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miércoles, 14 de mayo de 2025

Vidas ante el abismo. Alemania 1943. Oliver Hilmes

 

 

     Hay muchas maneras de contar una misma historia, y la de la IIGGM es una prueba de ello. Quizás, uniendo todas, sabríamos qué sucedió. Hoy traigo a mi estantería virtual Vidas ante el abismo.

     En 1943 Alemania vivía un momento difícil. Tanto, que Goebbels hizo un llamamiento a la población: guerra total. Los judíos malviven hacinados y observados un futuro que será inevitable, los alemanes intentan no mirar lo que sucede y los bombardeos resuenan en la noche. Kreiten sabe todo eso cuando habla sobre la situación en voz alta dando una opinión personal crítica. Lo que no sabe es que sus palabras harán que abandone una carrera prometedora al piano para dirigirse al cuartel de la Gestapo donde será duramente interrogado.

     Lo primero que hay que decir es que estamos ante una obra de no ficción. El autor tiene más libros al respecto, tengo puesta la mirada en otro ambientado varios años antes durante los JJ.OO., y puede ser un buen camino tras tanta ficción como para hacernos olvidar por un momento que la IIGM fue una monstruosidad real. En esta ocasión el autor se centra en la vida del prometedor pianista tras comentar a una amiga de su madre lo que piensa de Hitler. No solo eso, también dice que ve en esta guerra la caída de Alemania llegando a recomendar que se retire el apoyo directo a Hitler de lugares visibles, ante de que acabe la guerra y esas obras les lleven a ser ejecutados, como posiblemente sucederá con el mandatario. La verdad, se quedó a gusto. También es cierto que lo hizo de esa forma inconsciente que va unida a la juventud, ya que cuando las SS.SS. aparecen a su puerta, ni siquiera recuerda sus propias palabras y está convencido de que su detención es un error. Sus palabras fueron pronunciadas ante una fiel seguidora de Hitler y terminaron por condenar al pianista a ser una de las 250 víctimas del régimen del terror sucedidas en apenas tres días de septiembre de 1943. Realmente es una historia apasionante y un final trágico y terrible. El autor lo mezcla con otras pequeñas historias que van dando una visión general de lo sucedido en aquel año, aunque para el lector este siempre será el libro del pianista. Y esto es lo que provoca un desequilibrio durante la lectura. Por un lado tenemos una historia apasionante, narrada de forma magnífica y conmovedora, y por otro tenemos un conjunto de situaciones que no llegan a estar a la altura; una pena. La novela podría haber sido magnífica y se queda en un estado intermedio no exento de cierta confusión, no sobre el significado pero sí sobre la percepción general de la obra, al que no le hace un favor que el autor decidiera avanzar en el tiempo en lugar de cumplir la promesa del título y circunscribirse al 43.

     Me hubiera gustado una obra de una única historia: la del pianista prometedor detenido por haberse expresado en contra del régimen que acaba siendo condenado por un delito que sus propias leyes no contemplaban. Una muerte que no era previsible ya que su discurso no fue público, pero que pronto es percibida como inevitable, ejemplar o disuasoria para otros, como lo quisieran llamar. Esa historia, la ejecución y los trágicos sucesos en los días siguientes, hubieran bastado para que fuera la novela perfecta. Así...  pierde un poco de fuerza. No obstante está escrita de forma magistral, eso también hay que decirlo.

     Vidas ante el abismo me ha descubierto una historia real de las que merecen la pena.

     Y vosotros, ¿pensáis que la IIGM está sobreexplotada en la literatura?

     Gracias.

lunes, 24 de febrero de 2025

Los niños de Himmler. Caroline de Mulder

 


     El tema de las maternidades nazis, mucho menos trillado que el de los campos de concentración y los experimentos médicos, me ha resultado siempre llamativo. Hoy traigo a mi estantería virtual, Los niños de Himmler.

     Viajamos a 1944 a un Lebensborn en la campiña bávara. Allí la autora nos presenta a René, una joven embarazada de un soldado; Helga, la encargada del lugar y Marek el hombre que escapa de Dachau, se esconde y cuya única obsesión es comer.

     En este caso y pese a que la novela es imposible que sea ajena a la guerra, estamos ante una novela en la que lo vital son los personajes y sus situaciones personales. La psicología de los personajes está trabajada hasta llegar a la médula para exponérsela así el lector y Renée, de entre ellos, lo hace en todo su triste y miserable esplendor. Ella es la extranjera embarazada de un soldado, la repudiada por su familia y abandonada por el padre de su hijo, es víctima de guerra, del amor en el que creyó, de la hostilidad y el aislamiento y también de la repudia tanto por sus actos como por el propio idioma que le es ajeno en este lugar. Marek es quizás quien lleva una vida más sencilla pese a las penurias. Irá con la cabeza gacha y sentirá necesidad de acercarse, pero a fin de cuentas, ya solo tiene que cumplir con lo que se le ordena. Helga en cambio lo tiene más difícil en ese punto, ya que sus órdenes le hacen actuar como un robot que estrangula su vida personal aunque sus propios razonamientos sean contradictorios. No admite por ejemplo a mujeres embarazadas de hijos ilegítimos pero a la vez regenta un lugar que premio a las infidelidades masculinas de buenos hombres arios que vayan a engendrar perfectos especímenes de raza.. Y, por encima de todos ellos, están los niños. Esa especie de granja en la que se fabricaban pequeños arios que solo eran importantes por el producto dispuesto a salir al mercado a casas de arios de buena raza que terminaran de incluirlos en ese nuevo orden social con el que hitler soñó. Niños que no eran otra cosa que productos adiestrados a no molestar, descartados si no cumplían con los mínimos requeridos. Niños que en muchos casos ya estaban pensados como futuros soldados que iban a morir, no había espacio para los sentimientos.

     Este es el mundo que Caroline muestra de forma prístima y con una prosa que no es ajena a lo visual dejando una parte final que se siente como un punto intermedio entre el círculo poético y la catársis de una tragedia que se intenta ocultar pese a que hoy sabemos que proliferaron este tipo de "guarderías". La novela busca que el lector no olvide jamás el lugar en el que se encuentra. Diferencia los pequeños tesoros arios de las simples máquinas de incubar, que tienen que sentirse orgullosas de lo que hacen como si no significara que son esclavas de la función otorgada por la naturaleza a su cuerpo.

     Los niños de Himmler es brutal en muchos momentos. La autora intenta no emitir juicios dejando que sea el lector quien se encargue de ello en una novela estremecedora que se lee, a grandes ratos, como un documental en el que el lector es capad de escuchar a sus personajes.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

El último telesilla. John Irving

 


     Para mi John Irving es uno de esos escritores que llevan toda una vida acompañándome y que se mueve en un terreno para otros pantanoso que es el del interior de las personas y sus pulsiones. Este año descubrí con placer la llegada a las librerías de su nueva novela y me lancé, impaciente como soy, a por la VO. Hoy traigo a mi estantería virtual, El último telesilla.

     Conocemos a Adam Brewster, hijo de Rachel, monitora de esquí, y padre desconocido. Y después de esta presentación, solo queda decir que a la familia Brewster le pasan cosas a lo largo de 8 décadas que son recorridas en 1000 páginas. Quien sea lector habitual de Irving me entiende perfectamente y aquellos que aún no lo sean pero vayan a animarse con la historia no tardarán en descubrir lo que quiero decir. Por ejemplo: en el último telesilla la madre del protagonista le da un beso nada normal cuando aún no es adulto pero está en el firme camino para llegar a serlo. Por supuesto tras esta situación a Adam le acompañarán fantasmas durante el resto de su vida. Su madre, que tiene una larga relación con Molly desde hace años, decide casarse dando a Adam un padrastro que viene a ser lo más normal de una familia en la que iremos conociendo a las distintas parejas del niño ya crecido que se convierte en hombre forma su propia familia y la pierde. Porque en la novela hay por supuesto muertes y es que la muerte llega por sorpresa en forma de rayo o incluso como lección de vida si uno se sienta entre dos cuerpos congelados. Hay un mudo que parece que habla, un maestro porque Irving es aficionado a ellos, hay familiares, tías, abuelos que criaron a su nieto a temporadas  que se aparecen más tarde en pañales porque quién sabe si los fantasmas cagan. Hay sexo. En todas las novelas de Irving lo hay ya que es un experto en tratar como convencional cualquier tipo de sexo lo sea o no, y no me refiero precisamente a la orientación sexual de los personas que sobre este punto Irving ha pasado siempre mostrando absolutamente todo incluso cuando nadie más lo hacía. Y por último hay literatura. Es frecuente en las novelas del autor que el lector avispado encuentre toneladas de referencias a otras obras más o menos conocidas de la literatura universal y que, aquel lector que no tenga una enciclopedia por cabeza se descubra también con otras obras. Este segundo suele ser más afortunado ya que es divertido pensar si un viaje que realiza Brewster con su familia es un guiño o no a una famosa obra de King cuyo título no dejaré aquí escrito porque estas cosas es más divertido planteárselas cada uno por su cuenta.

     Con todo esto y un montón de ingredientes más el autor proporciona al lector un buen puñado de personajes de esos que permanecen con nosotros y que centra en Adam para reflejar en él muchos puntos de la sociedad contemporánea (vale y también algo de otros temas en los que quizás uno no esté particularmente interesado como es el caso de la lucha). Un ejemplo de esto son los personajes que por un motivo u otro no hablan, como es Em, y el resultado de la interpretación de sus representaciones para comunicarse realizado por Nora y que no siempre se ajusta a lo que realmente está diciendo. Hay mucho en este personaje de lo que nos rodea. 

      En El último telesilla hay mucho de Irving. Esto puede parecer algo extraño dicho así ya que lógicamente si es el autor tiene que haber cosas suyas: ¡todo tiene que ser suyo en realidad! Pero no me refiero a eso. Lo que quiero decir es que los temas recurrentes del autor, están. Y también muchos de sus personajes que fueron originales cuando comenzó pero que empiezan a convertirse en arquetípicos. Esto unido a que es una novela en la que suceden cosas pero no una con un hilo argumental capaz de tirar del lector hacen que la recomiende más a quienes ya sean lectores habituales que a aquellos que aún no hayan tomado contacto con el autor. A estos últimos les recomiendo Las normas de la casa de la sidra.

     Y ahora, como tengo el sentido del humor estropeado, me despido deseándoles un feliz miércoles, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra.

     Gracias.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Las edades de Lulú. Almudena Grandes

    


     "Aquella era la primera vez en mi vida que veía un espectáculo semejante".

     En la literatura erótica, como en el sexo, recordamos las primeras veces. Y si tengo que pensar en el libro erótico más antiguo que he leído, diría que fue Fanny Hill. Si me vengo a un entorno más cercano y me circunscribo a la producción patria, creo que la novela sería Las edades de Lulú ( y sí, ya sé que los antiguos y Zeus... pero buscaba una concepción más moderna de novela cuando estaba dando estos títulos). Y por todo esto hoy traigo a mi estantería virtual, Las edades de Lulú.

     Conocemos a Lulú durante su crecimiento, de ahí que el título hable de sus edades, y la descubrimos enamorada de Pablo, el mejor amigo de su hermano. Ella es más joven e invisible y la novela parte de esta situación, más o menos común, para generar en la protagonista una obsesión a la espera de que Pablo finalmente repare en su existencia y, además, caiga en la tentación de tener algo con ella. Pablo se convierte en una suerte de tutor de primeras veces sexuales (también de segundas y terceras), que llevan a la relación por un camino muy diferente al que Lulú hubiera pensado. Ella desarrolla una curiosidad por el sexo que la lleva a romper con todos los tabús y que obligará a Pablo a intentar sacarla de esa suerte de caída sin fin en la que se mete la protagonista.
 
     Es importante señalar que se trata de una novela entrada en años, fruto de una época en la que la mayor parte de los actos con los que se experimenta pertenecen a una zona roja en la que pocos se metían y, por supuesto, nadie escribía y detallaba. Esto significa que, como sucede en tantas ocasiones, juzgar al libro bajo el contexto se convierte en algo vital en este caso. Lulú, independientemente de la parte más explícita, es una exploradora incansable de los límites para, una vez encontrado uno, derribarlo sin tener en cuenta las consecuencias o el motivo por el que ese límite estaba ahí. Y quizás por eso sea ella misma quien nos cuente su historia, para poder elegir qué parte nos cuenta, la que le importa, la que tiene que ver con Pablo. De este modo va saltando de escena en escena para dejar que el lector caiga en la trampa de creer en la veracidad de unos hechos que son a todas luces subjetivos y cuya subjetividad se hace patente ya en la primera descripción del objeto de su amor. Estos saltos temporales que aparecen sin aviso se convierten en la marca de la novela y dejan algún momento curioso en el que observamos a Lulú recordando a Lulú recordando... que me dejaron en su día perpleja y durante la relectura admirada. Desconocemos además que sucede en el futuro más inmediato y seguimos la trama pensando en sí se destruye o no y en si cae sola o arrastra a alguien en el camino mientras nos damos cuenta de que cualquiera de las opciones nos va a dejar un sabor de boca amargo. Porque de algún modo, quizás influenciados por esos recuerdos de jovencita, Grandes nos dejó creer en finales felices cuya esperanza va destruyendo página tras página.
      En cuanto a la relación que desarrolla, es complicada en muchos sentidos. Lulú que comienza siendo menor, parece aferrarse al sentimiento de que ser una Lolita le da algún tipo de poder en sus relaciones y parece negarse a dejar de comportarse como si fuera una niña. Su relación con los hombres se ve viciada por ese comportamiento tanto como por su empuje a transgredir y, si bien Pablo es su foco principal, no se salva ni siquiera su hermano mientras la autora busca la forma de evitar a toda costa que el lector perciba a Lulú como una víctima. La prefiere juzgada a que sintamos lástima por ella. Donde otros hubieran trazado un drama de familia desestructurada en la que la joven busca desesperadamente una figura paternalista, de ahí el juego con la "p", Grandes lo descarna y no duda en situar el eje de cualquier relación en un punto sexual como ejercicio de control para Lulú que, curiosamente, es lo que provoca su descontrol absoluto resultando todo su ejercicio de fuerza un simple trampantojo para caer en la sumisión a los deseos propios, a los ajenos y a la misma vida.

     Las edades de Lulú es una novela complicada en la que hay mucho más que sexo. Uno de esos textos que merecen ser reconocidos más allá del Sonrisa Vertical y que creo deja una muestra del talento de su autora, además de su valentía.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

     PD. Los escritores solo mueren cuando dejan de ser leídos. Lean a Almudena Grandes.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Primera persona del singular. Haruki Murakami

 


     "Pese a ser la protagonista de la historia que me dispongo a narrar a continuación, no hay mucho que pueda contarles de aquella mujer de quien incluso he olvidado su rostro y su nombre, y de la que, no obstante, confío en que haya hecho lo propio conmigo".

     Siempre me ha gustado más el Murakami cuentista que el que escribe novelas. Por eso apenas esperé para traerme a casa su último título. Hoy traigo a mi estantería virtual, Primera persona del singular.

     Una cosa que me ha llamado la atención simplemente al abrirlo es ver Charlie Parker plays bossa nova. Y es que los lectores somos así, sencillos en nuestras gracietas y asociaciones. Y Murakami tiene cierta tendencia además a citar libros y música a lo largo de su obra. Total, que lo empecé...

     El libro consta de ocho relatos en los que un narrador en primera persona, que incluso una vez se llama Murakami, recorre varios de los temas habituales del autor acudiendo también a su sempiterno tono nostálgico para ganar, o contentar, a su multitud de fans. Como ya nos tiene acostumbrados, sus relatos son mucho más sencillos que sus novelas y, quizás por eso, suelen estar mejor rematados. En esta ocasión hay confusiones de nombres y almohadas de piedras, mujeres feas (pero muy feas) y grandes amistades bajo la música de Schumann, hay metaficción (un tanto impostada) y también monos que hablan en relatos de corte infantil. Relatos que en esta ocasión no me han emocionado porque tanta nostalgia parece estar recubierta de una suerte de tranquilidad del escritor que se cree bueno y no se esfuerza y deja al lector esperando la sorpresa que solo comienza a llegar en el séptimo cuento y vemos en el octavo lo que podría haber sido. 

     Murakami habla en su último título de recuerdos y también de los sentimientos asociados a ellos, pero se repite. Y ya sabemos que es un rasgo del autor, pero en este caso le falta la chispa que convierte esa repetición en marca de la casa y por ello el lector se arrastra de forma casi perezosa de relato en relato. A fin de cuentas, ¿no os sucede que cuando alguien deja de esforzarse perdéis también el interés? Pues más o menos eso es lo que me ha sucedido a medida que iba leyendo este título que queda tan lejos de aquella "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo" como para que me haya resultado un poco triste estar ante un recuerdo (sic) más que ante una nueva obra.

     Primera persona del singular es un libro de relatos más apropiado como toma de contacto con el autor que como novela para quienes ya somos sus lectores. En este último caso puede resultar una lectura decepcionante.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias

lunes, 22 de febrero de 2021

La policía de la memoria. Yoko Ogawa

 


     "En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar. 
      — Mucho antes de que vinieras a este mundo — me decía mi madre cuando yo no era más que una niña — , la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes... Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar".

     Algo tenía el título de esta novela que me atraía. Algo esa imagen, esa cara a trozos dibujada o maldibujada, ese sello que no deja ver. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La policía de la memoria.

     Estamos en una isla sin nombre un tanto aislada ya que no hay barcos ni funciona el ferry. Tampoco hay mapas que indiquen a la gente si hay más ciudades en la isla, pero no importa porque jamás llegan turistas. Allí vive nuestra protagonista, una escritora huérfana que tiene entre manos una novela sobre una mecanógrafa y su maestro. Pero volvamos a la isla. En ella, las cosas desaparecen sin dejar rastro. Y cada vez que algo desaparece, se vuelve imposible de recordar.

     La policía de la memoria es una novela sobre la nostalgia, el olvido y la irremediabilidad de la pérdida. En la isla desaparecen los pájaros, el perfume, la esmeralda... y todo lo que les lleve asociado. Tampoco hay libros o cuadros que los representen. El perfume, si algo resta, deja de tener olor; las sensaciones que se asociaban a lo desaparecido se borran con ello. Los habitantes parecen sentir que algo se va y se despiden. Litros de perfume fueron echados al río sin que ellos percibieran el olor, aunque si notaron el que dejaron los peces muertos como consecuencia de su despedida. Pétalos de rosa llenaron las aguas, piras de sombreros mientras quienes se dedicaban a trabajos relacionados con ello, cambiaban de profesión sin inmutarse. La protagonista escribe en un mundo en el que las palabras también desaparecen, su trabajo es leve y casi titánico...y perturbador. Así conocemos a un anciano que es su relación más estable y a R, su editor. R pertenece al grupo de los perseguidos: aquellos que pueden seguir recordando, perseguidos por la policía. Esos ponen en peligro la tranquilidad de la isla, son un peligro en potencia. Por eso ella lo esconde en un lugar ínfimo. Allí ella se preocupa del día que desaparezcan las palabras, los libros... mientras R intenta que mantenga un vestigio de recuerdo, de lo perdido.

     La novela se funde en un tono nostálgico hacia aquello que se pierde sin saberlo, hacia la persona que desaparece, el recuerdo que se va...Pero no nos engañemos, estamos ante una distopía de un mundo duro y cruel en el que no nos permiten aferrarnos a nuestros recuerdos. Mi abuela me enseñó que las personas no desaparecen, ni siquiera al morir, mientras exista alguien que las recuerde. En este mundo formado por una isla los recuerdos son lo único que la policía no permite y, con ellos, la identidad. Ni siquiera recuerdan haber olvidado. Son maleables, conformistas. Si nos forman nuestras vivencias y las van eliminando al final lo que queda es un trozo de arcilla. No añoramos lo que no sabemos que puede existir. No peleamos por ello, no lo amamos. La vida se llena de agujeros de olvido y las personas también. Se vuelven frágiles, les faltan pedazos...

     La policía de la memoria es una fábula magistral sobre la vida y la identidad, sobre el olvido y aquello que nos forma. Y te hace preguntarte de qué estamos hechos.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias.

jueves, 2 de agosto de 2018

La desaparición de Josef Mengele. Olivier Guez


     "El North King surca el agua cenagosa del río.Los pasajeros, que han subido a cubierta, escrutan el horizonte desde el amanecer, y ahora que las grúas de los astilleros y la línea roja de los tinglados perforan la bruma, unos alemanes entonan un canto militar, unos italianos se presignan y unos judíos rezan, pese a la llovizna, unas parejas se besan, el trasatlántico arriba a Buenos Aires tras una travesía de tres semanas. Solo en la borda, Helmut Gregor cavila".

     No sorprendo a nadie si digo a estas alturas que me interesa el tema de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, La desaparición de Josef Mengele.

      Josef Mengele no necesita presentación. Es uno de los nombres asociados al terror en los campos de concentración, uno de los monstruos de nuestra historia moderna que segó miles de vidas sin pestañear. Y sin embargo, escapó. Su cuerpo fue hallado sin vida en una playa de Brasil en el año 1979. Se sabe que llegó a Argentina en el año 1949 y poco más de los treinta años que suceden entre ambas fechas. En este libro de ficción histórica, Olivier Guez reconstruye esos años de escondites, reuniones clandestinas, aliados y huidas.

     La Segunda Guerra Mundial es un tema recurrente en la literatura, tanto como que lo protagonicen las víctimas. Historias de supervivientes o de quienes no lo consiguieron, amores truncados o reencontrados, lo cierto es que los estantes de las librerías están llenos de estas voces. Olivier Guez opta en su novela por dar voz a el ángel de la muerte, Josef Mengele. Un nombre conocido por todos y una vida llena de muerte y terror sobre la que Guez ha realizado una amplia labor de investigación y ha llegado a cubrir las lagunas con una ficción que se entrelaza perfectamente con la historia haciendo dudar al lector del punto en el que realidad y ficción se separan.
La novela no se despega en ningún momento de esta figura, dándonos una visión parcial de lo que era para este hombre la sociedad lationamericana e incluso la vida en la época de Perón, haciéndonos partícipes de una sociedad escondida en la que se seguían moviendo impunemente estos monstruos que supieron encontrar un sitio en la sociedad en el que ascender en la sombra. De este modo lo acompañaremos a lo largo de sus mudanzas, y también en sus recuerdos, una parte que está magníficamente plasmada. Y es que, la Guerra, los campos de concentración y sus horrores, no fueron lo mismo para este hombre que para quienes los padecieron, dando lugar así a algún pasaje nostálgico en el que el protagonista recuerda buenos tiempos allí pasados con su esposa, capaz de poner los pelos de punta a cualquier lector.
Es también interesante ver que, en aquel momento, Mengele no era conocido ni apreciado por su terrible labor. Era un médico nazi y poco más, con una hoja de servicios que no brillaba frente a la de algún expatriado con el que coincidió en reuniones. Guez no deja nada por relatar, y hace un retrato interesantísimo del carácter del protagonista, y también de la sociedad del momento tanto en latinoamérica, necesitada de profesionales a los que no preguntaba demasiado, como a algunas personas de la propia Alemania. Y asistimos así a la gran tragedia de Mengele, que llega a sentirse estafado, engañado mientras que el lector tiene una perspectiva más amplia del cambio que se ha producido en la sociedad en los últimos cuarenta años respecto a este tema.

     La desaparición de Josef Mengele no solo es un gran libro, también es una historia necesaria. Porque las sociedades avanzan superando las heridas del pasado y si olvidamos estas heridas, tal vez no seamos capaz de avanzar. Además el autor evita deliberadamente un tono ensayístico, y casi también el histórico convirtiendo la novela, a grandes ratos, en una suerte de negra aventura que hace muy amena la lectura.

     Y vosotros, ¿sois "lectores de guerras"?

     Gracias.

viernes, 22 de abril de 2016

Avenida de los misterios. John Irving


     "De vez en cuando, Juan Diego recalcaba: "Soy mexicano; nací en México, me crié allí". Desde hacía algún tiempo tenía por costumbre decir: "Soy estadounidense: he vivido cuarenta años en Estados Unidos". O, intentando quitar hierro a la cuestión de la nacionalidad, Juan Diego se complacía en decir: "Soy del Medio Oeste; de hecho, soy de Iowa".
     Nunca decía que era mexicano-estadounidense. "
  
     Si hay escritores con obsesiones, también hay lectores con obsesiones. Por temas, por escritores, editoriales... fetiches. Yo leo a Irving, me gusta. Y me gusta reconocer sus marcas en cada libro que pasa por mis manos. Hoy traigo a mi estantería virtual, Avenida de los misterios.

