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lunes, 8 de mayo de 2017

Saturno. Eduardo Halfon


     "Las cartas, padre, me llegaban un par de veces cada año. Yo estaba lejos en la universidad, pero usted estaba aún más lejos de mi."

     Las redes sociales, a veces nos permiten ver el proceso de construcción de un libro. En este caso incluso nos han dejado ver cómo se iban numerando los ejemplares. Y ese proceso en el que lo vemos nacer, a veces hace que se nos antoje. Hoy traigo a mi estantería virtual, Saturno.

     En poco más de sesenta páginas, Eduardo Halfon nos deja una carta en segunda persona, dirigida al padre.

     Este sería el resumen de lo que nos encontramos en Saturno, pero no tendríamos ni idea de lo que tenemos entre manos si nos quedásemos solo en ello. Porque Saturno alude al Dios que se comía a los hijos traídos al mundo por Rea y que amenazaban, tal vez, con destronarlo. Como tal vez cada hijo acaba por destronar a un padre y el padre se ve destronado en una suerte de visión premonitoria cada vez que mira a su recién nacido hijo. Y Halfon es ese Goya que lo reflejó en su cuadro y lo colgó en la ahora famosa Quinta del Sordo. Solo que Eduardo, lo refleja en palabras. Un torrente de palabras vomitadas de un hijo hacia su padre, cargadas de resentimiento por una vida de desunión y también un símbolo de todo lo que puede hacerse con palabras.
     El protagonista, escritor, se aleja de un padre que no comprende que quiera dedicarse a escribir, y se refugia precisamente en las palabras, como si se tratase de un reino lejano, de un padre tirano que le niega esas palabras incluso al escribir una carta. Y así lo expresa e protagonista; la madre, la palabra y el padre, la ley. Porque Saturno tiene tanto de poesía como de símbolo, y quizás por eso, aunque sea una prosa limpia y desbrozada de todo adorno, va minando el alma del lector que ve como se desgranan muertes literarias página tras página, unidas todas ellas por un nexo común cada vez más visible mientras la sombra del padre acecha tras cada línea. Consigue además que el lector olvide que es un libro, tal vez una carta inventada, y que crea a pies juntillas que la barrera entre el autor y el narrador se difumina por momentos, y entre un padre y otro, y entre el suyo (del narrador) y, finalmente, el nuestro. Incluso pensamos en nosotros. Y cada ejemplo, todos reales, cada palabra, se convierte en un pequeño golpe a los ojos que leen, al alma que siente. Solo de este modo se concibe que un libro que hubiera podido ser leído en el tiempo que uno tarda en observar un cuadro, permanezca grabado en la retina como las grandes obras.

      Creo que solo hay dos formas de enfrentarse a esta lectura. La primera es desde la distancia, observando un lento desgranar de desuniones, y temiendo el desenlace, incluso anotando anécdotas que luego buscar con detenimiento. O una segunda más arriesgada, sin distancia, susurrada, dejándonos llevar por lo que no dice para sentir el dolor y la rabia que habitan en el narrador y de este modo bucear en cada palabra no dicha. Y es que, al igual que el cuadro de Goya tiene muchas zonas oscuras que cargan de significado las figuras centrales, en este libro hay silencios escondidos que acechan entre comas, para coger a traición al lector.


     Si dijera que Saturno me ha gustado me sonaría a mi misma como superficial. Digamos entonces que ha sido una experiencia cercana, completa, en la que nada parece al azar. Y digamos que el tacto del libro, el sonido de los dedos al pasar por su negra cubierta, unido al texto, a la edición cuidada, han potenciado esa sensación de estar ante un desnudo, ante algo privado. No ha sido la primera vez que me acerco a las letras de Halfon, y tampoco será la última.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

        Gracias.

lunes, 28 de julio de 2014

Monasterio. Eduardo Halfon




     "Tel Aviv era un horno. Nunca supe si en el aeropuerto Ben Gurión no había aire acondicionado o si ese día no estaba funcionando o si tal vez alguien había decidido no encenderlo para que así los turistas nos adaptáramos rápido a la pastosa humedad del Mediterráneo. Mi hermano y yo estábamos de pie, agotados, desvelados, esperando a que salieran nuestras maletas. Era casi media noche y el aeropuerto ya no parecía un aeropuerto."

     Sin un motivo concreto este libro me atrajo desde el primer día. La cubierta supongo, el gris, la cara de una infancia que enfurruñada... quien sabe. Pero tenía que leer su interior, a veces pasa. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Monasterio.

     Conocemos a Eduardo cuando llega a Israel acompañado de su hermano. No quiere estar allí, pero su hermana se casa con un judío ortodoxo y tienen que acudir a la boda. Durante los días previos a dicha boda descubrirá su interior en la ciudad y se reencontrará con una mujer de su pasado.

     Monasterio es una novela de búsqueda de la identidad. El protagonista de la historia, guatemalteco de nacimiento, viaja a su pasado, a sus raíces y convicciones al llegar a Israel. Descubre que su concepto de ser judío solo a ratos lo incomoda, en realidad parece sentirse incómodo muchas veces ante el simple concepto religioso. Y sus dudas se transforman en preguntas, en miradas al pasado, a sus antepasados y también en una búsqueda no consciente de sensaciones al realizar actos aparentemente sencillos como tocar el Muro de las Lamentaciones. Con ello, junto con su reencuentro con una vieja conocida de apenas un día, nos enseña las dudas de un hombre que quiere ser pero no quiere ver. No le gustan los cambios que ve en su hermana, que se ha radicalizado en la práctica religiosa, pero él mismo acude a la boda y pregunta por cada tradición con la que se encuentra. Quiere conocer, pero no quiere ver... parece incongruente, pero así es el alma humana muchas veces y no nos lo parece a medida que nos lo relata en este puñado de páginas.

     Toca algún tema complicado, como de pasada, con la normalidad de quien lo ve allí en la calle a diario y no desde la crítica televisiva que tal vez es la que percibimos nosotros. Es inevitable. Pero sobre todo me han gustado sus palabras. La serenidad, la casi musicalidad que incita a leer alguna de sus partes en voz alta. Porque es un libro medido, cuidado, meditado. Poco más de cien páginas que provocan el placer de las buenas letras. Al igual que el resto de la obra de Halfon que ha pasado por mis manos. Tal vez sea porque, este sí, deja un poquito suyo en cada libro. Sin tapujos.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias