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lunes, 13 de febrero de 2012
Robinson Crusoe. Daniel Defoe
"Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranjero de Brema que, inicialmente, se asentó en Hull. Allí consiguió hacerse con una considerable fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra, ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han llamado siempre mis compañeros."
Alexander Selkirk fue un marinero escoces nacido en 1.676. En el año 1.703 embarcó en el Cinque Ports, un barco que se acercó al archipiélago Juan Fernández, en Chile. En ese desafortunado momento Alexander tuvo un encontronazo con su capitán, quien lo castigó dejándolo allí. Poco podía saber el capitán que su barco se hundiría dejando al marinero aislado durante más de cuatro años, hasta un viernes 2 de febrero de 1.709 el día en que el Duke lo rescató. Había nacido una leyenda, nació el personaje que da título al libro que os acerco hoy a mi estantería virtual, Robinson Crusoe.
La sinopsis es conocida, Robinson Crusoe es un náufrago inglés que pasa 28 años en una isla tropical. Enfrentándose a las dificultades que la vida le presenta sobrevive con la esperanza de ser rescatado.
He comenzado hablando de un marinero escocés, pero bien podría haberlo hecho hablando de Pedro Serrano, un español capitán de un barco hundido durante la ruta entre La Habana a Cartagena de Indias. Fue el único superviviente al hundimiento, llegando a un banco de arena sin apenas vegetación y sin agua dulce y recibiendo a los 3 meses una visita. Otro náufrago llegaba en un bote y lo acompañaría durante los años que duró su confinamiento, falleciendo este último en el galeón que los rescató.
Bien, estas dos historias le fueron relatadas por sus protagonistas a Daniel Defoe y, a partir de ellas, fue tejiendo la historia que se convertiría en su libro más famoso. Escribe esta novela ya entrado en años, llevando en ella a cabo un alegato a las virtudes del hombre en su lucha por la supervivencia, colocando para ello a su personaje en un ambiente desprovisto de cosas supérfluas, lucha por lo esencial para poder seguir adelante. No abandona tampoco a Dios, pero no lo hace su eje central, algo que hubiera sido habitual en el momento que se escribió la historia.
Nos muestra un Robinson ingenioso y emprendedor, imaginativo incluso, de tal forma que cada una de esas cualidades hacen que lo admiremos, y con un sutil toque ingenioso que nos sorprende entre sus páginas. Cuando llegué a este libro, pensé que se trataba de una simple novela de aventuras, no me equivocaba, pero como pasa con muchos títulos decir eso sería reducir mucho el contenido de la obra. Contiene una reflexión sobre la superación que nos enseña mucho de la sociedad del siglo XVII, un libro que consigue mantener su ritmo pese a la ausencia de entorno con el que interactuar, para llevarnos a caballo por la mente de un náufrago que tiene que permanecer alerta en todo momento. No quiero olvidar al acompañante de Robinson, que pasa de lacayo a amigo, porque los lazos de la solidaridad en la desgracia compartida son fuertes.
Un imprescindible, si me preguntan a mí, en cualquier biblioteca. Y, como ya he dicho más veces, mucho más que una novela juvenil.
¿Conocéis a Robinson Crusoe?
Gracias
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