     Conocemos a Juan Diego, un escritor de cuerpo castigado aunque sigue siendo de mediana edad, mientras emprende un viaje buscando a una persona. Lo hace cumpliendo una promesa realizada años atrás sin saber lo azaroso que resultará el viaje... ni lo largo. Durante el mismo, entre medicación, nuevos conocidos y muchas horas de sueño, recordará su infancia en un vertedero, a su hermana, y cómo llegó a convertirse en el escritor que es hoy.

     John Irving usa estos dos hilos para dibujar a una misma persona. Y también, para deleite del lector habitual y sorpresa para quienes se acercan por primera vez, tocar las teclas habituales  en su obra. Así, y por colocar el hilo temporal, descubrimos a Juan Diego y su hermana, hijos de una prostituta y un padre cuando menos velado, las traducciones que tiene que hacer el protagonista de lo que su hermana expresa, y cómo saber leer le abrirá puertas insospechadas al quedarse huérfanos. Llegados a este punto ya hemos visto huérfanos, pobreza, prostitución... y también que Irving no es un escritor melodramático que carga las tintas para congoja del lector. Así avanzamos por el camino religioso, ya que la persona que ayuda a Juan Diego tiene una estrecha relación con la iglesia, con la que por cierto ya habremos topado nunca mejor dicho. Y nos iremos acercando ala vida adulta. Una vida adulta entre pastillas, coja, castigada por lo vivido. Y nos acerca al Juan Diego adulto, el novelista, viajero por lo que parece en dos dimensiones, la que le lleva por el mundo buscando a un hombre, y la que le lleva por su mundo mirando sus cicatrices. Y seguimos paseando por las marcas habituales de Irving: el sexo, el escritor, la reflexión, el mundo... todo está ahí.

     Avenida de los misterios es una buena novela. No excepcional, pero si que es una buena historia. Sin embargo he tenido la sensación de un cierto pudor a la hora de asomar a las letras que no he visto en otras como Personas como yo. O tal vez sea que he leído mucho Irving, y le exijo más, o veo sus quiebros justo un segundo antes de leerlos. Con todo, y pese a lo que pueda parecer por lo desgranado, la novela es divertida y de lectura fácil. Resulta sencillo dejarse llevar por la historia  avanzar y retroceder en el tiempo al ritmo marcado por el autor sin soltar la presa que nos pone en bandeja desde las primeras páginas. Conocer a Juan Diego y acompañarle es un placer que recomiendo a cualquier lector, y que paladee sus frases y se deje caer en sus polémicas. Allá donde piense un tema polémico, encontrará un rastro del mismo en la novela de Irving. Lo mejor es dejarse llevar por las letras y disfrutar del milagro de la literatura. Porque sí, también habla de milagros.

     Por cierto que mañana es el Día del Libro, ¿tenéis pensado comprar alguno en particular?

    Gracias

martes, 12 de abril de 2016

El elefante desaparece. Haruki Murakami


     "Estoy en la cocina preparando unos espaguetis cuando llama la mujer. Apenas falta un minuto para que estén cocidos y ahí me encuentro yo, silbando el preludio de La gazza ladra de Rossini que suena en la radio. Una música perfecta para preparar un plato de pasta."

     Murakami es uno de esos autores que se han ido abriendo hueco en el mundo literario hasta situarse en todas las librerías, la mayoría de las casas y en un montón de revistas especializadas. No es de extrañar que cada nuevo título suyo nos llame la atención, al menos a mi. Hoy traigo a mi estantería virtual. El elefante desaparece.

     En esta ocasión Tusquets nos trae un libro que recopila diecisiete relatos de Murakami, abriendo el libro El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes y cerrándolo el que da título al volumen completo.

     Como siempre digo, comentar un libro de relatos es bastante más complicado que hablar de una novela. Sobre todo si, como es el caso, son relatos cortos que corren el peligro de quedar expuestos totalmente a un análisis. Salvo si el autor es Murakami, en cuyo caso un análisis podría ser contraproducente, ya que sus realidades imposibles arropadas con un Japón occidentalizado y vestidas de una prosa musical y característica, son las señas de la mano del autor. Y es precisamente en estas realidades imposibles en las que se asientan los relatos de este volumen en el que todos los protagonistas parecen aceptar como normal lo que al lector desconcierta durante su lectura.
     Ya en el primer relato, germen de lo que sería Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Murakami, que comienza hablando de espaguetti (y algún lector empedernido del autor se sonreirá en este momento) nos deja confiarnos con la respuesta ante unas extrañas llamadas de teléfono al protagonista, para luego enviarle a una improbable situación tras un gato sin dejarle perder la compostura. Pero así es Murakami, y nos presentará enanos fascinantes, obsesiones con canguros y lo acompañará con cerveza, música y comida a lo largo de sus títulos hasta llegar a ese elefante que desparece de un recinto de una forma más que improbable.

     Como curiosidad, decir que además de ese germen de lo que sería luego una novela, he echado de menos el relato que cuenta el primer asalto a la panadería y que puede buscarse en otros idiomas, ya que aquí nos encontramos con El segundo asalto a la panadería. Algunos de sus cuentos han sido publicados, como precisamente este segundo asalto, que lo publicó libros El Zorro Rojo bajo el título Asalto a las panaderías en un volumen con unas preciosas ilustraciones. Además tengo que decir que es uno de los relatos que me han gustado más, y que habla de cómo una decisión puede pesar, del vacío que se llega a sentir y que es como un agujero, tal vez en el estómago provocando una sensación similar al hambre, y que no podemos llenar por mucho que comamos porque es el hambre de la conciencia el que necesita ser saciado.

