y por eso hoy traigo a mi estantería virtual, Amigo imaginario.

     Christoper es un niño de 7 años con dislexia que vive con su madre. Ambos huyen de una relación, y deudas, y acaban en una pequeña ciudad llamada Mill Grove. Allí Christoper desaparece en un bosque y, cuando regresa, lo hace sin problemas de aprendizaje y con sus capacidades mejoradas en todos los sentidos, pese a alguna hemorragia y fuertes dolores de cabeza. Allí también Christoper hace amigos, formando una pandilla de niños no demasiado populares que construyen una casa del árbol que les permite ver ese otro mundo que se oculta bajo Mill Grove. Mill Grove no es en absoluto el lugar tranquilo y apartado que buscaba Kate.

     Como todo tiene dos caras yo supongo que si tu primer libro tiene un éxito arrollador has de sentir casi pánico escénico ante el segundo. Imaginad, Las ventajas de ser un marginado, ¿qué puedes escribir tras algo así? Yo me pongo en la piel de Chbosky y comprendo perfectamente lo que ha sucedido con este libro. Y es que nos ha dejado 700 páginas de una supuesta novela de terror que mezcla tantas cosas que han tenido éxito, que uno se queda frío y levemente confundido durante su lectura.
      Está claro que hay un homenaje al King de los ochenta en esa pandilla de chicos no demasiado adaptados en un pueblo pequeño y con una maldad oculta. Homenaje que ya hiciera Stranger Things en su primera temporada y que Chbosky repite aquí con escenas en las que el lector pone la cara de los jóvenes actores a sus personajes. También hay un bosque y un niño desaparecido, uno ahora y otro hace cincuenta años, y hay una parte sobrenatural un poco a lo Narnia pero en versión siniestra. Y todo empieza con una cara en una nube: una cara amable que ve el protagonista. Y todo ese terror y la mujer sibilante y los ciervos y las voces, se mezclan con la parte más mundana en la que hay quien intenta sobrevivir o se embaraza de forma milagrosa, una parte donde todo se convierte en un batiburrillo en el que la pequeña ciudad no es en absoluto lo que parece. Batiburrillo, esa es la clave de esta novela en la que aparecen elementos religioso y se habla de maldad una y otra vez como si fuera lo único posible mientras el autor nos deja párrafos de una frase buscando dar una inyección de emoción a una novela que agota en sus partes innecesarias. Christopher y su madre son los buenos y los son en todo momento, intachables, magníficos, y el niño, una vez más, agotador. Entiendo la forma en que se expresa un niño, pero llevarlo a la narración termina por resultar insufrible, sobre todo en la última parte en la que las voces ordenan mayúsculas y minúsculas como mejor les viene en gana (una maldad: menos mal que al niño le curan la dislexia).

      El resultado es una novela que se excede en páginas y necesita buena buena poda o uno llega a la parte final con tantas ganas de terminar que poco le importa la frenética carrera final que tiene lugar con madre e hijo como protagonistas y de importancia más que vital. He tenido la sensación de que el autor ha recogido pellizcos de éxito y ha jugado a armar un argumento que se sostenga con todos ellos para intentar crear un libro del agrado de todos los lectores y, para mi, lo que ha olvidado es añadir la parte correspondiente al autor de su primera obra ya que no he reconocido ni prosa ni argumento en esta segunda novela. No he hablado del hombre amable de la nube ni de lo que le pide al niño, tampoco de lo que pasa con Christopher y sus amigos que también se ven afectados, no os he contado de ciervos ni de árboles o parejas ni he dado en realidad mayores explicaciones sobre ninguno de los puntos del argumento de la obra. Supongo que así es como se manifiesta la pérdida de interés de un lector. Como decía antes, creo que hay un miedo escénico a una segunda obra cuando tu primera novela es un éxito rotundo, pero también creo que ese éxito da un acceso fácil a esa segunda novela. Tal vez demasiado.

     Amigo imaginario es una novela de la que podrían sacarse un par de buenos libros o tres, pero que no termina de funcionar en sí mismo.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.


   

lunes, 2 de diciembre de 2019

Memorias de un amigo imaginario. Matthew Dicks


     "Os voy a contar lo que sé: 
      Me llamo Budo. 
      Hace cinco años que estoy en el mundo. 
      Cinco años es mucho tiempo para alguien como yo. 
      Fue Max quien me puso ese nombre. 
      Max es el único ser humano que puede verme.
      Los padres de Max dicen que soy un «amigo imaginario». 
      Me gusta mucho la maestra de Max, la señorita Gosk. 
      No me gusta la otra maestra de Max, la señorita Patterson. 
      No soy imaginario".

     Me encanta que me regalen libro, pero no por lo obvio. Me gusta porque el libro que me regalan indica también lo que me conocen y lo que comparten conmigo. Si me regalan, por ejemplo, un libro que ha gustado mucho a quien me lo da, ese gesto ya importa mucho más que el propio libro en sí. Y lo mismo sucede si aparecen con un libro de uno de mis escritores favoritos. La realidad me dice en cambio que leer libros regalados es la mejor forma de salir de mi zona de confort, y que tampoco es entrar en la de quien me lo regaló. Valga todo esto como explicación a mi entrada de hoy, y es que, hoy traigo a mi estantería virtual, Memorias de un amigo imaginario.

     Conocemos a Max y a Budo. Mas tiene problemas de adaptación y parece empujado a cambiar por quienes buscan ayudarle. Solo Budo le comprende y le ayuda en realidad. Lo que sucede es que Budo es su amigo imaginario.

     Memorias de un amigo imaginario es uno de esos libros que se escriben con aire juvenil con la esperanza de llegar también al público adulto. El autor no duda en poner su dosis de sentimentalismo buscando que definamos su cuento como algo entrañable pese a que en algunos momentos nos hace temer lo peor de la señorita Patterson a la que, más o menos justifica a modo de redención de su terrible idea. Max tiene 8 años y es autista, eso lo tenemos claro. Y Budo es su único amigo y también la puerta de entrada de este libro a un mundo habitado por esos amigos invisibles que siempre oí que los niños tenían (pero jamás conocía nadie que me haya reconocido haber tenido uno) y que se despedían de ellos a medida que iban creciendo. Mucho antes de ser adultos. En realidad, desaparecen a medida que se aprende a tomar decisiones. Quizás por eso Budo lleva tanto tiempo con Max. Lo que si tenemos claro desde las primeras páginas, es que Budo no existirá para siempre.
Y así nos va llevando el autor de la mano por una historia tierna que busca conmover a los lectores en la que los errores se pasan por alto porque ni siquiera nos parecen importantes.

     Supongo que cuando uno entra a este tipo de libros ya sabe lo que espera de ellos. Uno va con el talante amable y el corazoncito por delante a sabiendas de que va a dar más uso a este músculo que al cerebro y con ello disfruta de la lectura en el tono y las formas adecuadas. El problema que he tenido es que incluso así, el final me ha parecido excesivo. Y es que hay un límite para todo y, aunque no de detalles porque sería una faena, hay un punto innecesario en ese final. O tal vez sea yo, que no me ha llegado a conmover.

     Memorias de un amigo imaginario es un libro con un argumento original que apela a la empatía y sentimentalismos del lector para ser disfrutados. Sabido eso, vosotros decidís.

     Y ahora decidme, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD: Iba a decir eso de que para mi los experimentos se hacen con gaseosa, pero luego he recordado que, a veces, este tipo de regalos se han convertido en improvisadas y muy disfrutadas lecturas.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Fruitlands, Louisa May Alcott


     "Este Edén del futuro consistía, de momento, en una vieja casa de labranza de color roja, un establo desvencijado, muchos acres de pradera y un bosquecillo. Por ahora, diez manzanos antiquísimos constituían la única fuente de “castas vituallas” que el paraje podía proveer".

     Quien me conoce sabe que reniego de aquellos escritores ya asentados en la enciclopedia de la literatura universal que solo son conocidos por una novela. Tiendo a pensar que hay más detrás, y por eso, cuando encuentro cualquier cosa que hayan firmado, no puedo ni quiero evitar leerlo. Hoy traigo a mi estantería virtual, Fruitlands.

     Cuando la autora de Mujercitas contaba con diez años, sus padres decidieron embarcarse en la búsqueda de la perfecta forma de vida.  Así nació Fruitlands, un lugar en el que los alimentos los proveía la tierra y las tareas las realizaban las personas bajo el único criterio de idoneidad para ellas. Un año después la experiencia había terminado y treinta más pasaron antes de que May Alcott plasmase esta experiencia por escrito.

     Fruitland es un librito que no constituye por extensión una novela y tampoco en realidad por contenido. Por precio en cambio, sí. Con unas notas del diario de la autora, que parece tuvo a bien conservar, y dos textos escritos a modo de prefacio y posfacio junto a una edición muy bonita uno puede caer en la tentación de leer esta experiencia vital que terminó, como algunas guerras, con la llegada del invierno. Aunque esta vez no hubo de ser un invierno crudo en Rusia, no hacía falta tanto.
La autora, con un tono dado por los años y la distancia, nos deja una muestra de cómo sucedió esta aventura pacifico-vegana en la que la embarcaron sus padres en una búsqueda de vivir en comunión con la naturaleza. Y la forma en que fracasaron, por supuesto.
     Reconozco aquí que me divertí por la forma en que May Alcott se expresa y que las ampollas en manos de trabajadores ahora de la tierra pero poco curtidos en estos temas me parecieron, hasta cierto punto, más propias de acomodados aburridos que de verdaderos creyentes en aquello que se embarcaban. Una aventura, a mi modo de ver, promovida por unos teóricos que terminan estrellándose contra la dura realidad y en la que, como hoy mismo sucede, los que impartían más clases sobre qué hacer y "lo adecuado" eran quienes, lejos de las cuestiones prácticas, se dedicaban a pensar.

     Fruitlands es una curiosidad, una anécdota más que un libro, sobre una persona conocida por todos gracias a la inmortal Mujercitas que, como todos sabemos hoy en día, no provocó en su momento que la autora nadase en la abundancia. Recomendar algo así es arriesgado y es que, siendo sincera y tras haber realizado la lectura, me parece más algo para ser contado que leído, si es que entendéis lo que quiero decir. Me ha parecido que, literariamente, estamos ante, como mucho, una idea.

     Y vosotros, ¿buscáis libros desconocidos de quienes firmaron una obra que les encumbrara?

     Gracias.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Seis formas de morir en Texas. Marina Perezagua


     "Algunas de las historias más singulares que suceden entre los muros de una prisión no pueden ser contadas. algunas de las historias más extraordinarias que suceden entre las lindes de un continente, tampoco. Pero de todas las crónicas, ninguna entraña tanta dificultad a quien intenta comunicarla como la que sucede dentro de los límites del ser humano".

     Supongo que me acerqué a esta novela porque tiene una trama poco convencional. Hoy traigo a mi estantería virtual, Seis formas de morir en Texas.

     Conocemos a XinZang, heredero de una importante misión familiar. Su abuelo fue condenado a muerte y, siguiendo una práctica terrible en más de un sentido, su corazón se extrajo y fue acabar a otro cuerpo convirtiéndolo en donante obligatorio. Su hijo pasa la mayor parte de su vida intentando localizarlo, para poder llevarlo de vuelta a China y dar así descanso a su padre (el modo en que planea hacerlo, lo podéis imaginar) y ahorrando para ello. XinZang es el nieto. Ha crecido escuchando la importancia vital de la misión de su padre y ahora la ha heredado junto con el conocimiento de a dónde tiene que ir y los medios.

     Ya con esto sería una historia terrible en más de un sentido. La práctica que desvela la autora para garantizar la viabilidad del órgano extraído es tan brutal como cierta, según alguna investigación a la que llegué al leer la novela, y la misión del joven XinZang es abrumadora. Y sin embargo hay más:

     Conocemos a Robyn, una mujer ciega que reside en una penitenciaría de Texas a la espera de su ejecución por haber asesinado a su madre. Desde la prisión Robyn se cartea con su padre y con un chico chino que la escribe, al primero porque lo localiza y a ambos porque aprende a leer allí.

     Es evidente que este segundo hilo también daría por sí mismo para una novela.

     Perezagua parte de estas dos historias que parecen extremas para relatar la suya, en la que se unen. Explicar más de un libro tan corto, del que quizás ya he contado demasiado, sería una lástima para el lector. Decir que la novela tiene detrás un tremendo trabajo de investigación que se muestra cuando uno menos lo espera por señalar una escena de esas que parece inverosímil. La denuncia está clara, el tráfico de órganos y particularmente la forma de obtener esos órganos en China, pero también avanza más allá y habla de la situación penitenciaria, de una relación paternofilial, de tradiciones y, sobre todo, de la crudeza de la vida. Y es que la novela de Perezagua es cruda por lo que aunque sus narradores a veces parezcan capaces de describir escenas fingidamente hermosas, serán letales para el lector.
     
     Reparar a los vivos me pareció una gran novela que hablaba del trasplante de órganos y los sentimientos y Perezagua parece haberse asomado a la otra cara de la moneda para darnos otra visión de esas que uno no quiere ver. El libro es diferente, lo cual se agradece, y está bien escrito. Sin embargo, debajo de toda la novedad representada y del riesgo asumido le falta a mi entender un último empujón para ser una novela redonda. Lo que sí nos da, es una promesa de lo que vendrá. Y ya os digo ahora que yo estaré pendiente de lo que venga, porque he disfrutado de la lectura más de lo que esperaba.

     Seis formas de morir en Texas es una novela diferente que merece la pena ser descubierta.

     Ya sé que voy tarde, culpemos a las actualizaciones. Decidme, ¿con qué libro estáis esta semana?

     Gracias.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Elevacion. Stephen King


     "Scott Carey tocó a la puerta de los Ellis, y el doctor Bob (que era como los residentes de Highland Acres seguían llamando a Bob Ellis a pesar de que llevaba cinco años retirado) le invitó a entrar.
     - Bueno, Scott, pues aquí estás. A las diez en punto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
     Scott era un hombre corpulento, de metro noventa y tres descalzo, que había empezado a echar barriga.
     - No estoy seguro. A lo mejor no es nada, pero... Tengo un problema. Espero que no sea grave, pero pudiera ser."

     Empecé hace años con aquellos formato en bolsillo rojo, luego seguí completando mi colección con aquellos horrendos de lomos dorados y ahora voy comprando las novedades. soy fan, es lo que hay. Hoy traigo a mi estantería virtual, Elevación.

     Conocemos a Scott, un hombre de mediana edad, divorciado y que pasa de los cien kilos. Al menos eso pesaba justo cuando le íbamos a conocer, porque una vez que va a visitar a su amigo médico, ya ha bajado los primeros kilos. En realidad ese es el motivo de su visita, Scott está perdiendo peso. Y lo hace de una forma poco común, ya que no adelgaza "por fuera". Ni siquiera le afecta el peso de aquellas cosas que tiene en sus manos si se sube a la báscula con ellas. Visto ese camino... lo más probable es que termine por desaparecer. Aunque tal vez logre congraciarse con sus vecinos antes de hacerlo.

     Todo es posible en Castle Rock. Eso es lo que nos ha enseñado Stephen King a los largo de los años y también que no es del todo raro que un personaje lea un libro de Paul Sheldon o que, como sucede en este caso, alguien recuerde que ya no existe la escalera del suicidio. Y dentro de estas rarezas, Castle Rock parece un lugar proclive a que la gente tenga problemas con su peso: ya sea por maleficios o caramelos, el peso parece algo importante para los habitantes del lugar. aunque ahora hay una diferencia: uno no se ve más delgado y no teme desaparecer a base de hacer agujeros al cinturón. Lo que le sucede a Scott es algo así como estar en marte. Su cuerpo diferencia entre peso y masa y, si bien mantiene su masa, solo el peso se verá afectado como si la tierra hubiera decidido rebajar la gravedad con la que le atrae.
     Así las cosas Scott no encuentra modo de ponerle freno a tan inusitado síntoma o enfermedad, a saber, y curiosamente, el dejar de preocuparse por él mismo le hace consciente de su entorno. Así es como comienza a fijarse en DeeDee y Missy más allá de sus perros. Este matrimonio que llegó al pueblo hace unos meses con la idea de abrir un restaurante, se ha chocado de bruces con unas mentalidades que van más allá del conservadurismo ya que, amparándose en el rechazo a su matrimonio entre mujeres, no dudan en ser groseros y evitar cualquier tipo de trato con ellas que no sea un comentario o broma de tintes crueles. Tengo que decir que en este caso, lo terrorífico no es el protagonista cuarentón que se encuentra de repente en una situación que lo convierte en pobre hombre (algo habitual en los libros del maestro del terror) sino en la indiferencia de quienes consideran que, por el simple hecho de no sentirse molestos por la homosexualidad, ya están siendo abiertos de mente. Y esa es la vía que toma Scott, la de dejar esa indiferencia que le proporcionaba oídos sordos, para encontrarse con una hostilidad autoprotectora frente a la que decide luchar. Y yo lo leo y supongo que, sobre todo en los entornos más pequeños, que pueden ser desde un pueblo hasta un bloque de vecinos, no es algo tan lejano lo que King nos plantea. Lo que hace es, como siempre, avanzar por este terreno de una forma rápida, para seguir con la historia del increíble hombre liviano, que busca donde agarrarse de forma literal y figurada hasta que llega un momento en el que ya sabe lo que tiene que hacer.
     Y ese es el final que me reservo. A fin de cuentas estamos ante un relato casi largo protagonizado por cinco personas, dos perros y un gato, que guarda un final que me ha hecho sonreír con mirada infantil.

     Me hubiera gustado un King sorprendente, aunque ya empiezo a no hacerme ilusiones al respecto y disfruto con lo que hay. King es King.

     Elevación es un cuento que trata sobre la tolerancia y la amistad. Aquí el terror se produce cuando no existen esas cosas.

     Y vosotros, ¿habéis leído al maestro del terror?

     Gracias.