     Esta vez me ha costado un poco más la lectura de Murakami, no sólo porque ante un recopilatorio con tanto cuento, es imposible que no haya unos mejores que otros, sino porque me ha costado encontrar un nexo común a todos ellos, salvo tal vez ese perder pie de los personajes y que se traduce en muchos relatos en una impasibilidad que descoloca durante la lectura. Con todo, y como siempre, se disfruta de su prosa, de ese Japón cercano a nuestras calles que se mezcla a la perfección con las tramas y con costumbres que nos resultan ajenas y se nos relatan cotidianas.

     Y vosotros, ¿soís de los que han sucumbido a las letras de Haruki Murakami?

     Gracias

lunes, 23 de noviembre de 2015

Escucha la canción del viento y Pinball 1973. Haruki Murakami


     "Muchas personas -y con ello me refiero, en la mayoría de los casos, a la sociedad japonesa- terminan primero sus estudios, después encuentran un empleo y, por último, tras un corto intervalo de tiempo, se casan. Esto era lo que yo también, en un principio, tenía la intención de hacer. Al menos era lo que, a grandes rasgos, pensaba que acabaría haciendo. Pero, en realidad, resultó que primero me casé, empecé luego a trabajar y entonces, por fin (como pude), acabé mis estudios. Es decir, que seguí un orden completamente inverso al habitual."

     Así comienza el prólogo del último libro de Murakami que, siguiendo también un orden inverso al habitual, nos deja los dos primeros títulos que escribió. Antes, de La caza del carnero salvaje, que muchos considerábamos su primera obra. Por eso, hoy traigo a mi estantería virtual, Escucha la canción del viento y Pinball 1973.

     El libro de hoy conta de los dos relatos mencionados en el título que vienen precedidos de un más que estupendo prólogo en el que Murakami reflexiona sobre su vida y la literatura volviendo a recordarnos ese momento en el que decidió que tenía una historia que contar. Los relatos son protagonizados por un hombre sin nombre y su amigo "Rata". En el primero, las fantasías y musas se entremezclarán en la historia mientras su protagonista acaba por tropezar con una mujer de nueve dedos. Este joven estudiante, su amigo, el bar J y un escritor con tendencias suicidas completan la historia. En el segundo relato, el mismo estudiante reaparece como protagonista. Han pasado años ya, y en este momento mantiene una relación con dos gemelas. En una atmósfera de soledad en la que su amigo parece permanecer en J, nuestro protagonista se obsesiona por encontrar una máquina de pinball Spaceship y no cejará hasta hacerlo.

     Cuando un escritor de la talla y con la repercusión que tiene Murakami da por fin luz verde a que se publiquen sus dos primeros títulos, es difícil no sentirse intrigado. El propio autor afirma sentirse casi avergonzado por ellos, posiblemente sabiendo que eso actuará como acelerante en la curiosidad de sus lectores incondicionales. Y así es como llegamos rápidamente a tener este libro entre las manos y nos encontramos con un extenso prólogo en el que el autor nos hace un boceto de tú a tú recordándonos algunas cosas que ya sabemos (como la anécdota del jugador de baseball) y añadiendo pinceladas nuevas a su propia personalidad. Una vez nos metemos ya en los relatos, nos encontramos con muchas de las características de la escritura actual de Murakami. Un protagonista solitario, esa mezcla tan curiosa y que tanto sigue llamando la atención, de su naturaleza oriental que literariamente suele venir marcada en las prosas cuidadas, hermosas muchas veces, y la mezcla de expresiones mucho más anglosajonas y actuales. Esa suerte de fusión que le ha proporcionado su propio espacio dentro de la literatura, ya estaba allí, junto al Rata y al Jay's. Por eso precisamente nos hace sonreír. Exactamente igual que lo hacemos cuando descubrimos que ese estudiante del primer relato, pasa sus vacaciones de verano sin hacer nada de particular para acabar fijándose en una chica que, no podía ser de otro modo en una novela de Murakami, tiene nueve dedos.

     El sello personal del autor ya estaba allí, mucho más perceptible en esa segunda historia sobre la obsesión melancólica por una máquina de pinball, que tiene alguna escena memorable y que mantiene la altura incluso durante el reencuentro, que ya no tememos porque conocemos perfectamente al autor. Dos historias que comparten protagonista sin ser por ello una novela en dos tiempos, porque este protagonista improvisado hace tantos años, ha cambiado más veces de nombre y cara y ha sido protagonista en otras muchas historias del Haruki Murakami. Eso lo sabemos apenas hemos comenzado a leer: ya estaba allí.
     Un título (o dos) que pueden servir perfectamente como un primer acercamiento a la obra del autor, pero que también harán las delicias de quienes seguimos su obra título a título.

     Y vosotros, ¿os habéis acercado ya a leer a Haruki Murakami?

     Gracias

lunes, 2 de noviembre de 2015

Arenas movedizas. Henning Mankell



     "La mañana del 16 de diciembre, muy temprano, Eva me llevó a Kungsbacka, a la estación de servicio Statoil, donde alquilé un coche. Pensaba ir y volver ese mismo día a Vallakra, debía entregar el vehículo aquella noche. Al día siguiente iba a firmar mi último libro en el ambiente prenavideño de varias librerías de gotemburgo y Kungsbacke."

     Cuando uno descubre que un escritor admirado enferma o desaparece, siempre se siente un poco más desamparado, un poco huérfano. Eso me sucedió cuando Henning Mankell dio a conocer su enfermedad de forma pública. Hoy traigo a mi estantería virtual, Arenas movedizas.

     Cuando Mankell tuvo un accidente de tráfico en diciembre de 2013, consideró que este era la causa del dolor de cuello que comenzó a molestarle en las navidades de ese mismo año. Apenas comenzado el año y el mes de enero, hablamos de un día 8, Mankell acudió al hospital ya que esas molestias habían empeorado. El diagnóstico fue demoledor, no sólo tenía cáncer, además estaba extendido puesto que el dolor del cuello estaba provocado por las metástasis de un tumor localizado en el pulmón izquierdo. Mankell, como cualquiera, se hunde y comienza a leer refugiándose en las letras, sin embargo en apenas unos días consigue levantar la cabeza y tomar la decisión de luchar. Lucha y lo cuenta, primero en la prensa y finalmente escribe este libro en el que reflexiona sobre su vida, los miedos, las incertidumbres y también las injusticias. El infierno del diagnóstico fue combatido no sólo con fuerza de voluntad y ganas de vivir; también con la fuerza de las letras.

     En este libro el autor se desnuda para el lector. Desde ese limbo terrible de no poder aceptar aquello a lo que la medicina sentencia, Mankell mira a su infancia, a los recuerdos de las arenas movedizas de aquella época y también al momento en el que, siendo él mucho más joven, compartió habitación de hospital con un enfermo de cáncer del que hoy se acuerda. Para él, la mejor manera de enfrentarse al miedo a perder la vida, es recordar la propia, desde la infencia. Y eso es lo que hace, aunque es cierto que se deja llevar y salta por distintos episodios en lugar de seguir la estructura lineal de una biogra´fia, Mankell está ahí. Considue de ese modo reflejar al hombre del presente mediante el orden de los recuerdos de su pasado, mediante la selección consciente o no de los episodios que recuerda. Y es que, muchas veces conocemos más a quien nos cuenta una historia por la forma de contarla, que por la historia en sí. A través de capítulos cortos, vamos conociendo su vida y sus preocupaciones, y también su sentido del humor, mediante algún guiño a su gran hijo literario, Kurt Wallander, del que no se olvida cuando en su vida se cruza una mujer llamada Mona. No deja tampoco de lado su necesidad de denunciar injusticias, presente de un modo u otro en todos sus libros, y en este toca el tema de los residuos nucleares y de la falta de cuidado en la forma de tratarlos, del desconocimiento real que existe sobre algoq ue podemos tener más cerca de lo que pensabmos. Reflexiona de este modo sobre el legado que vamos a dejar de nuestro paso por el planeta. Y lo hace de tú a tú, casi en un diálogo que en realidad es un monólogo por el que pasan todas las cuestiones que a él le parecen importantes. Nos cuenta de sus miedos, sus errores y la forma de enmendarlos, lo aprendido y lo dejado en el camino y, por supuesto, de la enfermedad y la muerte.
     Sin embargo, no es un libro depresivo. Es, en todo caso, un libro de Mankell, sin flores y nubes rosas y con una ventana, siempre orientada a la esperanza.

     Quizás para los seguidores del escritor, la parte más interesante sea en la que habla del momento en el que decide que va a ser escritor y cómo comienza sin apoyos, sin formación, sin un entorno que lo arrope... Habla también de viajes, de su estancia en África, de su padre y también de la búsqueda de su madre. Mankell habla de... Mankell y esta vez, lejos de inventarse una historia, nos muestra su alma.

     El libro finaliza seis meses después del diagnóstico. Por el camino hemos conocido tratamientos, informes y la lucha de un hombre que no pierde la esperanza. No diré que hay optimismo, pero si hay esperanza.

     Henning Mankell falleció el 5 de octubre de este año 2015 dejando un legado de novelas que le colocaron en lo más algo del género negro. Evidentemente Wallander no es lo único que nos ha dejado, pero los aficionados al género, siempre unirán ambos nombres.

     Y vosotros, ¿con qué libro comenzáis la semana?

     Gracias

     PD. La mejor herencia que nos deja un escritor es su legado literario, su obra a través de la cual lo podremos conocer y disfrutar de una forma inmortal. Si esta entrada pretendía ser un homenaje, humilde en su importancia y sincero en su intención, qué mejor manera que completarlo con la reseña de Asesinos sin rostro que hoy publica Abrirunlibro. Conocer a Mankell leyendo su obra, de la primera a la última.